miércoles, 12 de junio de 2024

Rata de archivador


 



      

                                            RATA DE ARCHIVADOR 

   Dada mi condición de historiadora  me destinaron a la ciudad autónoma de Melilla a  rescatar, ordenar, y finalmente digitalizar, los buques españoles  que operaban en la franja marítima entre España y Marruecos. Era mi primer trabajo no teórico y carecía de  experiencia.

   Con una mochila llena de expectativas, ilusión  y algo de miedo, me embarqué desde Málaga. Al parecer,  me adelanté varias   semanas  a la ejecución de dicha Ley  de Puertos del Estado que facultaba al Gobierno para la constitución del  personal civil. Todos  mis compañeros actuales, por llamarlos de alguna manera,  eran  militares de diversos grados. No colaboraron en hacerme partícipe de los diversos trabajos de mi área de historiadora, no sé si por ser mujer, joven, inexperta o simplemente porque les jodía desprenderse de lo que hasta ahora había sido sus dominios.  Me advirtieron que no me pagarían el tiempo anticipado

   –Ya que me he adelantado por error, estaría agradecida, señor comandante, le ruego  que  me permita… —comenté  subiéndole la graduación —para ir poniéndome al tanto de…

     Me cedieron el archivo. Un  sótano lúgubre pletórico de libros y legajos. Comencé por el que encontré más antiguo, 1888, un tomo escrito a plumilla de la construcción e historia registral, incluso hundimientos o desguaces de los diversos buques mercantes.

     Lo cierto es que tenía  poca pasta hasta que me pagaran, supongo que por orgullo e independencia me avergonzaba pedir ayuda  a mis padres.

  Descubrí un pequeño baño con ducha y un catre en el cuarto contiguo. Sin pedir permiso a la Autoridad, compré algo de productos de limpieza, y con mi saco de dormir me las apañé. Al no haber vigilancia por la tarde noche aprovechaba para echarle un vistazo a las normativas y al funcionamiento de las oficinas gracias al juego de llaves que encontré para salir a comer y tomar el aire.  

  Lo peor de la primera noche fue la rata que asomaba  al oler la comida que traía de fuera. Al principio se mostraba cautelosa. En un par de días y con paciencia, dejamos de tener miedo la una de la otra. Sus ojos eran de color miel.  A la semana empezaron a crecer mis uñas de pies y manos tanto como las suyas.  La soledad hacía que hablara en voz alta con ella.  Parecía entenderme. No sé si fue debido a que la alimentaba bien que cada vez me parecía más grande. A la luz de la única bombilla del aseo, en  el espejo medio resquebrajado del lavabo descubrí que mi melena se estaba volviendo de un rubio ceniciento. Falta de luz solar,  supuse.

  Las llaves debieron de cambiarla de lugar, al no encontrarlas,  comíamos los desperdicios que los militares dejaban en sus papeleras: la mitad de un sándwich, las cortezas de una pizza…. Repartíamos todos los tesoros comestibles que encontrábamos.  Me enseñó que mezclando las sobras con el papel, bien salivado y masticado de las añejas hojas de los libros registrales saciábamos  algo el hambre.

  Hablé con ella, o con él, desconocía su género. Le expliqué que los tomos ni se tocaban, que dependía de mi futuro trabajo. Pasó de mi cómo de la mierda.

  Perdí la noción del tiempo. Dormíamos juntos, y para entonces ya descubrí que era todo un macho repetidor, siempre sabía cuándo  me encontraba en las mismas condiciones sensitivas que él.

  Cierto día se escuchó mucho jaleo y al mediodía una especie de celebración. Por la noche la rata y  yo descubrimos que era la despedida de los militares cediendo sus funciones a los funcionarios civiles. Nos pusimos a tope de comida y sobras, y el resto lo arrastramos  al sótano a buen recaudo. Tendríamos comida para cierto tiempo.

  La rata parecía preguntarme vibrando sus  bigotes  tan largos ya cómo los míos, si no me iba a presentar a mis nuevos compañeros. Yo había engordado tanto que parte de la ropa se había rajado.

  A las siete de la mañana las limpiadoras hicieron su trabajo en las oficinas y también en el sótano. Nos escondimos como pudimos. Mi macho y yo ya éramos casi del mismo tamaño. Escuchamos conversaciones gracias a meternos, yo arrastrarme, por los tubos de ventilación verificando que el cambio de poder se había producido. Alguien preguntó por la historiadora. Alguien contestó que había desaparecido a partir del primer día. Alguien habló con la policía y con mi familia. Mi móvil ya no funcionaba. Estaba tan inflada que comprendí que estaba preñadA. 

   Hasta el nacimiento de las criaturas me  divertía escribiendo  historias  inventadas en las últimas hojas de los tomos  registrales, “Los bereberes atacaron a la tripulación que valientemente se defendió…” la rata escupía sobre las letras recién trazadas,  arañaba con sus garras para envejecer la tinta y el escrito.

  Una mañana  un nuevo historiador  exigió que los libros, para preservarlos de la humedad, los subieran a las oficinas para digitalizar lo que se pudiera. Escondimos a nuestras crías para no dar la alarma y le enseñamos que el silencio era nuestra mejor arma.

   Al historiador  "Honoris Causa", lo volvieron a premiar al cabo de unos años por los datos extraordinarios que encontraron en algunos de los libracos, (los que yo había escrito como pude con mis garras de rata).

   Algunas de las muchas crías que tuvimos emigraron a otras latitudes una vez crecidas, pues no era cuestión de que nos descubrieran y nos exterminaran,  dado el hito  histórico y sorprendente  que habíamos logrado en  horario nocturno.


                         900 palabras

                       Isabel Caballero 

jueves, 8 de febrero de 2024

CORAZÓN PARTIDO

 

                                                               



                                                                      CORAZÓN PARTIDO



No era costumbre que las mayoría de las mujeres embarazadas del medio rural, antes del alumbramiento    acudieran al hospital de Ratlam, Centro India. Para  Kan y Sohait fue toda  una sorpresa cuando ella dio a luz a una criatura con dos cabezas, dos corazones, y solo dos brazos y dos piernas. Al parecer, no compartían ningún otro órgano vital. Esta anomalía de los gemelos siameses unidos por un torso era conocida   en el ámbito médico como  parapagus dicefálico, que  en la mayor parte de los casos  terminaba en mortinato. Tras el milagro de haber nacido vivos, y a  pesar del alto riesgo, el equipo médico aconsejó  la opción de sacrificar al más débil  de ambos. El matrimonio se negó. ¿Quiénes eran ellos, pobres mortales, para oponerse al designio de los dioses?

   Los afligidos padres volvieron a su aldea, donde “la criatura”, como todos la llamaban,  fue todo un acontecimiento. Como no hay mal que por bien no venga, cobraban la voluntad a los curiosos de la aldea y alrededores que quisieran contemplar el macabro espectáculo de la deformidad. Incluso acudían desde lejanos lugares.

   Una de las cabezas era mayor que la otra, ojos casi ciegos cubiertos por una nube gris, dos enormes agujeros por fosas nasales y una boca de labio leporino tan  voraz que vaciaba, en menos que canta un gallo, la teta de su madre  dando cabezazos a la pequeña cabeza de su hermano desplazándola para vaciar la otra mama.

   El pequeño  jibarizado, en contraste con el mayor,   tenía un bello rostro, ojos negros y almendrados, equilibrado y armonioso todos sus diminutos  rasgos.  A medida que pasaban los meses, el pequeño iba disminuyendo cada vez más, ni siquiera luchaba por la leche de su madre. Incluso se apartaba para que el gigante devorara su ración. Con los años la cabecita solo era una pequeña miniatura hermosa y sonriente, amable con sus padres, vecinos y visitantes.  Ni una sola queja salía de sus bien formados labios, ni una lágrima de sus ojos almendrados. A medida que se desvanecía, algo de su belleza y bondad parecía contagiarse al hermano.  Se disolvió   la nube gris que le velaban los ojos,  compartía la comida con su ya casi inexistente hermano, se volvió generoso demasiado tarde. ¡Ósmosis o milagro!, ¡quién sabe!

    Con los años, cuando la cabecita del gemelo menor desapareció, quedando solo el vestigio de una verruga en el cuello del hermano  sobreviviente, este lloró arrepentido por su inicial egoísmo.

   Una sola cabeza con dos corazones de  sentimientos encontrados,  con dudas, desconcierto,  incertidumbres, aciertos, errores, amores y odios, cometiendo actos valerosos y atropellos. Era feliz a ratos, y desgraciado en ocasiones.

   El gigante no era un David ni un Goliath. Tenía el corazón dividido.  El resto de su vida  navegó entre  el  desasosiego y la esperanza, como cualquiera de nosotros, frágiles  seres humanos imperfectos.