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viernes, 30 de junio de 2017

Cuento sobre una gárgola, un hada y un djinn






Cuento sobre una gárgola, un hada y un djinn














  El sonido de la flauta del ciego del callejón del zoco ulula como el ardiente siroco, aire caliente que sopla entre las alas extendidas de los halcones que sobrevuelan el inmenso cielo del Sahara. Sus notas invaden el patio de mi casa donde mi hermana y yo hacemos los deberes bajo la sombra de un cañizo.
  —No sueñes y estudia hija —me regaña muy serio mi padre.
  Hago cálculos de matemáticas, también de geografía; tengo que resolver en qué punto exacto se cruzaría un tren (A) que parte de Constantinopla, a la velocidad constante de 1.500 Km/h, con otro tren (B), que sale de Viena a la mitad de la velocidad. ¿A qué distancia se encontrarían A y B, y en qué punto geográfico? —pregunta el complicado problema.
  Muerdo el lápiz de pensar y miro como el sol se enreda en el claro pelo de mi hermana pequeña.
 Una gárgola se desprende del tejado,  del pozo asoma un pequeño djinn de orejas puntiagudas y ojos verticales, por pupilas dos ranuras amarillas y alargadas. Discuten la gárgola y el djinn.
  —Si un tren saliera de Port Sudán y otro desde Zanzíbar el punto exacto donde se cruzarían sería en Orán, justo enfrente de la mezquita donde venden los mejores melones de la zona —afirma el dijinn con total seguridad.
  —No hagas caso a éste imbécil que te quiere confundir, esos lugares son puertos,  no estaciones de tren —gorgotea la gárgola.
   ¡Ale Hop! Un hada madrina aparece radiante y blanca, como si el calor del patio no fuera con ella, aparta con sus alas transparentes a mis ayudantes.
   —¿Niña que quieres?, ¿por qué me has despertado del mundo de los sueños?
   —Es que deseo ser rubia, como mi hermana.
  Sonríe el hada de opereta que va vestida a la manera clásica: cucurucho de tul y  varita estrellada de deseos, también unas gafas de sol para protegerse de la luz del Sahara.
  El pequeño y veloz djinn aparece y desaparece varias veces, hace piruetas para llamar mi atención, sólo ha tardado unos segundos en dar siete veces siete la vuelta a la esfera del mundo y aún le sobra tiempo para echarle un ojo a mis difíciles deberes.
  —¿Cómo lo haces? —le pregunto muerta de curiosidad, ¡ojalá yo fuera tan rápida!
  —No lo sé, imagino que estoy en un lugar y voy, y llego, sin más. Puedo hacer actos dificultosos que rebasa cualquier capacidad humana.
 —Sin embargo  no sabe teñir el pelo de rubio. —Interviene el hada quisquillosa.
   —Ni hacer cálculos de trenes, ni siquiera sabe sumar —se chiva la figura pétrea e inamovible, envidiosa de la agilidad del genio del submundo.
  —Antes, en el medievo —continúa la gárgola —fui dragón cuellilargo de alas membranosas, comedor de doncellas vírgenes y caballeros de brillante armadura.
  —Ahora sólo es desaguador de lluvias en los tejados, draconiano venido a menos, de qué le sirve dragar aguas si aquí en el Sahara apenas llueve
   —Vete a hacer puñetas a tu submundo, enano amarillo.
   —Y tú a hacer gárgaras a tu sumidero.
   —¿De dónde venís? —Pregunto para poner fin a la discusión entre ellos.
  — Yo de la cima, de lo alto de las iglesias y de las catedrales, y nos preciamos de ser grotescas, y parodiar los gestos de los seres humanos. Formamos sociedad en hileras sobre los tejados. Nunca estamos solas, somos comunidad.
  —Yo de la sima, o del pozo, o de lo que está más abajo del pozo o de la sima, y somos legión. Entre nosotros hay creyentes e impíos, justos e inicuos, ángeles o demonios, pero no hay ninguno que sea lento o torpe.
   —¿Y cómo es qué mi hermana no os puede ver?
   —Porque sólo nos pueden ver las niñas que no parpadean, o que lo hacen tan rápido tan rápido que parece como que no. También nos ve el ciego que toca la flauta en el callejón del zoco.
   —¿Y a mí no me preguntáis de dónde vengo?...Del mundo de los cuentos, de las leyendas, del éter, soy un ser vaporoso, etéreo y sutil —se contesta a si misma el hada entrometida que todo lo sabe, ¡bella y perfecta!, como si las miasmas del mundo no la rozaran, tan inmaculada que dan ganas de desinflarle la burbuja en la que flota.
  —¿De qué tono lo quieres niña?
  —¿El qué…?
  —Pues qué va a ser tonta…, tu pelo, ¿no querías ser rubia?
 El hada abre un muestrario con cien tonalidades tan brillantes y claras que ciegan.
  —Como éste…, no no… mejor éste, creo —dudo.
 Se ríe la no conseguidora con una carcajada tan estruendosa que aplasta el sonido de la flauta mágica, al dijinn y a la gárgola. Todo se apaga menos el patio y los deberes.
  —Lo siento mucho —niega agitando su rubia melena —no puedo concedértelo.
  —¿Por qué no? —pregunto furiosa.
  —Porque solo soy un absurdo deseo de tu dorada infancia.
  —No te vayas, no te vayas…, dime al menos a que altura se encontrarían los dos trenes de mi problema.
 Pero desapareció la muy hada mentirosa con su varita de plomo de hacer ¡flops!
























       



              

domingo, 25 de junio de 2017

La casa del francés







                            La casa del francés




   


     Las botellas vacías de absenta estorban el paso del notario y del forense que dan fe y avalan que sí, que ya no respira el cuerpo que pende del techo. Solo era un anciano maloliente que no se integraba, siempre escuchando la música de su país, gorgoritos existencialistas en erre que no casan nada con la calle soleada vecina al club de tenis. Las sombras alargadas de las palmeras alteran la luz radiante de la calle donde vivía el francés. A veces las pelotas saltan el muro y se quedan para siempre enredadas en la mimosa de empecinadas raíces que crece salvaje en el patio del arisco extranjero. Amarillo confuso de amarillo.
     Los del servicio social hicieron su aséptico trabajo con guantes y mascarillas  tirando a la basura la rúbrica de toda una vida. Después se fueron.
     El gato negro del francés acostumbrado al hoy no hay, sus costillas lo pregonan, se pasea por las cajas arrimadas al contenedor buscando a su viejo dueño. Asoma la cinta de la medalla al valor de cuando estuvo en Argelia defendiendo el honor de la Patri. Una vecina se lleva el gramófono, el escritorio desmadejado no, viven en él las polillas y también una domadora de pulgas.
     En la noche de San Juan rezo una oración por el alma del francés, crepitan en la hoguera los añejos recuerdos. Una llama crece, baila y encandila los ojos de quienes la miran, aquella silla que algún vecino condena es ahora una cruz gamada por culpa del capricho del fuego.
     Ésta mañana ha amanecido ventosa, el aire mueve las esquinas del cartel del “Se vende”.
     Sólo conservo del francés la fotografía de una bella mujer de cejas cinceladas que firma al pie, y un viejo disco que encierra la voz triste de una nostalgia rayado justo por donde se entona el à trois temps, à trois temps, à trois temps.











jueves, 15 de junio de 2017

Mr. President



                               

                                                      MR. PRESIDENT






   Mi vecino es un payaso, uno de esos tipos graciosos que destacan por bocazas en todas las reuniones, ya saben, siempre tiene algo que decir… el último chiste y el último chisme, seguro que ustedes conocen alguno de estos especímenes. Le ha tocado por sorteo riguroso, eso cuenta, ser Presidente de la comunidad de vecinos, y claro, cuando hay que tratar temas serios a ver cómo le planteo al payaso con cara de payaso con chistes de payaso, que sí, que no he podido ingresar las cuotas comunales desde hace tres meses más la derrama por pintar la fachada.
  —Es que… es que mi marido se ha retrasado en… —tartamudeé algo nerviosa.
     —Tu ex marido —concretó el Presidente.
    Lo que me pasa con mi ex es que no me acostumbro todavía a conjugarlo en tiempo pasado.
     El payaso, antes de ser Mr. President, antes de quedarme sola con mis hijos, cuando coincidíamos en el portal o en el ascensor me saludaba con un respetuoso buenos días Mary, o buenas tardes ¿qué tal los niños? Desde su nombramiento ha añadido un hola rica, o un hola nena, y al imbécil le da igual que vaya tirando del carrito de mi pequeña o de la mano del mayor. La última vez Carlitos le soltó un capullo como la copa de un pino, por algo sería.
     —¡A ver si somos más educados chaval!
     Cuando le mentó a su madre, o sea, a mí, el muchacho le dio una patada en las canillas y el energúmeno se puso a chillar entre su puerta y la mía lo de que si no pagaba las cuotas me denunciaría por morosa. Así, tal cual, delante de mis hijos. A la mañana siguiente no dejó entrar a Carlitos a la piscina y me vino llorando con el que no me deja pasar mamá, que no me deja el Presidente entrar en su piscina.
     —No es suya hijo, es de todos.
     Fui a hablar con el payaso al cuarto de la caldera donde tenía montado lo que llamaba “Su Despacho”, escritorio de metal y estantería donde las herramientas le comían el sitio a los papeles, o al revés. Tuve que contarle que mi ex no me pasaba la asignación de mis hijos desde hacía un tiempo y que yo andaba buscando trabajo de lo que fuera, aunque con dos niños pequeños lo tenía complicado, ¿con quién los iba a dejar?
     — Sí, claro que lo tengo denunciado, pero ya sabe lo despacio que va la justicia.
     —Pues ya me dirás como lo arreglamos… por lo pronto puedes fregar las escaleras y los garajes a cuenta de la deuda, despedí a la chica que lo hacía hace unos días, por fresca y porque no me tenía respeto. Y tu hijo que se ande con cuidado ¿eh?
     —Ya, ya me doy cuenta de tu… digo de su paciencia, pero el niño no tiene la culpa, déjelo entrar en la piscina.
     Antes de divorciarme bien que venía el imbécil a ver los partidos a casa en el canal de pago y a beberse el whisky de marca, la gorda de su mujer pillaba los canapés de paté con espuma de fromage con la punta de los dedos metiéndolos con extremada delicadeza en su boquita de piñón. Cuando me daba la vuelta vaciaba la bandeja en un santiamén, En aquel entonces nos tratábamos todos de tú. En el cumpleaños de Carlitos hasta se vistió de payaso con su peluca de colores y su nariz encarnada, todo un clásico, ni siquiera tenía imaginación para disfrazarse. Con los globos hacía figuras de animales, bueno de un animal, perros salchichas, todos iguales. Los chiquillos bostezaban.
     —Se lo agradezco, me vendrá bien su oferta hasta que encuentre algo mejor, claro que con la niña tan pequeña lo tengo difícil… dele las gracias también a su señora de mi parte.
     Se acerca mucho, sin más, y sin más también me aprieta contra la pared, y cuando me aparto me recuerda que limpiar las escaleras, su casa y la de algún vecino me vendría de perlas. Y que si soy amable con él hará la vista gorda a… Todo esto lo dice resoplando mientras no para de sobarme, con su halitosis pegada a mi oreja.
     Me da la vuelta levantándome la falda y, con brusquedad me baja las bragas a media pierna. Así, sin más.
     —Ni se te ocurra gritar o te vas a la calle tú y tus hijos.
     La pared está caliente, la siento en mi cara y en las manos apoyadas en ella, debe ser por la caldera que guarda dentro. Leo el letrero de instrucciones del calefactor mientras el presidente empuja una y otra vez: “El fabricante no se responsabiliza por daños causados al aparato, por negligencia o manipulación incorrecta”. Releo de manera automática, se acercan y alejan las letras “El fabricante no se responsabiliza por daños... el fabricante no se responsabiliza por... el fabricante no..."



viernes, 9 de junio de 2017

Biografía funesta



                                                 

                                                           Biografía funesta





   Cuando era joven y con el fin de que me fuera tomando contacto con la dinámica de la empresa familiar, por imperativo paterno pasaba en nuestra imprenta la mayor parte del tiempo que me dejaba libre la facultad.
   Recuerdo el año en que editamos “Cartas a un niño sobre Francisco Franco”. El autor, marioneta del Régimen, firmaba con orgullo la biografía edulcorada del Generalísimo Salvador de la Patria. En aquel entonces no era fácil publicar libremente fuera de la imposición del brazo férreo del Gobierno. Yo odiaba a Franco con toda la fuerza de mi juventud, con el empuje de las nuevas ideas que comenzaban a fraguarse en las universidades españolas en los años 60. Lo imaginaba empuñando una pluma con la que decretaba tantas muertes de paredón o de garrote vil, porque sí, sin paliativos, sin concesiones, aunque la guerra hubiese acabado en el 39.
  “Dedicado a todos los niños españoles”. Mira muchacho: has nacido, y quizá tu padre también cuando un solo nombre en nuestro país, Francisco Franco, dice tanto como el nombre de la de la propia España. Voy a contarte la vida del Jefe del Estado español, que es como decir el Jefe de todo lo que vive y se mueve en nuestra Patria.
  Cuando me negué a colaborar con la edición de la biografía mi padre puso el grito en el cielo, y claro, discutimos. Entonces mi madre, miedosa del "qué dirán" bajó volando las escaleras de nuestra casa situada en lo alto de la imprenta y exclmó: ¡Ay éste muchacho nos va a matar a disgustos! Si te escucha don Agapito se nos va a caer el pelo.
  Don Agapito, nuestro vecino, director de un instituto de enseñanza media, impuso en su centro la biografía como libro de texto adicional para la asignatura de Formación del Espíritu Nacional.
  Por la noche, mientras la familia dormía, me resarcía imprimiendo en el hectógrafo octavillas contra el Régimen; cada noche cien sumaban miles al poco tiempo.
 Es posible que muchos de nosotros, jóvenes estudiantes desconcertados y algo torpes no supiéramos distinguir a Trotski de Lenin, ni en qué consistía exactamente “La Causa”. Queríamos hacer algo, lo que fuese, dábamos palos de ciegos, más a siniestro que a diestro, pues la palabra derecha se oponía, por norma, a nuestros aún inciertos principios, igual que se oponían a nosotros, los jóvenes vanguardistas, las Fuerzas del Orden Público con sus tiros al aire tan frecuentes y certeros que atinaban en pleno corazón…, es lo que tienen las balas perdidas, que mudan su trayectoria por arte de magia. Acudíamos sedientos de reformas a las asambleas, manifestaciones, proyecciones de películas, recitales de música y de admirados poetas:

  Niños del mundo, si cae España…si cae ¡cómo va a quedarse en diez los dientes, en palotes el diptongo, la medalla en llanto!
  Jornadas de actos y jornadas pacatas de amor la mayoría de las veces. Casi todas las compañeras se negaban a abrirse de piernas no sea las desmozaran, guerreras de discursos y tímidas de bragas para adentro. Teníamos que enamorarlas como mi padre enamoró a la suya, y aunque unos años más tarde hubo quema de sostenes fuera de las fronteras , y en el 68 el mayo francés, aquí, en ésta España nuestra, Josefa o Paca, por muy camaradas de partido que fuesen, exigían un compromiso en regla antes de la metida de mano o de lo que se terciara, y en eso andábamos, teorizando el amor libre y aguantando el dolor de huevos entre mítines y versos.
  Conocí a “Los poetas” en profundidad a la vez que a Lola. Ella fue quien me enseñó la naturalidad en los modos; a guardarnos de los hijos no deseados; a dejarse llevar con la piel y con las entrañas; a entendernos a golpe de verso, de palabra y de actitudes. De ella me sorprendió que no comerciara con su sexo a cambio de una promesa conyugal. Recitábamos a Miguel Hernández, llorábamos lágrimas de cebolla y pena, nos amábamos con Vicente Aleixandre entre sangre a raudales y memorias melancólicas; odiábamos a Franco con la rabia de Neruda y con su misma certeza le auguramos su propio infierno.
  Y claro que editamos la jodida biografía, no quedaba otra. Mi amor por Lola se difuminó en la nada, o en la casi nada. Fue ella quien me dejó, nunca he podido ni he querido olvidarla. A mis padres no les gustaba nada la Lola roja y libertaria. Terminé casándome con una mujer muy distinta a ella.
  Actualmente dirijo la imprenta que fue de mi padre y de mi abuelo, claro que primero vino la transición…, los desnudos desplegables de la página central de las revistas, la aparente apertura y las desilusiones en quienes confiábamos. La cultura "underground" proliferó y contratamos a un dibujante de comic gráfico, evidente y obsceno, que es lo que mola. Editamos sin restricciones con publicidad incluida de cualquier producto que el mercado ofrezca. En fin, el negocio es el negocio.





sábado, 3 de junio de 2017

Te quiero Magdalena








   Me llamo Madeleine, un nombre casi tan bonito como Clementine, o Albertine, pero mucho más dulce y evocador. Quienes han sentido la dicha de tenerme sueñan conmigo para los siempres de lo siempres, amén. 
  Nací en Commercy, un lugar casi anodino si no fuera por mí. Conocerme es recordarme. Otras congéneres incluso más exquisitas que yo no han corrido la misma suerte. Voilà! La vida es así. Soy cúpula edulcorada, alfombra mágica, puente de plata, puerta del cielo, causa de alegría, salud de los enfermos, dulce estrella de los desayunos y de las meriendas también. 
   Mi presentación oficial fue en un banquete ofrecido por el Duque de Lorena. Todo empezó porque en las cocinas del castillo el intendente y el cocinero se pelearon, soltaron los mandiles, espumaderas y sartenes, hasta con las harinas arramblaron dejando a los invitados sin postres. Entonces aparecí de mano de mi creadora y todos quedaron encantados conmigo. Entré con un poco de miedo, tímida y sencilla, sin aguas de azahares, sin abalorios ni guarnición, sin pasas, ni almendras, ni piñones, ni canela. Tal cual. A todos sorprendí y hasta tal punto, que el Conde me envió como regalo a la Reina María de impronunciable apellido “Leszynska”. Fui regio regalo en bandeja de plata, y dulcifiqué los paladares Versallescos. Algunos cortesanos quisieron llamarme Pastel de la Reina, por fortuna respetaron mi precioso nombre de Madeleine. 
  Mucho más tarde me conoció el burgués de las narices, un tal Marcelo enredado de palabras. Mira, ahora me prueba con te o tila, nunca se ponen de acuerdo los traductores del brebaje evocador, y Marcelo sueña…, sueña o ensueña. Está abrumado que rima con bruma. Me besa y se estremece. El vaho en espirales envuelve su nariz y todo Combray entra en su taza. Ora la torre de la iglesia, ora su ábside, la nervada cúpula, los rosales que surgen de un recodo del camino, o la luz que esmerila los cristales.
  Y aquí me tiene desmigajada flotando sobre el líquido casi frío, nunca me han tratado así. Este hombre es un desastre, ya te digo.
  Marcelo mira las gotas de la reciente lluvia que forman pequeños caminos en los cristales de la ventana, una rama del espino asoma y el color rosado de los brotes le hace sentir tan feliz como una perdiz de final de cuento. Cuelga alguna miga debajo de su mostacho y a golpe de pluma mi esponjoso cuerpo se convierte en un recuerdo proustiano.