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miércoles, 22 de enero de 2020

¡Que viene el lobo!



                                                                  ¡Que viene el lobo!



  

   —Yo era el puto amo del lugar hasta que dejé de serlo. Al fin y al cabo, les dimos trabajo a todos ellos.
   —Bueno, quitaremos lo de puto amo, Carlos, no queda bien para un artículo. 
   —Por supuesto, solo era un comentario informal. No grabe eso. 
   Mi hermano Carlos sacudió con el revés de la mano unas pelusas imaginarias de sus pantalones. Mantenía las piernas cruzadas; el blazer azul marino de botonadura metálica, abierto; los zapatos tan brillantes que se reflejaban en ellos los fluorescentes del techo. De vez en cuando echaba un vistazo a la pequeña grabadora que el periodista dispuso sobre la mesa y continuó hablando con cierta displicencia, algo habitual en él. 
   —Mi familia tenía una granja de abejas negras canarias. Una raza que hace miles de años se separaron de sus homólogas, las abejas africanas. Diferenciadas de sus congéneres, formaron una nueva especie en las islas. La marca de nuestra miel, con un alto grado de pureza, es equivalente a calidad y prestigio. Éramos de los primeros exportadores del país y lograremos  serlo de nuevo
   Todo un hombre de negocio mi hermano, aprovechando al máximo la entrevista para publicitar el nuevo proyecto. Si los abuelos y nuestros padres vivieran, no sé si  estarían orgullosos de nosotros. Recordé  el declive del negocio familiar, el cierre, la bancarrota, el impago al personal. 
   —La granja daba trabajo a mucha gente —intervine por primera vez siguiendo las reglas pautadas por él para promocionar la empresa. 
   —Eso ya lo dije yo, María. Como le decía… éramos una familia importante. Los primeros bancos de la iglesia estaban reservados para mis abuelos y mis padres…, y para nosotros dos, claro —dijo señalándome  con el dedo índice y a sí mismo con el pulgar. 
   —Los forasteros solían preguntar quiénes eran esas personas. “¡Ah! Son los dueños del colmenar”, contestaba alguien. Así se llamaba la granja. El pueblo se sentía orgulloso de que el lugar fuera tan próspero. 
   —¿Qué recuerda de su infancia, señorita? 
  —Éramos felices. Crecí entre flores y abejas, entre aromas y zumbidos. Aprendí a respetarlas y a comprender su comportamiento. Jamás ninguna de ellas me clavó su aguijón. Ya le digo, era una niña contenta de vivir en el valle, donde el aire es limpio y florecen los almendros, las orquídeas, el brezo, la lavanda… 
   —El alimento de los bichos es la flora. — Interrumpió Carlos algo molesto por lo que él llamaría estúpido romanticismo. Continuó exponiento que, al  ser tan variada y diversa, hace que la  miel sea sumamente  especial, con unos matices y aromas únicos. 
  Por esa razón es tan requerida nuestra excelente producción. 
  —¿En qué fecha será la inauguración de la nueva fábrica? 
  —El próximo sábado. Está usted invitado, por supuesto. La Granja ya está en funcionamiento, no es tan grande como la original, pero estoy convencido de que pronto, ¡muy pronto!, volveremos a estar entre los primeros exportadores. 
   —Disculpe Carlos, hay rumores de que sus abejas no son las originarias negras, sino una especie mezcladas con… 
   —Chismes sin fundamento.  Tenemos las genuinas abejas negras, las mejores, puesto que poseen  una capacidad de supervivencia que muy pocas  razas tienen. Son resistentes a las enfermedades, no solo por genética, sino por su comportamiento de limpieza bestial. El único problema es que son extremadamente mansas. 
   —¿Y eso es malo?, disculpe mi ignorancia Carlos, supongo que al ser mansas no picarán. 
   —Lo que ocurre es que la avispa lobo le dobla en tamaño. Los machos se limitan a libar el néctar y el polen diezmando el territorio, lo que no es poco, desde luego, pero las hembras, ¡joder las hembras…! —exclamó mi hermano. 
   —¿Qué ocurre con ellas? 
   —Son unas inteligentes asesinas —contesté al periodista —. En unas pocas horas los batallones de avispas pueden aniquilar a miles de abejas. Excavan sus nidos bajo tierra, y allí mantienen a las abejas que cazan en estado semiinconsciente, lo que supone alimento fresco para sus larvas. Se llegaron a entrometer en mis pesadillas infantiles, más de una vez desperté aterrorizada pensando que me faltaba parte de la cara, una mano… 
   Carlos me hizo un leve gesto para que no me extendiera,  y entonces me callé. No conté que las lobos acabaron con las abejas en el invierno en que nevó por primera vez en el valle. Las que no perecieron, huyeron. En el cobertizo protegido del frio y de los ataques de las temibles avispas, se vigilaba con mimo los pocos paneles intactos que pudieron salvarse. Una reina aterciopelada, de velloso manto y sensibles antenas por panal. Multitud de macetas protegidas del frio servían de alimento a las supervivientes, en especial el aromatizado romero. 
   Aquella madrugada de enero  pude ver desde, desde la ventana,  luz en el  cobertizo y salí casi sin abrigarme. Y ahí estaban, revoloteando por encima de las felices cabezas de mis abuelos. Mi padre quieto como una estatua cubierto en parte por ellas, un manto movible, un dulce zumbido de abejas. Sin embargo, no hubo más cosechas de miel. Aquello  fue el principio del fin. 
   —Son  auténticas, se lo aseguro. —mintió. 
   Mi hermano ha conseguido un híbrido muy parecido a la abeja negra canaria, un poco mayor y  más agresiva. No hay que ser experto en mieles para distinguir la diferencia de sabor. 
  Carlitos  es un lobo feroz. La voz de alarma de: ¡que viene el lobo… que está viniendo!, no es solo  una escena de un cuento de niños para no dormir. 



                                         Isabel Caballero 
                                            900 palabras






domingo, 22 de diciembre de 2019

Canela, vainilla y pólvora

                                                         Imagen de la pintora francesa Florence Dussuyer


                           Canela, vainilla y pólvora




   Una sola patada fue suficiente para destrozar la desvencijada puerta. El violento impacto despertó a las dos mujeres y al pequeño que dormía entre ambas. El hombre levantó el cobertor con el que aún se cubrían. Tomándose su tiempo, sacó la pistola de la funda sobaquera y apuntó hacia su mujer. 

   Unas horas antes estaba aprendiendo de Matilda a preparar los turrones caseros para venderlos en las próximas fiestas. Es lo menos que podía hacer para agradecer su auxilio. La que durante algún tiempo fue su criada, ahora era su salvadora.
   —¿Lo ve señora?, se mezcla bien el azúcar con el agua y la ralladura de limón, todo a fuego lento sin dejar de remover. Así.
   —Déjame hacerlo a mí, y no me llames señora.
   —Mejor atienda al bebé, señ..., que está llorando.
   —Este gordo es un tragón —sonrió mientras le daba solícita el pecho a su hijo.
   —Hay que dejarlo enfriar antes de añadir poco a poco las claras batidas a punto de nieve.
   —¿De quién aprendiste, Matilda?
   —Mi abuela y mi madre fueron turroneras. Se venden muy bien por estas fechas. También hago otros dulces, y ya lo sabe usted, pan de todas clases.
   —Como tu pan no hay ninguno
   —Ni un horno de piedra como el mío en varios kilómetros a la redonda —Matilda hizo un amplio gesto con la mano que no tenía ocupada.
   —¿No te da miedo vivir en esta casa?, está muy apartada del pueblo.
   —Me gusta la soledad. Como ve no es muy grande, ni siquiera hay paredes que separen la cocina del dormitorio. Tengo una huerta, un gallinero, un patio con horno, el horizonte y todo el aire que se pueda respirar. No necesito nada más.
   —Ahora que conozco el trabajo que supone, me da vergüenza haber aceptado los dulces   todos estos años.
   —Era un detalle de navidad. Usted siempre ha sido muy buena conmigo.
   —Más buena eres tú, Matilda.
   —Si se hubiera quedado en su casa, ese hombre borracho que tiene por marido la habría matado. Ya le dije que tenía que denunciarlo, aunque el malnacido sea policía —regañó esgrimiendo en el aire la cuchara de palo.
   —No sé cómo me las voy a apañar. Ya veremos.
   —Tranquila, puede quedarse en mi casa el tiempo que necesite. Mire, vamos a moler las almendras. Cuando termine de dormir al niño coja usted ese mortero y yo este otro; entre las dos terminaremos antes. Después ya solo nos quedará agregar la canela junto con la vainilla y verterlos en los moldes, y por fin podremos irnos a dormir.
   —Yo también estoy tan cansada que no veo la hora de meterme en la cama.

   El hombre hizo un ruido con la boca emulando dos disparos. Dos veces. Dos ¡pam pam! Después soltó una sonora carcajada con la cabeza echada hacia atrás tambaleándose un poco.
   A ella se le secó la boca, sintió un zumbido en los oídos y el miedo agarrado al cuerpo.
   —¿Ahora te acuestas con negras? ¡Ven acá perra, arrodíllate! ¡Y tú también zorra!
   —Deja que se vaya, ¡por Dios!, y que se lleve al niño..., volveré a casa contigo, haré lo que quieras, te lo juro.
   —¿Lo que quiera? Empieza por chuparme la polla.
   Se bajó los pantalones hasta los tobillos, la agarró del pelo metiéndole el miembro henchido en la boca, y la pistola en la boca de la otra mujer.
   —¡Chúpala, negra!—Matilda no entendía
   —¡Qué la chupes carajo! —Matilda lamió el arma.
   Jadeaba excitado entrando casi hasta el fondo de la garganta de su mujer.
   Ella estaba segura de que la mataría.
   Obligó a las dos a inclinarse sobre la mesa, apartando de un manotazo los dulces que se enfriaban. De pie, y desde atrás, entraba en una, mientras que le metía la pistola en la vagina de la otra, alternándolas, sin distinguir  el coño de quién, ni cuál era el arma.
   Cuando no conseguía una erección completa se enfadaba comparando a una mujer con la otra hasta que decidió que la negra tenía más resistencia y mejor follada que su mujer, que no paraba de llorar. Fuera de sí la golpeó en la cara con toda la fuerza de su puño.
   Con la mandíbula desencajada cayó al suelo perdiendo el sentido.
   Colgada de las vigas del techo una ristra de ajos y un manojo de laureles. La  liebre desollada que pendía   bocabajo atada de una soga, parecía estar mirando la escena con ojos de espanto  a la mujer desvanecida; a la que yacía bajo el hombre; a la pistola abandonada a un costado del hombre en   los pocos segundos que duró su  climax.   
   La despertó del desmayo una seca detonación y los llantos de su hijo. Vio como Matilda apartaba el cuerpo del hombre derrumbado sobre ella. En su mano la pistola aún humeante.
   —¿Está muerto?
   Matilda volvió a disparar casi a quemarropa.
   El hombre se encogió sobre sí mismo, como un caracol ensangrentado.
   —Ahora sí, bien muerto el hijoputa.
   —¿Qué hacemos con...con él?  —preguntó  sin voz apenas.
   —Tenemos un horno, y de los grandes. 
   Una racha de viento silbó entre las rendijas de la puerta destrozada esparciendo los efluvios de vainilla y canela, y el olor acre de la pólvora.







Nota.- Relato aportado para CAFÉ LITERAUTAS  en el que es obligatoria la inclusión de las palabras viento, caracol y bebé y el reto opcional  en el que  toda la historia  se desarrolle en una fábrica de pasteles artesanos.



lunes, 2 de diciembre de 2019

Punto de fuga

                                                                  Imagen de Eward Hopper





                                             

                                                   Punto de fuga





   Recuerdo estar abonada al “buono-treni” en aquellos tiempos que pasaba tantos días fuera de casa, casi siempre por trabajo. Generalmente la misma ruta: Milán-Barcelona/ Barcelona-Milán.
   No es fácil viajar ligera de equipaje, con los años he aprendido a cargar en mi mochila solo lo imprescindible. Sin embargo, tenía la costumbre de llevar siempre su fotografía; no una foto pequeña que resultara fácil guardar en la cartera. No. Todo un señor retrato enmarcado en plata que, en nuestro dormitorio, ocupaba la mesa de noche de la izquierda. Tiene..., tenía una nariz importante y una expresión serena que me gustaba.
   Nuestro hijo no entendía porqué no me conformaba con las fotos del móvil.
   —No te olvides llevarte a papá —solía recordarme con algo de sorna. Ya era una broma habitual en cada uno de mis viajes el “no te olvides de...”. Ahora, cuando lo pienso, sonrío con cierta tristeza.
   El día que cumplí los cuarenta, mi marido vino a nuestro apartamento de Milán sin avisar, quería darme una sorpresa. 
   Ninguno de los dos escuchamos la cerradura de la puerta al abrirse; estábamos profundamente dormidos, aún medio abrazados con la lasitud que el buen sexo deja en los cuerpos satisfechos. 
   Al levantarme vi uno de sus guantes en el suelo, el dedo índice, acusador, apuntando hacia la cama. 
   Inmediatamente, para comprobar mi sospecha, la casi certeza, llamé preocupada a Barcelona.
   —Hola mamá, ¿cómo estás? Feliz cumpleaños. ¿Cuándo vuelve papá?, ¿vendrás con él? Tengo muchas ganas de verte.
   No tuvimos un adiós definitivo, no hubo abogados,ni juzgados,  ni documentos que avalaran nuestras cada vez más prolongadas ausencias, ni pactos, ni desacuerdos, ni discusiones. A partir de entonces, los dos actuamos como autómatas, jamás hablábamos sobre...
   A pesar de mis deslealtades, de que la distancia entre nuestras dos camas era abismal, juro que lo amaba. Él nunca entendió la realidad de que existen tantos puntos de fuga como direcciones en el espacio. Yo lo quería con la fuerza de la costumbre, con la contundencia de la rutina, con todo el peso definitivo del proyecto familiar. Así lo pienso con la perspectiva que da el tiempo, desde mi presente mediato, desde el compartimento azul y verde en el que, hasta ahora y por fortuna, viajo sola. 
   Pese a que creí tomar el Direto, el tren hace una parada en la estación de Porta Susa, en Turín. En el andén, una mujer con las manos ahuecadas sobre su boca grita hacia alguna de las ventanillas cercanas: "Quando arriverá a casa mi scriva súbito!"
   Una escena anacrónica y bonita con la que fantaseo. Imagino como llega el hombre de la estación a su casa; un pasillo oscuro; el pellizco de luz en la pared que lo ilumina; el perchero dónde cuelga su sombrero. Enseguida toma la pluma y escribe sobre el papel con letra sesgada: "Cara, te envío la presente para decirte que he llegado bien, a Dios gracias".
   Arranca el tren, no lo hace con el traqueteo pesado y lento que propicia la escena caduca que ensueño. Apenas se nota como acelera. Va como la seda. 
   Suena el móvil, es mi hijo, vendrá a recogerme a la estación. 
   —Sí, estoy bien. No te preocupes. ¿Y tú cariño? Otro beso para ti. Yo también te quiero. 
   Intento dar una cabezada. No lo consigo. Ojeo un periódico de manera mecánica. En la página de sucesos un hombre ha matado a su padre; otro a su mujer. Lo cierro. 
   Miro el paisaje de una mujer reflejada en una mujer con la frente apoyada en el cristal, no se parece nada a mí, la que mira a quien me mira, en cierto modo  una asesina. ¡Asesina!, ¡asesina!,¡asesina!, exclaman los postes de la luz a velocidad vertiginosa; cada uno de ellos clamando un ¡asesina! El repiqueteo continuo de la lluvia en la ventanilla deletrea a-se-si-nas. La megafonía informa del último destino y con voz impersonal avisa de que, a bordo, se encuentra una asesina. 
   Procuro apaciguar mi corazón desbocado. A la derecha el monte, a la izquierda el mar. Pienso que hay paz en los bosques sin hollar y cierto éxtasis en las solitarias costas.
   Por fin arriba el tren a Barcelona. Tengo frío, tiemblo. Dejo el maletín en el suelo junto a mis piernas, me abrocho el abrigo y espero. Es raro que mi hijo no haya llegado aún, claro que el tráfico de...
   Me siento aturdida,  una mujer solitaria en el arcén mirando el tren que llega, el que se aleja, las vías, la marquesina de metal ondulado. Todo se resuelve en líneas paralelas convergentes hacia un punto de fuga diluido en el infinito. 
   Mi hijo me abraza mientras vuelvo poco a poco de mi ensoñación.
   —Tranquila mamá, no sufrió nada.
   —¿Eso es verdad? 
   —Nada, te lo prometo. Créeme, todo fue muy rápido. 
   —¿Cómo..., dónde?
  —Esta madrugada, en su despacho, con una de las pistolas de cuando estaba en el ejército.  
   —¡Dios!
   —¡Ojalá hubiera podido hacer algo más por él! Pasar más tiempo a su lado.
  —No te culpes cariño,  ya sabes que sufría de una profunda depresión. 
   —Anda, vámonos. Ya te iré contando de camino al tanatorio. 
  Dos trenes llegan casi a la misma vez encajonándonos en un pasillo de cristal y acero. Por encima del abrazo de mi hijo, de los ruidos de la estación, de la algarabía de la gente que llega o se va, se saludan o despiden..., las gaviotas graznan. Parece que ríen.









                                                                                                                       900 palabras                                   Isabel Caballero (Tara)






lunes, 18 de noviembre de 2019

Capoeira







   Rachid es más negro que el fondo del infierno, más listo que cien diablos juntos, le llega a la altura del corazón a Benearo. Ambos son esclavos, propiedad del mismo señor de las Madeiras.
   El gigante lucha con un pie anclado en la tierra. Sortea las piedras y guijarros que le arrojan, los cuchillos y puñales aumentan la apuesta. Se agacha e inclina, baila y muda con rapidez inusitada para alguien de tal tamaño. Ligado un brazo a la espalda y el otro suelto. El aire silba a su lado.
   Vuela su fama de tal modo que es honra del amo, lo alimentan y cuidan tanto como a sus caballos. 
   Rachid le cura las heridas con emplastos de barro y hierbas. Le enseña tácticas y danzas tribales de su tierra africana que aúna con estrategias de capoeira.
   El canario no sabe cómo se llaman sus artes, solo sabe que saltaba los barrancos de su isla como nadie y que era más fuerte que ninguno. 
    —¿Y tú Rachid…, de dónde viniste? 
    —Me apresaron en Tagaos, cabeza del reino de Bu Tata.
   Yo también era un hombre libre.  
   Tiembla el canario con el sonido de una flauta o llora porque el cielo se estrella, o se estremece porque sí. Su ancha nariz perforada por una anilla.
   Muchas mujeres han probado su hombría. Tantas que no abarca a todas. Rachid aprovecha alguna, no quiere que se canse el campeón.
  Frota con esparto trenzado el cuerpo de Benearo, limpia y restriega como una madre agitada que cuida de su enorme retoño. 
   Después se bañan en la poza bajo la higuera refractada y parece que la luz tiñera de verde a un gigante y a su menguada sombra. 
   —Eres como mi  madre. 
   —Una madre canija y negra. 
   Los dos se miran, y entonces, sonríen.



                                              300 palabras
                                            Isabel Caballero



viernes, 25 de octubre de 2019

Cartas a un niño sobre Francisco Franco


   Hoy, jueves, 24 de octubre de 2019, habría sido un honor publicar la noticia de la exhumación del cuerpo del dictador y su exilio del  llamado Valle de los caídos, aunque aún permanezca  la cruz de  150 metros de altura, enarbolada a modo de esvástica,  un remedo de  burla cruel a la memoria histórica.

   Cuando era joven, por imperativo paterno y con el fin de que fuera tomando contacto con la dinámica de la empresa familiar, pasaba en nuestra imprenta la mayor parte del tiempo que me dejaba libre la facultad.
   Recuerdo el año en que editamos “Cartas a un niño sobre Francisco Franco”. El autor, marioneta del Régimen, firmaba con orgullo la biografía edulcorada del Generalísimo, Salvador de la Patria. En aquel entonces, no era fácil publicar fuera de la imposición del brazo férreo del Gobierno. Yo odiaba a Franco con toda la fuerza de mi juventud, con el empuje de las nuevas ideas que comenzaban a fraguarse en las universidades españolas en los años 60. Lo imaginaba empuñando una pluma con la que decretaba tantas muertes de paredón o de garrote vil, porque sí, sin paliativos, sin concesiones, aunque la guerra hubiese acabado en el 39.
   “Dedicado a todos los niños españoles”. Mira muchacho: has nacido, y quizá tu padre también, cuando un solo nombre en nuestro país, Francisco Franco, dice tanto como el nombre de la propia España. Voy a contarte la vida del Jefe del Estado español, que es como decir el Jefe de todo lo que vive y se mueve en nuestra Patria.

  Cuando me negué a colaborar con la edición de la biografía,  mi padre puso el grito en el cielo, y como siempre,  discutimos. Mi madre, miedosa del "qué dirán", bajó volando las escaleras de nuestra casa situada en lo alto de la imprenta y exclamó: ¡Ay éste muchacho nos va a matar a disgustos! Si te escucha don Agapito se nos va a caer el pelo. Don Agapito, nuestro vecino, director de un instituto de enseñanza media, impuso en su centro la biografía como libro de texto adicional para la asignatura de Formación del Espíritu Nacional.
  Por la noche, mientras la familia dormía, me resarcía imprimiendo en el hectógrafo octavillas contra el Régimen; cada noche cien sumaban miles al poco tiempo.
 Es posible que muchos de nosotros, jóvenes estudiantes desconcertados y algo torpes, no supiéramos distinguir a Trotski de Lenin, ni en qué consistía con exactitud: “La Causa”. Queríamos hacer algo, lo que fuese. Los conceptos del franquismo se oponían, por norma, a nuestros aún inciertos principios, igual que se oponían a nosotros, jóvenes vanguardistas, las Fuerzas del Orden Público con sus tiros al aire tan frecuentes y certeros que atinaban en pleno corazón…, es lo que tienen las balas perdidas, que mudan su trayectoria por arte de magia. Acudíamos sedientos de reformas a las asambleas, manifestaciones, proyecciones de películas, recitales de música y de admirados poetas:

  Niños del mundo, si cae España… si cae ¡cómo va a quedarse en diez los dientes, en palotes el diptongo, la medalla en llanto!
   Jornadas de actos y jornadas pacatas de amor la mayoría de las veces. Casi todas las compañeras se negaban a abrirse de piernas no fuera que  las desmozaran, guerreras de discursos y tímidas de bragas para adentro. Teníamos que enamorarlas como mi padre enamoró a la suya, y aunque unos años más tarde hubo quema de sostenes fuera de nuestras fronteras, aquí, en ésta España nuestra, Josefa o Paca, por muy camaradas de partido que fuesen, exigían un compromiso en regla antes de la metida de mano o de lo que se terciara, y en eso andábamos, teorizando el amor libre y aguantando el dolor de huevos entre mítines y versos.
   Conocí a los ácratas  en profundidad a la vez que a Lola. Ella fue quien me enseñó la naturalidad en los modos; a guardarnos de los hijos no deseados; a dejarse llevar con la piel y con las entrañas; a entendernos a golpe de versos, de palabras y de actitudes. De ella me sorprendió que no comerciara con su sexo a cambio de una promesa conyugal. Recitábamos a Miguel Hernández,  nos amábamos con Vicente Aleixandre entre sangre a raudales y memorias melancólicas; odiábamos a Franco con la rabia de Neruda y con su misma certeza le auguramos su propio infierno.
  Y claro que editamos la jodida biografía, no quedaba otra.
  Mi amor por Lola se difuminó en la nada, o en la casi nada. Fue ella quien me dejó, nunca he podido ni he querido olvidarla. A mis padres no les gustaba nada la Lola roja y libertaria. Terminé casándome con una mujer muy distinta a ella.
   Hasta hace poco mantuve  la imprenta que fue de mi padre y de mi abuelo, claro que primero vino la transición…, los desnudos desplegables de la página central de las revistas, la aparente apertura y las desilusiones en quienes confiábamos. La cultura "underground" proliferó y contratamos a un dibujante de comic. Editábamos  sin restricciones con publicidad incluida de cualquier producto que el mercado ofrecía, hasta que tuvimos que cerrar la imprenta. El negocio es el negocio.
     

                                                                                      Tara- Isabel Caballero

sábado, 19 de octubre de 2019

Soy tu hombre




                                                               

                                                                           Soy tu hombre



    —Si quieres un esclavo, aquí me tienes. Boxearé en el ring que me pidas.
    —¿En serio?
    —Soy tu hombre y tú, mi Diosa.
    —¿Sabes que una vez soñé con Dios?
    —¡Pero si eres atea!
   —No debería extrañarte, en mi familia hay antecedentes... a mi abuela se le apareció la virgen, me lo contó una tarde mientras cosía. Dijo: “Iba vestida de azul sentada sobre una nube, alcánzame las tijeras, niña”.
    —¡Caramba!
    —Tenía un costurero grande de raso pajizo que parecía un poema lorquiano de lo bonito que era y donde había que bucear para encontrar el dedal o la cinta métrica. Mi abuela pronunciaba con la misma naturalidad tijeras que virgen, como si las dos palabras tuvieran la misma composición y estructura.
    —Ven aquí anda, déjate de dioses y de vírgenes, y dime cómo te fue en la prueba.
    —Me cogieron de puerta. Laura dice que tengo que soltarme en el escenario, por algo hay que empezar... ¿Me estás escuchando?, mejor se lo cuento a ella, acaba de llegar. Venga..., duermete un rato.

    —¿Sabes Laura que a mi chico le aburro?, se le cerraron los ojos mientras le contaba lo de la dichosa prueba.
    —¡Qué capullo!
    —Hizo como que escuchaba. Al enfadarme me soltó un “soy tu hombre, muñeca, no te obsesiones. Me intereso en la misma medida por tus caderas que por tus pequeños problemas”
    —La palabra obsesión debería estar prohibida. ¿Somos amigas o no?, cuéntame que tal te fue.
    — Hago de puerta.
    — ¿De puerta? ¡No me jodas!








                                       250 palabras

                                       Tara - Isabel Caballero

                                        


jueves, 19 de septiembre de 2019

Un corto cuento algo mágico








                                                             Un corto cuento algo mágico





   Aquel día empezó mal. Me caí de la bici, y para que mi madre no me regañara por romperme el vestido, fui cojeando apoyada en el hombro de mi amiga hasta su casa. Valentina pensó que, al ser su padre veterinario, entendería de piernas aunque fuera la de una niña humana.
   —Cariño, hay que coserte un par de puntos.
   —¿Eso duele? —pregunté asustada.
   —Apenas los sentirás. ¿Sabes?, te voy a regalar un talismán. Una rosa del desierto.
   —¿Qué es un talismán?
   —Un amuleto, tiene poderes. Si lo sujetas con las dos manos mientras te curo no te dolerá nada o casi nada.
   —¡Ay... pincha! 
   —Y tanto que pincha, puede cortar hasta las ruedas de los neumáticos de los todo terreno cuando viajan por el desierto, y a la misma vez, es blanda.
   —¿Cómo puede ser una cosa dura y blanda al mismo tiempo?
   —Ya ves, ahí radica la magia de las cosas mágicas.
   —¿De qué está hecha? 
   —De yeso, agua y arena..., y de años.
   No entendí muy bien lo que intentaba explicarme  el padre de Valentina. Para  disimular que no lo sabía  asentí con la cabeza varias veces mientras miraba una estantería llena de piedras de colores. Todas tenían un pequeño letrero  con su nombre. La de color verde se llamaba cuarzo; había otro cuarzo rosa; la pirita era muy brillante con chispas plateadas; la turmalina, negra; la amatista violeta...
   —Si prefieras alguna otra puedes elegir la que quieras.
   De todas ellas la que más me gustaba es la que tenía entre las manos. No brillaba en la oscuridad, ni se encendía por dentro cuando le daba la luz. Había que sostenerla con cuidado por si cortaba, pero, sin duda, la rosa del desierto era la más bonita de todas.
   —Por ser tan valiente te pondré unos polvos mágicos en la herida, ¿vale?
   Aunque intenté concentrarme en mi rosa, por el rabillo del ojo vi como el padre de Valentina preparaba el yodo, unas gasas, e hilvanaba con un hilo negro una aguja algo curvada más grande que las de coser. Después me echó un espray en la brecha de la rodilla.
   —¿Y ese fuchi fuchi para qué es?, ¿ehh?
   —Tiene un nombre muy bonito. Se llama Cloretilo de Vitulia, si lo deletreas tres veces seguidas mientras miras la rosa, seguro, ¡segurísimo!, que no te dolerá ni una pizca.
   —Clo-re... ¡ay!, se me olvidó lo demás.
   —... tilo de Vitulia.
   —Clo-re-ti-lo-de-vi-tu-lia-clo-re-ti-lio-de-vi-tu-lia-clo-re...
   —Eso es. Bueno, pues ya está.
   —¿En serio?, pues no me ha dolido nada.
   —Ya te lo dije, niña desconfiada, ¿ves cómo existe la magia.
   —¡Hum...!



428 palabras

   

                                    Isabel Caballero