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sábado, 3 de octubre de 2020

¡BANG!

 

                            Ilustración de Jordi Bernet para “1280 ALMAS”





                                                       ¡BANG!


   Jim, un joven ingeniero de Oklahoma, vivió en nuestra casa durante varios meses. El trabajo de su equipo consistía en montar la cinta transportadora de 100 km. de longitud desde el yacimiento de fosfato hasta la costa. Mi padre, topógrafo durante una década en dicha mina, nos contaba entusiasmado que se trataba de los mayores filones de tales características hasta ahora descubiertos.


  —La capa de mineral tiene un grosor de 5 m. y unos 3.70 de profundidad. 


   —¿Y eso es bueno?


   —Claro, hijo, facilita su extracción.  Se estima que las reservas son de, aproximadamente, 1.700 millones de toneladas. ¿No es así Jim? —preguntó al americano, quien añadió que la franja tenía de largo 84 km.  


  La empresa Fosbucráa pagaba bien, más un plus por determinadas cotas de extracción y por trabajar en las denominadas por aquel entonces: “Provincias Españolas del Sahara Occidental”. El Aaiún, su capital, crecía a un fuerte ritmo demográfico. Resultaba difícil conseguir vivienda, por lo que algunas familias solían hospedar a trabajadores, tanto españoles como extranjeros.  


   A punto de cumplir los diecisiete, hincaba los codos para el examen de reválida de septiembre, y así tener acceso al curso de orientación universitaria.


    El americano me ayudaba con el inglés prestándome sus revistas mensuales llamadas Selecciones Reader's Diggest. Solían llegar con   semanas de retraso; a mí me daba igual que no estuviesen actualizadas.


   Jim dominaba el español salpicado de léxico mexicano.


  —Trabajé un tiempo por allá. Hasta tuve una noviecita que me enseñó lo que sé.


   —¿El español?


   —Y más cosas, cuate —dijo sonriendo.


   En pocas semanas pude traducir el libro que me regaló y que aún conservo: “1280 Almas”. Gracias a él conocí otro tipo de aventuras diferentes a la de   mis lecturas habituales.


   Desde el primer capítulo envidié al scheriff de Potts County: Nick, Nick Corey. El tipo decía de sí mismo que, desde que era un crío, nunca le habían faltado mujeres, que las tías le iban detrás…, se las tenía que quitar de encima a hostias. Yo había visto alguna que otra revista de mujeres desnudas, no muchas, algo de pornografía, y poco más.


   Los domingos y fiestas de guardar asistía a misa con mi familia. Al americano se le excusaba por tener una religión extraña. Dijo ser de confesión presbiteriana. Monseñor, la mayor autoridad eclesiástica de la Misión, nos advirtió que ser protestante en cualquiera de sus facetas, era peor aún que ser ateo.


   Le pregunté si él lo era,  contestó que sí.


   —Ateo y comunista, como Jim Thomson, el autor del pinche libro.


   Desde entonces, el americano se coronó como mi ídolo. Seguro que, sin el cinturón del pecado mortal amarrado a su conciencia, tendría tanta experiencia sexual como el protagonista de mi libro preferido. 


    —I´m a good boy —se excusó riendo.


   —¿Tú… un buen chico?, ¡no jodas!, seguro que te has follado a medio Oklahoma.


   Con él podía permitirme hablar con el descaro que se expresaba el sheriff Nick.


   —¿To fuck… dices? Vale sí, un poco, aunque no tanto. ¿Y cómo llevas tú el asunto?


   —Bueeeno…, unos cuantos morreos, magreo de tetas a un par de chavalas, aunque todas las de aquí pretenden llegar intactas al matrimonio.


   Era mentira, lo de las tetas, pero no quería que Jim pensara que era un pringado.


   —Estás jodido, pendejo.


   Se dio cuenta enseguida de mi ignorancia y se convirtió en mi asesor sexual. Era tan gráfico en sus expresiones, que solo de contarme como había que hacer determinados actos, me excitaba más que todas las fotos guarras compartidas e intercambiadas con mi pandilla de muchachos tan novatos como yo.


   —Procura que se sientan únicas, aunque sean del puto montón.


   —Y decirles que están muy buenas.


  —¡Qué pedo!, ¡pues claro que no!  Diles que son lindas, que te mueres por ellas, escúchalas con atención, disimula que no entiendes una papa de las cosas que largan, y hazte el romántico aunque te importe una mierda esas vainas.


   —Pero… ¿cuándo crees que podré tirármelas?


   —Tranquilo, chico. Son ellas las que te lo indicarán, no con palabras, con actitudes. ¿Aún no sabes distinguir cuando una niña está calentita?


   Gracias a sus iniciáticos consejos empezó a funcionarme el método, al menos con algunas de las muchachas, aunque no terminaba de rematar la faena.


   —La que más me gusta es una que está loca por mi mejor amigo, pero este le ha dado puerta porque se ennovió con otra. Una joven formal, ni la roza, se la reserva para cuando se case.


   —Es el momento justo porque está vulnerable. Necesitará de tu comprensión. Lo tienes a güevo, ¿se dice así?


    —Más o menos.


   —De paso cepíllate a la formalita. Tendrá muchas ganas, y si su novio ni la toca…, eso que te llevas ganado, chico.


    —La respeta.


    —¿Ahorita te vas a rajar, güey?


   —¡Un colega es un colega! —protesté.


   —¿Qué haría en tu lugar Nick Corey?


   —Seguro que cargarse al amigo y tirarse a la novia —contesté.


   —¡BANG! — .Imitó el sonido de un tiro y el gesto de disparar con el índice; lo completó soplándose la punta del dedo.


   En poco tiempo me gané merecida fama de cabronazo entre los chicos y de encantador tunante con las nenas. Un malote en toda regla.


   Fue el mejor verano de mi vida. Lo peor vino después, el cabreo y castigo de mi padre por suspender la reválida a pesa del dominio del inglés; eso sí, con un acento medio gringo que te cagas.
 

 

                                                             900 palabras

                                                           Isabel Caballero

 

 


 

 


viernes, 11 de septiembre de 2020

Un virus llamado amor


 

  • argumento que te salga al hacer clic en el botón Generar nuevo argumento.
  • Escribe un microrrelato de hasta 250 palabras como máximo basándote en todos o alguno de los elementos que os aparezca en el argumento generado.
  • Publica el microrrelato en tu blog junto al argumento en el que te basaste. Explícanos qué elementos de ese argumento escogiste para escribir tu micro.
  • Deja un enlace a tu micro en los comentarios de esta entrada para que pueda añadirlo a la lista y que todos puedan leerlo.
  • Tienes de plazo hasta el 30 de septiembre.

 

Al copiar el argumento que me salió al  hacer clic en el botón “generar nuevo argumento”, salió esto: Una cartógrafa que aún es virgen y un famoso presentador de televisión que no es muy espabilado, se contagiarán con una rara enfermedad, sin embargo una camarera lo cambiará todo.

 

 

                                                               UN VIRUS LLAMADO AMOR

 

   Conocí personalmente al afamado presentador de televisión en el trayecto aéreo de Kenia a Kampala. Ambos viajábamos por motivos profesionales.

   —Cartógrafa —respondí a su pregunta —. Me han encargado la elaboración de unos mapas.

   Atractivo y famoso, pero aburrido. Como su conversación me pareció insulsa, me sumergí en el libro que estaba leyendo.

   Nos volvimos a encontrar en el bar del hotel donde nos alojábamos. Me invitó a una copa, la acepté por educación y pensé que, desde que pudiera, me largaba echando leches. La guapa camarera y relaciones públicas nos ofreció un coctel de bienvenida cortesía del hotel.

   —Mi nombre es Chayna, significa la dadora de amor.  Marchando un V.L. para la feliz pareja —ordenó en perfecto castellano.

   —No somos pareja.

   —Porque tú no quieres, señorita geógrafa —dijo él.

   —Cartógrafa —corregí.

   —¿No es lo mismo?

   Con el segundo V.L. le pregunté: —¿Así que eres reportero?

   —Presentador —corrigió.

   —¿No es lo mismo? —respondí sonriendo.

   Empezaba a divertirme y pedimos una tercera ronda.

   Al cuarto V.L. nos contamos nuestras vidas; al quinto nos besamos como locos; al sexto estábamos tan lanzados que le propusimos un trío a Chayna. Para nuestro asombro, aceptó, y con un último V.L. subimos los tres a mi habitación metiéndonos manos en el ascensor.

   Antes de empezar les advertí que era virgen.

   —Y yo gay.

   —¿Y qué carajo haces con nosotras? —pregunté.

   —Por probar.

   —Yo, además de negra, soy puta —confesó Chayna —, por noche completa cobro el doble. Desvirgarte es gratis.

   El  Virus Love hace milagros.



                                                                               250 palabras 

                                                                           Isabel Caballero

                                                                            

                                                              

domingo, 17 de mayo de 2020

El cuaderno de Alice











  

   Conservo un recuerdo nítido de aquella mañana en la que Charles nos llevó en su bote a navegar por el Támesis. 
   —Ocho kilómetros desde el Puente Folly, hasta que arribemos a Godstow —anunció mi padre con su voz engolada de  Vicecanciller de la Universidad de Oxford. Durante un largo rato nos aburrió contándonos las particularidades de los lugares que avistábamos desde el río.
   A mis hermanas y a mí, Charles nos llamaba: “Prima, Secunda y Tertia”. Yo era la del medio, aunque prefería que pronunciara mi nombre, como solía hacer  las pocas veces que estábamos solos.
   —Profesor, cuéntenos un cuento, porfavorporfavorporfavor… —le imploró mi hermana Edith, la menor,  juntando los “por favores” y sus dos pequeñas manos.  
   Charles se quedó pensando un rato y comenzó su historia.
   Érase una vez una niña que…
   —¿Cómo se llama la niña? —interrumpí.
   —Alice.
   —¡Igual que yo!—exclamé entusiasmada.
   —Igual que tú —confirmó sonriendo.
   —Pues bien...—continuó Charles — Alice estaba sentada a orillas de este mismo río, sin tener naaada que hacer, aunque de vez en cuando se asomaba al libro que estaba leyendo, y entonces, de pronto, vio cruzar ante ella un conejo blanco de ojos rosados…
   Sabía que yo era su preferida, hasta había puesto mi nombre a la niña del cuento. De las tres, soy la única  a quien dejaba entrar en su taller aunque no me permitía usar la gubia o la navaja con las que desbasta sus grabados. Sin embargo, me prestaba el  buril de punta fina para practicar perfilando algún diseño de líneas sencillas, no sin antes avisarme: —¡Cuidado Alice!, ¡te puedes cortar!
   Era su ayudante, aunque lo más difícil lo hacía él. Le alcanzaba la espátula con la que extendía la tinta  sobre la encimera de mármol con mucho cuidado para que no chorreara. Cuando cargaba el rodillo varias veces antes de entintar, me advertía  para no mancharme: —Ponte el mandil, no vayas a ensuciar tu precioso vestido. Apoyaba con cuidado el taco   presionándolo después  al pasarlo por el tórculo. Cada vez que pronunciaba la palabreja lo hacía con voz de falsete, porque a los dos nos hacía gracia repetir tórculo, tórculo, tórculo. Parecía una opereta.
   La mañana de Navidad recibí el regalo de Charles. Un cuaderno manuscrito con treinta y siete ilustraciones a plumilla hechas por él mismo. 
   —La niña del cuento no se parece nada a ti, los dibujos están mal hechos, lo que está lejos parece estar cerca, y al revés —comentó mi hermana mayor, algo celosa.
   —Ciertamente, varios paisajes tienen una perspectiva extraña, las distancias están distorsionadas —confirmó mi padre acercando el manuscrito a sus ojos miopes.
   —Todo el absurdo cuento es un sinsentido, con muy poco respeto por las normas —sentenció mi madre después de leer someramente las primeras páginas —. Nunca debimos dejar que las niñas…
  —¡Mirad!, hay un montón de animales —interrumpió Edith entusiasmada con los dibujos —, un conejo, una liebre, un gato, una oruga azul, un flamenco, lechuzas, gansos…
   Ahora, por última vez,  sostengo en mis manos el precioso cuaderno antes de ser subastado al mejor postor, como si se tratara de una vulgar mercancía.  Paso el dedo índice por la dedicatoria de letra pequeña y apretada: “A una niña querida, en memoria de un día de verano”, recordando con claridad aquella tarde en la que las tres nos disfrazamos para que Charles nos fotografiara. Parecíamos chicas mayores chancleteando con zapatos de tacón cien números por encima del nuestro. Las cintas de raso de los viejos corsés tan apretados que nos impedía casi respirar. Las plumas del ribete del vestido me hacían cosquillas en la nariz, daban ganas de estornudar, de reír, o no sé bien de qué daban ganas.
   Lorina,
 acercaba o alejaba un foco, tan profesional como Charles, quien medía la luz con un aparato que hacía cric cric como los grillos. El profesor le indicaba a Edith como posar: —Ponte así, mira así, sonríe así.
   Entonces ella ponía la cara que sabía poner y ahuecaba los pliegues de su falda encarnada. Parecía una amapola.
   —Sonríe tú también, Alice.
   Sonrío.
   —Y quítate ese vestido, mejor ponte este otro.
   —¿Estos harapos?, voy a parecer una mendiga.
   —De eso se trata. Pequeñas, ¡id a jugar al jardín!, Alice saldrá más tarde, desde que termine de…
   Al poco rato, el cuarto quedó en silencio, salvo la respiración agitada de Charles. Por encima de su hombro pude ver mi ropa revuelta sobre una silla. Bajo ella, mis dos zapatos apuntando en direcciones opuestas. Las motas de polvo, diminutos puntos dorados, bailaban en los últimos haces de luz. Después, la habitación quedó en penumbra. 




                                                                             Isabel Caballero


jueves, 16 de abril de 2020

Santa






                                                           SANTA



   

   La curandera tiene siete gallinas, un gallo encarnado, una cabra, un huerto, la cueva que asoma al risco y el viento.
  Una mujer le enseña las ronchas del abdomen, la llagas del pliegue de las nalgas, las de la cara interna de los muslos...
  —Es por culpa del pecado de tu marido que va y viene, lleva y trae, con todas se revuelca. Úntate con el jugo de una pita y apártalo de tu cama, si es que puedes.
  A otra mujer le amarra lazos con la mandrágora.
  —Con esto ya no podrá soltarse de tus muslos, tendrás que aprender a ser más hembra que ninguna. Mézcla la caléndula con el bulbo de un jazmín regado con tu sangre del mes. Se lo das de tu mano, podrás gozar de tu hombre toda la noche sin que desfallezca.
  Ayuda a nacer y a morir.
  —No puedo curar a tu padre, Manuel.
  —Sálvalo Santa, te daré lo que me pidas.
  —¿Plantaste, como te dije, la ruda en la puerta de tu casa con luna creciente?
  —Sí Santa, y se ha secado en tres días.
  —Pues en tres días se muere. Que se ponga en paz con Dios y con los suyos.
  —Él lo sabe. Nos pidió que a su muerte saliera la cofradía de las ánimas benditas rogando por su alma.
  —Dale estas yerbas para que no sufra. No se lo digas a nadie, por aquí no todos me quieren y el cura menos aún. Andan diciendo que soy bruja.
  —También cuentan que tienes tratos con el diablo, que te dan calambres y te revuelcas en el suelo.
  —Solo son convulsiones de mi cerebro enfermo.
  Cuando encontraron a la santera tirada en plena calle, la llevaron a casa de una vecina. Los que allí se encontraban juraron que una lechuza blanca se coló por la ventana posándose, por un instante, en el pecho de la desmayada, y que al momento, una pestilencia inundó todo el cuarto.
  —Echa sangre y espuma por la boca.
  —Se ha mordido la lengua.
 —Cuando llegó a estas tierras se secaron los tilos, las vinagreras, los berrazales..., recuerdo que fue el año que pusieron la electricidad quitando la belmontina y el petróleo del alumbrado de las calles.
  —Está endemoniada.
  —Juro que una noche la vi levitando un palmo del suelo.
  —Se acuesta con nuestros hombres y los deja secos, sin substancia en los tuétanos, con los pómulos salientes, la piel convertida en tegumentos.
  —¡Llamad al padre!, él sabrá sacarle el diablo del cuerpo.
  El párroco fue a la casa precedido de mucha gente. Con él traía la biblia. Abriéndola por el evangelio de San Lucas, XI, 24-26, leyó en voz alta, para que todos escucharan, que cuando un espíritu impuro no puede abatir el cuerpo que habita, llama a otros siete espíritus peores que él, y entre todos se apoderan de la voluntad del poseído. También dijo que hablaría con el obispo diocesano para que enviaran un sacerdote exorcista.
  —Esta mujer está poseída. Nunca entra en la iglesia. La tengo calada desde hace tiempo.
  —¿Qué hacemos con ella cuando espabile, padre?
  —Pues denunciadla, hay suficientes testigos de sus maldades. ¿No decías, Sebastiana, que a tu hijo le dio a beber alguna de sus porquerías y que el niño murió en pocas semanas? ¡Habrá que saber que veneno le suministró a tu criatura!
  —Vomitó aguarchirle amarillento que se corrompía en cuajarones y mi niño se fue apagando entre sudores fríos mientras ella recitaba esto que dijo:

  Con dos te veo
  Con cinco te encanto
  La sangre te bebo
  El corazón te parto


  —¿Cómo no avisaste enseguida a la autoridad?
  —Me daba miedo de que hiciera maleficios a mi familia, aojara al ganado o pudriera la cosecha.
  —Hilario, ¿estás seguro de que los abortos de tu mujer eran debidos a causas naturales?
  —Visitaba a Santa porque los hijos no se le agarraban al vientre.
  —Pues ya veis lo que ocurre por andar con brujas en vez de confiar en los designios de nuestro Señor.
  Santa despierta con la cara de un demonio pegada a la suya. En la mano empuña un crucifijo.
  —¿Qué ha pasado?
  —Bien lo sabes, mujer. Vete a la cueva en donde habitas y no vuelvas por el pueblo. No quiero verte más por aquí. ¡Fuera!
  Cuando llega a su gruta, Santa se limpia del mundo. Mezcla el cornezuelo con el haxis, un rezado, un buen deseo, y esas hierbas que resucita o mata: la belladona. Unge su frente con estramonio, las alas con beleño negro. Vuela y a su lado el cielo se estrella.
  De madrugada, con las pupilas dilatadas, vuelve de la franja rosa que separa la noche del día.
  Desde su otero observa el valle: la tabaiba, el brezo, la retama, el tejo y la cicuta. Lo que mata. Lo que cura.
  —¡Santa... Santa...! —llama con urgencia alguien que la necesita.
  —¿Qué ocurre María?
  —¡Santa... mi hija está pariendo, lleva muchas horas empujando! La criatura no quiere salir.
  —Puede que venga de nalgas.
  La santera  toma lo necesario para ayudar a la parturienta. Con el hatillo bien sujeto a la espalda, desciende del monte hacia la casa cercana al pueblo. Sopla el alisio, alborota con su émbolo caliente el cabello y las faldas de ambas mujeres. El cielo de las cumbres es tan radiante que ciega. Todo parece ligero y fácil, tanto como la línea fugaz del vuelo raudo de una alondra.






                             Isabel Caballero



                                             

                               900 palabras


lunes, 16 de marzo de 2020

UN MILLÓN DE AÑOS



Relato aportado para EL TINTERO DE ORO, debe seguir los siguientes requisitos:

TEMA: El relato deberá contar con, al menos, uno de estos requisitos (podéis elegir uno, dos o los tres):
  • Escribir una historia de ciencia ficción, ya sea viajes espaciales, colonización planetaria, robots, encuentros con extraterrestres...
  • Un relato en el que se mencione con sentido la novela Crónicas Marcianas o al autor, Ray Bradbury.
  • Un relato en el que la acción transcurra en un planeta inventado.
EXTENSIÓN: 900 palabras como máximo.

PUBLICACIÓN: Deberéis publicarlo en vuestro blog en este mes de marzo.


PLAZO: Desde 15/03/2020 hasta el 31/03/2020




      EL VERANO DEL COHETE
   
 Después de varios días de intenso trabajo, Carlitos y yo conseguimos terminar el hidro-cohete y la plataforma de lanzamiento.
 El despegue salió genial. El tapón se liberó de la botella de plástico de dos litros, y entonces vino la parte guay. ¡Zooom!, el misil salió despedido dejando una estela de agua tras de sí. Solo subió unos pocos metros perdiéndose detrás de unos matorrales, ¡pero fue la leche!

    NOCHE DEL COHETE  

  Esa misma noche escuché un ruido seco en el jardín. Salí corriendo y vi nuestro cohete espachurrado.
   Llamé por el walkie-talkie a Carlitos.
   —¡Ven enseguida!
   —No puedo, estoy castigado.
   —¡Pues escápate!

   HOMBRES DE LA TIERRA

   Dentro de lo que quedaba del cohete había una nota arrugada y algo húmeda, y en ella, escrito en letras mayúsculas: “HOMBRES DE LA TIERRA, NO VOLVAIS A ATACARNOS O LO LAMENTAREIS”

   EL CONTRIBUYENTE  

      ¿Quién dijo miedo?
  Le pedimos a mi abuelo que nos ayudara a construir otro más potente. Nos pusimos alias siguiendo su consejo. Carlitos, “Pedro Duque”; yo, “Neil Armstrong”; y mi abuelo, “El Contribuyente”.

   AUNQUE BRILLE LA LUNA
   
   Decidimos probar el nuevo “APOLO 2” en una noche oscura para no ser descubiertos. Aunque brillaba la luna, estábamos tan impacientes que lo lanzamos. ¡Fue fantástico! Salió disparado perdiéndose en las sombras. Seguramente llegó mucho más lejos que el anterior.

   LOS COLONOS   

   Al día siguiente encontré cinco enanitos de color verde esparcidos por la hierba. Todos tenían cabezones que parecían escafandras.

   LA MAÑANA VERDE
   
   A media mañana se acercó por el horizonte una gran nube verde.
   —¿No te parece sospechoso Neil? —preguntó Pedro Duque.
   Asentí varias veces con la cabeza.

   LANGOSTAS

   El contribuyente nos contó que las langostas devorarían todo lo verde que encontraran.
  —Los enanos también son verdes —dijo Pedro Duque.
  —“Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas” —recitó El Contribuyente.
   Carlitos y yo nos miramos pensando que al abuelo se le había ido la olla con tanto verde.
   Al final solo fueron inofensivas libélulas verdes.


   ENCUENTRO  

    A nuestra pandilla del parque se apuntó una niña nueva con el pelo corto y las uñas del color de uñas, y no rosas o brillantes, como todas las uñas de las demás chiquillas.
  —¿No te acuerdas de mí? —me preguntó.
 ¡Anda!, ¡la niña que trepó hasta la punta del abeto de la guardería y tuvieron que venir los bomberos a bajarla!
  —Hola Úrsula.
  —¿Qué tal chaval?


   NOCTURNO 

   Algunas veces tengo miedo por las noches. Por el día hago como que no, no vaya a creer mi abuelo que soy un cobarde. Anoche, antes de dormirme, pensé en Úrsula y me olvidé de los invasores.

   INTERMEDIO
  
   Durante una semana pasé más tiempo con Úrsula que con mi amigo. 
 Carlitos me pidió convencer a mi abuelo para que construyera otro nuevo cohete.
  —Es que tengo mucho que estudiar —me excusé.
  —¡Pero…, si es verano!—exclamó.

   MÚSICOS

     En la fiesta del pueblo tocó una banda llamada “Siniestro Total”. Cantaron una que decía así:

   Los platillos volaaaantes…
   Los platillos flotaaantes…
   Un platiiillo llega yaaaaa…
   Un platiiillo de verdaaad…


   Carlitos y yo estábamos convencidos, de que sí, de que pronto llegarían, y de que los músicos con esas pintas tan raras segurísimo que eran extraterrestres, por lo menos.


   A TRAVÉS DEL AIRE

  Con prismáticos o sin ellos, miraba a menudo el cielo por si veía platillos. Cada vez que dejaba de hacerlo pensaba que en ese momento, en ese justo momento, una nave espacial cruzaría el aire y me lo perdería…, así que volvía a levantar la cabeza aunque me doliera el cuello a rabiar.

      LA ELECCIÓN

   El nuevo cohete era enoooorme.
   Carlitos propuso el nombre de “APOLO III”
   —“APOLO 3” mola más —dije yo.
   —Bueeeno, vaaale.


      USHER II

  Úrsula se enteró de la movida del cohete. Quiso participar. Le dijimos que no. Cuando nos ofreció su hucha, aceptamos. Nos venía genial para la compra del material: una plancha y cuatro tacos de madera, una varilla de acero fina, cartón duro para las alas y cinta adhesiva. Inflador de balones ya teníamos.
  Úrsula se empeñó en bautizarlo “USHER II”, cuando ni siquiera existía un “USHER I”
   
¡Vaya birria de nombre! —farfulló Carlitos.
   Yo no dije ni mu.

   VIEJOS

   Mi abuelo estaba perdiendo la memoria, aunque a veces recordaba cosas de cuando era pequeño.

    EL MARCIANO   

  Os voy a confesar algo —soltó El Contribuyente con cara seria.
  —Soy un marciano.
  —¡Anda ya, abuelo!
  —Y hay más marcianos en el pueblo.


   LA TIENDA DE EQUIPAJE  

 —¿Lo veis? Su mano izquierda tiene seis dedos. ¿Qué más pruebas queréis?
 Tenía razón el abuelo, el dueño de la tienda de equipaje también era marciano.


    FUERA DE TEMPORADA
   
  Se acabó el verano y los turistas se fueron. Conseguimos material para el cohete a buen precio por estar los comercios fuera de temporada.

    OBSERVADORES

    Los marcianos se quedaron. Nos sentíamos observados.

    PUEBLO SILENCIOSO 

     Extrañamente, el pueblo estaba muuuy silencioso.

      LOS LARGOS AÑOS  

      Mi abuelo tenía poderes. Adivinaba cuándo iba a llover.

    VENDRÁN LLUVIAS
   
   —Os dije que llovería, ni siquiera el parte lo ha anunciado.
   Llamaba parte al telediario. Cosas de marcianos.


   UN MILLÓN DE AÑOS

  Todo el mundo creyó que El Contribuyente la había espichao. Le hicieron un funeral con su misa.
   A escondidas de los adultos, pillamos un puñado de sus cenizas metiéndolas en el súper cohete. Salió zumbando hacia las estrellas. Tardará un millón de años en llegar a su destino, claro que el abuelo no tiene prisa.




                                            

900 palabras
Isabel Caballero



                                          UN MILLÓN DE AÑOS





   


EL VERANO DEL COHETE