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miércoles, 17 de mayo de 2017

Pepito y Dios






                                                       Pepito y Dios


Las personas aturdidas asoman a mi espejo cuando pierden la conciencia de lo que son, algunas entran en mí y ya no salen. Me alimento de sus almas. Soy Dios, el Dios del estanque dorado. Recuerdo a Ofelia, tan hermosa, tan muerta de amor con su cabello flotando en mis aguas. Le he robado  su voz para llamar  a Pepito que asoma con precaución por el borde de piedra, no se fía nada de mí.

          Chiquillo... illo... illo... illo... illo... illo...

Ni siquiera se agacha, aprieta el puño izquierdo dispuesto a defenderse de los dragones del parque, de las ramas secas del árbol que rozan su espalda, de las ranas que croan, de las que no croan también, de la perca gigante que nada tranquila, se refleja su cuerpo rojizo en los cantos del fondo del estanque y parece que dos peces invertidos naden a la vez y hacia el mismo sitio. Un baile.

          Vuelvo a llamar con mi dulce voz impostada al muchachito de la orilla:

          Escucha... escucha... cucha... cucha...

          Esto no me gusta, no es divertido, piensa Pepito. Entonces cambio de estrategia, ya no soy un pez, ahora soy un grillo, froto mis patas contra las alas y los chirridos envuelven al niño por todos lados, no sabe si sueno por aquí, o por allá.

Pepito… pito… pito… pito… pito… soy un grillo cri-cri, solo un grillo.

Enseguida se pone a buscar debajo de las piedras, entre las hojas, hasta que me encuentra y dice, y digo, decimos los dos: ¡Qué guay... qué guay... qué guay!

Ahueca la mano como si fuera una copa y con cuidado, sin cerrarla del todo, me guarda en su gorra de lana gris y me lleva a su casa. No puedo respirar, como soy un Dios me convierto en aire ¡Flop! Ahora soy aire,  fui grillo, y  agua, también  fui luz y antes de la luz puede que sombra.

Cuando el niño abre la gorra-jaula salta un pequeño pez.  El chiquillo se queda asombrado  pues con  un ¡Allez hop! hago   que su último recuerdo fuera pillar un pescado en vez de un grillo,  ¡qué listo soy!... y corriendo corriendo el niño me lanza en un círculo abombado del que, por muchos esfuerzos que hago, no puedo escapar. A través de sus paredes miro a Pepito que me mira a mí. Le ordeno que me libere, pero nada, no hay manera, por lo visto lejos del estanque solo soy un prisionero sin poderes celestiales al que tienen que alimentar porque si no la palmo.

Pasa el tiempo, no se cuánto,  ¡el tiempo de los humanos es tan constreñido! Se contar siglos, milenios, eternidades, pero no los segundos que bailan muy despacio  dentro de esta cárcel de cristal.

Y por fin, un día  me sacan de mi letargo, me bambolean y agitan. Puedo ver desfilar los paisajes  de manera precipitada, a través de la ventana del coche veo un poco   de cielo que se mueve rápido… rápido… rápido, veo el cuerpo de Pepito piramidal, desde el regazo que me sostiene parece un gigante, sus manos son enormes, dos manchas blancas que rodean mi cárcel traslúcida, su cabeza se pierde en las alturas, parece un Dios. Ahora asoman las copas de los árboles del parque donde moraba mi sueño - estanque. Lo dejamos atrás, y con él mis esperanzas de regresar al reino de los cielos.

Ya llegamos.

Las manos de Pepito sostienen la esfera que me circunda y con un grito de alegría me lanza al agua. Un agua agitada, inmensa, salada, donde hay otros peces mayores que yo, otros dioses que me devoran enseguida. Desde el estómago de uno de ellos escucho a Pepito feliz gritando un: ¡Adiós, adiós… qué te vaya bien!