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sábado, 7 de octubre de 2017

Historia de un moreno





                        HISTORIA DE UN MORENO





     La primera vez que entraste por la puerta de casa, moreno mío, no me gustaron nada tus chulescas maneras ni el flequillo negro y lacio tapando el paisaje de tus ojos. Aún no sabía que ibas a pasar el resto de tu vida a mi lado. 
     —Ni de coña te lo cuido. No, ni por una semana, he dicho que no. 
     Cuando se fue tu dueño, tu primer aviso de ¡aquí esto yo!, fue levantar la pata y mearte en la pared del patio, justo encima de mis geranios, un húmedo recado de... vale me quedo, pero cuidadito conmigo que soy muy macho. 
     Ya conocía tus maneras de cuando acampábamos en la bocana de Melilla. Los dos guardianes haciendo ronda nocturna al perímetro de las tiendas. La hembra, de mejor oído, avisaba con sordo gruñido unos segundos antes de que su magnífica trufa olfateara la posible amenaza, entonces,  ambos entonabais al unísono el concierto del aquí no se entra, frontera de ladridos para los intrusos.
     La bocana es muy chivata, amplifica hasta la minucia de un suspiro que se le pose encima, sus arenas están formadas por millones de caracolas, de polvo de caracolas, cachitos de caracolas arenizadas que forman el istmo. Las pisadas nocturnas de los Schnauzers acentúan el desvelo del ¡así  no hay quién duerma joder! Van y vienen y vuelven y van los activos ruidosos, y cuando se quieren, que se quieren mucho y a menudo estos dos, las caracolas se aceleran entonces de tal manera que todo es un arf arf de puro gozo en la bocana. 
     Y no hablemos de tu modo de caminar…, si la perspectiva es la trasera con los adyacentes bien pegados al culo, parece que bailen en vaivén de “pero qué remacho soy caramba”. Creo que, precisamente  por eso, los puristas cortadores de colas aconsejan que se sajen entre la segunda y tercera vértebra para acentuar los atributos de la canina raza en asome de vanidoso penduleo. Si de mí dependiera nunca te lo habría cortado, lo sabes ¿verdad? 
     Por el mismo lugar, un pequinés de malas pulgas te dio una lección de dientes. En fin campeón, que ese día te cosieron puntos de sutura en el balcón de tu orgullo, en los dos. 
     Cuando volvió tu despreocupado amo  a los seis meses ya eras más mío que de él,  ¡qué no te hubiera dejado!, y aunque no tenías rabo me quedé contigo para los restos. 
     Escribo de ti a ritmo de fox trot para lubricar con humor y amor la emoción a la que me somete el recuerdo de tu compañía y del ¡cuánto te quise moreno mío!