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viernes, 9 de junio de 2017

Biografía funesta



                                                 

                                                           Biografía funesta





   Cuando era joven y con el fin de que me fuera tomando contacto con la dinámica de la empresa familiar, por imperativo paterno pasaba en nuestra imprenta la mayor parte del tiempo que me dejaba libre la facultad.
   Recuerdo el año en que editamos “Cartas a un niño sobre Francisco Franco”. El autor, marioneta del Régimen, firmaba con orgullo la biografía edulcorada del Generalísimo Salvador de la Patria. En aquel entonces no era fácil publicar libremente fuera de la imposición del brazo férreo del Gobierno. Yo odiaba a Franco con toda la fuerza de mi juventud, con el empuje de las nuevas ideas que comenzaban a fraguarse en las universidades españolas en los años 60. Lo imaginaba empuñando una pluma con la que decretaba tantas muertes de paredón o de garrote vil, porque sí, sin paliativos, sin concesiones, aunque la guerra hubiese acabado en el 39.
  “Dedicado a todos los niños españoles”. Mira muchacho: has nacido, y quizá tu padre también cuando un solo nombre en nuestro país, Francisco Franco, dice tanto como el nombre de la de la propia España. Voy a contarte la vida del Jefe del Estado español, que es como decir el Jefe de todo lo que vive y se mueve en nuestra Patria.
  Cuando me negué a colaborar con la edición de la biografía mi padre puso el grito en el cielo, y claro, discutimos. Entonces mi madre, miedosa del "qué dirán" bajó volando las escaleras de nuestra casa situada en lo alto de la imprenta y exclmó: ¡Ay éste muchacho nos va a matar a disgustos! Si te escucha don Agapito se nos va a caer el pelo.
  Don Agapito, nuestro vecino, director de un instituto de enseñanza media, impuso en su centro la biografía como libro de texto adicional para la asignatura de Formación del Espíritu Nacional.
  Por la noche, mientras la familia dormía, me resarcía imprimiendo en el hectógrafo octavillas contra el Régimen; cada noche cien sumaban miles al poco tiempo.
 Es posible que muchos de nosotros, jóvenes estudiantes desconcertados y algo torpes no supiéramos distinguir a Trotski de Lenin, ni en qué consistía exactamente “La Causa”. Queríamos hacer algo, lo que fuese, dábamos palos de ciegos, más a siniestro que a diestro, pues la palabra derecha se oponía, por norma, a nuestros aún inciertos principios, igual que se oponían a nosotros, los jóvenes vanguardistas, las Fuerzas del Orden Público con sus tiros al aire tan frecuentes y certeros que atinaban en pleno corazón…, es lo que tienen las balas perdidas, que mudan su trayectoria por arte de magia. Acudíamos sedientos de reformas a las asambleas, manifestaciones, proyecciones de películas, recitales de música y de admirados poetas:

  Niños del mundo, si cae España…si cae ¡cómo va a quedarse en diez los dientes, en palotes el diptongo, la medalla en llanto!
  Jornadas de actos y jornadas pacatas de amor la mayoría de las veces. Casi todas las compañeras se negaban a abrirse de piernas no sea las desmozaran, guerreras de discursos y tímidas de bragas para adentro. Teníamos que enamorarlas como mi padre enamoró a la suya, y aunque unos años más tarde hubo quema de sostenes fuera de las fronteras , y en el 68 el mayo francés, aquí, en ésta España nuestra, Josefa o Paca, por muy camaradas de partido que fuesen, exigían un compromiso en regla antes de la metida de mano o de lo que se terciara, y en eso andábamos, teorizando el amor libre y aguantando el dolor de huevos entre mítines y versos.
  Conocí a “Los poetas” en profundidad a la vez que a Lola. Ella fue quien me enseñó la naturalidad en los modos; a guardarnos de los hijos no deseados; a dejarse llevar con la piel y con las entrañas; a entendernos a golpe de verso, de palabra y de actitudes. De ella me sorprendió que no comerciara con su sexo a cambio de una promesa conyugal. Recitábamos a Miguel Hernández, llorábamos lágrimas de cebolla y pena, nos amábamos con Vicente Aleixandre entre sangre a raudales y memorias melancólicas; odiábamos a Franco con la rabia de Neruda y con su misma certeza le auguramos su propio infierno.
  Y claro que editamos la jodida biografía, no quedaba otra. Mi amor por Lola se difuminó en la nada, o en la casi nada. Fue ella quien me dejó, nunca he podido ni he querido olvidarla. A mis padres no les gustaba nada la Lola roja y libertaria. Terminé casándome con una mujer muy distinta a ella.
  Actualmente dirijo la imprenta que fue de mi padre y de mi abuelo, claro que primero vino la transición…, los desnudos desplegables de la página central de las revistas, la aparente apertura y las desilusiones en quienes confiábamos. La cultura "underground" proliferó y contratamos a un dibujante de comic gráfico, evidente y obsceno, que es lo que mola. Editamos sin restricciones con publicidad incluida de cualquier producto que el mercado ofrezca. En fin, el negocio es el negocio.