Páginas vistas en total

domingo, 17 de junio de 2018

Hoja de ruta por la piel de mis mujeres










                                             Hoja de ruta por la piel de mis mujeres

            Versión corregida para nuestro concurso "Tintero de oro"



     

     Declaro estar firmemente enamorado de las dos, no podría prescindir de ninguna de ellas. Amo sus diferencias y sus similitudes, el pelo ensortijado y cobrizo de A, la manera en que la luz se enreda en la curva de cada uno de sus rizos; de B su corto cabello lacio que resalta el delicioso perfil de su nariz, sus ojos grises y algo miopes de mirada fija cuando me observan con el mismo rigor que resuelve ecuaciones. Adoro de A su intimidad de algodón de bragas blancas, siempre blancas, sin adornos, el vello púbico ligeramente más oscuro que su rojiza melena. Me gusta el vientre plano de la una, los pequeños pechos de areolas sonrosadas de la otra y, sobretodo, su entrega sumisa; de B el frunce de los labios cuando propone con su endiablada inteligencia juegos y situaciones.
     En ocasiones imagino que las mezclo aunque case tan mal el diálogo fluido de B con el tartamudeo retraído de A, el desparpajo existencialísta y estimulante de la primera, tan diferente de la cercana afectividad, de la ternura de mi muy querida muchacha. Pero a veces, solo a veces, me aburre porque es demasiado predecible, lo que me atrae de ella es también lo que me separa. Siempre tan igual a sí misma, tan tranquila, tan serena y mansa. Entonces es cuando recurro a la intensa B.
     Conozco a B desde siempre, fue compañera de escuela, alumna sobresaliente de ceño centrado y egoísta, jamás permitía la invasión de su espacio, su mano frontera entre su cuaderno y el mío, las mismas manos de uñas recortadas y diestras que en la granja de su padre manejaba con eficacia las ubres de las vacas. Yo siempre soñaba que alguna vez, con suerte, se moverían dentro de mis pantalones. En el instituto fuimos novios de besos y alguna caricia, pocas. Dejé de salir con ella porque quiso presentarme la comida nutritiva de su madre, a su robusto padre, a sus rollizos hermanos y hasta a la abuela inquisidora que enseguida determinó que no le gustaba nada un torpe canijo para su inteligente nieta. No nos vimos durante algún tiempo porque pensé que pronto engordaría como toda la familia, como las vacas de su granja. Ahora tiene un cuerpo de curvas perfectas y una mente privilegiada. Somos compañeros de Facultad en Ciencias Matemáticas y me conmueve hasta la erección la voluntad de su mano despejando incógnitas.
     Y aquí me tiene sujeto a su voluntad con cintas de cuero, le suplico que me suelte, necesito orinar, me estoy reventando. Dice que no, todavía no. Entonces es cuando pienso en A, mi dulce mujer obediente. Cuando le digo ven niña, ella lo deja todo y enseguida acude a socorrerme de la otra.
     Una es un solo de saxo trepidante y otra un lento slow blues.
     A es la potencia de la mecánica cuántica en mi lecho y en mi sexo, B la belleza que abarca todo lo simple.
     A una la someto, la otra me esclaviza.
     Son las constantes de mis días y el cielo estrellado de mis noches.
    B y A forman el abecedario completo, son ecuaciones perfectas, no tengo necesidad de despejar ninguna incógnita, ambas son binomio y complemento, inicios de un epitafio, las necesito en mi vida y en mi cama con la misma urgencia y en la misma medida porque soy navegante de la piel de mis mujeres con cuaderno de ruta sin rumbo fijo.
                               


                                      Tara (Isabel Caballero)






                          

sábado, 2 de junio de 2018

El mendigo del cementerio Staglieno




                                               El mendigo del cementerio Staglieno


   ¡Es tan fácil enamorarse de María! Me gusta todo de ella: los lunares de su espalda, la manera en que la brisa levanta su pelo cobrizo, el gesto de sus cejas cuando no está de acuerdo con algo, su modo de escuchar ladeando un poco la cabeza, y sus silencios, los silencios de María.
   —¡No me gusta nada el cementerio! —exclama mirando las estatuas de comerciantes acomodados, familias completas representadas en grupos del “ya no estamos, aunque fuimos lo más granado de Génova, contrabandistas de primera generación, descubridores de nuevos mundos, banqueros... "
    —¿De todo eso hablan las estatuas?
    —Sí—respondo —también cuentan que el mar mueve el dinero.
   —¡Gente lista! —hace el gesto tan italiano de poner todos los dedos juntos y agitarlos delante de mis ojos.
   Nuestras risas se confunden con las voces de una familia que merienda y toma vino de la Riviera italiana con su medida justa de sol y uvas. Sostienen con regio ademán las bases de las copas, gesticulan y hablan en zeneize, el sonoro dialecto genovés, que eso no es pronunciar, es rapsodiar, hacer lirismo de parola. 
   —Este pueblo sí que sabe decir la tua puttana con elegancia de gesto.
   No puedo evitar pensar que la mano de aquel ángel de piedra durará más, mucho más, que la curva de la garganta de la mujer que ríe, tan joven y hermosa, eleva el tono de voz justo al final de cada exclamación acentuando el vieni quí, Paolo vieni quí, que se escapa el niño Paolo entre las tumbas.
   María tiene un libro morado “La lingua italiana per stranieri”. Consulta en él unas palabras para contestar al mendigo hediondo y educado que le ofrece unas figurillas de escayola.
   —Mi escusi si la disturbo.
   —Oye, que el escayolista me habla y no lo entiendo.
   El mendigo se enfada, me pide que traduzca una frase para mi amiga.
   —Posso tradure questa frase? Io sono grande artista.
   —Que dice que te diga que es artista de los grandes, y que se llama Michelangelo, ¡cómo no!
   Me gusta de María el modo de aguantar la respiración haciendo como que no nota el hedor del desgraciado. Mira con interés las copias de yeso, le pregunta si las ha hecho él, le dice, mirándolas con atención, que son muy bonitas. Luego le paga un dinero exagerado para acallar la conciencia de tenerlo todo y que otros no se tengan ni a sí mismos. Por eso no le agrada el Cemiterio Staglieno, porque un mendigo le impide ver la belleza.
   —Anda, vámonos de aquí.
   Bajamos por La Via de Piazencia, no quiere ver como el guardián del cementerio echa al mendigo. Viste el celador uniforme granate tachonado de medallas e insignias, una banda verde cruzada al pecho, parece un general de opereta. 
   Es tan grato caminar bajo las sombras alargadas de los olmos, cipreses, algún olivo. La superficie veteada del paseo mil veces recorrido, desgastado de pasos, marmóreo y blanco, parece una novia velada porque hay algo de niebla.
   Nos despide  Miguelangelo agitando un trozo del cartón sobre el que duerme, lo mueve en el aire con tanta elegancia que más bien parece un duque representando a un mendigo. Su anillo refulge.
   — Addio addio!
   — ¡Adiós maestro!


                                                                 

                            Tara - Isabel Caballero