Páginas vistas en total

sábado, 23 de septiembre de 2017

Gato de azotea azul







              

                       Gato de azotea azul


     Cuando el siroco sopla con su cálido aliento en dirección sudeste, una cúpula hedionda envuelve las casas azules de la aldea; sus habitantes tapian puertas y ventanas, taponan cualquier orificio por donde transite la peste de los pútridos restos de los carneros que inunda las calles tintadas de añil.
     Casi todos los hombres trabajan en la tenería de las afueras del pueblo. Los más jóvenes remojan las pieles de los animales en los agujeros horadados en la piedra caliza, sacuden y restriegan los cueros hasta eliminar cualquier resto de carne o grasa, vierten sobre las pieles los odres que traen de sus casas con los orines de toda la familia y los suyos propios. Hacen bromas, ríen, juegan, comparan sus miembros de piel recortada en el prepucio, apuestan sobre quienes lanzan el chorro más lejano, más alto, o más potente, se creen ya hombres porque ayudan al sustento familiar aunque hasta hace sólo unos meses coreaban sumisos en la escuela los benditos Suras del Corán.

     Bismillahir Rahmaanir Rahiim

     En el nombre de Allah, clemente, misericordioso, Señor del Universo.
     Todos trabajan en ella, o en el campo, menos las mujeres, el Imán, el ciego, y Abdel, el idiota sordomudo.
     En el patio de la casa de la casamentera, abuela de Abdel, crecen los naranjos, la cidra y los jazmines con los que la vieja alcahueta hace fragancias, almizcles, resinas, aceites, pócimas, ungüentos y pomadas. Unta y perfuma a su nieto,  al que llaman el endemoniado por los ataques que simula. El muchacho saber hacer como que tiembla, aprieta la mandíbula, su cuerpo fibroso se tensa hacia atrás formando un arco casi imposible. Procura siempre que ocurra el suceso en plena plaza o en día de mercado, cuando están transitadas las calles azules, de balcones azules, de puertas azules y azoteas azules, todos se apartan del pobre infeliz que babea e invocan a Allah a Mahoma su profeta.
     En ausencia de sus maridos, las mujeres le hacen regalos, dinero, comida, lo visten y miman. Nunca contará nada, no tiene lengua con la que hacerlo, ni oídos con los que escuchar. El trata a todas con la misma eficacia y brío, no demuestra preferencias. Abdel salta por los tejados de patio en patio, un gato silencioso. Besa los labios de Laila, tan dulce como dátiles, más aún que el fruto de la higuera. Lame sus pechos, ora uno, ora el otro, no se resuelve por ninguno, los junta y aprieta, su boca abarca entonces los dos. Se embelesa en la frontera del himen y ahí se detiene porque Laila es virgen, no quiere estropear su boda con el curtidor de pieles. Sabrá esperar, pronto estará casada. Mientras tanto, entra en Suleyma, antes hace una parada en la cama de la suegra, cuidadora de la honra del hijo ausente, no queda otra si quiere avanzar de mujer en mujer. Acaricia en el pasillo la cabecita morena de una niña de ojos negros, pronto crecerán y entonces... ¡Ah, entonces será suya!
     El muchacho debe cuidarse del taimado ciego de la esquina, a veces cree que lo mira a través de sus legañas, también desconfía del Imán que llama a la oración desde el minarete, aunque se deja acariciar por sus manos en el hamman mientras el vapor del agua caliente los envuelve.
     Entre la casa de su abuela y la de su preferida niña Laila habita un extranjero fumador de Kif. El dulce efluvio del cannabis de la vecina Ketama edulcora el patio azul. A menudo hace un alto en el camino, olvida sus citas, se entretiene, fuma y sorbe té con el extranjero, que mezcla la lengua   árabe y francesa, y le cuenta historias que el sordo parece entender con los ojos como dos ranuras atentas, sonríen mucho y se comprenden. Abdel pasa los dedos con delicadeza por la piel de los libros de extraños signos que simulan hormigas negras en fila india ¡tan ordenadas!, prefiere las sinuosas volutas pletóricas de curvas de las azoras del Corán ¡tan bellas!
     Si el chico fuma mucho, sueña, si sueña ensueña y se retrasa. Cuando por fin aparece de esa manera en la que asoma, ellas se quejan de que es tan pasivo y lento como una vaca, una vaca perfumada, aunque siempre se repone y entonces es gato zalamero de azotea azul, y ya perdonado, carnero que embiste y trepa por la piel de sus mujeres.

martes, 19 de septiembre de 2017

"Diario íntimo del mal amante" de Manuel Roblejo Proenza



              Diario íntimo del mal amante  
                 Manuel roblejo Proenza



     Y en el que el autor, a modo de disculpa comienza diciendo que lo último que quiere es narrar algo en orden cronológico porque resulta extremadamente convencional y aburrido y añade que si te han herido, traicionado y escupido; si te han dado largas, ignorado o enterrado en vida; si te han prometido, jurado y perjurado; si te han, con suerte, alguna vez amado, o si simplemente has amado tú, entonces sigue leyendo: lo mismo le sucedió a él.

     Algún día podré presumir (ya lo hago), de qué el escritor Manuel Roblejo Proenza y yo compartimos espacio literario en una web donde tuve el atrevimiento y la osadía, hace unos tres años atrás, de hacerle una primera crítica no demasiado acertada... y luego , al poco, enamorarme profundamente de su forma de escribir.

   Añado que este muchacho cubano tiene una impronta tan particular, (gracias a o a pesar de lo leído que es),  y de la cultura literaria que ha tenido la suerte de mamar en un país lleno de gente sensible, hermoso, musical y culto, casi en ruinas, pero tremendamente cultivado... se ha salvado de la huella que los autores grandes, que la sombra de todos ellos no le impide escribir con su particular estilo. Manuel es GRANDE, Manuel es ÚNICO, Manuel escribe desde su propia experiencia vital, desde su infierno y también desde su paraíso, y sobre todo, desde su vientre.

     Una  tarde de hace unos pocos días, cogí su libro, y durante unas horas dejó de existir el mundo, mi mundo, todo lo que tenía alrededor y más allá de él, solo estaba y era lo que Manuel Roblejo Proenza me contaba. Nada más.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Matilde



                           

                             Matilde




     Al atardecer, los dos holgazanes descansaban en la azotea. Daba gusto contemplarlos durmiendo con placidez sobre la hamaca. El pelo ondulado de Matilde confundido con la melena rubia del afgano. Antes de que ella abriera los ojos su perro gruñó. No debe ser fácil compartir a su dueña conmigo.
     Matilde y yo estamos en esa difusa frontera inicial entre la amistad y el a lo mejor. Los dos sabemos que este incierta nebulosa no durará mucho, le damos largas al asunto porque nos encanta dilatar portales. También azoteas. 
   —Tienes un calcetín verde y otro marrón. Anda, descálzate y túmbate un ratito aquí, a mi lado, quiero leerte algo que he escrito —murmuró con voz soñolienta sin cambiar de postura. No se me ocurre otro sitio del universo donde estar mejor que junto a Matilde. Nervioso, tropecé con una maceta volcando su contenido. 
     Siempre me he liado con la gama de colores. Dicen que a los perros les pasa lo mismo, aunque al de ella le da igual destrozar mis prendas sean del color que sean. Su escala de valores pasa por la trufa de su nariz, no por sus pupilas. Me guarda un poco de inquina y un mucho de celos, seguro que no entiende que lo destrone de la hamaca con un “fuera fuera”, por eso mastica uno de mis calcetines con el pie todavía dentro y no se digna ni siquiera a mirarme, sacude su larga melena, luego se queda contemplando el horizonte del muro de la azotea. 
     Un perro orgulloso. 
     Ahora le ha dado por la poesía asonante, al afgano no, a Matilde, y no tengo valentía para decirle que lo disonante es su pésima pluma, ¿cómo puedo decirle, sin herirla, que son un verdadero atentado los versos que me lee con voz engolada?: ”trastabilleando en el sendero índigo mientras las estrellas titilan en el cielo nocturno...”
     —Si hay estrellas seguro que es de noche, no hace falta que incidas en..., mira Matilde, prueba a escribirlo de manera menos ampulosa, por ejemplo: tropezó con la maceta de dalias.
     —Pero no tenemos dalias.
     Hice todo lo posible para que el comunal “no tenemos dalias” no me desbocara el corazón de alegría, claro que enseguida pensé que quizá se refería al chucho y a ella. En fin, no quiero hacerme demasiadas ilusiones, aunque estoy loco por compartir dalias, estrellas nocturnas y senderos índigos con ella.
     Voy a besarla ahora —pensé, pero no moví ni un sólo músculo. El perro dejó de mirar el vacuo horizonte para observar mis pensamientos. Movió la cabeza hacia un lado, luego hacia otro, levantó una de sus orejas y seguro que sacó la conclusión de que soy un pobre infeliz que balbucea. Un imbécil enamorado.
     Matilde huele a gloria bendita. Su ligerísimo olor a sudor me vuelve loco, no soporto las mujeres perfumadas. Mi excitación es tan evidente que sonríe y recita parte de la sátira de una nariz señalando con la barbilla  mi entrepierna: 


     Érase un elefante boca arriba 
     Un espolón de una galera 
     Una pirámide de Egipto 
     Un narícísimo infinito 


     Nos amamos con ganas hasta que el sol se fue de la azotea. Nos amamos con cierta crudeza y  con cierta torpeza también.  El afgano, encerrado dentro de la casa, no dejó de ladrar ni un solo momento. 



martes, 5 de septiembre de 2017

Good Bye Lenin

         Good Bye Lenin











                                                              Good Bye Lenin


     Al salir del despacho me encontré de repente a Lenin. Por fortuna me había escapado un poco antes, apenas unos minutos, entre el tumulto de la salida del personal difícilmente me habría reconocido. Adelanté a un hombre alto. Me miró con algo de descaro, como miran los hombres a las mujeres, o eso creí. Por educación le di las buenas tardes de cortesía. 
     —¿Molly…? 
     Me giré sorprendida, nadie me llamaba así desde hacía una eternidad. En realidad mi nombre es…
     —Soy yo, Lenin.
   En ese instante, un tropel de gente apresurada bajó las escaleras, todo el mundo hablaba casi al mismo tiempo, los únicos silenciosos éramos Lenin y yo colgados de nuestros ojos a la espera de que amainara el ruido, las voces, el bullicio, las despedidas.
     Mi jefe se paró un segundo para recordarme algo que, sin falta, teníamos que hacer al día siguiente y a mí me hacía maldita gracia el comunal deber, como si los dos no supiéramos que el asunto tan urgente lo resolvería yo sola y a primerísima hora, por supuesto. 
     —Hasta mañana Carmen, y ya sabes, no te olvides de…
     —Que no, que no me olvido. Adiós.
     Por fin todo el mundo se evaporó y nos quedamos solos Lenin y yo.
     —¿Cómo estás? 
     —¡Cuánto tiempo! Estás igual que siempre Molly, preciosa.
  En el peldaño intermedio que nos separaba nos dimos un cálido abrazo, un abrazo prolongado del que costó soltarse. 
     —¿Qué haces aquí? —le pregunté con la voz aún agitada.
     —Vine a..., no importa a que vine. Estoy aquí, dime... ¿eres feliz?  
   Pensé en contestarle que Molly había muerto cuando dejó de quererme como dejan de querer los hombres egoístas, de manera lenta, poco a poco, con excusas, con retardos, con ausencias cada vez más prolongadas. No, ya no soy la misma. Una queja suave escapó de mi garganta que enseguida oculté con una tos algo nerviosa, le rocé con la punta de los dedos el fleco lacio que tapaba en parte el paisaje de sus ojos, y ya no supe que más decir. Él tampoco. 
     Silencios como espacios huecos en el rellano de la escalera. 
     El bedel entornó una de las pesadas hojas de la puerta principal del amplio zaguán, aún continuábamos sin saber que decirnos, dos figuras estáticas y algo desconcertadas bajo la luz indecisa del portal en semi penumbra. 
     —Tenemos que cerrar señores —avisó el conserje.
     —Ya nos vamos Manuel  —me excusé. 
     —Comemos juntos ¿de acuerdo? ¿Te has casado o tienes pareja? —Sin esperar contestación, como siempre, volvió a hablar de sí mismo, eternamente Lenin —¿Sabías qué he vuelto a publicar?
     —Sí, tengo tu último..., tengo todos tus libros, enhorabuena.
     —Tengo muchas muchas, muchas cosas que contarte Molly.
     Pensé que no, que ya no tenía nada que contarme, ni yo necesidad de sus caducas historias.
     Ya en la calle me solté de su mano, le di un largo y lento beso en los labios y un definitivo Good Bye Lenin, que te vaya bonito.





jueves, 31 de agosto de 2017

¡Sé feliz! (un escrito ligero para despedir el veranito)





                                                ¡Sé feliz!

          El calor del mediodía aplasta el paisaje que entra por la ventana, un velero puntea de blanco el horizonte. Bajo a la playa. Las gotas se evaporan sobre la piel, cada una de ellas encierra un pequeño sol.
     ¡Me cago en la puta gaviota! Algo pegajoso me ha caído en un ojo que no me deja ver, que me deja ciega el pajarraco. ¡Anda!...si es un niño chico comiéndose un melocotón que chorrea por sus brazos, por mi ojo también. Ahora sonríe. Me quiero comer al niño rubio pringoso. Mete sus pies en mis aletas cien veces su talla y se pone las gafas de bucear, todo lo toca el puñetero. 
     —¡Qué no molestes Manolito! —le regaña su mamá.
     — Que no molesta, de verdad, no se preocupe.
     Dos muchachas plantan un bolso de rayas de colores. Movimiento de toallas.  Fuman mucho, un cigarrillo detrás de otro. Clavan en la arena un cucurucho apestoso cerca de mi sensible nariz, parece una pirámide invertida rosa fucsia gigante. Una tiene los pechos tan pegados a la garganta que es imposible tenerlos así, de esa manera. Los llena de crema y no tienen el vaivén natural que los pechos deben tener, rebotan ligeramente como pelotas de caucho y vuelven donde estaban, vecinos del cuello.
     Me tiendo boca abajo y por debajo del brazo miro el panorama: buenas piernas la del socorrista, mejor culo. Escucho el sonido de las  olas que vienen y van, y a la madre del chiquillo que no para de largar por el móvil, a ver si se calla. 
     By Happy irradia el sol que incendia el espacio de luz. Las gaviotas se ponen de acuerdo y entonan a coro el By Happy con la misma voz que la de Bob Marley. Igualita. 
     Chano, el borracho del pueblo, duerme su curda mañanera debajo de la sombra de una barca roja y azul, y un guardia municipal lo despierta con malos modos. 
     —¡Déjeme tranquilo hombre! —increpa Chano y suelta la única frase que sabe en su inglés: “Bi japi”
     —Va a ser que no —responde el guardián de la Ley  poniéndole una multa por orden del Ayuntamiento, que por lo visto no se puede dormir borracho, sereno sí. 




miércoles, 23 de agosto de 2017

María





                                                                  María 




     Escribo de medio lado, tocada de ala, como sin querer queriendo, dudosa de cómo asir su esencia porque es, era, inaprensible, y aunque a veces, las más, fue luz, a veces también fue sombra.
     No es fácil hablar de ella. Más que estrecho, puente; más remo que rémora; más acción que facción, fáctica amiga libertaria y resuelta.
     Mi madre me preguntó si diría unas palabras en su funeral. Le dije que no, que no podía, que las dijera su hermano Fernando.
     — Roguemos por el alma de María del... —pronunció el cura su nombre completo y sus dos apellidos. La imaginé a mi lado escuchando el oficio, una ceja ligeramente más alzada que la otra. A su manera.
     — Dale Señor a tu sierva el eterno descanso, que la luz perpetua la ilumine.
     Fer se balanceaba apoyándose en un pie, luego en el otro, la mandíbula apretada marcando huesos. Recordé que de pequeño padecía de bruxismo, sus dientes rechinaban sobre todo cuando dormía, su hermana y yo nos burlábamos de él con el cruel retintín de chino rechino de la Ferechina. Una vez, por este motivo, le dio tal empujón a María y con tan mala suerte que le abrió la cabeza al caer hacia atrás, tuvieron que darle puntos de sutura, nunca le volvió a crecer el pelo en una zona de unos cinco centímetros cerca de la coronilla, sabía disimularlo con alguna horquilla..., ella lo llamaba su tercer ojo, decía que desde ahí, o por ahí, podía leernos el pensamiento. Lo cierto es que nunca dudé de su capacidad intuitiva para saber lo que sentíamos todos.
     Fer hacía lo imposible para mantenerse erguido, de manera casi aséptica disertaba sobre lo grande que era su hermana enumerando logros, aptitudes, múltiples capacidades. Una estrategia para no derrumbarse.

     —Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. 
     Con la mente en blanco, aguantando el tipo, escuché como el cura desvirtuaba a mi amiga.
     De María tengo guardados todos los momentos, cada uno de ellos, incluso los amargos, y un precioso anillo de aguamarina. Al poco tiempo lo llevé al joyero para que lo acortaran. Mi dedo mide, según la tabla de equivalencias de medir anillos, un 14, el de ella un 16, no sabía que su anular midiera 2 milímetros más que el mío. No sabía que la última vez que la vi fue la última definitiva de las veces. No sabía que respirar sin ella fuera tan difícil. No lo sabía.
     El Kirye Eleisón se elevó por encima del púlpito adosado a uno de los cuatro pilares alcanzando la cúpula central. Cristo ten piedad, clamaban los fieles. María reverberada en los muros, en el ábside, en los contrafuertes, las vidrieras soplaban Marías.

sábado, 19 de agosto de 2017

III Aguada (Piratas y Corsarios)





                                                             III AGUADA



    Derrotado Drake, huye con su escuadra. Parte de las naves recalaron en la costa sur de la isla de Gran Canaria con el fin de hacer aguadas, recoger leña y reparar  las naos  descompuestas por los avatares sufridos. Unos pastores de cabras de los que por aquellos desiertos parajes andaban dieron voz de alerta de que los ingleses arribaron a la playa nombrada de Arguineguín. Otros pastores aborígenes no estuvieron de acuerdo con dar aviso del acontecimiento, pues pensaban que daba igual que el enemigo fuera castellano, inglés, turco o berberisco. 
  El capitán Rodrigo marchó con dieciséis jinetes a defender cualquier intento de desembarco. El escribano por orden del Gobernador junto a él para dar fe de lo que ocurriera. Durante el camino confesó a Rodrigo que su esposa pronto habría de darle un vástago, a lo sumo en cinco o seis meses, y al decirlo erguía su escuálido cuerpo sobre la montura orgulloso de poder obtener la deseada descendencia. Rodrigo, de solo imaginar a su preciosa Eleonor, su hasta ahora esbelta Eleonor, frágil, casi etérea Eleonor... con el vientre henchido y la cintura deforme, su deseo por ella, lo que creía apasionado amor se disipó  al instante. Suyo no era, pues solo la había soñado y ella habíale prometido que el esposo por más que lo intentaba no podía acontecerla. Eleonor, la de los ojos de luz, la de blancas manos y boca mentirosa. Ya habría otras beldades, vírgenes o no, desposadas o doncellas por las que suspirar.
    El escribano dio cuenta por escrito de lo que aconteció, y fue que primeramente hicieron presos a dos piratas que andaban recogiendo leña confesando donde estaba el resto sobre los que cayeron los pastores canarios armados de palos, piedras y determinación. De sí mismo escribió  que mató a siete. 
    Sobre los demás del grupo, los que no tuvieron tiempo de huir e iban armados, actuaron los arcabuceros tomándose su tiempo para fijar en el serpentín la mecha ya encendida, trenzada y empapada de salitre, soplando y avivándola luego. Un aguerrido pirata casi   consiguió alcanzar a  un soldado quien puso el pie en el estribo de la ballesta forzando la cuerda hasta lograr  engancharla en la nuez y disparó hiriendo de muerte al inglés, tan joven que no tendría más de doce años, puede que trece. 
    Sobre la arena yacen los muertos y algún moribundo, es entonces cuando, por fin, asoma  el escribano parapetado ente dunas y matorrales, y a uno que intenta levantase le clava su espada con saña y fuerza. Cae de manera lenta y grave, se agarra el vientre, sus ojos azules tan abiertos que todo el cielo cabe en ellos. Todo el cielo. El muchacho aprieta el puño, murmura algo apagado que no se entiende, burbujea de sangre las comisuras de sus labios. El escribano fuerza su mano creyendo que esconde algo de valor... solo es un trompo de madera con la punta de metal clavada en la palma; la esfera tiene líneas grabadas en su cuerpo de madera en blanco y rojo como la bandera corsaria protegida de Reina inglesa. Cuando el trompo daba vueltas se hechizaba la mirada hasta que la peonza cabeceando dejaba de girar. El escribano lo guarda en bolsillo, será un buen juguete para su futuro hijo. También se queda con la pistola aún humeante y el puñal del cinto.



                            fin











viernes, 11 de agosto de 2017

II El Inglés (Piratas y corsarios)










                                                                       EL INGLÉS




     El Capitán General fortifica la villa, no deja resquicio sin defender, ordena levantar torres, fortalecer los muros y a todos emplea: a ingenieros y canteros, quienes proyectan, reglan y miden. Incluso utiliza a la soldadesca como albañiles para la tarea ingente de mezclar argamasa con cal, arena y agua; triturar piedras; cargar y transportar. 
     Todo bulle en el Real de Las Palmas. Algo del barullo penetra el interior de la casa del escribano, ni siquiera las cortinas de grueso terciopelo mitigan del todo el ruido de la creciente capital. El dueño de la casa juega una partida de ajedrez con el capitán Rodrigo, el mejor oponente con el que se ha enfrentado hasta el momento. Ambos despliegan estrategias en silencio con el vino de malvasía del monte aromado a su alcance. Rodrigo cuelga los ojos del gesto de Eleonor cuando vierte el licor en las copas y con la mano izquierda sujeta los encajes de la manga. Blanco enredado de blanco.
     El escribano dificulta la partida con un giro imprevisto, pero es cauto y recuerda que el capitán fue alumno de un inteligente italiano de baja estatura apodado Il Puttino, aquel que venció un sacerdote español para su escarnio y vergüenza. 
     Rodrigo apoya el mentón en la mano y reflexiona. Sobre la mesa caminos diversos, diez pensamientos anudados se tropiezan, reina el desorden por un momento, luego todo se aclara. Imagina el paisaje en diagonal, futura incursión del alfil, alternativa cauta o atrevida según sitúe el oponente la pieza de marfil que corresponda. Protege al Rey enrocado de torre en su encierro regio y sacrifica a la dama, despojo olvidado en un lado del tablero.
     El perfume del cabello de Eleonor al servirle el vino es tan intenso que todo huye. Sueña que enreda las largas guedejas oscuras en su garganta y le exige que tire de ellas y que lo asfixie, no quiere morir de otro modo, imagina una línea roja en el cuello, la huella de un dulce ahogo. Se entretiene en la quimera imposible y pierde una pieza.
     El ejército se desmorona, polvo y sangre, desconcierto, la infantería y los carros de combate siembran derrotas entre las blancas
     —¡No estáis en lo que estáis, capitán! ¡Jaque! —increpa el escribano a la vez que le hace un gesto a su esposa para que salga de la estancia.
    Escapa el ángel y vuela. Va a la cocina a disponer las viandas. 
     El capitán se defiende
     —¡Mate!
     ¡Maldita sea! Rodrigo enamorado pierde.
     Esa noche el capitán dormirá con una ramera con los cabellos tan largos  como los de  su amada. Por despecho, por soledad, por desahogo, para olvidarla si es que puede.
    Al día siguiente, seis de octubre del año del Señor de mil quinientos noventa y cinco, amanece con bruma en Gran Canaria. Veintiocho naos navegan envueltas en trazos de niebla, parecen fantasmas que asoman y ocultan sus pálidas velas. 
     Los cañones del fortín de la isleta dan aviso. Rodrigo empuja a la mujer que duerme a su lado y busca la camisa y el jubón, no encuentra una de sus botas, las armas sí, siempre a su vera. La puta, sorda al bullicio de la calle, exige más dineros por su noche, aún apesta a ron. El capitán  la asoma sujeta de greñas al balcón y se espantan los dos de ver cuajado el mar de naves. Sostiene el valor apretando la empuñadura de la espada hasta volver los nudillos tan blancos como las telas que infla y desinfla el conjuro del alisio.
     Cada esquina o vuelta, cada loma, cercado, risco o arenal, finca o platanera, cada casa, o cueva, cabaña o hacienda, cada puerta, escupe hombres raudos hacia la costa. 
     Tarda el escribano en salir de su casa, besa a Eleonor que tiembla bajo el chal que apenas cubre su cuerpo. 
     —Cuidaros mi señor —ruega la esposa, piensa en Rodrigo y si acaso muriera en la batalla, y entonces siente... no sabe Eleonor lo que siente.
     Atempera el paso ¡Qué se apuren los soldados... qué corran los otros, qué los otros defiendan!, a él solo le corresponde transcribir lo que acontece sin arriesgar su vida, rubricar incidencias de lindes de fincas, querellas, atestados, testimoniar a los que llegan y a los que se marchan, validar con su firma la constancia del suceso, incluida la invasión de los piratas. 
     Se forman de inmediato cuatro compañías, una de ellas al mando del capitán Rodrigo; se sumarán más tarde las de Telde y Agüimes. Una sección es destinada al torreón de San pedro Mártir y otra otea el despliegue naval desde el ala sur de las murallas que cerca la ciudad coronada por el castillete de Casa Mata. Ya dispuesto el equipo de fuego y maniobra en el de La luz, los nueve potentes cañones de la fortaleza y otros de menor calibre, pedreros y culebrinas desmontados de barcos ya inservibles, a los de retrocarga le quitan con media rosca el culote y lo montan de nuevo y en las fraguas calientan balas al rojo vivo, pretenden incendiar las naves del corsario Inglés nombrado Sir por su Reina. 
     Francis Drake despliega su escuadra formando un amplio abanico en la bahía.
     El humo denso de las brasas ondula el aire, ora tiembla el foso, ora el puente levadizo baila. 

martes, 1 de agosto de 2017

I El grumete (piratas y corsarios)


                                                 





                            I EL GRUMETE




     Retira la estera donde duerme en un rincón protegido de cubierta. Desayuna galletas secas, ajos y pescado. Con la primera luz comienza la faena: achica el agua que durante la noche hizo la nao, engrasa con sebo los dieciséis cañones y luego trepa por los obenques del palo mayor, le encanta hacerlo. Entre el de mesana y las líneas oblicuas de cabos otea las Islas Salvajes que dejan a la izquierda, separada la escuadra de sus abruptas costas.
     A media tarde tiene hambre. Se acerca a la lumbre donde arden al descubierto los calderos de hierro. Ya la carne salada escasea, las alubias guarecidas en la parte más seca de la nave enmohecen y se pudren. Su joven cuerpo reclama más comida. Rechaza las uvas, higos, pasas, miel y almendras, pero no puede resistirse al aroma que envuelve el castillo de proa de los últimos capones espetados sobre ascuas con que Hawkins obsequia a Drake, postrera cena antes de invadir la Gran Canaria. 
     El cocinero le guarda algo de comida, como moneda de pago reclama una caricia. Con el aguardiente y, casi borracho, olvida que es un hombre, aunque su aún atiplada voz dice que no, lo dice también el bozo rubio de su mejilla.
     Entretiene los claros ojos en el perfil nacarado de una nube que envuelve al sol del ocaso. Su lengua empuja una rima y no sabe el muchacho de donde le vienen las palabras que inventa. Practica el nudo de lazo corredizo, el de as de guía doble, el portugués y el español. El de mariposa se resiste.
     La sirena del mascarón, policromada erecta, es tan dulce de imagen que todo huye: las manazas del cocinero; la disputa por el cambio de guardia del timonel, o del guía; la hediondez del galeón y el mal francés que pinta orate en los ojos de algún hombre. Coloca las manos en forma de cuencos e imagina que los pechos de madera encajan en ellas. Cede la diosa de su altar de proa, se acerca al muchacho. Sueña o ensueña.
     La misma derecha que rozó los yertos senos enrolla ahora la cuerda sobre el cuerpo de la peonza, y tira, y lanza. Se difuminan los colores en el rápido giro del trompo que baila sobre la cubierta.
     El grumete juega. Solo tiene doce años, puede que trece.

















martes, 25 de julio de 2017

Deja que suceda el tango


     


                      Deja que suceda el tango



     He recibido acuse de recibo de un paquete postal desde la ciudad autónoma de Buenos Aires. La única funcionaria de la Oficina de Correos atiende con parsimonia y calma. Hay que esperar, no queda otra. Me entretengo tarareando la cumparsita que venía escuchando en la radio del coche, seguro no me la quito de la cabeza en todo el día. Desde el fondo de la oficina vuela un murmullo contrapunto de mi sintonía mental, parece un disco de vinilo rayado por donde la aguja vuelve y va, y va y vuelve sobre el mismo surco, seguro que es una impresora atascada. 
     Suena el móvil, es mi mujer para recordarme que tengo que hacer algo, como soy escritor trabajo sin horario fijo, algo que ella traduce como que estoy disponible para todo.
     —¡Hola cariño! —contesto —tranquila... no me olvidaré de pasar por... ni de ir a... sí, sí... yo tambiéntequierohastaluegonena. 
   Somos siete en la fila. Mi vecina de cola es una anciana algo desconfiada, agarra con sus dos manos el bolso sobre su pecho y avanza un paso, se para justo debajo de la claraboya del techo que la llena de luz como un milagro, parece que la nieve cae sobre ella, pero no, sólo son motas de polvo que bailan un tango sobre su blanca cabeza. 
     —¿Usted no escucha como una musiquita señora?
     —¿Eh? Yo no escucho nada hijo, que estoy sorda —la vieja sujeta su bolso con fuerza.
     —¿Pero no oye un bandoneón, una guitarra, un violín, un batir de alas? 
     —¿Está usted loco?, déjeme tranquila o llamo a un guardia.
     ¡Joder! El municipal se acerca a mi coche, las ruedas traseras están rozando la raya amarilla del prohibido rozar rayas amarillas. Salgo un momento a mover el auto 15 centímetros y el agente saca su libreta de apuntar centímetros. Con el lápiz en alto hace un amague, luego para el gesto y mira hacia la Oficina Postal desde donde la funcionaria le saluda con la mano a través de la puerta de cristal, entonces el apuntador se gira, olvida lo que estaba haciendo, da media vuelta y entra a dar los  buenos días a Malena. Sin ninguna duda su carita de ángel consigue que hasta el mismísimo cielo se ocupe de mi multa. 
     Ya son las nueve y cuarto y avanzamos otro puesto. Sin despegar los pies del piso dibujamos un ocho, luego flexionamos las rodillas levemente y las estiramos dando un paso hacia delante mirando la nuca del vecino con firmeza. 
     — ¡Hola Malena! —saluda el cartero de turno que le trae un café con leche y ella se lo toma sin prisas porque quema mucho. Sus labios de Eolo y la mueca sopladora es tan bonita que dan ganas de darle una mordida, y aunque son las nueve y media ya casi que no importa 
     Suena de nuevo  el móvil, otra vez  mi insistente mujer. No contesto. Vuelvo a incorporarme a mi lugar y a las diez menos veinte por fin estoy delante de Malena.
     —Rellene aquí, y aquí, y aquí.
     Su dedo da tres golpecitos que se suman al ritmo de su almacén y al sonido del fondo.
     —¿Perdón señorita?, ¿es un tango lo que se escucha?
     Sonríe y dice que sí, una cumparsita, dice con deje  canario  algo mezclado de acento porteño.
     Por fin me da el paquete enviado por la Editorial Autores de Argentina. No puedo evitar desenvolverlo con impaciencia. “El sonido de la tristeza y otros cuentos” reza el título del escritor argentino Raúl Ariel Victoriano.
     Salgo de la oficina a la misma vez que la anciana. Su sombra se refleja en la pared junto a la mía e imagino que bailo con la chica de correos. Le marco el ocho atrás con dedo y antebrazo, el otro medio ocho se lo indico con la presión de la izquierda sobre su derecha. Los pies no deben despegarse del suelo, se rozan y acarician, y Malena, por fin, deja que suceda el tango.










jueves, 20 de julio de 2017

Mi fisio







     

  Mi fisio es enorme, a medida que se acerca crece su magnitud.
  —¡Ay Dios! —suspira con infinita paciencia.
  —¿Qué habrás estando haciendo o mal haciendo qué mira cómo me vienes? —me regaña.
  Sobre la camilla suelta los nudos amarrados del cuello, de la espalda y cintura… hay que desatar lo que con tanto empeño sujetamos.
  Música de abrir chakras de fondo. Yo, la verdad, no distingo entre uno abierto de otro cerrado. Ninguna esencia que estorbe salvo un ramo fresco de hierbabuena etiquetado con “El vaso de mi amiga preferida”. Es mentira, a todas le dice lo mismo. Lo único que me molesta es el sonido de gotas que caen semejando una sutil cascada… me dan ganas de orinar, a ver cómo le digo a mi sensible fisio que apague la cansina cantinela de aguas tenues.
  —Amiga, dime, ¿cómo te va?
  —Bueeeno…, más o menos.
  —¿De qué estás escribiendo ahora?
  —Nada nada… de tonterías.
  Ya sé que me quiere engañar con las preguntas, y que está agarrando por los cuernos mi problema del cuello. Me quejo, con un ¡Ay!
  —Tranquila, estoy en ello. No sé qué te pasa hoy, no consigo relajarte.
  Ahora va a por la glándula pineal y la madre que parió al sartorio, luego ataca al flexor, tiene que dejarlo suavecito, igual que a la línea rugosa del trocánter menor ¡au, sí, justo ahí!
  —Pero calla mujer, y recibe…, a ver qué podemos hacer con esto.
  Mi fisio es poeta y filósofo, sabe diagnosticar los males del cuerpo y ¿del alma? Tiene una voz suave y profunda. Sus manos curan, sus palabras calman, eleva el cuerpo y el espíritu hasta el nirvana, todos los chakras se abren incluido el séptimo, por lo visto es el más difícil. Mi fisio pesa ciento veinte kilos, bueno, ya no, que se ha amarrado el estómago, ahora come menos y acaricia peor, no se lo digo porque sigue teniendo manos de santo y además sabe escuchar, no le han extirpado el oído, ni la intuición de tocar justo donde se debe.
  —Dime gigante fisio, ¿cómo sabes qué es ahí precisamente donde…?
  —Es que tengo diez ojos en los dedos concentrados en tu cuerpo.
  Me gusta cómo me deja la parte interna superficial del muslo, por arriba de la sínfisis del pubis, y cuando estira el tendón largo de la parte superior de la tibia. Tibia estoy ya yo. Tengo calentito el flexor de la pierna y el aductor, a punto de conversación lo tengo.
  —Ahora cierra los ojos que vas a ver el cielo, mi niña. Así. Eso es.
  Los cierro y veo la gloria bendita. Deja que duerma un rato antes de despacharme.
  —Oye, no me faltes tanto que luego cuesta que tu cuerpo me haga caso, y llámame con tiempo, tengo la agenda a tope.
















































viernes, 14 de julio de 2017

La otra




 

                                                                         LA OTRA

                          
     El faro asoma su largo cuello pétreo por encima de la escollera, parece que haga un guiño al mar pletórico de barcas. Se celebra el día del Carmen. Los marineros pasean a sus vírgenes, tan apretados los pueblos costeros qué se rozan las fronteras de las parroquias. Codo a codo, los curas bendicen el mar a golpe de hisopo.
     En la cofradía de pescadores han arrestado a “la otra”, la no bendecida de oficialidad ecuménica, no le han dejado pasear el agua de julio. 
     La oficiosa quiere que la saquen, pero el cura dijo que no, y lo elevó  al Obispo; su Excelencia Reverendísima se negó, y lo elevó a prohibición; el pueblo dijo que sí, que sacarían a su Carmen bendecida o no, porque lo dice el pueblo y punto. 
     No pudo ser. Custodian su urna dos guardias civiles henchidos de devoción mariana, sostienen los tricornios acharolados sobre sus pechos. Huele la cárcel a flores, a brea, a calafate y a ron, también a pregón de sardina fresca y a coraje contenido… si no fuera por el retén de la pareja armada ya se habría liado la marimorena, seguro.
     La virgen no tiene capilla, sólo una vitrina de cristal en la cofradía, y ahí está Carmen, más bonita que ninguna, enjoyada de promesas, hierática virgen prohibida. Sólo tiene doce años, la compraron los pescadores con sus dineros en una tienda de un ex dominico, comercio que hace esquina a la porteña iglesia llamada de La Luz. Su propietario vende imágenes policromadas de santos, ángeles, vírgenes, cirios, reliquias de todas clases, y hasta un pedacito del madero aquel que dio para tanta venta. La compró el pueblo sin la ayuda de la iglesia. El guardia Rafael dio cien mil pesetas de las de antes; un tal Antonio, carpintero, le hizo la urna; otra vecina le cosió el manto azul, y el patrón del “Capitán Lezama”, la trajo a la cofradía en su furgoneta envuelta en varios sacos de arpillera no fuera que se quebrara por el camino. Él hubiera querido envolverla en raso, terciopelos y sedas, pero lo que “hay es lo que hay”, y con éste pensamiento se conformaba el hombre.
     Así que llegó la virgen hizo enseguida varios milagros, porque Juana recibió al día siguiente carta de su hijo desaparecido en la que contaba que estuvieron a la deriva muchos días, y que arribaron a las costas berberiscas con vida, que pronto volverían y daba recado de encender velas a la virgen del Carmen en agradecimiento. También, al amanecer del día siguiente al que trajeron a la imagen de la capital, las barcas volvieron cargadas de atunes, tanto que casi se hundían. 
     Por fin tenían madre amantísima estrenando devotos, cautiva liberta de la vitrina de aquel fraile que rezaba: ”Se vende virgen a tanto, manto y corona aparte”. Sí, el pueblo ya tiene patrona aunque no la avale ninguna aparición, ni el beneplácito de la santa madre iglesia.
     Por la tarde del día de fiesta, ya apagado el bullicio de las procesiones vecinas, cosen las familias las redes y apañan los aparejos bajo las sombras azules de las barcas. Se escucha el rasgueo de las cuerdas de un timple y una voz de cristal que pregunta, siempre pregunta lo mismo la otra:
     Hijos míos, ¿ya hablaron con el Señor Obispo de lo mío?







jueves, 6 de julio de 2017

Documento inédito de una nariz quevediana en su viaje a Las Afortunadas

                                                                         

     Sucedióme, no ha demasiado tiempo, que estando en las afueras de las murallas del Real de las Palmas que circunvalan la villa y  paseando cerca de la portada... encontréme con una napia arrebujada entre el heno de una carreta de donde sobresalía solo su punta, y hasta tal punto amoratada, que parecía más una remolacha que faz humana. Movido por mi natural impulso de indagar que más de una vez metióme en inquisiciones, me acerqué a la carreta a comprobar si se trataba de una rojiza lombarda que algún labriego del lugar pretendía vender en el mercado, o solo de una nariz a punto de asfixia por culpa de la gramínea planta que le impedía oxigenarse. 

     Escarbé en la paja buscando al dueño del apéndice, para mi asombro solo hallé nariz caratulera y además parlanchina. Por obra de algún hechizo,  la nariz, libre de cara, cuello, y cuerpo que la sostuviera, vocalizó en perfecto castellano un ¡pardiez! al que contesté desenfundado raudo mi espada, pues seguro era obra del diablo o alguna broma de algún zagal, que haberlos haylos, (zagales bromistas y encantamientos). 

     La nariz estornudó como estornudan las narices y mi condición de cristiano bien nacido empujóme  a responder  con un ¡Dios le guarde! al que  ella respondió con un ¡gracias!, estableciéndose de inmediato una corriente de simpatía recíproca entre la napia y yo, hasta tal punto que sentado a su sombra contome su triste historia de elefante boca arriba, reloj de sol, pez espada, pirámide invertida. 

     Resultó que habíase escapado de la cara de un celebrado sonetista en la Villa de Madrid, y saltando de faz en rostro llegó hasta Cádiz, y de ahí embarcó hasta las Afortunadas donde buscaba dueño donde aposentarse, aunque en su arriesgada aventura casi perece entre el heno de donde la rescaté.

     Preguntándole a la nariz la causa de su huída,  contó que ser frontispicio de un poeta era un mal vivir,  que aunque al principio el tal Francisco se apañaba con una olla de algo más de vaca que de carnero, salpicón las más noches, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos… desde que sus sátiras molestara a ciertas gentes, por burlas que hacía de grandes y chicos, ni a las viudas respetaba, menos aún a curas y barberos, pues si alguien osaba invitarlo a su mesa lo ponían tan al fondo que era entrepuertas y comparsa de bulto, con lo que las viandas ni olerlas, lo mejor se quedaba para otros. 

     Interesada la nariz en que tal me las aviaba y como era la cocina de mi casa, que si estaba surtida y que si tenía dueña, pues todos saben que ellas, las mujeres, son las que mandan de puertas para adentro, y pareciéndome tal el interés de la tal napia en las cosas domésticas de la vida que no quedóme otra que confesar mi condición de no estar ni amancebado, ni conyugado, ser solitario, rata de biblioteca, y bien es sabido que los que entre papeles nos movemos somos magros de carne, a no ser que nuestros mayores se apiaden de nuestra condición y nos rescaten de las penurias que padecemos, que no es mi caso ,escuálido escribano. 

     Así que despedíme y limpiéle una brizna de heno que aún restaba en una de sus fosas y mostréle el camino del convento Dominico, donde al menos la despensa estará abastecida, y si no del todo, los espirituosos alambiques aliviaran sus penas. 

viernes, 30 de junio de 2017

Cuento sobre una gárgola, un hada y un djinn






Cuento sobre una gárgola, un hada y un djinn














  El sonido de la flauta del ciego del callejón del zoco ulula como el ardiente siroco, aire caliente que sopla entre las alas extendidas de los halcones que sobrevuelan el inmenso cielo del Sahara. Sus notas invaden el patio de mi casa donde mi hermana y yo hacemos los deberes bajo la sombra de un cañizo.
  —No sueñes y estudia hija —me regaña muy serio mi padre.
  Hago cálculos de matemáticas, también de geografía; tengo que resolver en qué punto exacto se cruzaría un tren (A) que parte de Constantinopla, a la velocidad constante de 1.500 Km/h, con otro tren (B), que sale de Viena a la mitad de la velocidad. ¿A qué distancia se encontrarían A y B, y en qué punto geográfico? —pregunta el complicado problema.
  Muerdo el lápiz de pensar y miro como el sol se enreda en el claro pelo de mi hermana pequeña.
 Una gárgola se desprende del tejado,  del pozo asoma un pequeño djinn de orejas puntiagudas y ojos verticales, por pupilas dos ranuras amarillas y alargadas. Discuten la gárgola y el djinn.
  —Si un tren saliera de Port Sudán y otro desde Zanzíbar el punto exacto donde se cruzarían sería en Orán, justo enfrente de la mezquita donde venden los mejores melones de la zona —afirma el dijinn con total seguridad.
  —No hagas caso a éste imbécil que te quiere confundir, esos lugares son puertos,  no estaciones de tren —gorgotea la gárgola.
   ¡Ale Hop! Un hada madrina aparece radiante y blanca, como si el calor del patio no fuera con ella, aparta con sus alas transparentes a mis ayudantes.
   —¿Niña que quieres?, ¿por qué me has despertado del mundo de los sueños?
   —Es que deseo ser rubia, como mi hermana.
  Sonríe el hada de opereta que va vestida a la manera clásica: cucurucho de tul y  varita estrellada de deseos, también unas gafas de sol para protegerse de la luz del Sahara.
  El pequeño y veloz djinn aparece y desaparece varias veces, hace piruetas para llamar mi atención, sólo ha tardado unos segundos en dar siete veces siete la vuelta a la esfera del mundo y aún le sobra tiempo para echarle un ojo a mis difíciles deberes.
  —¿Cómo lo haces? —le pregunto muerta de curiosidad, ¡ojalá yo fuera tan rápida!
  —No lo sé, imagino que estoy en un lugar y voy, y llego, sin más. Puedo hacer actos dificultosos que rebasa cualquier capacidad humana.
 —Sin embargo  no sabe teñir el pelo de rubio. —Interviene el hada quisquillosa.
   —Ni hacer cálculos de trenes, ni siquiera sabe sumar —se chiva la figura pétrea e inamovible, envidiosa de la agilidad del genio del submundo.
  —Antes, en el medievo —continúa la gárgola —fui dragón cuellilargo de alas membranosas, comedor de doncellas vírgenes y caballeros de brillante armadura.
  —Ahora sólo es desaguador de lluvias en los tejados, draconiano venido a menos, de qué le sirve dragar aguas si aquí en el Sahara apenas llueve
   —Vete a hacer puñetas a tu submundo, enano amarillo.
   —Y tú a hacer gárgaras a tu sumidero.
   —¿De dónde venís? —Pregunto para poner fin a la discusión entre ellos.
  — Yo de la cima, de lo alto de las iglesias y de las catedrales, y nos preciamos de ser grotescas, y parodiar los gestos de los seres humanos. Formamos sociedad en hileras sobre los tejados. Nunca estamos solas, somos comunidad.
  —Yo de la sima, o del pozo, o de lo que está más abajo del pozo o de la sima, y somos legión. Entre nosotros hay creyentes e impíos, justos e inicuos, ángeles o demonios, pero no hay ninguno que sea lento o torpe.
   —¿Y cómo es qué mi hermana no os puede ver?
   —Porque sólo nos pueden ver las niñas que no parpadean, o que lo hacen tan rápido tan rápido que parece como que no. También nos ve el ciego que toca la flauta en el callejón del zoco.
   —¿Y a mí no me preguntáis de dónde vengo?...Del mundo de los cuentos, de las leyendas, del éter, soy un ser vaporoso, etéreo y sutil —se contesta a si misma el hada entrometida que todo lo sabe, ¡bella y perfecta!, como si las miasmas del mundo no la rozaran, tan inmaculada que dan ganas de desinflarle la burbuja en la que flota.
  —¿De qué tono lo quieres niña?
  —¿El qué…?
  —Pues qué va a ser tonta…, tu pelo, ¿no querías ser rubia?
 El hada abre un muestrario con cien tonalidades tan brillantes y claras que ciegan.
  —Como éste…, no no… mejor éste, creo —dudo.
 Se ríe la no conseguidora con una carcajada tan estruendosa que aplasta el sonido de la flauta mágica, al dijinn y a la gárgola. Todo se apaga menos el patio y los deberes.
  —Lo siento mucho —niega agitando su rubia melena —no puedo concedértelo.
  —¿Por qué no? —pregunto furiosa.
  —Porque solo soy un absurdo deseo de tu dorada infancia.
  —No te vayas, no te vayas…, dime al menos a que altura se encontrarían los dos trenes de mi problema.
 Pero desapareció la muy hada mentirosa con su varita de plomo de hacer ¡flops!