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lunes, 18 de diciembre de 2017

El ángel sin bragas


                              Angelito de trapo cosido  por mi hermana la que perdió las bragas.




                         El ángel sin bragas


     Durante casi dos cursos, a mi hermana y a mí nos internaron en un colegio dominico. Nos habíamos criado en el espacio abierto del Sahara donde se encendía el cielo por breves segundos cada vez que corrían por él los cometas y las estrellas fugaces. El desierto comenzaba casi en la puerta de mi casa, las dunas se extendían hasta donde alcanzaba el horizonte de la mirada. Las gacelas se cobijaban del sol bajo las escuálidas sombras del vecino bosquecillo de árboles del argán, y las cabras trepaban por las ramas para alcanzar los frutos de sus copas. Ni siquiera cuando subíamos al campanario de la misión lográbamos ver el final del mar de arena. Un infinito amarillo. 
     Mi madre y Laila nos marcaron la ropa del internado. Laila lloraba mientras bordaba nuestras iniciales en rojo. Mamá se hacía la dura, no quedaba otra que darnos una educación como Dios manda. 
     —Dios no puede mandar que las ninias pequenias vivan lejos de familia, seniora. 
     —¡A callar Laila... y suénate los mocos, que vas a manchar la ropa! 
     En el dormitorio comunal nos esperaba una larga fila de camas de colchas estiradas, pronto aprenderíamos a hacerlas de manera impecable. Las baldosas del suelo, en blanco y negro, alargaba el paisaje estático. Durante años dibujé de cien maneras distintas aquella alineación que tanto impacto visual me causó la primera vez, una constante repetida en mis dibujos. No entiendo que  amando tanto la sinuosidad del paisaje de mi infancia y la luz del Sahara, fuera una obsesión dibujar siempre puntos de fugas en grises. 
     El veintidós de diciembre preparamos un belén viviente en el colegio. A mi rubia hermana le dieron el papel de ángel por ser la más pequeñita de todas las niñas y a mí el de pastorcilla. Como pesaba menos que un  comino no costaría nada izarla sobre el portal anunciando la Buena Nueva. 
     Durante la función todo estaba saliendo perfecto, las poleas sujetas del techo bien engrasadas para no hacer ruido ni estorbar el Aleluya del coro. El ángel, iluminado por un foco de luz  azulada, descendía majestuosamente  desde los cielos cuajado de estrellas de papel de platina. Fue entonces cuando comenzó a caer algo desde el interior de su túnica, unas bragas de algodón blanco resbalaron por sus piernas.  El apurado ángel hacía todo lo posible para sujetarlas. Quedaron colgadas de uno de sus tobillos mientras mi hermana hacía aspavientos y se balanceaba por encima del  escenario hasta que golpeó, derribándolo, el panel de cartón que simulaba el castillo de Herodes. Las bragas terminaron por soltarse quedando pendida de una de las manos alzadas del niño Jesús, ¡menos mal que era un muñeco! Todo el público reía, incluido nuestros padres, en cambio,  las monjas se enfadaron muchos pues se tomaban muy en serio lo del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, Amén. 
   Mi hermana-ángel pasó tanta vergüenza que terminó enfermando de angustia y de dolor de vientre; desde entonces arrastra un miedo atávico a perder las bragas y cierta controlada fobia a la Navidad.
     Cuando volvimos a El Aaiún, la capital del Sahara Occidental, soplaba el ardiente viento sobre nuestras cabezas al bajar las escalerillas del avión, parecía decirnos:
     ¡Marhabá guayetas! ¡Bienvenidas niñas!