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jueves, 15 de junio de 2017

Mr. President



                               

                                                      MR. PRESIDENT






   Mi vecino es un payaso, uno de esos tipos graciosos que destacan por bocazas en todas las reuniones, ya saben, siempre tiene algo que decir… el último chiste y el último chisme, seguro que ustedes conocen alguno de estos especímenes. Le ha tocado por sorteo riguroso, eso cuenta, ser Presidente de la comunidad de vecinos, y claro, cuando hay que tratar temas serios a ver cómo le planteo al payaso con cara de payaso con chistes de payaso, que sí, que no he podido ingresar las cuotas comunales desde hace tres meses más la derrama por pintar la fachada.
  —Es que… es que mi marido se ha retrasado en… —tartamudeé algo nerviosa.
     —Tu ex marido —concretó el Presidente.
    Lo que me pasa con mi ex es que no me acostumbro todavía a conjugarlo en tiempo pasado.
     El payaso, antes de ser Mr. President, antes de quedarme sola con mis hijos, cuando coincidíamos en el portal o en el ascensor me saludaba con un respetuoso buenos días Mary, o buenas tardes ¿qué tal los niños? Desde su nombramiento ha añadido un hola rica, o un hola nena, y al imbécil le da igual que vaya tirando del carrito de mi pequeña o de la mano del mayor. La última vez Carlitos le soltó un capullo como la copa de un pino, por algo sería.
     —¡A ver si somos más educados chaval!
     Cuando le mentó a su madre, o sea, a mí, el muchacho le dio una patada en las canillas y el energúmeno se puso a chillar entre su puerta y la mía lo de que si no pagaba las cuotas me denunciaría por morosa. Así, tal cual, delante de mis hijos. A la mañana siguiente no dejó entrar a Carlitos a la piscina y me vino llorando con el que no me deja pasar mamá, que no me deja el Presidente entrar en su piscina.
     —No es suya hijo, es de todos.
     Fui a hablar con el payaso al cuarto de la caldera donde tenía montado lo que llamaba “Su Despacho”, escritorio de metal y estantería donde las herramientas le comían el sitio a los papeles, o al revés. Tuve que contarle que mi ex no me pasaba la asignación de mis hijos desde hacía un tiempo y que yo andaba buscando trabajo de lo que fuera, aunque con dos niños pequeños lo tenía complicado, ¿con quién los iba a dejar?
     — Sí, claro que lo tengo denunciado, pero ya sabe lo despacio que va la justicia.
     —Pues ya me dirás como lo arreglamos… por lo pronto puedes fregar las escaleras y los garajes a cuenta de la deuda, despedí a la chica que lo hacía hace unos días, por fresca y porque no me tenía respeto. Y tu hijo que se ande con cuidado ¿eh?
     —Ya, ya me doy cuenta de tu… digo de su paciencia, pero el niño no tiene la culpa, déjelo entrar en la piscina.
     Antes de divorciarme bien que venía el imbécil a ver los partidos a casa en el canal de pago y a beberse el whisky de marca, la gorda de su mujer pillaba los canapés de paté con espuma de fromage con la punta de los dedos metiéndolos con extremada delicadeza en su boquita de piñón. Cuando me daba la vuelta vaciaba la bandeja en un santiamén, En aquel entonces nos tratábamos todos de tú. En el cumpleaños de Carlitos hasta se vistió de payaso con su peluca de colores y su nariz encarnada, todo un clásico, ni siquiera tenía imaginación para disfrazarse. Con los globos hacía figuras de animales, bueno de un animal, perros salchichas, todos iguales. Los chiquillos bostezaban.
     —Se lo agradezco, me vendrá bien su oferta hasta que encuentre algo mejor, claro que con la niña tan pequeña lo tengo difícil… dele las gracias también a su señora de mi parte.
     Se acerca mucho, sin más, y sin más también me aprieta contra la pared, y cuando me aparto me recuerda que limpiar las escaleras, su casa y la de algún vecino me vendría de perlas. Y que si soy amable con él hará la vista gorda a… Todo esto lo dice resoplando mientras no para de sobarme, con su halitosis pegada a mi oreja.
     Me da la vuelta levantándome la falda y, con brusquedad me baja las bragas a media pierna. Así, sin más.
     —Ni se te ocurra gritar o te vas a la calle tú y tus hijos.
     La pared está caliente, la siento en mi cara y en las manos apoyadas en ella, debe ser por la caldera que guarda dentro. Leo el letrero de instrucciones del calefactor mientras el presidente empuja una y otra vez: “El fabricante no se responsabiliza por daños causados al aparato, por negligencia o manipulación incorrecta”. Releo de manera automática, se acercan y alejan las letras “El fabricante no se responsabiliza por daños... el fabricante no se responsabiliza por... el fabricante no..."