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martes, 1 de junio de 2021

Dominique nique nique...

 

                                                                 Cuadro de una monja, de Diego Velázquez



                                                                    DOMINIQUE NIQUE NIQUE...

 

Lo que peor llevaba del uniforme eran los horribles zapatos de cuero; tenían dos pequeños botones esféricos difíciles de meter dentro de unos ojales muy estrechos…, me recordaban a lo que las monjas contaban sobre un camello y el ojo de una aguja. Cuando por fin conseguía abrocharlos, solía ser tan tarde, que apenas daba tiempo a lavarme y peinarme antes de que la madre Teresa revisara que SU grupo de internas estuviésemos im-po-lu-tas. Le gustaba esa palabra.   Mi cabeza repetía las dos últimas sílabas cambiándole el sentido: pu-ta-pu-ta-reputa. Una pequeña revancha mental contra la inquisitiva madre Teresa.

—Tú, García, ¿qué estás farfullando? —se dirigió a mi, nunca nos llamaba por los nombres de pila.

—Estaba rezando, madre.

—Ahora rezarás en misa, ¡andando!

El padre siempre insistía: «rasca, rasca, hija mía, seguro que algún pecadillo más encontrarás». Ya confesa, respiré. Si la palmara en ese mismo instante, iría directa al cielo sin parada intermedia. 

Después de la misa matutina, salíamos de la capilla entonando la canción del colegio:

Dominique,  nique, nique

Vaaa cantando amooor

Y lo alegre de su canto

Solamente habla de Dios

De la paalaabra de Dioooos

 

A las ocho y media nos colocábamos en fila en el patio central. Poco a poco iban entrando  las externas; aunque vestíamos  el mismo uniforme gris, parecían más alegres, diferentes a nosotras,  como si el mundo exterior fuera otro planeta.

En el colegio también vivían  “las recogidas”. Se  distinguían del resto por usar   mandil  y  pañuelo de color negro como si fueran viudas.  Eran niñas de caridad.  A cambio tenían   que hacer tareas domésticas, como servirnos  la comida a  nosotras,  las de pago. Nos tenían  prohibido confraternizar  con ellas.

—Madre Teresa, ¿qué significa confa… confra… ternizar?

—Vosotras procurad no darles excesivas confianzas.

—Confraternizar viene de fraterno, y fraterno de hermano —se chivó   al oído mi listísima  amiga Olga.

—Madre —levanté la mano — ,si todas somos hijas de Dios, ¿las niñas de caridad son nuestras hermanas?

—¡García, no digas tonterías! —me reprendió la madre Teresa.

Las recogidas ocupaban asientos al final de las aulas  y al fondo, en  los oficios religiosos.  A veces no asistían   si había  tareas pendientes, o  si se celebraba algún acontecimiento, tenían que barrer y  encerar  suelos, pulir las  barandillas de madera, frotar muebles y  limpiar los  cristales de toooodas las ventanas.

Sí, Olga Macías era mi mejor amiga, aunque las demás la despreciaran por ser tan oscura. Me gustaba  escuchar sus historias del exótico lugar de donde venía.

—Algún día, los españoles se irán de Guinea. Mi tío dice que no falta mucho.

Y si a tu tío  lo hacen Rey, seguro que toda tu familia    vivirá   en un palacio de marfil.

Será presidente,  mucho mejor que ser Rey, y  se construirán  escuelas por todos lados, desde Fernando Poo a Río Muni, en la isla de Annobón, en la de Corisco,  en las de Elobey Grande y hasta en  la de Elobey Chico. Habrá  Universidades en Malabo, Bata… y tendremos maestros, doctores, ingenieros, astronautas…

Imaginé un lugar lleno de escuelas pegadas las unas a las otras. No entendía tanto  entusiasmo  por los colegios. Yo estaba deseando que llegara las vacaciones de verano para salir del internado.

—¿Todos en Guinea son como tú?

—¿Negros?, la mayoría. Yo  soy   mulata fernandina.  Los blancos no distinguen las diferencias   entre los Fang,    de origen Bantú,  y los bisios, y los nadowes… hasta hay algunos pigmeos, que son muy pequeños, del tamaño de un niño.

—¿Y sois todos cristianos?

—Muchos sí que lo somos, depende.

Cuando al tío de Olga lo nombraron presidente   de Guinea Ecuatorial, se convirtió en una niña  muy, pero que muy importante. A nadie parecía importarle su color. Las monjas hicieron una merienda especial para festejar el acontecimiento,  no faltó de nada, todo por cortesía del primer presidente de Guinea.

En el curso siguiente  cambió la cosa. El presidente ya no era tan amigo de España ni enviaba regalos al colegio. Las transferencias de Olga llegaba con  retraso y  las monjas dejaron de tratarla   con cortesía.  Cuando el dinero dejó de mandarse, la priora ordenó mudarla  al cuarto de las niñas recogidas.

—Madre Teresa, déjeme irme con ella —le rogué entre lágrimas.

—¡García, a callar! Pronto  volverá  con los suyos. Rezaremos por ella y por todos los impíos ateos de su país.

Si hubiera podido, si existiera la magia,  habría convertido a la monja en una cucaracha, la habría pisado con los zapatos de ojales tan estrechos  que casi no entraban  los botones;  la aplastaría  con toda la potencia de mi rabia. No pensaba confesarme por el odio que sentí por ella en ese momento. Recé   para que ocurriera un milagro. Cualquier milagro. 

La madre Teresa estornudó tres veces, y entonces   vi que  un alargado moco  colgaba de su puntiaguda nariz balanceándose  al mismo ritmo que su dedo mandón.

¡Vaya!, ¡tengo poderes! —pensé asombrada.

—¡Tú, García!, ¿de qué diantres te ríes?

No podía tomármela en serio con esa babosa verde saliendo de su napia. Nunca más volvería a temerla. Esa era mi super arma secreta, saber que la monja no era de acero inoxidable, sino de gelatina,  tan enana por dentro  como por fuera.

Cuando los familiares de Olga vinieron a recogerla,  sin importarme el  castigo,    salí de la prietas filas   marciales  para darle un abrazo del que nos costó  separarnos. De fondo sonaban las dulces   voces de las alumnas entonando el himno del internado:

Dominique, nique, nique…

 

                                                    
                                                                

                                                                          Isabel Caballero

                                                                             900 palabras

viernes, 7 de mayo de 2021

El extraño caso del hombre con antrogafefobia

 





                                                 El extraño caso del  hombre con antrogafefobia



Don Jacinto padecía  de alergia primaveral. Además  de tener aversión a las flores, sufría cierta  ansiedad, pues tenía merecida  fama de gafe.

Sus compañeros intentaron  animarle.

—Ahora, ya jubilado,  podrás dedicarte al arreglo de   bonsáis.

—Quita, quita, ¡se me está agravando la puñetera antrofobia! —respondió.

Al término  del ágape tomó aire dispuesto a soltar el  discurso memorizado. Cuando iba a pronunciar sus primeras palabras, los pétalos de flores del centro de mesa se desprendieron de sus corolas, levitaron unos segundos para asombro de todos y fueron a parar a la cara del disertador. Una margarita colgaba de su bigote y de los escasos pelos de su cabeza, rosas y jazmines.

A la espera de que estudiaran su extraño caso no salía de casa dada su mala suerte.  Asomado a la ventana para tomar el  fresco, una  maceta de geranios  cayó  desde la terraza del ático sobre su cráneo matándolo al instante.

Desde los parques y jardines; desde los puestos de flores; desde las macetas de  balcones y ventanas…, volaban toda clase de flores hasta cubrir por completo el coche funerario. Más bien parecía una alegre romería que un cortejo fúnebre.

En el cementerio,  las coronas procedentes de otras tumbas  se estrellaban   contra el nicho de don Jacinto. Las autoridades, alarmadas,  decidieron exhumar e incinerar el cuerpo, esparciendo después  sus cenizas en altamar.

Algunos  navegantes cuentan sobre el misterioso avistamiento de  un cada vez más    creciente círculo de colores flotando entre las olas. El olor a flores nadie lo puede explicar.




                                                                              250 palabras

                                                                             Isabel Caballero




lunes, 5 de abril de 2021

Sobre Palmira

 





SOBRE PALMIRA

 

 

Hay episodios de mi infancia y adolescencia  de los que  nadie más que yo sabe como los viví y sentí.  Si los contara Palmira,  diría que fui  una mala hija a la que tuvo que enviar  a un internado por rebelde. El colegio fue una bendición comparado con la casa familiar.  Mi padre, como siempre, guardaba silencio acatando las decisiones de su taxativa esposa.  Un marido servicial casado en régimen de separación de bienes  con una mujer rica y autoritaria en la misma proporción. Desde su fallecimiento, un infarto fulminante,   no había vuelto a pisar la casa. Nunca le guardé rencor, solo piedad; comprendo que Palmira aplasta a cualquiera que tenga  bajo su yugo. ¡Ojalá hubiera tenido cojones para imponerse a ella!

El albacea   me escribió   avisando del  estado terminal de Palmira.  No quería   que la llamara mamá o madre. Imposible  imaginarla enferma,  desvalida o  a punto de….

  «¡Justo a tiempo!», pensé sin ningún remordimiento, al fin y al cabo hacía muchos años que no sabía nada de ella. Estaba desesperada, me encontraba en la más absoluta   miseria, el casero reclamándome meses de alquiler y  la editorial rechazando borradores por infumables. Lo más probable es que me haya desheredado, aunque no puede privarme de “la legítima”.  ¡Jódete, Palmira!, exclamé en voz alta.

Tomé el primer avión que pude. Regresé con la  sensación de fracaso, de no estar  nunca a la altura: una escritora frustrada.

—Señora, su hija acaba de llegar.

Entré en su enorme dormitorio en semipenumbra. Las brasas casi extinguidas  de la chimenea prestaban una leve luz rojiza  a la estancia.   La lámpara de la mesilla de noche enfocándole las manos que sostenía un rosario. El anillo de rubíes, del que nunca se desprendía,  una sangrienta herida en el dedo índice. Su cara permaneció en la sombra hasta que la enfermera encendió varias luces.

—Siéntate aquí —dijo en voz muy baja añadiendo un por favor, hija,  y unas ligeras palmadas sobre el cobertor.

Me sorprendió su fragilidad,  el  diminuto cuerpo   perdido en la enorme  cama de columnas retorcidas de madera labrada.  Siempre me pareció un trono imponente  en vez de un lecho apacible donde descansar.

—¿Cómo estás?

—Eso debería preguntártelo yo a ti, Palmira.

—Llámame mamá. Ya ves, me estoy muriendo.

No supe que contestar. Ella y yo nunca tuvimos comunicación. Creí que la odiaba todavía por su indiferencia hacia mi, los desprecios, los abusos, la falta total de amor maternal, pero… ¿cómo detestar a una anciana moribunda?

—Te he hecho llamar  para pedirte perdón. Por lo que más quieras, hija, perdóname  —repitió.

Pensé que tendría miedo de su inminente muerte  y querría redimirse ante el Dios  redentor en el que, al parecer,  tanto creía.

—Todo este tiempo he pensado  en lo que te hice sufrir. Quise llamarte muchas veces. Siento profundamente todo el dolor que te he causado.

—No hables más, Palm… mamá, que te fatigas.

—Ya sabes que todo lo que tengo es tuyo —dijo quitándose el valioso anillo que centelleaba en su dedo, poniéndolo en el mío con cierta dificultad.

—Palmira, no es necesario que…

—Te han preparado tu dormitorio de cuando eras…, de cuando vivías con nosotros. Mañana hablaremos con más calma,  estoy muy cansada.

Me ofreció su frente. No tuve otra que darle un ligero beso  en ella. Salí del dormitorio casi de puntillas pensando que quizás era hora de perdonar los agravios. Sentí algo de conmiseración por ella y también por mí misma.

Sobre las ocho de la mañana tocaron en mi puerta;  la doncella de mi madre entró sin pedir permiso.

—Señorita, le he subido el desayuno. Le recuerdo que a las once  es el funeral  de la señora, que en paz descanse.

—¿Qué dice usted?

No me contestó. Dejó la bandeja sobre una mesilla y salió. Tomé solo el café, me vestí lo más rápido que pude  y bajé al salón donde me esperaban dos hombres. Se presentaron como el albacea y el secretario de mi madre.

—Supongo —dijo el secretario—, que ha traído usted vestuario  para la ocasión. Si no es así le conseguiremos algo más adecuado para el servicio religioso.

—¿Mi madre falleció anoche?, ¿cómo es que no me despertaron?

—Doña Palmira expiró unas horas antes de su llegada, ya vio usted su cuerpo yacente. Siento que no llegara a tiempo para...

—Pero si yo estuve con...

El albacea advirtió que cualquier objeto  propiedad de la difunta, debía quedar  bajo su  tutela y custodia hasta la lectura del testamento, incluyendo el anillo de rubíes. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que aún lo tenía en mi dedo. Lo deposité en la palma de su mano, no me costó desprenderme de él. Nunca me gustó.

Desde entonces ha pasado mucho tiempo  y una batalla judicial perdida. Su cohorte  de abogados de prestigio demostraron mi incapacidad mental.  La posible solución legal para poder  disponer algún día del patrimonio, si superara mi patología,  fue aceptar internarme en un psiquiátrico. Cada seis meses un  comité médico elegido por el albacea  evalúa  mis facultades mentales. Sospecho de todos aunque ya no tengo energías,  ni manera  de demostrarlo.

Cada vez divago  más y ya no escribo.

La última salida a escena de Palmira  fue   magistral. Espero que escuche mis entusiastas aplausos por su  implacable actuación “post mortem”   mientras su alma perversa se pudre en los infiernos.

 

 


                                             Isabel Caballero 

                                                                            




lunes, 8 de marzo de 2021

Las Afortunadas

¿CÓMO PARTICIPAR EN EL MICRORRETO?

  • Escribe una ucronía de hasta 250 palabras como máximo.
  • Especifica qué hecho histórico has modificado (punto jonbar)
  • Publica el microrrelato en tu blog.
  • Deja un enlace a tu micro en los comentarios de esta entrada para que pueda añadirlo a la lista y que todos puedan leerlo.
  • Tienes de plazo hasta el 31 de marzo.
  • Todos los microrrelatos serán publicados en la revista digital EL TINTERO DE ORO MAGAZINE.
   Hubo un tiempo en que se extendió la idea de que, frente a las costas saharianas, existió un archipiélago objeto de las expediciones de las grandes potencias marítimas: fenicios, genoveses, franceses, menorquines, castellanos… Ninguna de ellas aportó pruebas fehacientes de su existencia.  

   Las leyendas y el imaginario popular relataban maravillas: aguas pletóricas de peces, cientos de cabras en sus montes, y en los valles, frondosos árboles frutales de troncos tan gruesos, que ni tres hombres juntos abarcaban sus perímetros. Las mujeres hermosísimas y fácilmente asequibles; los varones, aunque fuertes, no oponían resistencia. 

   Las naves que osaron aventurarse en la búsqueda de las afortunadas, le cegaban el paso tenebrosos grifos con aletas de pez, cíclopes acuáticos, serpientes marinas y columnas de olas tan altas como montañas. Los vientos favonios y alisios, conformaban una ilusión haciendo asomar tierra donde solo había encaje de brumas confundiendo formas y distancias, de tal manera que les dieron nombres de encubiertas, inaccesibles y veladas. La inquisición decretó castigos corporales a quienes afirmaran tales quimeras.

   Los navegantes se extrañaban de que las aves que surcaban los cielos descendieran en determinados puntos marinos sin que volvieran a remontar el vuelo. 

   En el año 1935, un novedoso aparato detectó por medio de ondas electromagnéticas, ocho islas entre las coordenadas 27º 37' y 29º 25' de latitud norte y 13º 20' y 18º 10' de longitud oeste. Los paracaidistas que saltaron sobre una de ellas, fueron atacados por grandes canes, por lo que fue llamada isla de La Gran Canaria.


                                                                 Isabel Caballero

 


                              Microrelato de 250 palabras 

                            Punto Jonbar el descubrimiento y conquista de las Islas Canarias

lunes, 1 de febrero de 2021

Nirvana

 





                                                                               N i r v a n a

Mi marido siempre anda por su parte, y yo, por la mía. Nuestra casa  es de tamaño mediano, lo suficiente  para que ambos tengamos  espacio vital. Para no tropezarnos cuándo no toca tropezarse hemos desarrollado un radar; lo llamamos delicadeza.

Por fortuna tenemos aficiones diferentes. Él es feliz cuidando con esmeros sus plantas,   las que tengo prohibido tocar,  aunque me permite verlas y hasta olerlas.  Cuando vienen a visitarnos se dirigen a mí halagando el precioso jardín; entonces pone esa cara de enfado con la boca apretada  que sabe poner. Como lo conozco bien traduzco enseguida su mandíbula y  digo lo que digo siempre—:¡Ya quisiera yo!, todo el mérito es suyo.  

Cuando aclaro que mi marido es un jardinero excelente, sonríe satisfecho, me planta el  brazo sobre los hombros, o si estamos sentados, pone su mano en mi rodilla, que es como estampar el sello de esposo sobre la esposa.

Sin embargo, para conseguir el punto de flotadora del éter necesito saber que el jardinero está contento, es entonces cuándo   puedo ponerme   a pensar en mis cosas, evadirme mientras los demás hablan y hablan. Asiento y niego, contesto con amables monosílabos  y hasta parece que estoy presente de mente y  cuerpo.  La verdad es que me sale muy bien, nadie se entera de mi viaje particular por  las nubes, tengo la facultad de aterrizar y seguir la conversación con cierta coherencia justo por donde la dejé antes de emprender el vuelo.

Lo que me enerva es su particular costumbre. Las enciende como quien cumple un deber ineludible. Enciende una y se va a por otra. Yo las voy apagando a medida que me las encuentro encendidas, salvo la que está viendo en ese momento. Las tiene de todas las clases, tamaños y tipos: pantalla de cristal líquido, de plasma, de LED… y hasta una antigualla guardada en el sótano de tubo catódico y pantalla extra gruesa,  (se niega a deshacerse de ella). Un día de estos,  mi marido y yo, tendremos que ponernos de acuerdo con los encendidos y apagados de las múltiples televisiones,  ¡pero da tanta pereza discutir!

Es estupendo tener distracciones diferentes, esto hace que nos mantengamos unidos, eso sí, cada uno por su parte de la casa. Ni se me ocurre comentarle lo que pienso cuando estoy flotando, hay que ser considerada, no saben lo que agradezco que él no me cuente lo que ve y escucha en uno de sus tantos cacharros.  Esto es amor desinteresado y altruista, el no atormentarnos sin necesidad ninguna.

En momentos  puntuales  nos reunimos en nuestra casa mediana,  a la hora de comer y también para dormir y otros asuntos de lechos conyugales, que la coyunta hay que cuidarla tanto como cuida él  SU jardín.

Tiene otra manía más un tanto extraña, pero como es inocua, la manía, pues le dejo hacer. Cuando hacemos  el amor, (él lo llama así, cuando debería llamarse jodienda por lo pesado que se pone a veces), pues le gusta hacérmelo con las medias puestas, (yo, no él), y rompérmelas, y después quiere que me las deje puestas un buen rato sin ponerme nada encima  de  la incidencia desgarrada. Desayunamos de esta guisa,  hacemos la lista de la compra,  o hablamos de la factura del dentista, o del perro de la vecina   que ladra mucho y no le deja desgarrar medias con tranquilidad. Sí, esto le encanta, la naturalidad en los modos. He probado a ponerme ropa interior super chula, pero nada, que no hay manera, sin medias, el pobrecito se viene abajo.   Para una manía que tiene (bueno, dos), no se la voy a fastidiar.

La puesta en escena dura hasta que enciende sus televisores, y entonces, ¡flop!, se evapora todo el post encanto mañanero.  Eso sí, tiene la delicadeza de ponerlos a poco volumen para que yo me pueda concentrar en lo mío. Me quito los jodidos restos rotos, (de baja calidad,  total, para lo que duran…),  las tiro a la basura de residuos plásticos porque las compro de lycra, (elastano sintético),  puede estirarse  seis veces su longitud, (eso pone en las etiquetas, pero no es cierto, al primer tirón salen carreras).  Después, ya relajada (más él que yo), me ducho, me visto, y ¡por fin! hago lo que más me gusta: fluir por el nirvana.

           


            Participo como invitada en 

            la  XXV EDICIÓN DE TINTERO



sábado, 9 de enero de 2021

La luz de mis ojos










     A menudo recuerdo la pandilla de gamberros que formábamos cuando éramos estudiantes. Solía ser el blanco de las bromas que aceptaba estoicamente, en parte, porque Laura era mi escudo contra los dragones, y sin embargo, me daba todo el aire que necesitaba para sentirme completo. 

     La más sonada fue aquella vez en que me dijeron que estábamos en una playa nudista, y aunque sabía que era una trola, me quité el bañador. Puedo ser menguado de vista, pero no de miembro, así que por un instante fui la envidia de todos. De la multa me salvé porque de un pobre ciego hasta el municipal se apiada. 

     O aquella otra en la que no me libré de una hostia. Era la época independentista donde los grupos radicales rajábamos contra el colonialismo peninsular y odiando todo lo extranjero que invadía la isla. Yo no sabía que estaba insultando a un americano de casi dos metros con mi melodiosa voz, dicen que todos los ciegos entonamos bien, lo cual es otra puta mentira; cuando le solté al gigante rubio la consigna de “Yankee go home” mirándole fijamente a sus ojos, sin verlo, me partió la nariz tan rápidamente que mis colegas no pudieron parar el golpe. 

     Mi novia jamás dijo un “te lo dije”. Laura era la normalidad, hacía que todo pareciera fácil, no permitía que nadie me tratara como si fuera un inútil, alentaba mi independencia. 

     Fuimos dichosos hasta el final. Su final. Ahora, sin ella, soy un hombre ciego y cojo. 


                                                                            
                                                                        Isabel Caballero






sábado, 5 de diciembre de 2020

Sobre María

 






                                                        Sobre María

  

  Escribo de medio lado, tocada del ala, dudosa de poder asir su esencia, porque María es, era, inaprensible, y aunque a veces fue luz, a menudo fue sombra. Fáctica amiga libertaria y resuelta.

   No es fácil hablar de ella. Para   su hermano  fue más que puente, estrecho; más que remo, rémora;  más que unión, facción.

   El sacerdote  pronunció su nombre completo y sus dos apellidos. La imaginé a mi lado escuchando el oficio, una ceja ligeramente más alzada que la otra. A su manera.

   <<Roguemos por el alma de María del… >>

   A continuación,  se dirigió  a Fernando invitándole a  pronunciar algunas palabras sobre su hermana. Fer hizo   lo imposible para mantenerse erguido sin lograrlo del todo. Se balanceaba apoyándose ora en un pie, ora en el otro. De manera casi aséptica disertaba sobre lo grande que fue María,  enumerando sus logros, aptitudes, múltiples capacidades. Una estrategia  para no derrumbarse.

   Yo sabía que cuando estaba nervioso  apretaba la  boca marcando mandíbula. Recordé que de pequeño padecía de bruxismo; sus dientes rechinaban, sobre todo, cuando dormía. María  y yo, nos burlábamos de él con el retintín de “chinorechino”. Se enfadaba, y hasta en cierta ocasión le dio tal empujón a su hermana,  con tan mala suerte, que se abrió la cabeza al caer hacia atrás. Tuvieron que darle varios puntos de sutura. No volvió a crecerle el pelo en una zona de cinco centímetros  que sabía disimular con alguna  horquilla. Ella lo llamaba su tercer ojo y  afirmaba que desde ahí, o por ahí, podía leernos el pensamiento.

   —¿Eres tonta o qué? No eres adivina   porque tengas   un agujero  en la nuca —soltó   Fer aún enfadado con ella.

   María le contestó que ella adivinaba por el agujero que le daba la real gana, y añadió un “listillo”.

   Lo cierto es que nunca dudé de su capacidad intuitiva para saber lo que sentíamos.

   Por fin, Fer, volvió a su sitio en el primer banco de la iglesia donde estábamos sentados  el abuelo, el único familiar que le quedaba, y yo.  Tenía las manos húmedas,  se las frotaba con su pañuelo una y otra vez, como si no solo limpiara sudor, sino un material  denso adherido a la piel.

   El abuelo irradiaba tristeza  y dignidad en la misma proporción.  Fue quien decidió  que el funeral de María  se celebrara en ese templo, el del Corpus Christi, pasando por alto que su nieto no fuera creyente. Como fue tramoyista, le interesaba todo lo que ocurría detrás de cualquier escenario, incluso en la trastienda de las iglesias. Momentos antes de entrar en él,   contaba que  en determinados días de culto  cubrían al cristo de bronce con un lienzo que hacían descender con un mecanismo de poleas y maromas. El humo de los incensarios y las luces dispuestas iluminaba la nave central y parecía que el mismísimo Dios descendiera de los cielos.

   —Una puesta en escena muy efectista, abuelo —comentó Fer sonriendo.

   <<Dale Señor el eterno descanso a tu sierva, que la luz perpetua la ilumine>>

   Pensé en lo luminosa que era María cuando estaba entre nosotros,  incendiaba y encendía el espacio, imposible no sentirse atraído por ella. Todos hacíamos lo que María quería que hiciéramos, simples  marionetas en sus manos

    << Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo…>>

   Con la mente en blanco, aguantando el tipo, medio escuché cómo el cura desvirtuaba a mi amiga.

   De María tengo guardados todos los momentos, cada uno de ellos, incluso los amargos, y un precioso anillo de aguamarina. Días más tarde  lo llevé al joyero para que lo acortaran. Según la tabla de equivalencias de medir anillos, mi dedo mide un 14, el de ella un 16. No sabía que su anular tuviera  2 milímetros más que el mío.  No sabía cuánto la quería hasta que, irremediablemente,  la perdí.  La perdimos. Su hermano sentía tal dolor que no encontraba  manera de consolarlo.

   En los últimos días de María, Fer me contó momentos de su infancia que ya sabía por ella. Me dijo  que  recordaba con exactitud la primera vez que su hermana   y él dejaron de ser inocentes bajo las sábanas.

   —Yo tenía ocho años,  así que mi hermana, con cinco más, era consciente de lo que hacía.

   —Pero Fer, ¿tus padres no se dieron nunca   cuenta de que vosotros dos…?

   —Jamás. Yo era un crío que me asustaba por todo, un miedoso, un gallina, como solía llamarme María. Así que dormíamos en la misma habitación para que mi hermana mayor me cuidara.

   —Yo te recuerdo con varias novias, todas muy guapas, y  que las chicas bebían los vientos por ti.

   —Era puro  paripé, inútiles intentos para  alejarme de mi queridísima y acaparadora hermanita.  Irremediablemente, si la comparaba con cualquier otra,  las demás salían perdiendo.  Ya ves que me invalidó para amar al resto. Me dejó cojo y ciego  para acercarme a ninguna mujer que no fuera ella.

   —Puede que  cuando…

   Fer negó con la cabeza.

  Pensé, con incierta esperanza, que cuando María ya no estuviera, su hermano, liberado de la tiranía de su obsesión fraterna, podría   respirar sin ella aunque fuera a medio pulmón.

   La bendición final se elevó por encima del púlpito adosado a los  pilares alcanzando la cúpula central.

  María reverberada en nuestra memoria, en el ábside,  en los muros, en los contrafuertes, en las columnas, en las manos sudorosas de Fer, en la espalda vencida del abuelo. Las vidrieras soplaban Marías.

 


                                                                     900 palabras

                                                                  Isabel Caballero


                                                                  





Libros heredados de mi señor padre, viejitos, manoseados y releídos y vueltos a leer,  entre los que se encuentra "Rebeca" en el primer tomo de la autora, editado por Editorial Planeta en  su primera edición de 1958 de colección "Clásicos contemporáneos", y que conformaron mis primeras lecturas años después. Los guardo como un tesoro, y quería compartirlos para este reto de Daphne du Maurier.  También hay una pequeña biografía de la autora pasada por el ojo castrador  de la censura franquista de la época.