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jueves, 11 de mayo de 2017

El cementerio de San Dionisio





                               El cementerio de San Dionisio




     De aquellos días recuerdo que Simón, el antiguo sepulturero, me contaba la historia del lugar en mayestático equilibro, ni sereno, ni entero, y es que era uno de esos borrachos dignos que nunca perdía las formas, parecía un ilustrado guía de voz engolada cuando hablaba sobre San Dionisio.

     —En 1893 una epidemia de cólera invadió la isla diezmando a sus habitantes, fue especialmente cruenta en ésta zona donde se abrieron varias fosas comunes para albergar tantos cuerpos. Unos años más tardes construyeron sobre ellas este pequeño cementerio de San Dionisio, como usted puede ver,  está destrozado.

     Enseñaba el lugar con un amplio gesto de la mano que abarcaba las desvencijadas tumbas, las cruces, en ángel de la entrada, la que antaño fuera la capilla y ahora un cuarto de aperos oxidados,  el bajo muro que separa el cementerio de la playa y el chiringuito del fondo donde siempre acabábamos tomando algo.

     —¿Cómo van las cosas? —me preguntaba Simón mirando con curiosidad los planos del futuro crematorio, supongo que intentaba congraciarse conmigo para que  le invitara a una copa.

     —En unos meses tendré listo el trabajo, aunque siempre hay algún detalle que no termina de encajar —le expliqué, yo tampoco tenía con quién hablar, no quería confianzas excesivas con el equipo de albañiles.

     —¿Ves? —señalé el terreno —ahí irán los dos hornos y el “Jardín Dorado” para el depósito de las cenizas, allá las tres plantas con vistas al mar, en el otro extremo un pequeño cementerio para mascotas.

     —¿Pero van a quitar las tumbas?, tengo a mi madre enterrada aquí.

     —Conservaremos la capilla y el ángel, no modificaremos demasiado el antiguo recinto, sólo subiremos la tapia para instalar los nichos de las cenizas. Éste lugar tiene carácter, la tendencia actual es combinar lo clásico con lo puntero, ¿entiendes de lo qué hablo Simón? —le pregunté enderezando los planos que el hombre miraba del revés, el ángel y su flamígera espada boca abajo como un mal presagio. Simón se entristeció sin motivo aparente, se le escaparon dos lágrimas grandes; una resbaló despacio haciendo un camino sinuoso hasta la barbilla, la otra se quedó parada junto al lagrimal, y no entendía que teniendo ambas la misma densidad de tristeza, hicieran camino de diferente modo. No se por qué recuerdo con tanta claridad estos detalles. Lloraba sin pudor, con seriedad y en silencio, sin hacer muecas. Me impresionaba un poco.

     Le pregunté cuanto tiempo estuvo trabajando en San Dionisio.

     —Hasta que lo cerraron, de sepulturero, de jardinero, de lo que fuera… tenía las tumbas como la patena y al muro no le faltaba nunca su manita de cal, mire que pena como crece ahora la maleza, aquella siempreviva la planté en el sesenta y cuatro, justo el año que cerraron el cementerio.

     —¿Todos los enterrados en la fosa común murieron por la epidemia?

     —No lo sé don Tomás, a mí me emplearon después de la guerra, a finales del treinta y nueve… no, del cuarenta, cuando terminaron la carretera, al cierre de  cementerio fue cuando me dieron la patada. Allí tengo enterrada  a mi madre, en aquella tumba,

     —Eso ya lo dijiste antes... ¿tu padre también era sepulturero?

   Mi padre trabajo en  la carretera, casi todos los presos ayudaron a construirla, y después los mataron.

     — ¿De qué presos hablas?

     —De qué presos van a ser, los de la guerra. Ahí debe estar también mi padre, entre un montón de muertos, Dios lo tenga en su gloria invíteme a un trago por caridad que sea de ron si puede ser.


     Lo dijo todo seguido,  sin respirar. Pedí otros dos rones y al rato volvió otra vez con la misma murga

     —La tengo ahí a mí madre, bajo la parra. Como va a comprar usted el Campo Santo cuando me toque a mí podría usted hacerme el favor don Tomás de enterrarme con ella.

      Desistí de explicarle al infeliz  lo que es una multinacional.

     De aquella noche no recuerdo casi nada, sólo un puñado de imágenes turbias. Simón y yo bebiendo, Simón y yo cerrando bares, un vago recuerdo de una pelea con alguien, creo que nos echaron de más de un sitio. Cuando desperté estaba aterido en el suelo de la capilla pegado a la espalda del sepulturero compartiendo una manta que hedía, su cabeza a unos centímetros de mis ojos. No puedo olvidar la oquedad en la base de su nuca, un pequeño hueco oscuro. Luego se dio la vuelta y me sonrío. No sabría decir que apestaba más, si su boca etílica, o la manta que aparté con asco. La misma hediondez de cuando unos días después, excavando el subsuelo adyacente al cementerio encontramos otra fosa. Los restos que pudimos ver tenían en su mayor parte  agujeros en los cráneos. Comuniqué el hallazgo de inmediato a mis jefes; la consigna fue seguir trabajando, echar cemento sobre la fosa extra muros, despedir al maquinista y a los dos peones, pagarles un sobresueldo a todos y contratar a otros que no fueran del pueblo.

     Eso hice. 
Desde entonces siempre tengo sed.

     Y luego una larga nebulosa, un rosario de días iguales los unos a los otros, días de medir a golpe de pasos tambaleantes el cementerio porque nunca encajaban las variables medidas: unas veces se alargaba unos metros hasta el fondo, otras parecía ensancharse y comerse parte de la arena de la playa. Días de borracheras que terminaban casi siempre durmiéndolas en la capilla junto a Simón.

     Una amanecida le pregunté a bocajarro que si estaba muerto.

     —¡Qué carajo voy a estar muerto! —respondió colocándose bien el mugriento pañuelo en torno al cuello.

     La carta de despido no tardó mucho en llegar, recuerdo que sentí alivio. Le entregué el dossier de documentos al nuevo técnico, un tal Federico... no recuerdo su apellido, un joven sudoroso de cartera y chaqueta al hombro, parecía un profesional eficiente con los instrumentos de topografía listos para comenzar el trabajo. 


     Nos tomamos la penúltima Simón y yo, mientras al fondo, el eficaz perito medía con destreza el pequeño cementerio de San Dionisio.