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sábado, 3 de junio de 2017

Te quiero Magdalena








   Me llamo Madeleine, un nombre casi tan bonito como Clementine, o Albertine, pero mucho más dulce y evocador. Quienes han sentido la dicha de tenerme sueñan conmigo para los siempres de lo siempres, amén. 
  Nací en Commercy, un lugar casi anodino si no fuera por mí. Conocerme es recordarme. Otras congéneres incluso más exquisitas que yo no han corrido la misma suerte. Voilà! La vida es así. Soy cúpula edulcorada, alfombra mágica, puente de plata, puerta del cielo, causa de alegría, salud de los enfermos, dulce estrella de los desayunos y de las meriendas también. 
   Mi presentación oficial fue en un banquete ofrecido por el Duque de Lorena. Todo empezó porque en las cocinas del castillo el intendente y el cocinero se pelearon, soltaron los mandiles, espumaderas y sartenes, hasta con las harinas arramblaron dejando a los invitados sin postres. Entonces aparecí de mano de mi creadora y todos quedaron encantados conmigo. Entré con un poco de miedo, tímida y sencilla, sin aguas de azahares, sin abalorios ni guarnición, sin pasas, ni almendras, ni piñones, ni canela. Tal cual. A todos sorprendí y hasta tal punto, que el Conde me envió como regalo a la Reina María de impronunciable apellido “Leszynska”. Fui regio regalo en bandeja de plata, y dulcifiqué los paladares Versallescos. Algunos cortesanos quisieron llamarme Pastel de la Reina, por fortuna respetaron mi precioso nombre de Madeleine. 
  Mucho más tarde me conoció el burgués de las narices, un tal Marcelo enredado de palabras. Mira, ahora me prueba con te o tila, nunca se ponen de acuerdo los traductores del brebaje evocador, y Marcelo sueña…, sueña o ensueña. Está abrumado que rima con bruma. Me besa y se estremece. El vaho en espirales envuelve su nariz y todo Combray entra en su taza. Ora la torre de la iglesia, ora su ábside, la nervada cúpula, los rosales que surgen de un recodo del camino, o la luz que esmerila los cristales.
  Y aquí me tiene desmigajada flotando sobre el líquido casi frío, nunca me han tratado así. Este hombre es un desastre, ya te digo.
  Marcelo mira las gotas de la reciente lluvia que forman pequeños caminos en los cristales de la ventana, una rama del espino asoma y el color rosado de los brotes le hace sentir tan feliz como una perdiz de final de cuento. Cuelga alguna miga debajo de su mostacho y a golpe de pluma mi esponjoso cuerpo se convierte en un recuerdo proustiano.