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sábado, 23 de marzo de 2019

Cuerno de cabra









   
   Carmen me presentó al profesor de filología a la salida del paraninfo. Todos comentaban la escena de la violación. Hacía una década que la película había hecho furor, y aunque el cine de culto, junto al de arte y ensayo, era lo que molaba, “Cuerno de cabra” me pareció un peñazo.
   Daba datos el profesor sobre la Bulgaria del siglo XVII y lo magníficamente ambientado del medio rural. Ahora, más de treinta años después, recordando aquellos primeros momentos, parecía que estuviera sentando cátedra con el manido discurso  y la puesta en escena de sus vastos conocimientos cinéfilos. Las caras embobadas de sus alumnas daban grima, solo faltaba que se bajaran las bragas para completar el gesto de rendición absoluta. 
   No, no me gustó nada “Cuerno de Cabra”. 
   Carmen, como siempre ocurría, con su labia era el epicentro de cualquier reunión haciendo competencia al verbo fácil del filólogo. En la tertulia improvisada ambos debatían como si les fuera la vida en ello.
   —¿Y tú qué opinas, María? —me preguntó el profesor.
   Me daba cierto apuro ponerme en contra de la favorable opinión general sobre la puñetera película. Solo tenía diecisiete  años, empezando mi primero de carrera. Era novicia en casi todo. 
   Fuimos al local donde solía reunirse una ecléctica muestra del panorama ochentero: ácratas, panfletarios idealistas de sueños fútiles; varios incipientes góticos mezclados con algún hippie trasnochado; alumnos de la escuela oficial de Bellas Artes junto a grafiteros oficiosos; artistas del pop, del punk-rock y demás aves transgresoras del paraíso. 
   Al fondo estaba el grupo de teatro en el que  Carmen participaba. Fue a charlar un rato con ellos dejándome sin su amparo. No sabía de qué hablar y no tenía, aún carezco de ella, la dialéctica y la soltura de palabra de mi inteligente amiga. 
   —¿Te gusta el sitio? —preguntó el profesor haciéndome partícipe de la conversación con preguntas poco comprometidas, como: ¿verdad María?, ¿a qué sí María? En ocasiones mis opiniones eran tan pocos convencionales que le hice sonreír sin proponérmelo. Si el filo reía, la pandilla improvisada reía más. Aquella noche me gané fama de graciosa sin serlo, por lo visto tenía golpes de efectos, (lo dijo en francés).
   Después de tocar el grupo canario “Teclado frito”, sonó Eric Clapton. Todos se pusieron a corear a la voz de “Cocaine”. El profesor se las ingenió para estar siempre a mi lado. Con su locuacidad didáctica me explicó que la letra estaba en contra de la droga y que Eric, (lo llamaba Eric, como si fuesen amigos desde la infancia), añadió en sus actuaciones en directo la frase de “that dirty cocaine”, por si no se entendía el mensaje de que la coca era sucia. Mucho más tarde supe la blanca causa de sus ojos brillantes y de sus puntuales verborreas. 
   Carmen volvió  bebiendo una cerveza a morro, ya llevaba unas cuantas, aunque el alcohol raras  veces hacía mella en ella. Se sentó a mi lado. Todo en su actitud indicaba su protectorado. “Coto privado”, advertía el brazo, que sin rozarme, mantenía sobre el respaldo de mi asiento. 
   —Mira el cabronazo —dijo mi amiga entre dientes, señalando con la barbilla el póster de un heavy metal satánico de afilados cuernos. Según la postura que adoptara el filo, la cornamenta daba la impresión de coronar su testa. 
   El profesor, ajeno a la burla, garabateaba algo en una pequeña libreta. Improvisó unos bellísimos versos sobre el juego de sombras de mis pestañas y la línea de mi perfil, al parecer, perfecta. Los rompí cuando encontré, tiempo después, en uno de los bolsillos de su gastada chaqueta de ante, el mismo, exacto, dulce, exquisito poema sensible, salvo la dedicatoria a otra muchacha tan crédula y entregada como yo.
   Me enamoré de él enseguida, tardó en meterme en su cama lo que él quiso que tardara. Yo era virgen, la única virgen, seguramente, en todo el recinto universitario; una virgen con cara de virgen con el sello de virgen estampado en mi frente. Yo era virgen de todo menos de la boca de Carmen y de su férreo control. Una virgen de nombre María.





                                           Tara - Isabel Caballero