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sábado, 23 de septiembre de 2017

Gato de azotea azul







              

                       Gato de azotea azul


     Cuando el siroco sopla con su cálido aliento en dirección sudeste, una cúpula hedionda envuelve las casas azules de la aldea; sus habitantes tapian puertas y ventanas, taponan cualquier orificio por donde transite la peste de los pútridos restos de los carneros que inunda las calles tintadas de añil.
     Casi todos los hombres trabajan en la tenería de las afueras del pueblo. Los más jóvenes remojan las pieles de los animales en los agujeros horadados en la piedra caliza, sacuden y restriegan los cueros hasta eliminar cualquier resto de carne o grasa, vierten sobre las pieles los odres que traen de sus casas con los orines de toda la familia y los suyos propios. Hacen bromas, ríen, juegan, comparan sus miembros de piel recortada en el prepucio, apuestan sobre quienes lanzan el chorro más lejano, más alto, o más potente, se creen ya hombres porque ayudan al sustento familiar aunque hasta hace sólo unos meses coreaban sumisos en la escuela los benditos Suras del Corán.
     Bismillahir Rahmaanir Rahiim
   En el nombre de Allah, clemente, misericordioso, Señor del Universo.
     Todos trabajan  en ella, o en el campo, menos las mujeres, el Imán, el ciego, y Abdel, el idiota sordomudo.
     En el patio de la casa de la casamentera, abuela de Abdel, crecen los naranjos, la cidra y los jazmines con los que la vieja alcahueta hace fragancias, almizcles, resinas, aceites, pócimas, ungüentos y pomadas. Unta y perfuma a su nieto,  al que llaman el endemoniado por los ataques que simula. El muchacho saber hacer como que tiembla, aprieta la mandíbula, su cuerpo fibroso se tensa hacia atrás formando un arco casi imposible. Procura siempre que ocurra el suceso en plena plaza o en día de mercado, cuando están transitadas las calles azules, de balcones y ventanas azules, de puertas azules y azoteas azules, todos se apartan del pobre infeliz que babea e invocan a Mahoma no sea que el mal de ojo se pegue.
     En ausencia de sus maridos, las mujeres le hacen regalos, dulces, lo visten y miman. Nunca contará nada, no tiene lengua con la que hacerlo, ni oídos con los que escuchar. El trata a todas con la misma eficacia y brío, no demuestra preferencias. Abdel salta por los tejados de patio en patio, un gato silencioso. Besa los labios de Laila, tan dulce como dátiles, más aún que el fruto de la higuera. Lame sus pechos, ora uno, ora el otro, no se resuelve por ninguno, los junta y aprieta, su boca abarca entonces los dos. Se embelesa en la frontera del himen y ahí se detiene porque Laila es virgen, no quiere estropear su boda con el curtidor de pieles. Sabrá esperar, pronto estará casada. Mientras tanto, entra en Suleyma, antes hace una parada en la cama de la suegra, cuidadora de la honra del hijo ausente, no queda otra si quiere avanzar de mujer en mujer. Acaricia en el pasillo la cabecita morena de una niña de ojos negros, pronto crecerán y entonces... ¡Ah, entonces será suya!
     El muchacho debe cuidarse del taimado ciego de la esquina, a veces cree que lo mira a través de sus legañas, también desconfía del Imán que llama a la oración desde el minarete, aunque se deja acariciar por sus manos en el hamman mientras el vapor del agua caliente los envuelve.
     Entre la casa de su abuela y la de su preferida niña Laila habita un extranjero fumador de Kif. El dulce efluvio del cannabis de la vecina Ketama edulcora el patio azul. A menudo hace un alto en el camino, olvida sus citas, se entretiene, fuma y sorbe té con el extranjero, que mezcla la lengua   árabe y francesa, y le cuenta historias que el sordo parece entender con los ojos como dos ranuras atentas, sonríen mucho y se comprenden. Abdel pasa los dedos con delicadeza por la piel de los libros de extraños signos que simulan hormigas negras en fila india ¡tan ordenadas!, prefiere las sinuosas volutas pletóricas de curvas de las azoras del Corán ¡tan bellas!
     Si el chico fuma mucho, sueña, si sueña ensueña y se retrasa. Cuando por fin aparece de esa manera en la que asoma, ellas se quejan de que es tan pasivo y lento como una vaca, una vaca perfumada, aunque siempre se repone y entonces es gato zalamero de azotea azul, y ya perdonado, carnero que embiste y trepa por la piel de sus mujeres.

martes, 19 de septiembre de 2017

"Diario íntimo del mal amante" de Manuel Roblejo Proenza



              Diario íntimo del mal amante  
                 Manuel roblejo Proenza



     Y en el que el autor, a modo de disculpa comienza diciendo que lo último que quiere es narrar algo en orden cronológico porque resulta extremadamente convencional y aburrido y añade que si te han herido, traicionado y escupido; si te han dado largas, ignorado o enterrado en vida; si te han prometido, jurado y perjurado; si te han, con suerte, alguna vez amado, o si simplemente has amado tú, entonces sigue leyendo: lo mismo le sucedió a él.

     Algún día podré presumir (ya lo hago), de qué el escritor Manuel Roblejo Proenza y yo compartimos espacio literario en una web donde tuve el atrevimiento y la osadía, hace unos tres años atrás, de hacerle una primera crítica no demasiado acertada... y luego , al poco, enamorarme profundamente de su forma de escribir.

   Añado que este muchacho cubano tiene una impronta tan particular, (gracias a o a pesar de lo leído que es),  y de la cultura literaria que ha tenido la suerte de mamar en un país lleno de gente sensible, hermoso, musical y culto, casi en ruinas, pero tremendamente cultivado... se ha salvado de la huella que los autores grandes, que la sombra de todos ellos no le impide escribir con su particular estilo. Manuel es GRANDE, Manuel es ÚNICO, Manuel escribe desde su propia experiencia vital, desde su infierno y también desde su paraíso, y sobre todo, desde su vientre.

     Una  tarde de hace unos pocos días, cogí su libro, y durante unas horas dejó de existir el mundo, mi mundo, todo lo que tenía alrededor y más allá de él, solo estaba y era lo que Manuel Roblejo Proenza me contaba. Nada más.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Matilde



                           

                             Matilde




     Al atardecer, los dos holgazanes descansaban en la azotea. Daba gusto contemplarlos durmiendo con placidez sobre la hamaca. El pelo ondulado de Matilde confundido con la melena rubia del afgano. Antes de que ella abriera los ojos su perro gruñó. No debe ser fácil compartir a su dueña conmigo.
     Matilde y yo estamos en esa difusa frontera inicial entre la amistad y el a lo mejor. Los dos sabemos que este incierta nebulosa no durará mucho, le damos largas al asunto porque nos encanta dilatar portales. También azoteas. 
   —Tienes un calcetín verde y otro marrón. Anda, descálzate y túmbate un ratito aquí, a mi lado, quiero leerte algo que he escrito —murmuró con voz soñolienta sin cambiar de postura. No se me ocurre otro sitio del universo donde estar mejor que junto a Matilde. Nervioso, tropecé con una maceta volcando su contenido. 
     Siempre me he liado con la gama de colores. Dicen que a los perros les pasa lo mismo, aunque al de ella le da igual destrozar mis prendas sean del color que sean. Su escala de valores pasa por la trufa de su nariz, no por sus pupilas. Me guarda un poco de inquina y un mucho de celos, seguro que no entiende que lo destrone de la hamaca con un “fuera fuera”, por eso mastica uno de mis calcetines con el pie todavía dentro y no se digna ni siquiera a mirarme, sacude su larga melena, luego se queda contemplando el horizonte del muro de la azotea. 
     Un perro orgulloso. 
     Ahora le ha dado por la poesía asonante, al afgano no, a Matilde, y no tengo valentía para decirle que lo disonante es su pésima pluma, ¿cómo puedo decirle, sin herirla, que son un verdadero atentado los versos que me lee con voz engolada?: ”trastabilleando en el sendero índigo mientras las estrellas titilan en el cielo nocturno...”
     —Si hay estrellas seguro que es de noche, no hace falta que incidas en..., mira Matilde, prueba a escribirlo de manera menos ampulosa, por ejemplo: tropezó con la maceta de dalias.
     —Pero no tenemos dalias.
     Hice todo lo posible para que el comunal “no tenemos dalias” no me desbocara el corazón de alegría, claro que enseguida pensé que quizá se refería al chucho y a ella. En fin, no quiero hacerme demasiadas ilusiones, aunque estoy loco por compartir dalias, estrellas nocturnas y senderos índigos con ella.
     Voy a besarla ahora —pensé, pero no moví ni un sólo músculo. El perro dejó de mirar el vacuo horizonte para observar mis pensamientos. Movió la cabeza hacia un lado, luego hacia otro, levantó una de sus orejas y seguro que sacó la conclusión de que soy un pobre infeliz que balbucea. Un imbécil enamorado.
     Matilde huele a gloria bendita. Su ligerísimo olor a sudor me vuelve loco, no soporto las mujeres perfumadas. Mi excitación es tan evidente que sonríe y recita parte de la sátira de una nariz señalando con la barbilla  mi entrepierna: 


     Érase un elefante boca arriba 
     Un espolón de una galera 
     Una pirámide de Egipto 
     Un narícísimo infinito 


     Nos amamos con ganas hasta que el sol se fue de la azotea. Nos amamos con cierta crudeza y  con cierta torpeza también.  El afgano, encerrado dentro de la casa, no dejó de ladrar ni un solo momento. 



martes, 5 de septiembre de 2017

Good Bye Lenin

         Good Bye Lenin











                                                              Good Bye Lenin


     Al salir del despacho me encontré de repente a Lenin. Por fortuna me había escapado un poco antes, apenas unos minutos, entre el tumulto de la salida del personal difícilmente me habría reconocido. Adelanté a un hombre alto. Me miró con algo de descaro, como miran los hombres a las mujeres, o eso creí. Por educación le di las buenas tardes de cortesía. 
     —¿Molly…? 
     Me giré sorprendida, nadie me llamaba así desde hacía una eternidad. En realidad mi nombre es…
     —Soy yo, Lenin.
   En ese instante, un tropel de gente apresurada bajó las escaleras, todo el mundo hablaba casi al mismo tiempo, los únicos silenciosos éramos Lenin y yo colgados de nuestros ojos a la espera de que amainara el ruido, las voces, el bullicio, las despedidas.
     Mi jefe se paró un segundo para recordarme algo que, sin falta, teníamos que hacer al día siguiente y a mí me hacía maldita gracia el comunal deber, como si los dos no supiéramos que el asunto tan urgente lo resolvería yo sola y a primerísima hora, por supuesto. 
     —Hasta mañana Carmen, y ya sabes, no te olvides de…
     —Que no, que no me olvido. Adiós.
     Por fin todo el mundo se evaporó y nos quedamos solos Lenin y yo.
     —¿Cómo estás? 
     —¡Cuánto tiempo! Estás igual que siempre Molly, preciosa.
  En el peldaño intermedio que nos separaba nos dimos un cálido abrazo, un abrazo prolongado del que costó soltarse. 
     —¿Qué haces aquí? —le pregunté con la voz aún agitada.
     —Vine a..., no importa a que vine. Estoy aquí, dime... ¿eres feliz?  
   Pensé en contestarle que Molly había muerto cuando dejó de quererme como dejan de querer los hombres egoístas, de manera lenta, poco a poco, con excusas, con retardos, con ausencias cada vez más prolongadas. No, ya no soy la misma. Una queja suave escapó de mi garganta que enseguida oculté con una tos algo nerviosa, le rocé con la punta de los dedos el fleco lacio que tapaba en parte el paisaje de sus ojos, y ya no supe que más decir. Él tampoco. 
     Silencios como espacios huecos en el rellano de la escalera. 
     El bedel entornó una de las pesadas hojas de la puerta principal del amplio zaguán, aún continuábamos sin saber que decirnos, dos figuras estáticas y algo desconcertadas bajo la luz indecisa del portal en semi penumbra. 
     —Tenemos que cerrar señores —avisó el conserje.
     —Ya nos vamos Manuel  —me excusé. 
     —Comemos juntos ¿de acuerdo? ¿Te has casado o tienes pareja? —Sin esperar contestación, como siempre, volvió a hablar de sí mismo, eternamente Lenin —¿Sabías qué he vuelto a publicar?
     —Sí, tengo tu último..., tengo todos tus libros, enhorabuena.
     —Tengo muchas muchas, muchas cosas que contarte Molly.
     Pensé que no, que ya no tenía nada que contarme, ni yo necesidad de sus caducas historias.
     Ya en la calle me solté de su mano, le di un largo y lento beso en los labios y un definitivo Good Bye Lenin, que te vaya bonito.