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sábado, 2 de junio de 2018

El mendigo del cementerio Staglieno




                                               El mendigo del cementerio Staglieno


   ¡Es tan fácil enamorarse de María! Me gusta todo de ella: los lunares de su espalda, la manera en que la brisa levanta su pelo cobrizo, el gesto de sus cejas cuando no está de acuerdo con algo, su modo de escuchar ladeando un poco la cabeza, y sus silencios, los silencios de María.
   —¡No me gusta nada el cementerio! —exclama mirando las estatuas de comerciantes acomodados, familias completas representadas en grupos del “ya no estamos, aunque fuimos lo más granado de Génova, contrabandistas de primera generación, descubridores de nuevos mundos, banqueros... "
    —¿De todo eso hablan las estatuas?
    —Sí—respondo —también cuentan que el mar mueve el dinero.
   —¡Gente lista! —hace el gesto tan italiano de poner todos los dedos juntos y agitarlos delante de mis ojos.
   Nuestras risas se confunden con las voces de una familia que merienda y toma vino de la Riviera italiana con su medida justa de sol y uvas. Sostienen con regio ademán las bases de las copas, gesticulan y hablan en zeneize, el sonoro dialecto genovés, que eso no es pronunciar, es rapsodiar, hacer lirismo de parola. 
   —Este pueblo sí que sabe decir la tua puttana con elegancia de gesto.
   No puedo evitar pensar que la mano de aquel ángel de piedra durará más, mucho más, que la curva de la garganta de la mujer que ríe, tan joven y hermosa, eleva el tono de voz justo al final de cada exclamación acentuando el vieni quí, Paolo vieni quí, que se escapa el niño Paolo entre las tumbas.
   María tiene un libro morado “La lingua italiana per stranieri”. Consulta en él unas palabras para contestar al mendigo hediondo y educado que le ofrece unas figurillas de escayola.
   —Mi escusi si la disturbo.
   —Oye, que el escayolista me habla y no lo entiendo.
   El mendigo se enfada, me pide que traduzca una frase para mi amiga.
   —Posso tradure questa frase? Io sono grande artista.
   —Que dice que te diga que es artista de los grandes, y que se llama Michelangelo, ¡cómo no!
   Me gusta de María el modo de aguantar la respiración haciendo como que no nota el hedor del desgraciado. Mira con interés las copias de yeso, le pregunta si las ha hecho él, le dice, mirándolas con atención, que son muy bonitas. Luego le paga un dinero exagerado para acallar la conciencia de tenerlo todo y que otros no se tengan ni a sí mismos. Por eso no le agrada el Cemiterio Staglieno, porque un mendigo le impide ver la belleza.
   —Anda, vámonos de aquí.
   Bajamos por La Via de Piazencia, no quiere ver como el guardián del cementerio echa al mendigo. Viste el celador uniforme granate tachonado de medallas e insignias, una banda verde cruzada al pecho, parece un general de opereta. 
   Es tan grato caminar bajo las sombras alargadas de los olmos, cipreses, algún olivo. La superficie veteada del paseo mil veces recorrido, desgastado de pasos, marmóreo y blanco, parece una novia velada porque hay algo de niebla.
   Nos despide  Miguelangelo agitando un trozo del cartón sobre el que duerme, lo mueve en el aire con tanta elegancia que más bien parece un duque representando a un mendigo. Su anillo refulge.
   — Addio addio!
   — ¡Adiós maestro!


                                                                 

                            Tara - Isabel Caballero