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jueves, 31 de agosto de 2017

¡Sé feliz! (un escrito ligero para despedir el veranito)





                                                ¡Sé feliz!

          El calor del mediodía aplasta el paisaje que entra por la ventana, un velero puntea de blanco el horizonte. Bajo a la playa. Las gotas se evaporan sobre la piel, cada una de ellas encierra un pequeño sol.
     ¡Me cago en la puta gaviota! Algo pegajoso me ha caído en un ojo que no me deja ver, que me deja ciega el pajarraco. ¡Anda!...si es un niño chico comiéndose un melocotón que chorrea por sus brazos, por mi ojo también. Ahora sonríe. Me quiero comer al niño rubio pringoso. Mete sus pies en mis aletas cien veces su talla y se pone las gafas de bucear, todo lo toca el puñetero. 
     —¡Qué no molestes Manolito! —le regaña su mamá.
     — Que no molesta, de verdad, no se preocupe.
     Dos muchachas plantan un bolso de rayas de colores. Movimiento de toallas.  Fuman mucho, un cigarrillo detrás de otro. Clavan en la arena un cucurucho apestoso cerca de mi sensible nariz, parece una pirámide invertida rosa fucsia gigante. Una tiene los pechos tan pegados a la garganta que es imposible tenerlos así, de esa manera. Los llena de crema y no tienen el vaivén natural que los pechos deben tener, rebotan ligeramente como pelotas de caucho y vuelven donde estaban, vecinos del cuello.
     Me tiendo boca abajo y por debajo del brazo miro el panorama: buenas piernas la del socorrista, mejor culo. Escucho el sonido de las  olas que vienen y van, y a la madre del chiquillo que no para de largar por el móvil, a ver si se calla. 
     By Happy irradia el sol que incendia el espacio de luz. Las gaviotas se ponen de acuerdo y entonan a coro el By Happy con la misma voz que la de Bob Marley. Igualita. 
     Chano, el borracho del pueblo, duerme su curda mañanera debajo de la sombra de una barca roja y azul, y un guardia municipal lo despierta con malos modos. 
     —¡Déjeme tranquilo hombre! —increpa Chano y suelta la única frase que sabe en su inglés: “Bi japi”
     —Va a ser que no —responde el guardián de la Ley  poniéndole una multa por orden del Ayuntamiento, que por lo visto no se puede dormir borracho, sereno sí. 




miércoles, 23 de agosto de 2017

María





                                                                  María 




     Escribo de medio lado, tocada de ala, como sin querer queriendo, dudosa de cómo asir su esencia porque es, era, inaprensible, y aunque a veces, las más, fue luz, a veces también fue sombra.
     No es fácil hablar de ella. Más que estrecho, puente; más remo que rémora; más acción que facción, fáctica amiga libertaria y resuelta.
     Mi madre me preguntó si diría unas palabras en su funeral. Le dije que no, que no podía, que las dijera su hermano Fernando.
     — Roguemos por el alma de María del... —pronunció el cura su nombre completo y sus dos apellidos. La imaginé a mi lado escuchando el oficio, una ceja ligeramente más alzada que la otra. A su manera.
     — Dale Señor a tu sierva el eterno descanso, que la luz perpetua la ilumine.
     Fer se balanceaba apoyándose en un pie, luego en el otro, la mandíbula apretada marcando huesos. Recordé que de pequeño padecía de bruxismo, sus dientes rechinaban sobre todo cuando dormía, su hermana y yo nos burlábamos de él con el cruel retintín de chino rechino de la Ferechina. Una vez, por este motivo, le dio tal empujón a María y con tan mala suerte que le abrió la cabeza al caer hacia atrás, tuvieron que darle puntos de sutura, nunca le volvió a crecer el pelo en una zona de unos cinco centímetros cerca de la coronilla, sabía disimularlo con alguna horquilla..., ella lo llamaba su tercer ojo, decía que desde ahí, o por ahí, podía leernos el pensamiento. Lo cierto es que nunca dudé de su capacidad intuitiva para saber lo que sentíamos todos.
     Fer hacía lo imposible para mantenerse erguido, de manera casi aséptica disertaba sobre lo grande que era su hermana enumerando logros, aptitudes, múltiples capacidades. Una estrategia para no derrumbarse.

     —Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. 
     Con la mente en blanco, aguantando el tipo, escuché como el cura desvirtuaba a mi amiga.
     De María tengo guardados todos los momentos, cada uno de ellos, incluso los amargos, y un precioso anillo de aguamarina. Al poco tiempo lo llevé al joyero para que lo acortaran. Mi dedo mide, según la tabla de equivalencias de medir anillos, un 14, el de ella un 16, no sabía que su anular midiera 2 milímetros más que el mío. No sabía que la última vez que la vi fue la última definitiva de las veces. No sabía que respirar sin ella fuera tan difícil. No lo sabía.
     El Kirye Eleisón se elevó por encima del púlpito adosado a uno de los cuatro pilares alcanzando la cúpula central. Cristo ten piedad, clamaban los fieles. María reverberada en los muros, en el ábside, en los contrafuertes, las vidrieras soplaban Marías.

sábado, 19 de agosto de 2017

III Aguada (Piratas y Corsarios)





                                                             III AGUADA



    Derrotado Drake, huye con su escuadra. Parte de las naves recalaron en la costa sur de la isla de Gran Canaria con el fin de hacer aguadas, recoger leña y reparar  las naos  descompuestas por los avatares sufridos. Unos pastores de cabras de los que por aquellos desiertos parajes andaban dieron voz de alerta de que los ingleses arribaron a la playa nombrada de Arguineguín. Otros pastores aborígenes no estuvieron de acuerdo con dar aviso del acontecimiento, pues pensaban que daba igual que el enemigo fuera castellano, inglés, turco o berberisco. 
  El capitán Rodrigo marchó con dieciséis jinetes a defender cualquier intento de desembarco. El escribano por orden del Gobernador junto a él para dar fe de lo que ocurriera. Durante el camino confesó a Rodrigo que su esposa pronto habría de darle un vástago, a lo sumo en cinco o seis meses, y al decirlo erguía su escuálido cuerpo sobre la montura orgulloso de poder obtener la deseada descendencia. Rodrigo, de solo imaginar a su preciosa Eleonor, su hasta ahora esbelta Eleonor, frágil, casi etérea Eleonor... con el vientre henchido y la cintura deforme, su deseo por ella, lo que creía apasionado amor se disipó  al instante. Suyo no era, pues solo la había soñado y ella habíale prometido que el esposo por más que lo intentaba no podía acontecerla. Eleonor, la de los ojos de luz, la de blancas manos y boca mentirosa. Ya habría otras beldades, vírgenes o no, desposadas o doncellas por las que suspirar.
    El escribano dio cuenta por escrito de lo que aconteció, y fue que primeramente hicieron presos a dos piratas que andaban recogiendo leña confesando donde estaba el resto sobre los que cayeron los pastores canarios armados de palos, piedras y determinación. De sí mismo escribió  que mató a siete. 
    Sobre los demás del grupo, los que no tuvieron tiempo de huir e iban armados, actuaron los arcabuceros tomándose su tiempo para fijar en el serpentín la mecha ya encendida, trenzada y empapada de salitre, soplando y avivándola luego. Un aguerrido pirata casi   consiguió alcanzar a  un soldado quien puso el pie en el estribo de la ballesta forzando la cuerda hasta lograr  engancharla en la nuez y disparó hiriendo de muerte al inglés, tan joven que no tendría más de doce años, puede que trece. 
    Sobre la arena yacen los muertos y algún moribundo, es entonces cuando, por fin, asoma  el escribano parapetado ente dunas y matorrales, y a uno que intenta levantase le clava su espada con saña y fuerza. Cae de manera lenta y grave, se agarra el vientre, sus ojos azules tan abiertos que todo el cielo cabe en ellos. Todo el cielo. El muchacho aprieta el puño, murmura algo apagado que no se entiende, burbujea de sangre las comisuras de sus labios. El escribano fuerza su mano creyendo que esconde algo de valor... solo es un trompo de madera con la punta de metal clavada en la palma; la esfera tiene líneas grabadas en su cuerpo de madera en blanco y rojo como la bandera corsaria protegida de Reina inglesa. Cuando el trompo daba vueltas se hechizaba la mirada hasta que la peonza cabeceando dejaba de girar. El escribano lo guarda en bolsillo, será un buen juguete para su futuro hijo. También se queda con la pistola aún humeante y el puñal del cinto.



                            fin











viernes, 11 de agosto de 2017

II El Inglés (Piratas y corsarios)










                                                                       EL INGLÉS




     El Capitán General fortifica la villa, no deja resquicio sin defender, ordena levantar torres, fortalecer los muros y a todos emplea: a ingenieros y canteros, quienes proyectan, reglan y miden. Incluso utiliza a la soldadesca como albañiles para la tarea ingente de mezclar argamasa con cal, arena y agua; triturar piedras; cargar y transportar. 
     Todo bulle en el Real de Las Palmas. Algo del barullo penetra el interior de la casa del escribano, ni siquiera las cortinas de grueso terciopelo mitigan del todo el ruido de la creciente capital. El dueño de la casa juega una partida de ajedrez con el capitán Rodrigo, el mejor oponente con el que se ha enfrentado hasta el momento. Ambos despliegan estrategias en silencio con el vino de malvasía del monte aromado a su alcance. Rodrigo cuelga los ojos del gesto de Eleonor cuando vierte el licor en las copas y con la mano izquierda sujeta los encajes de la manga. Blanco enredado de blanco.
     El escribano dificulta la partida con un giro imprevisto, pero es cauto y recuerda que el capitán fue alumno de un inteligente italiano de baja estatura apodado Il Puttino, aquel que venció un sacerdote español para su escarnio y vergüenza. 
     Rodrigo apoya el mentón en la mano y reflexiona. Sobre la mesa caminos diversos, diez pensamientos anudados se tropiezan, reina el desorden por un momento, luego todo se aclara. Imagina el paisaje en diagonal, futura incursión del alfil, alternativa cauta o atrevida según sitúe el oponente la pieza de marfil que corresponda. Protege al Rey enrocado de torre en su encierro regio y sacrifica a la dama, despojo olvidado en un lado del tablero.
     El perfume del cabello de Eleonor al servirle el vino es tan intenso que todo huye. Sueña que enreda las largas guedejas oscuras en su garganta y le exige que tire de ellas y que lo asfixie, no quiere morir de otro modo, imagina una línea roja en el cuello, la huella de un dulce ahogo. Se entretiene en la quimera imposible y pierde una pieza.
     El ejército se desmorona, polvo y sangre, desconcierto, la infantería y los carros de combate siembran derrotas entre las blancas
     —¡No estáis en lo que estáis, capitán! ¡Jaque! —increpa el escribano a la vez que le hace un gesto a su esposa para que salga de la estancia.
    Escapa el ángel y vuela. Va a la cocina a disponer las viandas. 
     El capitán se defiende
     —¡Mate!
     ¡Maldita sea! Rodrigo enamorado pierde.
     Esa noche el capitán dormirá con una ramera con los cabellos tan largos  como los de  su amada. Por despecho, por soledad, por desahogo, para olvidarla si es que puede.
    Al día siguiente, seis de octubre del año del Señor de mil quinientos noventa y cinco, amanece con bruma en Gran Canaria. Veintiocho naos navegan envueltas en trazos de niebla, parecen fantasmas que asoman y ocultan sus pálidas velas. 
     Los cañones del fortín de la isleta dan aviso. Rodrigo empuja a la mujer que duerme a su lado y busca la camisa y el jubón, no encuentra una de sus botas, las armas sí, siempre a su vera. La puta, sorda al bullicio de la calle, exige más dineros por su noche, aún apesta a ron. El capitán  la asoma sujeta de greñas al balcón y se espantan los dos de ver cuajado el mar de naves. Sostiene el valor apretando la empuñadura de la espada hasta volver los nudillos tan blancos como las telas que infla y desinfla el conjuro del alisio.
     Cada esquina o vuelta, cada loma, cercado, risco o arenal, finca o platanera, cada casa, o cueva, cabaña o hacienda, cada puerta, escupe hombres raudos hacia la costa. 
     Tarda el escribano en salir de su casa, besa a Eleonor que tiembla bajo el chal que apenas cubre su cuerpo. 
     —Cuidaros mi señor —ruega la esposa, piensa en Rodrigo y si acaso muriera en la batalla, y entonces siente... no sabe Eleonor lo que siente.
     Atempera el paso ¡Qué se apuren los soldados... qué corran los otros, qué los otros defiendan!, a él solo le corresponde transcribir lo que acontece sin arriesgar su vida, rubricar incidencias de lindes de fincas, querellas, atestados, testimoniar a los que llegan y a los que se marchan, validar con su firma la constancia del suceso, incluida la invasión de los piratas. 
     Se forman de inmediato cuatro compañías, una de ellas al mando del capitán Rodrigo; se sumarán más tarde las de Telde y Agüimes. Una sección es destinada al torreón de San pedro Mártir y otra otea el despliegue naval desde el ala sur de las murallas que cerca la ciudad coronada por el castillete de Casa Mata. Ya dispuesto el equipo de fuego y maniobra en el de La luz, los nueve potentes cañones de la fortaleza y otros de menor calibre, pedreros y culebrinas desmontados de barcos ya inservibles, a los de retrocarga le quitan con media rosca el culote y lo montan de nuevo y en las fraguas calientan balas al rojo vivo, pretenden incendiar las naves del corsario Inglés nombrado Sir por su Reina. 
     Francis Drake despliega su escuadra formando un amplio abanico en la bahía.
     El humo denso de las brasas ondula el aire, ora tiembla el foso, ora el puente levadizo baila. 

martes, 1 de agosto de 2017

I El grumete (piratas y corsarios)


                                                 





                            I EL GRUMETE




     Retira la estera donde duerme en un rincón protegido de cubierta. Desayuna galletas secas, ajos y pescado. Con la primera luz comienza la faena: achica el agua que durante la noche hizo la nao, engrasa con sebo los dieciséis cañones y luego trepa por los obenques del palo mayor, le encanta hacerlo. Entre el de mesana y las líneas oblicuas de cabos otea las Islas Salvajes que dejan a la izquierda, separada la escuadra de sus abruptas costas.
     A media tarde tiene hambre. Se acerca a la lumbre donde arden al descubierto los calderos de hierro. Ya la carne salada escasea, las alubias guarecidas en la parte más seca de la nave enmohecen y se pudren. Su joven cuerpo reclama más comida. Rechaza las uvas, higos, pasas, miel y almendras, pero no puede resistirse al aroma que envuelve el castillo de proa de los últimos capones espetados sobre ascuas con que Hawkins obsequia a Drake, postrera cena antes de invadir la Gran Canaria. 
     El cocinero le guarda algo de comida, como moneda de pago reclama una caricia. Con el aguardiente y, casi borracho, olvida que es un hombre, aunque su aún atiplada voz dice que no, lo dice también el bozo rubio de su mejilla.
     Entretiene los claros ojos en el perfil nacarado de una nube que envuelve al sol del ocaso. Su lengua empuja una rima y no sabe el muchacho de donde le vienen las palabras que inventa. Practica el nudo de lazo corredizo, el de as de guía doble, el portugués y el español. El de mariposa se resiste.
     La sirena del mascarón, policromada erecta, es tan dulce de imagen que todo huye: las manazas del cocinero; la disputa por el cambio de guardia del timonel, o del guía; la hediondez del galeón y el mal francés que pinta orate en los ojos de algún hombre. Coloca las manos en forma de cuencos e imagina que los pechos de madera encajan en ellas. Cede la diosa de su altar de proa, se acerca al muchacho. Sueña o ensueña.
     La misma derecha que rozó los yertos senos enrolla ahora la cuerda sobre el cuerpo de la peonza, y tira, y lanza. Se difuminan los colores en el rápido giro del trompo que baila sobre la cubierta.
     El grumete juega. Solo tiene doce años, puede que trece.