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martes, 23 de mayo de 2017

Por ellos, por todos ellos





                                                     Por ellos, por todos ellos





     Cuando intento hacer memoria de aquel once de marzo, me recuerdo bajo la urdimbre del decimonónico atrio de la estación de Atocha sentado en uno de los bancos de forja que hay junto al invernadero, húmeda cúpula protectora sobre las plantas tropicales: orquídeas, plataneras, helechos, palmeras, rosas chinas y hasta tortugas de agua ajenas al frío de la mañana. A mi lado, un trasnochador con la madrugada aún pegada a sus roncas cuerdas vocales, entonaba la canción de ¿Qué hace una gaviota en Madrid? del cantoautor canario Caco Senante. Y así es como me sentía siempre en esa ciudad, como un pájaro extraño y ausente, más aún entre el bullicio del hormiguero de la estación madrileña donde esperaba a mi hija María.

     No es fácil ser padre desde tan lejos. De vez en cuando escapaba de las islas para ver a mi hija. Si su madre y yo nos hubiéramos perdonado el daño que nos hicimos, el que le hice; si hubiese podido estar más a menudo con ella, si no le hubiera insistido a María que faltara a sus clases aquel jueves… aún sigo conjugando el verbo haber en tiempo pasado y condicional. La conciencia de mal padre, o de padre a destiempo, me abruma y llena de pena. No puedo dejar de torturarme.

     A las 7: 34, conservo el mensaje, María me avisa de que llegará a la estación en cinco minutos…yque la espere. ¡Pues claro cariño! Me lanza un sonoro beso. Unos minutos más tarde Atocha tiembla. Son las 07:37;  a las 7:38 explotan dos bombas más en la estación de El pozo del Tío Raimundo, y otra al mismo tiempo en la estación de Santa Eugenia. Cuatro bombas detonan a una en la calle Téllez, 500 m. antes de la entrada a la estación de Atocha llamada también del Mediodía.

     Todo es un infierno.

     Llamo a mi hija. Suena su móvil. La llamo mil veces.

     Los primero que auxiliaron a las víctimas contaron que las llamadas de los móviles no paraban de sonar. Algunos heridos contestaban. Los muertos no podían, nadie se atrevía a contestar por ellos, al menos al principio.

     Guardo su recuerdo de la última vez que la vi en la misma estación de Atocha, llena de vida, subiendo al vagón nº 2 Era verano y vestía vaqueros rotos y una leve camiseta de tirantes.

     A menudo, las estaciones siniestradas de Madrid se llenan de flores, retratos, oraciones y velas por mi hija María y 150 españoles más.

     Y por los 16 rumanos.

     Por los 6 ecuatorianos.


    Por los 4 polacos.


     Por los 4 búlgaros.


     Por los 2 dominicanos.


     Por los 2 marroquís.


     Por los 2 ucranianos.


     Por los 2 colombianos.


     Por los 2 hondureños.


     Por el brasileño.


     Por el cubano.


     Por el senegalés.


     Por el chileno.


     Por el filipino.


     Por la francesa.


     Por los dos nonatos de tres meses y ocho meses de gestación. Por sus madres, una de ellas sobreviviente.

     Por todos los de la  madrugada negra de Mánchester, por todos los que mueren en nombre de la intolerancia en cualquier rincón del mundo.


     Y aunque me duela, intento recordar a mi hija como la última vez, sonriéndose a si misma en la imagen reflejada del cristal de la ventana de un tren tan encarnado como la sangre vertidas de las 191 víctimas mortales de los que se hacen llamar salvadores.

     Yo los llamo asesinos hijos de putas
.


    

miércoles, 17 de mayo de 2017

Pepito y Dios






                                                       Pepito y Dios


Las personas aturdidas asoman a mi espejo cuando pierden la conciencia de lo que son, algunas entran en mí y ya no salen. Me alimento de sus almas. Soy Dios, el Dios del estanque dorado. Recuerdo a Ofelia, tan hermosa, tan muerta de amor con su cabello flotando en mis aguas. Le he robado  su voz para llamar  a Pepito que asoma con precaución por el borde de piedra, no se fía nada de mí.

          Chiquillo... illo... illo... illo... illo... illo...

Ni siquiera se agacha, aprieta el puño izquierdo dispuesto a defenderse de los dragones del parque, de las ramas secas del árbol que rozan su espalda, de las ranas que croan, de las que no croan también, de la perca gigante que nada tranquila, se refleja su cuerpo rojizo en los cantos del fondo del estanque y parece que dos peces invertidos naden a la vez y hacia el mismo sitio. Un baile.

          Vuelvo a llamar con mi dulce voz impostada al muchachito de la orilla:

          Escucha... escucha... cucha... cucha...

          Esto no me gusta, no es divertido, piensa Pepito. Entonces cambio de estrategia, ya no soy un pez, ahora soy un grillo, froto mis patas contra las alas y los chirridos envuelven al niño por todos lados, no sabe si sueno por aquí, o por allá.

Pepito… pito… pito… pito… pito… soy un grillo cri-cri, solo un grillo.

Enseguida se pone a buscar debajo de las piedras, entre las hojas, hasta que me encuentra y dice, y digo, decimos los dos: ¡Qué guay... qué guay... qué guay!

Ahueca la mano como si fuera una copa y con cuidado, sin cerrarla del todo, me guarda en su gorra de lana gris y me lleva a su casa. No puedo respirar, como soy un Dios me convierto en aire ¡Flop! Ahora soy aire,  fui grillo, y  agua, también  fui luz y antes de la luz puede que sombra.

Cuando el niño abre la gorra-jaula salta un pequeño pez.  El chiquillo se queda asombrado  pues con  un ¡Allez hop! hago   que su último recuerdo fuera pillar un pescado en vez de un grillo,  ¡qué listo soy!... y corriendo corriendo el niño me lanza en un círculo abombado del que, por muchos esfuerzos que hago, no puedo escapar. A través de sus paredes miro a Pepito que me mira a mí. Le ordeno que me libere, pero nada, no hay manera, por lo visto lejos del estanque solo soy un prisionero sin poderes celestiales al que tienen que alimentar porque si no la palmo.

Pasa el tiempo, no se cuánto,  ¡el tiempo de los humanos es tan constreñido! Se contar siglos, milenios, eternidades, pero no los segundos que bailan muy despacio  dentro de esta cárcel de cristal.

Y por fin, un día  me sacan de mi letargo, me bambolean y agitan. Puedo ver desfilar los paisajes  de manera precipitada, a través de la ventana del coche veo un poco   de cielo que se mueve rápido… rápido… rápido, veo el cuerpo de Pepito piramidal, desde el regazo que me sostiene parece un gigante, sus manos son enormes, dos manchas blancas que rodean mi cárcel traslúcida, su cabeza se pierde en las alturas, parece un Dios. Ahora asoman las copas de los árboles del parque donde moraba mi sueño - estanque. Lo dejamos atrás, y con él mis esperanzas de regresar al reino de los cielos.

Ya llegamos.

Las manos de Pepito sostienen la esfera que me circunda y con un grito de alegría me lanza al agua. Un agua agitada, inmensa, salada, donde hay otros peces mayores que yo, otros dioses que me devoran enseguida. Desde el estómago de uno de ellos escucho a Pepito feliz gritando un: ¡Adiós, adiós… qué te vaya bien!







jueves, 11 de mayo de 2017

El cementerio de San Dionisio





                               El cementerio de San Dionisio




     De aquellos días recuerdo que Simón, el antiguo sepulturero, me contaba la historia del lugar en mayestático equilibro, ni sereno, ni entero, y es que era uno de esos borrachos dignos que nunca perdía las formas, parecía un ilustrado guía de voz engolada cuando hablaba sobre San Dionisio.

     —En 1893 una epidemia de cólera invadió la isla diezmando a sus habitantes, fue especialmente cruenta en ésta zona donde se abrieron varias fosas comunes para albergar tantos cuerpos. Unos años más tardes construyeron sobre ellas este pequeño cementerio de San Dionisio, como usted puede ver,  está destrozado.

     Enseñaba el lugar con un amplio gesto de la mano que abarcaba las desvencijadas tumbas, las cruces, en ángel de la entrada, la que antaño fuera la capilla y ahora un cuarto de aperos oxidados,  el bajo muro que separa el cementerio de la playa y el chiringuito del fondo donde siempre acabábamos tomando algo.

     —¿Cómo van las cosas? —me preguntaba Simón mirando con curiosidad los planos del futuro crematorio, supongo que intentaba congraciarse conmigo para que  le invitara a una copa.

     —En unos meses tendré listo el trabajo, aunque siempre hay algún detalle que no termina de encajar —le expliqué, yo tampoco tenía con quién hablar, no quería confianzas excesivas con el equipo de albañiles.

     —¿Ves? —señalé el terreno —ahí irán los dos hornos y el “Jardín Dorado” para el depósito de las cenizas, allá las tres plantas con vistas al mar, en el otro extremo un pequeño cementerio para mascotas.

     —¿Pero van a quitar las tumbas?, tengo a mi madre enterrada aquí.

     —Conservaremos la capilla y el ángel, no modificaremos demasiado el antiguo recinto, sólo subiremos la tapia para instalar los nichos de las cenizas. Éste lugar tiene carácter, la tendencia actual es combinar lo clásico con lo puntero, ¿entiendes de lo qué hablo Simón? —le pregunté enderezando los planos que el hombre miraba del revés, el ángel y su flamígera espada boca abajo como un mal presagio. Simón se entristeció sin motivo aparente, se le escaparon dos lágrimas grandes; una resbaló despacio haciendo un camino sinuoso hasta la barbilla, la otra se quedó parada junto al lagrimal, y no entendía que teniendo ambas la misma densidad de tristeza, hicieran camino de diferente modo. No se por qué recuerdo con tanta claridad estos detalles. Lloraba sin pudor, con seriedad y en silencio, sin hacer muecas. Me impresionaba un poco.

     Le pregunté cuanto tiempo estuvo trabajando en San Dionisio.

     —Hasta que lo cerraron, de sepulturero, de jardinero, de lo que fuera… tenía las tumbas como la patena y al muro no le faltaba nunca su manita de cal, mire que pena como crece ahora la maleza, aquella siempreviva la planté en el sesenta y cuatro, justo el año que cerraron el cementerio.

     —¿Todos los enterrados en la fosa común murieron por la epidemia?

     —No lo sé don Tomás, a mí me emplearon después de la guerra, a finales del treinta y nueve… no, del cuarenta, cuando terminaron la carretera, al cierre de  cementerio fue cuando me dieron la patada. Allí tengo enterrada  a mi madre, en aquella tumba,

     —Eso ya lo dijiste antes... ¿tu padre también era sepulturero?

   Mi padre trabajo en  la carretera, casi todos los presos ayudaron a construirla, y después los mataron.

     — ¿De qué presos hablas?

     —De qué presos van a ser, los de la guerra. Ahí debe estar también mi padre, entre un montón de muertos, Dios lo tenga en su gloria invíteme a un trago por caridad que sea de ron si puede ser.


     Lo dijo todo seguido,  sin respirar. Pedí otros dos rones y al rato volvió otra vez con la misma murga

     —La tengo ahí a mí madre, bajo la parra. Como va a comprar usted el Campo Santo cuando me toque a mí podría usted hacerme el favor don Tomás de enterrarme con ella.

      Desistí de explicarle al infeliz  lo que es una multinacional.

     De aquella noche no recuerdo casi nada, sólo un puñado de imágenes turbias. Simón y yo bebiendo, Simón y yo cerrando bares, un vago recuerdo de una pelea con alguien, creo que nos echaron de más de un sitio. Cuando desperté estaba aterido en el suelo de la capilla pegado a la espalda del sepulturero compartiendo una manta que hedía, su cabeza a unos centímetros de mis ojos. No puedo olvidar la oquedad en la base de su nuca, un pequeño hueco oscuro. Luego se dio la vuelta y me sonrío. No sabría decir que apestaba más, si su boca etílica, o la manta que aparté con asco. La misma hediondez de cuando unos días después, excavando el subsuelo adyacente al cementerio encontramos otra fosa. Los restos que pudimos ver tenían en su mayor parte  agujeros en los cráneos. Comuniqué el hallazgo de inmediato a mis jefes; la consigna fue seguir trabajando, echar cemento sobre la fosa extra muros, despedir al maquinista y a los dos peones, pagarles un sobresueldo a todos y contratar a otros que no fueran del pueblo.

     Eso hice. 
Desde entonces siempre tengo sed.

     Y luego una larga nebulosa, un rosario de días iguales los unos a los otros, días de medir a golpe de pasos tambaleantes el cementerio porque nunca encajaban las variables medidas: unas veces se alargaba unos metros hasta el fondo, otras parecía ensancharse y comerse parte de la arena de la playa. Días de borracheras que terminaban casi siempre durmiéndolas en la capilla junto a Simón.

     Una amanecida le pregunté a bocajarro que si estaba muerto.

     —¡Qué carajo voy a estar muerto! —respondió colocándose bien el mugriento pañuelo en torno al cuello.

     La carta de despido no tardó mucho en llegar, recuerdo que sentí alivio. Le entregué el dossier de documentos al nuevo técnico, un tal Federico... no recuerdo su apellido, un joven sudoroso de cartera y chaqueta al hombro, parecía un profesional eficiente con los instrumentos de topografía listos para comenzar el trabajo. 


     Nos tomamos la penúltima Simón y yo, mientras al fondo, el eficaz perito medía con destreza el pequeño cementerio de San Dionisio.












jueves, 4 de mayo de 2017

Al son de un bolero





                                                 AL SON DE UN BOLERO


No soporto los  momentos posteriores en los que no está, o parece que no está, tan lejos y distante de mí.  No entiendo cómo puede quedarse dormida de esa manera, a medio gesto. Cuando acabamos, con los ojos cerrados se sube su prenda de seda y se derrumba boca arriba, así, sin más. Por fuera es   tan suave como la ropa que suele rozarla, todo a su alrededor combina con ella: el cobertor de terciopelo, las sábanas satinadas, las cortinas de gasa, tejidos de amable tacto; el tono de su piel tiene la cualidad de simular estar irrigada no por la sangre de sus venas, sino por una materia mucho más sutil, puede que nácar, marfil, o amaneceres rosas. Parece estar hecha de algodón y armiño, y sin embargo, es de acero inoxidable.

¡Vaya por Dios! Vuelvo a ponerme romántico, algo que ella  odia. Tampoco le gusta que me encorve cuando camino, que no me implique en los negocios como debiera, que no gane más dinero, ni tenga éxito social, que no especule, ni medre, ni aumente. A mi mujer le gustan muy pocas cosas de mí, al fin y al cabo solo soy un don nadie de inclinada espalda y gesto huraño, un escritor devaluado en articulista semanal.

          En la cama le gusto menos aún puesto que ya no ejecuto. Llama ejecutar, con cierta ironía cáustica, al hecho fáctico diario de meterle el sexo erecto y follarla hasta que se duerma. Es como si tuviera un clítoris enterrado en la vagina y solo sintiera placer con ella, por ella, con ella. Busca el orgasmo desesperadamente por esa única vía, y luego, se queda dormida en un instante, a veces conmigo todavía dentro. Pero eso era antes, ahora ya no ejecuto.

Es preciosa. Su vientre no se ha deformado por los dos embarazos, las niñas están hechas a su imagen y semejanza: bonitas, insistentes, voluntariosas…, cuando crezcan tendrán un hombre a su lado que sabrán encorvar con un  gesto sumiso similar al mío, con exacta curvatura de espíritu.

       Sí, hubo un tiempo en que la quise, ya no, en absoluto. Cuando  rasco la superficie de su piel, asoma la cabeza del ocupa que vive bajo ella, un ególatra que se regurgita a sí mismo con un ombligo tan enorme como el de su patrona empecinada en hacer las cosas, todas las cosas, a su único e inapelable modo.

         Para el placer siempre el bolero de Ravel, una y otra vez la insistente cantinela que a fuerza de repetición conozco de memoria  el momento exacto y justo en que debo acelerar o contener para que pueda llegar a su cima.

                      A menudo me pregunto si la odio.

¡Miradla! Ahí está dormida, con la derecha  aún sostiene al amante nervado que nunca falla, sustituto eficaz…, me lo ha quitado de la mano con rabia e impaciencia. Lo  tomo con la punta de los dedos, con precaución y asco, como si fuera un monstruo fálico a punto de escupirme,  con cuidado vuelvo a guardarlo dentro de  su estuche, lo escondo en  el tercer cajón de la cómoda envuelto en una suave enagua blanca no sea que las niñas lo descubran. Luego quito el puto bolero de los cojones, y en su lugar, escucho el nocturno de Satie.




sábado, 29 de abril de 2017

El teatrillo


                                                                EL TEATRILLO  



          ¡Cataplaf! Lo mejor que me sale son los desmayos y el morirme de repente aunque las huesudas rodillas se llenen de cardenales. Abiertos los ojos de mirar al vacío sin pestañear por lo menos un minuto seguido. La mano de la tragedia en el pecho, la otra extendida hacia el público que siempre aplaude un drama.

          Mi muerte preferida es el poco a poco con todo el mundo alrededor de mi lecho. Me gusta la teatralidad de la palabra lecho. Flota el dolor en el ambiente, cúpula de mis últimos agónicos momentos. Los ojos a media pestaña, generosa y pálida perdono a todos los que me ofenden. Soy una  actriz de azotea y teatrillo.

          El público se emociona, sí, que estoy muerta, no ciega, con el rabillo del ojo miro a los chiquillos sentados en el suelo de la primera fila; las niñas lloran más, los hombrecitos no, que los  llaman mariquitas, mariquitas, y claro, se aguantan, hasta se ríen para disimular, todos ellos menos aquel niño chico que está en lo suyo estudiando extasiado el color y la textura del moco que acaba de extraer, como si fuera un precioso tesoro, de su nariz pecosa.

          La entrada cuesta cinco duros.  Mi hermana Yolanda es la portera. El que no afloja la pasta ni de coña entra, pero se admiten pagos aplazados en la libreta de cuadros de apuntar morosos que pone Pepito debe tanto, María ya pagó.

          — El compás vale por dos funciones... bueeeno vaaale,  por tres  que tiene estuche y recambios.  Anda..., pasa niño.

          Yolanda un lince para la cuentas. De una botella de refresco familiar saca diez vasos engañados con agua del grifo, nunca he visto un color fresa tan casi no llego a rosa, se excusa diciendo que  el busine es el busine, o como se escriba el negocio en inglés.

          Tenemos hasta una orquesta de violines,  cuando  hace   viento  vibra   el techo de chapa ondulada  de nuestro teatrillo. El aire de la azotea sopla cuentos y disfraces de oropel.

          Numero de magia por Mister Seeeeerrrrrgio, el hermano de Marta, la cosedora oficial  de hacer las coronas, los mantos reales, los vestidos de princesas y mendigos. Con sus manos pequeñas da puntadas, casi siempre torcidas, a la tela de los disfraces, o  pega estrellas de papel de plata a las cartulinas del escenario,  botones de nácar o de metal, todo lo que pille la urraca del costurero de su madre.

          Mister Seeeerrrrrgio muy bueno convirtiendo el agua en colores al pasarlo de un recipiente a otro. Aplauden mucho al mago, más que a mis desmayos. Claro que así cualquiera puede con su caja de Magia Borras, la vistosa capa forrada de raso rojo, el sombrero de copa y  la varita mágica de hacer ¡Ale hop!

          A la hora del reparto de beneficios hay problemas. Mi hermana la cancerbera guarda el dinero en una caja de zapatos con un apretado elástico. Es desconfiada. Mr. Seeeerrrrrgio se empeña en que le paguemos más a él que a los demás. Yolanda dice que no, al final dice que sí,  el mago le ha puesto ojitos, y claro,   llegan a un acuerdo. 

          Los gastos se tienen que descontar. La habilitada infla más de la cuenta el haber, a ver a cuanto tocamos. Habla de inversiones, cartulinas, papel cebolla y palomitas. Lo de la inversión no convence a nadie, todos queremos cobrar ya.

          De repente se acabó todo. Las vecinas protestaron de tanta subidera y bajadera de chiquillos por las escaleras y nos botaron a la calle como agua sucia.




domingo, 23 de abril de 2017

La luz de mis ojos





                                               La luz de mis ojos



Cuando cae la tarde, en la franja violácea que separa el día de la noche y el silencio envuelve todas las cosas, salvo la clara certeza de que ya no te tengo… entonces mis pensamientos se agitan con algo muy parecido al desconcierto. Y como siempre, sigo levantándome a la misma hora, haciendo lo que suelo hacer siempre, porque soy una mujer sosegada menos cuando te pienso.

No siempre fue así, donde ahora hay costumbre, antes hubo esplendor: recuerdo aquellos no tan lejanos días gloriosos, cuando nuestras miradas apuntaban hacia el mismo esperanzador horizonte situado en el eje de aquel presente ya pasado, y con idéntica pasión gozábamos de casi todo, de las cosas grandes, de las cosas chicas; si ahora desfilaran de nuevo ante nuestros ojos pasarían desapercibidas, sombras veladas de lo que fueron. Quizás yo misma también sea una parodia, mueca de una pasión, ya pálpito inútil.

                              Él era la luz de mis ojos.

Mis amigas insisten en que tengo que salir, así, de modo imperativo. Como las quiero mucho accedo a sus cariñosas exigencias y me disfrazo de otra mujer casi guapa, casi alegre, casi viva.

En la fiesta, hago como si nada me afectara: sonrío cuando escucho a la concejala de festejos subir taconeando la tarima, y decir… no sé qué dice, lo de todos los años, supongo. La gente aplaude. Miro al músico soplador de micrófonos, probando, probando, un, dos, un, dos. Más tarde  levanto los brazos y coreo al grupo “Tekila” y su eterno Rock and Roll en la plaza del pueblo.

Ahora veo  a un hombre tan enano que roza el suelo. Lo conozco bien, más aún cuando niega, o reniega. Sujeta por la cintura a la bonita muchacha que tiene al lado, la mira como solía mirarme, del mismo modo y manera. Murmura algo a su oído, ella ríe, ríe, ríe…  y aunque su risa no se escucha con el barullo de la música, reconozco la alegría de sentirse deseada en  su cabeza inclinada hacia atrás, en  la curva perfecta de su cuello y los ojos iluminados de él cuando la admira. Se enciende el cielo  con los fuegos artificiales encuadrando de manera intermitente a la pareja que forman una sola figura. Ya no escucho nada... ni los petardos, ni el parloteo, ni la bulla del gentío, ni a mi amiga con un ¡será cabrón!, ni a la otra con un ¡anda, vámonos de aquí!

Él era la luz de mis ojos, ahora solo hay un silencio espeso que envuelve todas las cosas.


     

miércoles, 19 de abril de 2017

¡Ay Casandra!



                                                      ¡Ay Casandra!

Cuando Casandra  llega  al despacho, mi cartera preferida, todo es de otra manera: se ilumina el día, con ella parece que entren todos los pájaros de la isla y se    alegra tanto el   espíritu que dan ganas de salir volando por la ventana.
Enseguida la atiendo, pues para eso soy el auxiliar del conserje, subalterno a prueba,  el último mono de todos los monos de la selva,  hasta el becario me manda a por el café de la máquina, ya te digo…, y antes de que ella entre ya tiene la puerta abierta de par en par, solo me falta ponerle una alfombra encarnada  y lanzarle flores a su paso. Le hago un gesto con la mano que quiere decir: “adelante reina mora, estás en tu casa”. A veces dejo con la palabra en la boca a otros usuarios que estaban antes  que ella, uno me pide un formulario, o una fotocopia,  y otro… no se lo que me pide, que no estoy atento, que estoy en otra cosa;  se quejan claro, pero a mí como que  me da lo mismo. 
          Los segundos caminan  despacio,  todo se ralentiza menos Casandra   y yo, ambos  bailamos con el tempo  armonioso, perfecto  y justo. Me saluda con un desenfadado ¡hola niño! tirándome de algunos de mis rebeldes rizos, la normativa en vigor  se empeñan en que no son adecuados, un día de estos tendré que cortármelos  o me echaran a la calle. Estoy deseando cumplir los diecinueve, o los cien, para que Casandra   me haga un poco de caso. Me guiña un ojo, y yo a ella… entonces ya no hay paredes que impidan escuchar el rumor del mar y hasta los trinos de todos los pájaros de lugar reunidos en coro y a una entonando el  ¡Ay Casandra, qué buena estás! 
          Es tan evidente mi alegría que se me nota sobre todo a la altura de la ingle, por eso a veces no puedo ayudarla a repartir la correspondencia, hago como si tuviera que hacer otra cosa, o me pongo el portafolios, el porta firmas, el porta lo que sea delante de la evidencia inflamada, la emoción es lo que tiene, se desborda y no siempre puede controlarse ni falta que le hace.
         La voz antipática de la Jefa  de Negociado del Registro General  pronuncia realidades con su ¿qué demonios pasa con el puñetero    informe que no lo traes?  Galopa su ordeno y mando por encima de mí, despacito, como si la bronca no fuera conmigo; bueno, no dice puñetero, ni jodido, sino dichoso, porque la  encargada es una mujer  contenida que a mí me da que nunca la han querido como se tiene que querer a una mujer, con todas las ganas y el cariño, una señora  a punto de jubilación,  más bien fea, para que nos vamos a engañar, y  nacida en una familia  donde seguro nunca ha habido un escándalo, al menos de la puerta de la casa para afuera, y provinciana, que es precisamente lo único que me gusta de ella, su aire pueblerino, lástima que lo disimule tan bien.
—¿Qué quiere decir ser una familia de bien doña Rosario? —le pregunto. Ni se digna contestarme, da taponazos furiosos con el sello de compulsas para hacer constar a tantos de tantos, lo avala y rubrica la  funcionaria con nº de registro (---------- un número muuuy laaargo)
          Ayudo a descargar la cartera de Casandra que hace que su hombro derecho se incline, si pudiera andaría detrás de ella a jornada completa llevando el peso que a ella le toca. Cuento con calma  los paquetes y los sobres porque no quiero que se vaya todavía.
    No te vayas Casandra.
Casandra sonríe con su boca de rosa, con sus dientes de alba, con su cara de luna, con sus pechos de diosa.
Cuando se marcha todo se apaga; los muros de la oficina vuelven a ser tan grises como antes de que  apareciera, el corazón late con el pulso pausado, aterrizo, me fijo en la mancha del suelo de algún descuidado que ha dejado caer el café, y mi jefa me grita un destemplado espabila chico, que ya son las tantas.




sábado, 15 de abril de 2017

La ventana de Jeremías





                                                    La ventana de Jeremías



Los habitantes del poblado de Agnitseral situado al sur de la isla atlántica de Orreihel, se despertaron la mañana del día de Gloria por lo inusual del silencio, y todos a una se asomaron al mar. Por primera vez desde hacía meses los rumores bajo él  cesaron.  La quietud  del océano  resultaba más temible aún que el sonido de los ya acostumbrados seísmos.
Todos recordaron aquella noche en que la tierra y el mar temblaron;  una luna rotunda y clara iluminaba el pequeño puerto rebosante    de vecinos asustados a medios vestir. Al amanecer, una  mancha verde, pequeña al principio,  apareció en el mal llamado “mar de la calma” que a las pocas horas abarcó  una larga franja costera.
Los sismógrafos detectaron una erupción volcánica, aún sin emerger, a cinco millas de la costa;  las recogidas de muestras confirmaron el diagnóstico de los vulcanólogos que plagaban la isla desde que comenzaron las posibles amenazas. Hasta los niños de la escuela enseguida aprendieron palabras nuevas como tremor, o piroclastos: conglomerados de cenizas, corales y sal que flotaban junto a las tortugas y a los cientos de peces muertos de todas clases, inclusos los que habitaban las profundidades marinas raras veces avistados.
        Cuando empezó a hervir el agua y el aire  olía a sulfuro,  las autoridades evacuaron  los pueblos costeros  de esa zona sur temiendo una pronta explosión. Las barcas, como una procesión mariana pero esta vez sin virgen que pasear, dieron la vuelta a la isla y se situaron en el espigón de la parte norte donde hubo algunas rencillas con los pescadores que ya ocupaban el lugar. Las barcas se tuvieron que abarloar las unas a las otras en previsión del mal tiempo o de algún posible maremoto.
              El alcalde de Orreihel  recomendó que los vecinos desalojados  anotaran los daños causados por los temblores. La señora Lebasi apuntó la vajilla destrozada,  antes de romperse la tenía expuesta en una vitrina de madera de teca y cristal a buen recaudo del polvo y de las pocas cuidadosas manos de sus revoltosos nietos…, ahora ya no podría presumir más de bohemia, y apuntó aumentando la docena: cristalería compuesta de tantas piezas de opalino rosado. El cabrero contó  las cabras que dejaron de dar leche, las que parieron mal y a destiempo y las ganancias que no obtuvo. Otro lugareño apuntó los huevos multiplicados por cien  de las gallinas ponedoras que dejaron de poner. Todo el que pudo reclamó algo roto o descompuesto.
Pronto, o muy pronto, emergería una columna de vapor de varios cientos de metros de altura, luego ascendería una enorme fuente de  blancos, grises y negros, una gigantesca cresta de gallo formada de gases y humos,  ¡todo un espectáculo!, así que Jeremías  se dispuso a sacarle rédito a su ventana, no había otra tan asomada al mar  como la suya, un aventajado otero por el que disputaban las televisiones insulares y hasta las del continente. Cuando reventara el volcán submarino  sacaría una buena tajada del asunto.
      Algunos tenían miedo, recordaban que sus abuelos ya hablaban de una profecía aciaga,  estaba grabado  en las piedras volcánicas del risco  con signos de los antiguos aborígenes: de una planicie de agua surgía una columna de destrucción, así lo signaba  la predicción gráfica. 
               El cura  esgrimía los evangelios, Mateo 24:3 ”Luego se fueron al monte de los Olivos, y los discípulos preguntaron al Maestro que cuando ocurrirían esas cosas, y cuales serían la señales de su venida, y Jesús le contestó que oirían rumores de fin del mundo, y habría hambre y terremotos en muchos lugares, el mar se levantaría cubriendo la faz de la tierra… todo eso sería apenas el comienzo de los sufrimientos de la humanidad”. Muchos rezaban y temían, y otros tenían puestas sus esperanzas en  que el seísmo los salvaría  de la miseria.
      La mañana de domingo de Gloria  el mar estaba tan tranquilo como una balsa de aceite, las burbujas se calmaron, de la mancha de azufre no había ni rastro.
                 Jeremías asomado a su precaria ventana avistó cómo un velero henchía sus telas al conjuro del alisio ajeno al volcán, ya calmado, que bulló durante meses con la misma efervescencia que hierve la avaricia.




lunes, 10 de abril de 2017

Mi ángel de la guarda, mi amarga compañía





              Mi ángel de la guarda, mi amarga compañía


     Cuando intento rememorar lo sucedido en aquel corto viaje de fin de semana solo recuerdo retales  inconexos colgados de mi  inestable memoria.

      Mi marido conducía, la suave música de Satie me adormeció, cuando desperté parecía que rodábamos entre algodones. La espesa bruma homologaba contornos: la gasolinera que dejamos a la izquierda, la torre de una iglesia, la vereda bordeada de pinos, el perro que asomó de repente sin que pudiéramos evitar atropellarlo.

      En el parador comprobamos contrariados que la habitación reservada desde hacía semanas estaba ocupada, nuestra habitación con vistas al escarpado barranco, la misma de nuestros primeros encuentros furtivos antes de casarnos. No, no queríamos otra, ni siquiera la suite que nos ofrecía el aséptico recepcionista con un sí señor, no señor, lo siento mucho señor, tan profesional por fuera y antipático por dentro. Tenía mal carácter, lo supe como si el hombre fuera transparente, también vi el coágulo obstruyendo el viaje de la sangre en su último recorrido hacia el corazón unos segundos antes de que se derrumbara sobre el mostrador. Junto a él una sombra.

           Sacaron los cadáveres  sin escándalo por la puerta de servicio, ni siquiera la ambulancia hizo sonar su sirena para no alarmar a los huéspedes.

            Al final nos dieron nuestra habitación, la número 13, la mujer que la ocupaba sufrió  un aneurisma cerebral, ¡qué pena!, ¡tan joven! Aprovecharon la misma ambulancia.

             —Un dos por uno —bromeó mi marido, tenía un humor negro extremado.

          Ya en el cuarto pedimos que nos subieran una ligera cena fría;  nos la sirvió  una camarera silenciosa y eficiente. En su tráquea dormía una mariposa no mayor de cinco centímetro con las alas desplegadas.  Nos dio las gracias por la propina generosa con  voz ronca  abriendo mucho sus ojos saltones. Me dio náuseas mirar el demonio negro de su garganta, un bulto que terminará matándola más pronto que tarde.

         Cuando era pequeña podía ver a la gente por dentro, también creía que un ángel oscuro venía a verme todas las noches y de todas las maneras posibles se metía en mí, con violencia algunas veces, con dulzura las más. Al poco tiempo alguien enfermaba y a veces moría. Cuando menstrué casi a los quince años dejé de soñar con él. No quise contarle nada a Jaime de estas nuevas visiones, tenía la esperanza de que se tratara de episodios aislados.

         Hacía tiempo que no lo hacíamos así, de frente, mirándonos a los ojos, en silencio y con ternura. Muy despacio. Hice todo lo posible por no pensar en la pequeña protuberancia del tamaño de una nuez agazapada detrás de su uretra, ni de las malditas células navegando por la corriente sanguínea, ni en sus huesos invadidos por las sombras, ni en el terrible sufrimiento que le esperaba. Una muerte larga, oscura  y lenta.

         Por la mañana se soltó de mis piernas agotado y feliz, quería hacer fotos desde el balcón a la pared del roque con la luz rosada del amanecer, los retazos de niebla como gasas velando los encrespados barrancos.

         Lo abracé desde atrás. Fue muy fácil.

        Esta vez no hubo discreción, la guardia civil tuvo que bajar a la sima a rescatar el cuerpo de mi marido, uno de los porteadores… el mismo que la noche anterior se llevó el cadáver del conserje y de la mujer de la habitación número 13,  le lloraba el ojo izquierdo. Pronto quedará  ciego. Ya no se si anticipo, o provoco. Ya no se casi nada.


       Me hicieron muchas preguntas, a mí y al director del hotel,  resultaba alarmante tres muertes en tan corto espacio de tiempo. Las autopsias de los cuerpos corroboró  las enfermedades pronosticadas por mi ángel con un solo golpe de ala.

         Me estoy volviendo loca, procuro no mirar a la gente, no salgo de casa ni recibo a nadie. Cierro los ojos y otra vez sueño con el ángel, una y otra vez, y otra vez y otra. Viene a verme y me incita y me excita como nadie nunca lo ha hecho. El muchacho del supermercado que trae la compra, un joven con toda la vida por delante, sólo conoce mi voz y mis manos. Mis pocos amigos aporrean la puerta pero no abro, no quiero ver a nadie, a nadie.

         Luego todos  dejaron de venir.

         Ahora estoy confinada  en la unidad de psiquiatría con vigilancia extrema. Veo formas vagas, crecen y se expanden como pájaros negros, si pudiera me cosería los párpados. Se por los pasos de una enfermera de su problema de cadera, por el aliento de la otra de la acetona que padece, a través de la pared escucho los estertores de la paciente   de la habitación de al lado, el hospital   es un cementerio de gente que agoniza, y yo quisiera morir, es lo que más deseo, sin embargo, no me suelta mi demonio, mi amado ángel de la guarda, mi amarga compañía,  quien me  muestra la agonía final  de los demás  y a mí me mantiene viva.

          El doctor especula sobre mi patología y  sobre mis supuestas fobias. Vuelve a reafirmar el disparate de que llevo interna diez años, afirma que nunca he estado casada, dice que no salgo de la clínica mental  desde hace una eternidad, desde que mis padres murieron en circunstancias extrañas,  ¡pobre imbécil!, aún no sabe lo que tiene escondido en su pulmón, no sabe que acabo de condenarlo con mi mirada.