viernes, 8 de abril de 2022

Agencia Halcón

 








  A pesar del tiempo  que ha pasado, conservo en mi memoria el recuerdo de aquella época de acné, adrenalina, y de  la envidia  que sentía por Jacques, el hijo del francés administrador del Club Mediterráneo de Alhucemas. Jacques nunca se ensuciaba las manos, peligraba el puesto de su padre, para eso estaba su segundo,   “el gordo”,  quien se encargaba de suministrar los cigarrillos de haxis, revistas pornográficas, y dejarnos entrar en el Club por la puerta de atrás por un módico precio. Los que se pasaban de rosca ya  habían probado su fuerza bruta.

  En el 56, tras  la anexión del protectorado a Marruecos,  muchas familias españolas se marcharon  de Villa Sanjurjo, cómo solíamos llamar a Alhucemas los que vivimos tantos años allí. Un nutrido grupo de españoles que tenían negocios en esas tierras, aguantaron  unos años más; entre ellos Jacques y nuestra familia. Yo tenía veinte cuando me fui. A nuestro regreso a la península  nos encontramos con una España pacata y moralista, duro de llevar sobre todo para nosotros, los jóvenes criados   en el  ambiente más libre de la colonia aunque fuera  plaza militar. Al principio nos escribíamos cartas desde los diversos puntos de España que se fueron espaciando con el tiempo. Perdí la pista de Jacques y de  tantos otros, hasta que, hace unas semanas, acudí a la agencia de un detective recomendado por un amigo policía. Fue toda una sorpresa encontrarme con él y con el gordo de ayudante.

  Antes de entrar en materia sobre mi problema estuvimos recordando viejos tiempos: el Club Mediterráneo, el   cine viejo, el bar del Cocodrilo,   la dulcería del negro, la plaza  Florido, el peñón anclado en mitad de la bahía, el tremendo vendaval del 49 que destrozó el espigón de la   playa del Quemado…

  —¿Sabes por qué la llamaban así… la del Quemado?

  Ante mi negativa me contó que cuando se despeñaba algún animal por el  acantilado que pendía sobre la cala, lo solían quemar en la cueva grande.

  —¿Recuerdas las cuevas…?

  —¡Claro! —respondí —. Allí es donde intentábamos tirarnos a las chavalas, sobre todo a las francesas.

  —¡Oh mon Dieu! ¿Te acuerdas de aquellas dos trottoires?, ya sabes, las que hacían la calle,   la Azabache y… ¿cómo se llamaba la otra, la que retiró un brigada legionario…?

  —La Plexiglás. Claro que tú no necesitabas de putas,  te las llevabas de calle a las niñas, sobre todo a las francesitas.

  Jacques seguía siendo un tipo bien parecido, delgado, fibroso, los ojos como dos ranuras rodeadas de finas arrugas desde donde parecía observar todo, casi sospechar. El gordo estaba más gordo; me dio un fuerte abrazo de gorila del que intenté zafarme sin respiración.

  Eché un vistazo a su despacho algo decadente. El poco mobiliario del que disponía, el teléfono negro colgado de la pared, el ventilador que esparcía el humo de los cigarrillos a medio apagar sobre un cenicero repleto de colillas, las láminas de paisajes de diversos lugares del norte de África, las revistas de…

  —¡Coño, Jacques… veo que aún conservas las entregas  del Halcón maltés! Recuerdo que tenías la colección completa de tu padre y que nos las dejabas leer.

  — Por un módico precio —río el gordo con la tremenda barriga temblándole como una gelatina.

  —Solo me quedan tres, las que pude rescatar.  Son muy difíciles de conseguir, valen una fortuna, solo aptas para coleccionistas caprichosos.

  —Te falta una.

  —La tercera se la presté a una apreciada amiga. Ya no me dedico al negocio del alquiler de comics —sonrió tras la vaharada de humo del cigarrillo que sostenía entre los labios.

  —Bueno, cuéntame cómo te va. Por lo visto ahora  te dedicas a resolver crímenes.

  Sonrió de nuevo  y contestó que llevaba a cabo otro tipo de actividades mucho más rutinarias, como bajas laborales fingidas, investigaciones mercantiles, y  sobre todo, infidelidades.

  —Dime… ¿en qué puedo ayudarte? —preguntó haciendo una señal al gordo para que saliera del despacho.

  Le enseñé una fotografía de mi joven esposa. Él la tomó entre sus manos y mirándola atentamente con sus ojos entornados, comentó un «muy guapa». 

  —Estoy convencido de que me engaña.

  Anotó todos los datos que le facilité. DÓnde solía ir mi mujer, o al menos lo que me contaba que hacía.

  —Se ha  matriculado en una academia de francés. Te he apuntado la dirección y el horario. Todos los lugares dónde acude o me cuenta la milonga de que va.

  —¿Y hace progresos?

  —¿Con el francés, dices?, sí, supongo que sí.

  —Sabrás  que ya por fin  se ha despenalizado el adulterio aunque no te puedas divorciar por ahora. Por lo que veo tienes buen pasar. Como no tenéis hijos,  si demostramos infidelidad, no tendrás que pasarle manutención si os separáis.

  —Quiero evidencias, por eso he venido. Lo demás ya es cosa mía.

  Durante varias   semanas, Jacques y el gordo la fotografiaron saliendo de la academia, entrando en la peluquería, merendando con las amigas, yendo de compras… un sinfín de tareas cotidianas  que confirmaron su inocencia. Pagué con generosidad  a Jacques dando  por terminada la investigación.

  Volví a casa aliviado con el mayor ramo de flores que encontré.

  —¿Y esto? —preguntó mi mujer sorprendida.

  La besé en los labios con pasión bajándole las bragas. Lo hicimos a medio vestir sobre  el sofá. Al terminar, recogió la ropa esparcida por el suelo y desarrugó la revista sobre la que estaba tumbada.   En la portada, y en francés, la tercera entrega del Halcón Maltés.

 

                                


                                   900 palabras

                                 Isabel Caballero

 


viernes, 18 de marzo de 2022

Un cadáver en el ascensor

 



Segundo y último aporte. Esta vez me he inspirado en el magnífico micro  "JUSTO A TIEMPO" nº 28  de la compañera Matilde, y con el mismo título que la propuesta del nuestro amigo David "Un cadáver en el ascensor"


    —Buenos días —saludó  el joven  mirando de reojo la estola de piel del pobre animal con ojos de cristal y pequeñas garras  que tenía  la anciana rodeando su cuello. —¿Piso?

    —Diez. ¿No deberías  subir por las escaleras, chico? A los repartidores y personal de servicio no deberían permitirle  el uso del elevador. Tiene casi dos siglos, es  una reliquia.

    —No he visto ningún aviso que lo prohíba.

    —Ni animales ni repartidores, y no necesariamente en ese orden.

    —Si los perros y sus dueños son educados no veo el problema.

    —¡Ni hablar!, el dichoso gato de una vecina arañó el  asiento de terciopelo, ¿no lo ves rasgado por ese lado? —señaló la anciana elevando la voz.

    —Cálmese señora.

    —Si mi marido viviera sabría ponerte en tu sitio. Seguro que además eres rojo... porque tú no crees en Dios ¿eh?, ¿EHHH?

    —¡Señora!

    —¿Quién me dice a mi que en ese paquete no llevas una bomba?, en este edificio viven muchos militares y gente de orden. ¡ANARQUISTA! ¡ATEO! —chilló la anciana  enarbolando un dedo delante de la cara del joven.

    Por un momento, el repartidor imaginó lanzar una patada a la nuez de la mujer a ver si de una puta vez se callaba la boca.

    Undécimo piso, parpadea la luz del ascensor. La anciana sale de él recolocándose  su estola.

    Una pareja encuentra al repartidor muerto en el ascensor. Le faltan los ojos. Tiene la cara plagada de pequeñas mordidas, como si una alimaña lo hubiera atacado.




                                                                                   246 palabras
                                                                                Isabel Caballero

miércoles, 16 de marzo de 2022

Nota Falsa

 





                                                                   NOTA FALSA


     Las poleas oxidadas del ascensor de cancela de hierro avisaban de la llegada del profesor de violín. Me tocaba con la misma pasión que a su instrumento meciéndose sobre las puntas de los pies a ritmo de Paganini, con los ojos cerrados y las alas abiertas.  Cuando yacía conmigo estaba prohibido cualquier clase  de perfume que disfrazara mi fragancia de mujer, porque le encantaba oler mi excitación, meter su nariz en el hueco de mi cuello, en mis axilas, en los pliegues de mi cuerpo, hasta que mi sexo reclamaba un ven aquí ya. ¡Ya!

     A mis hijos  no les hacía ninguna gracia que el virtuoso pasara tantas horas con su madre. Cuando les conté que se quedaría a vivir conmigo se enfadaron.

     —¡A vivir de ti!, ¿pero no te das cuenta de qué es un aprovechado? —se enfadó el mayor.

     —Y quince años más joven que tú, mamá —soltó mi hija,  la empoderada, la que se sabe de memoria el manifiesto surrealista y los dineros que tengo en el banco, que no son pocos.

     El portero puso una nota avisando que el ascensor estaría unos días inoperativo, y que pronto vendrían a hacerle una revisión a fondo.

     A mí  ya  me da igual como suene el jodido ascensor asmático. A mí ya todo me da lo mismo desde que mi cariñoso profesor no viene a verme.

     Cuando el operario encontró su cuerpo, mis  hijos  se miraron entre ellos. Un  gesto apenas perceptible, una leve nota falsa de violín.

  



                                   Isabel Caballero

                                    250 palabras


martes, 15 de marzo de 2022

EL CALLEJÓN DE LA DUDA

 

     Me tomo el atrevimiento, a pesar de mi inexperiencia,  de hacer una pequeña reseña a modo de prólogo de la novela escrita por nuestra compañera de blog, que tantos buenos relatos nos ha regalado.

     "El callejón de la Duda se encuentra en Torrealta, una pequeña ciudad donde viven los personajes más diversos: una antigua profesora de filosofía, una alcaldesa pija, una opositora llena de piercing, un cronista que se diría recién salido de una novela de Galdós, una aspirante a actriz con media cabeza fucsia  la otra mitad rapada, un cuentacuentos tímido..."

     Uno de los muchos ingredientes esenciales que conforman el modo de escribir de Elena Nadal, o lo que viene a ser lo mismo, de Ana Madrigal, es la esmerada elegancia incluso en las escenas más álgidas donde la emoción se desborda. Bajo la superficie serena y controlada asoma la  sabiduría narrativa necesaria para el tratamiento del desasosiego y la tristeza. Sin embargo, EL CALLEJÓN DE LA DUDA no  es un drama en el sentido tradicional del término; es un discurrir  sensitivo e inteligente de la dualidad del ser humano. La dualidad de  “Marina y Clara”, o “Clara y Marina”, nos permite navegar por los matices diversos de estos dos personajes y sus presencias y ausencias. Los secundarios y hasta la comparsa  hace de este libro una  novela coral llena de vida.

     Jaime es el propietario de la librería “Los cuatro gatos” ubicada en el callejón de la duda, y sus sentimientos por Marina (al decir de la autora, sus ojos son como trozos de obsidiana),  es el vórtice que vertebra la novela. Clara y su atemperado ánimo, equilibra el torbellino de sensaciones a los que nos somete su autora.

     Hay frases para enmarcar, joyas de pensamientos, como lectora me quedo con la del resquicio de sosiego en su mirada y no menciono a cual de los personajes pertenece. Habrá que leer  El Callejón de la Duda, su segunda novela, (la primera, publicada en el 2017 fue La casa del pantano), para que, como lectores, saquen sus propias conclusiones. Lo podéis conseguir en Amazon.

     Ha sido un disfrute de lectura y todo un aprendizaje leer a Elena nadal/Ana Madrigal.


lunes, 7 de febrero de 2022

El cristal de la pasión

                                                         
                                                                       EL CRISTAL DE LA PASIÓN 


     La deseo cuándo la observo dormida…, la mano que no cubre el edredón abierta como una flor, los labios sin apretar, su larga melena una sombra espesa sobre la almohada. Intento estar lo más quieto posible para no despertarla. Sé que cuando recobre su ser la silente que duerme a mi lado volverá a ser la gélida mujer que espanta mis anhelos. 

     Ya despierta, es meticulosa y organizada, al contrario que yo;  según ella, soy un ab-so-lu-to desastre, lo pronuncia así, separando las sílabas para dar mayor énfasis a mi incapacidad para la practicidad y el orden. Suele dejarme notas en lugares visibles para que no olvide nada: “Cita con el urólogo, lunes a las 10.15”. “Nuestro aniversario, viernes 13”. Y a ver que le regalo…, esa es otra. 

     Pedí consejo a su mejor amiga. Me explicó que, desde la erupción, el cristal de olivino era tendencia. «Seguro que le encantará», afirmó recomendándome una joyería de confianza. Pensé que con la olivina pasaría lo mismo que con el madero de la cruz de Cristo, que hay miles de trozos repartidos por esos mundos de Dios. 

     —A ver si nos van a meter gato por liebre, una circonita inyectada de substancia química verde… 

    —¿Ahora eres experto en gemas? —interrumpió molesta por mi desconfianza. 

   —¡Claro que no!, pero si aún está prohibido recoger minerales magmáticos en las cercanías de la boca del volcán, todavía humeante,  ya me dirás de dónde sacan la jodida olivina. 

    —Te cuento, por si no lo sabías, que el cristal de olivino proporciona apoyo en momentos difíciles, de depresión o decaimiento del ánimo, además potencia la sexualidad —explicó la esotérica amiga de mi mujer pasando ampliamente de mi razonamiento. 

      —Y es una piedra muy bonita, preciosa —añadió.

      —Semipreciosa —precisé. 

    Pensé que mi mujer había comentado con ella sobre nuestros problemas en la cama. Más que pesarme los casi veinte años que le saco, alimenta nuestro mutuo declive lo predecible que somos, el hastío y la monotonía que arrastramos. Y encima lo hacemos cada vez menos. La culpa es mía,  me vengo abajo a la mínima de cambio. No puedo con la presión, cómo si se tratara de cumplir un i-ne-lu-di-ble deber a pesar de la puesta en escena mensual. Suele ser en viernes: cena para dos alternando  uno de los tres o cuatro restaurantes de siempre, y una conversación que decae pese al esfuerzo mutuo y a los efluvios del costoso caldo que le gusta más a ella que a mí. Yo con un par de birras voy más que servido; por lo visto es de mal gusto maridar cerveza con la propuesta gastronómica del chef de turno, así que me proveo de protector estomacal para la acidez que me produce el vino que pruebo con precaución a pequeños sorbos.

  Me gustaba más aquella muchacha provinciana de los comienzos, sencilla y espontánea, que admiraba embelesada a este escritorzuelo de segundo rango ya olvidado por las editoriales de prestigio. La primera vez que vio una fotografía mía en la contraportada de uno de mis libros, sus ojos glaucos brillaron tanto como en el instante de abrir su regalo de aniversario: un colgante de olivina de destellos oliváceos. Ella me regaló una muñequera de cuero con dos piedras de cristal de olivino. La etiqueta aseguraba que el material del que estaba hecho solo existía en Marte, Júpiter y en el corazón de los volcanes. Se ve que su mejor amiga tiene comisión en la joyería. 

    Tomamos una habitación en el mismo hotel del restaurante. La conozco bien: una ceja más alta que la otra denotaba desconfianza en el resultado de la coyunta. Pero no esta vez. Esta bendita vez, no. 

     Me susurra palabras cariñosas mezcladas con otras vulgares que, además de excitarme, más bien parecen zanahorias para que el burro corra tras ellas. El burro soy yo. Y el caballo de monta porque me puse como me puse. Sus ojos irradiaban fulgores verdes, iluminaban la media penumbra del dormitorio como dos gemas resplandecientes. Nunca la había sentido tan exultante. Su incendio me encendió. Durante horas la cama sufrió tremores ahuyentando mis antiguos temores. Un torrente de esperma cubrió a mi mujer casi ahogándola en un sudario blanquecino; se derramó por los bordes de la cama, discurrió por la terraza asomada al océano. Al contacto del batallón de espermatozoides con el agua salada del mar, se elevaron inmensas columnas de vapor con partículas de dopamina y moléculas mixturadas de fructuosa y aminoácidos alocados. Los efluvios entraron por los resquicios de las ventanas y puertas, se colaron en los dormitorios de los ciudadanos, impregnaron las pituitarias de las vecinas y vecinos en edad de procrear, igualando al concejal y a la portera, a la directora del banco y al panadero, al presidente de la comunidad y al ocupa, al de al lado y al de enfrente; todos rasados por las mismas ansias de placer. Solos, en parejas, en grupos, o en comunidad, se unieron en un festival de sexo que duró hasta que las nubes venusianas se dispersaron, dejando tras sí a hombres y mujeres agotados y satisfechos de la batalla pasional que aconteció, como un milagro, a las faldas del volcán que antaño vomitara el verde regalo del cristal de la pasión.

lunes, 20 de diciembre de 2021

Presentación de la novela "VILLA HERBANIA"

https://editorialcirculorojo.com/Villa-Herbania/




PRESENTACIÓN VILLA HERBANIA

 

Queridos compañeros de Tintero, os presento mi novela “Villa Herbania”

Me resulta muy embarazoso hablar de mi en primera persona, pero sí que os quiero decir que ha sido un trabajo de varios años. Lo que empezó como pequeños relatos conformaron con esfuerzo, imaginación y también gozo, esta novela.

Me hace muchísima ilusión que la podáis leer, os facilito la página de la editorial, y también la podéis conseguir por Amazon, Casa del Libro y otras librerías

Y los que queráis leerlo por ebbok y en  Kindle

https://www.amazon.es/dp/B09PFNXBFV/ref=sr_1_1?crid=37TTT7P4QS2G4&keywords=9788411282352&qid=1640864104&sprefix=9788411282352%2Caps%2C152&sr=8-1

En la Web de la editorial tenéis un apartado para comprar y otra pestaña  que os lleva directamente a Amazon. Pronto lo tendréis en la versión ebook para Kindle con las erratas corregidas y dedicatoria y epílogo incluido.

Por otro lado, se ha venido abajo la presentación física en mi localidad, por el tema Covid. 

Fe de erratas (las más importantes)

1.- - Página 40   párrafo 2   Línea 2 y 3

Donde dice: "Del tingo al tanto"

Debe decir: "Del tingo al tango"

2.- Página 46     Párrafo 9     Línea 1

Donde dice: “en mitad de la noche en vueltos en sudor frío”

Debe decir: “en mitad de la noche envueltos en sudor frío”

3.- Página 85     Párrafo  8  Línea 5

Donde dice: "no recuerdo el hombre del pescador"

Debe decir: "no recuerdo el nombre del pescador"

 4.- Página 97     párrafo 4     línea 6

Donde dice:  “desocuparías la casa del capital”

Debe decir: “desocuparías la casa de la capital”

 5.-  Página 142   Párrafo 8  Línea 6

Donde dice al salir de aposento con gran preisa

Debe decir: "al salir del aposento con gran priesa"

6.- Página 169    Párrafo 6     Línea 1

Donde dice: “señaló el volante de la moto”

Debe decir: “señaló el manillar de la moto”

 7.- Página 170     Párrafo último   Línea 8

Igualmente, donde dice: “Chano al volante

Debe decir: “Chano al manillar”


 También hay errores de mayúsculas después del signo de punto y coma, y alguna errata más que se me habrá pasado. Espero que también sepáis ver las virtudes de la novela, y sobre todo, que disfrutéis con ella.

Pero lo más importante, estoy muy, pero que muy feliz con mi libro de papel. Me encantaría compartirlo con vosotros, compañeros de letras.

Un fortísimo abrazo. Comparto el epílogo obviado por aquí:

 Os adjunto el epílogo

 EPÍLOGO


Con esta novela he querido rendir un homenaje a la gente de mi tierra canaria, especialmente a mi madre y a las generaciones anteriores a la mía que tanto sacrificaron para que pudiéramos tener un futuro esperanzador.  Espero haberlo conseguido, si es así, no solo me sentiría satisfecha, sino inmensamente feliz.

     Ansío, sobre todo, que las aventuras que cuento os lleguen directas al  corazón, o a cualquier órgano sensorial donde aniden los sentimientos; y que os remueva o conmueva a través de los personajes variopintos, y a veces contradictorios, que compartirán con vosotros sus universos particulares.

     Es mi segundo trabajo con la editorial Círculo Rojo. Agradezco inmensamente el generoso prólogo del escritor Oscar Fábrega, la ayuda y guía de mi editora y correctora Raquel Martínez y Raquel Berenguel, y la ardua labor de corrección, edición y maquetación del estupendo equipo de la editorial.

     Algunos de los episodios los he publicado, con algunas variantes   a modo de relatos cortos en mi/vuestro  blog https://alzapalabra.blogspot.com/    Os invito a pasaros por él, así como por  la magnífica web “El Tintero de Oro”    https://concursoeltinterodeoro.blogspot.com/  capitaneada por el amigo David Rubio, en la que participo  desde hace unos años, y dónde tanto he aprendido de los compañeros.

     Este libro es fruto de años de trabajo, escrito no solo a base de sudor, papel y tinta, sino de un material más volátil cómo lo son la intuición y la fantasía, y en ocasiones, la parálisis debido a la fuga de las volátiles musas.

     Estimados lectores, desde estas páginas que estáis por leer, os doy las gracias y un cariñoso abrazo.

 

                                                                                           Isabel Caballero

 

 

 




 

 


miércoles, 15 de diciembre de 2021

El viejo coronel

 

                                 Dibujo de un niño escolar de La Palma sobre el volcán de Cumbre Vieja



                                        Participo en Tintero de Oro con un relato fuera de concurso 

                                                           

                                                                   EL VIEJO CORONEL

  

—¿Y cómo es que no ha venido vuestro padre? —preguntó  el abuelo a mis dos hijos, mientras metía en el carro de la compra cinco o seis bolsas de harina.

—Recuerda que Jaime y yo nos separamos hace años —contesté en voz baja.

—¿Ah sí…?

Demasiada harina, papá.

—Hay que abastecerse de alimentos no perecederos, agua, y pilas y velas por si acaso…

—¿Por si acaso qué, abu? —preguntó Dani

—Por si hay una guerra, o por si estalla el volcán.

—¡Vamos a moriiiiir! —bromeó Pablo con voz tétrica asustando a su hermano pequeño.

Más tarde, rescató del sótano su antiguo equipo de radioaficionado. Los niños se entusiasmaron con él.

—¡Aquí Radio Nacional emitiendo el parte de guerra!

—Ahora yo. ¡Aquí Pablo emitiendo!

—¡Yo ahora, yo, yo! ¡Aquí Dani mintiendo desde la casa del abu!

—No se dice mintiendo, atontao.

     —Atontao   tú.

    —Radio España informando sobre la familia González —continuó el abuelo —. Tanto la madre como los hijos se encuentran a salvo. El padre de los chicos puede ponerse en contacto con ellos llamando al  922…

     —Papá, no digas nuestro teléfono.

    Caí en la cuenta de que solo era un simulacro en un transmisor obsoleto.

    Los chicos se fueron a dormir, tan cansados, que ni sintieron los temblores de tierra.

     —Así llevamos varias semanas, hija. Mejor os hubierais quedado en Madrid.

     —Te echábamos de menos, papá, y cómo no hay quien te saque de la isla, no nos quedó otra que venir.

   Durante el desayuno, el abuelo contó la erupción del Teneguía del 71 Me asombraba que no recordara lo que había hecho hacía un rato, y sin embargo, rememorara con precisión la explosión de décadas atrás.

    —En cualquier momento esto reventará, y si lo hace por esta zona, Dios nos coja confesados.

   —¿Qué tal si el abuelo os enseña su tocadiscos? —pregunté para cambiar de conversación.

    —¡Que viejo es este cacharro! —exclamó Pablo. Los niños nunca habían visto discos de vinilo.

—Más viejo soy yo.

—¿Cuántos años tienes, abu?

—¡Uf!, la tira.

—¡Qué canción más rara!

—Música árabe para animar a las tropas marroquíes que luchan valientemente junto a nuestro general Franco.

—¿Tiene trompa ese general? —preguntó Dani.

—¿Cómo va a tener trompa, pringao?

Pringao  tú.

—¡Papá!, procura no hacer apología del franquismo.

—¡Qué roja me has salido, hija!

     Más tarde, montamos el árbol de navidad. El abuelo no quiso encender las luces por si   el enemigo  nos bombardeaba.

—Tranquilos, el sótano será nuestra salvación, tenemos alimentos suficientes para sobrevivir.

—Comida para un millón de años por lo menos.  Y un montón de turrones y mazapanes —añadió Dani.

Pablo se llevó el índice a la sien, un gesto  harto elocuente para describir que el abuelo había perdido un tornillo.

De repente, se escuchó una tremenda detonación. Al asomarnos al patio vimos una enorme columna de humo brotar  por Cumbre Vieja.

—¡Hay que largarse de aquí de IN-ME-DIA-TO! —ordenó el abuelo.

Cuando la guardia civil alertó a los vecinos para que desalojaran las viviendas, ya estábamos en el coche llevando con nosotros lo más perentorio.

Nos acogieron en “El Fuerte” atendido por la Cruz Roja.

—Papá, desde que el aeropuerto vuelva a estar operativo regresamos a Madrid. Tú también te vienes —decidí.

En el cuartel, mi padre se ofreció a ayudar en lo que fuese. Sus dotes de mando revelaban al antiguo militar. Se organizaron caravanas para ir a buscar al pueblo las pertenencias de los vecinos ante de que la lava devorara las casas. La suya fue la última en la que entró, recogió los regalos de sus nietos, la condecoración de la Cruz Laureada de San Fernando y su uniforme. Dada las circunstancias le permitieron vestir con él.  Los militares con los que convivíamos se cuadraban ante el  coronel retirado  como si aún siguiese en activo. Pensé que era una concesión a un anciano con la chaveta ida.

Mis hijos se hicieron amigos de otros niños refugiados y, bajo el mando del abuelo, ayudaban en lo que podían. El abu “les ordenó”, cuidar  y dar de comer a  los perros y gatos  perdidos o sin dueños.

En pocos días, el pueblo desapareció bajo el torrente de lava: los hogares, la escuela, la iglesia y comercios, las plataneras y hasta el cementerio.

Asistimos a la misa castrense del gallo con recogimiento, y aunque mis hijos no sabían ninguna oración, inclinaron sus cabezas uniendo las manos  en una comunal esperanza de que el dragón dejara de vomitar fuego y cenizas. Hasta para una descreída como yo, la navidad tuvo sentido al sentir casi como propio el sufrimiento de quienes han perdido hasta los recuerdos.

     Al día siguiente tomamos el avión de regreso a Madrid. No hubo manera de convencer al abuelo.  El resto de las vacaciones los chicos  las pasarían  con su padre.

     —Ahora no puedo irme, hija, me necesitan. Con la ayuda que nos presten, si los políticos cumplen lo que han prometido,  y con el dinero de los seguros y de las   indemnizaciones, tenemos en proyecto  edificar una casa amplia en la otra punta de la isla a salvo del volcán.

     —¿Tenemos… ?

     —Por ahora somos diez.

    No me extrañaría nada que lo nombraran Capitán General de la inusitada futura comuna.

—Adiós, Abu —. Dani se despidió a punto de lágrima.

—¡A sus órdenes, mi coronel! —Pablo se cuadró llevándose, en un saludo marcial, el índice y el dedo medio de su mano derecha hasta la sien.

 

 



                                  900 palabras