Esta semana pasada tuve el grato privilegio de leer a un compañero que muchos de vosotros conocéis por estos lares, se trata de Josep Mª Panades y su libro "Irreal como la vida misma"
55 relatos cortos o cuentos me han dado momentos estupendos en estos días que he tenido que hacer colas y esperas acompañando a un familiar a su rehabilitación por un accidente sufrido. Relatos cortos y entretenidos, ingeniosos, de diferentes estilos y, todos ellos,aderezados con una poderosa fantasía. Las esperas se me han hecho cortas y agradables, y es que es muy fácil sumergirse en el mundo fantástico del escritor Josep Mª Panadés.
El chico guarda silencio, no responde al ¡hola
chaval!, y sale con su hermana al terreno baldío que hay frente a la casa; sabe
que no pueden entrar hasta que avise su madre. Entretiene la espera apuntando,
sin disparar, a los lagartos que asoman entre la maleza o de debajo de las
piedras. El abuelo le enseñó a matar con el
tirachinas a las culebras, lagartijas y lagartos que diezmaban el escuálido
huerto. Como no eran ricos aprovechaban todo: la cámara de una rueda de
bicicleta abandonada para las bandas de goma, un trozo de caucho de la lengüeta
de unas inservibles zapatillas de deporte, lo que se terciara; también le
mostró cómo trenzar el esparto para hacer una soga fina. Ahora que no está el
abuelo, ni hay huerto que defender, ya no mata a los bichos. Tira a las latas
vacías colocadas en fila, con tal puntería, que estas caen como si fueran naipes
de una baraja. Los lagartos se han acostumbrado al seco sonido y ya no se
esconden. Utiliza un silbido para cada uno de ellos, los de gran tamaño parecen
dragones verdes; ora un chiflido largo acompañado de dos cortos; ora uno suave
y prolongado, casi siseo. —Mira, ahí está Simonyi —señala la
niña. —No es Simonyi, es Salmor, y la hembra
que está a su lado Galliota, pero no hay que molestarla, te puede morder, está
a punto de poner los huevos. —¿Va a tener hijitos Galliota? —¿No
recuerdas cuando hace poco se le acercó Salmor inflando la garganta?, movía su
cabeza de arriba abajo como diciendo que sí muchas veces y después se subió a
ella y le mordió el cuello, ¿te acuerdas? —Sisisisisi —repite la niña dando
cabezadas y síes. —Pues ya sabes lo que pasa siempre
después, en un mes más o menos pondrá huevos. —¿Cuánto tiempo tiene un mes? —Cuatro semaaanaaas —responde el chico
con paciencia alargando las aes de la semana. —Y la semaaana ciiinco días, ¿a qué
sí? ─enseña su pequeña mano de cinco días.
El hombre sale acompañado de la mujer. —Me llevo a tu hermana, vuelvo en un
rato. El chico no contesta a su madre. El
coche en el que se alejan deja tras él una densa polvareda. Los lagartos
vuelven a salir de sus escondrijos y rodean al muchacho mientras pela una rama seca en forma de horquilla; con
la navaja desbroza la corteza y, una vez limpia, recorta con cuidado una ranura
en cada extremo superior para ajustar las dos bandas de caucho. Le resulta más
fácil pensar cuando mantiene las manos ocupadas. Cuando por fin regresan madre e hija,
la pequeña se sostiene el bajo vientre quejándose de que le duele. —Te dije que no comieras tantas
porquerías, ¿te lo dije o no te lo dije? —grita la madre malhumorada a la vez
que guarda en un bote de metal unos cuantos billetes. —¿Dónde te duele? —le pregunta el
hermano. —Por aquí —señala.
El chico confía en llegar a tiempo a la celebración de
la misa del domingo. Lleva su mejor
honda en el bolsillo trasero del pantalón. Camina con pasos firmes. Una fila de
lagartos tras él, una larga sombra verde a sus espaldas. El sacerdote besa el altar y da la
bendición. In
nómine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Los lagartos se sitúan en los pasillos
laterales. Los fieles se levantan de sus asientos, hacen la señal de la cruz. Hagamos
al hombre a nuestra imagen y semejanza, que domine a los peces, a las aves, y a
todo animal terrestre. Los lagartos avanzan hacia el altar.
Un niño le dice a su padre que hay bichos en el suelo, el padre le advierte de
que en la casa del Señor hay que guardar silencio. Uno de los lagartos le guiña
su tercer ojo al niño, un ojo parietal, y el niño le guiña el suyo de un solo
párpado. Un pacto. El oficiante se lava las manos en un
aguamanil de plata mientras entona salmodias. El muchacho se parapeta detrás de una
columna cercana al púlpito. Extiende el brazo izquierdo sujetando con firmeza la
base del tirachinas; el derecho a la altura de la mejilla. Codo, antebrazo y horquilla
en línea recta con el objetivo. Cierra
un ojo, apunta y tira. Per
omnia saecula saeculorum. La piedra sale disparada hacia el
altar y se clava, certera y justa, entre los dos ojos del hombre que cae
desplomado, parece un cuervo abatido. El resto del trabajo lo hacen los lagartos.
La vieja ciudadela de Melilla se aposenta cara al Mediterráneo, por ojos, sus cañones verdes apuntando desde la alcazaba fortificada hacia el marinero barrio del Mantelete; el faro asoma su perímetro pétreo sobre la bocana del puerto.
Al cuartel de la legión le guarda las espaldas el monte del Gurugú y un poco más allá el arrabal que vive de la soldadesca. Las moras que lavan la ropa apuntalan los frontis de las fachadas de sus casitas blancas y azules con palos oblicuos de donde cuelgan los uniformes, pantalones y guerreras sujetas por las hombreras, incompletos fantasmas meciéndose al vaivén del aire rifeño. Las gorras son palomas verdes con borlas rojas temblando en el horizonte de las putas.
El club de máquinas recreativas y el ciber espacio, negocios prósperos abarrotados de guardadores de ausencias, dónde las fulanas no cuentan, algunas lo cuentan todo, que viven entre fronteras. La tasca de Pepe el manco huele siempre a tortilla de patatas, por suelo el serrín que empapa las borracheras. En aquella puerta el chocolate es del mejor; si quieres asuntos más fuertes te digo donde; a esa puta no le entres que mira lo que me pegó la muy.
El médico arregla los asuntos del va y viene, en el barrio se baila agarrado. Todas conocen al doctorcito dónde acuden las niñas malas y las de bien también.
—Hasta la tercera falta te lo apaño, más no puedo, aunque claro, depende de...
Tiene el galeno una casa en Málaga y otra en Marbella, y algo más debe tener.
Al brigada no me acuerdo lo encontraron tieso dentro de su coche en el pinar cercano al cuartel, los pantalones bajados hasta los tobillos, la bandera patrióticamente izada. Costó trabajo arriar la evidencia del deceso en acto de servicio, del servicio de la asistenta social.
Al novio de la muerte le rindieron los honores que el cuerpo de la legión hace a los suyos cuando lo despiden de la vida, éste lo hizo con la sonrisa puesta del me voy me voy que me estoy yendo... y se fue, el pobre, para los siempres, amén.
Era un valiente y leal legionario, su divisa no conocía el miedo, su destino tan solo era sufrir.
La familia despide al padre, al marido de bravura sin igual con el pueblo de fondo al tanto de la movida, la viuda y sus hijos no se enteran de nada que están en su dolor, pesa en sus almas un doliente calvario y el alarido de la mujer navega por el aire hueco de la nave de la iglesia, un lamento esperpéntico con aire andalú que se nota en las palabras que se come el deje: ¡Ay Manué! ¡Ay mi marío! ¡Ay Manué!
Los domingos, a la hora del aperitivo, después de la misa de doce, los de buen vivir del centro suben al barrio de Cabreriza Alta. Con la cañita o el vermut una tapa de ¡Ay Manué! cortesía del lugar, una mini salchicha elevada por virtud de un palillo camuflado sobre tosta de pan cubierta de salsa de roquefor.
Algún legionario vive más con su mora que en el cuartel, más en el cuartel que con su familia, si es que la tienen cerca. Hasta siente que la quiere, nadie como ella le ha dicho de esa manera que la niña sabe decir y se entretiene mirando la sombra de las pestañas de la muchacha en flor que ya sabe lo bien que funciona el cómo-tú-nadie. Soy valiente y leal legionario, y ella acaricia su nuca de soldado de brava legión. La morena consuela, sabe cómo hacer que se sienta el rey del mambo.
Huele el lugar a menta, a carbón, a anafre y cuero, a hachís, borrego y a orines mezclado de zotal. También a jazmines. Los geranios florecen en sus macetas de latas pintadas de añil o de verde o de rojo, hay mucho color en el barrio.
Un niño vende espárragos trigueros en la carretera que lleva a las fronteras de Farhana o en la de Beni-Ensar y agita los ramos con sus brazos morenos, parece que baile el morito al son de las verdes maracas despeinadas.
A Rosa le parecía tener un cartel colgado de su cara que
pregonaba: “Atención, viuda en buen estado”, claro que con los posibles de su
fallecido esposo le salían pretendientes hasta debajo de las piedras. Como
ninguno le gustaba y se aburría mucho, se escapaba del pueblo cada vez que
podía.
Lo primero que hizo en la capital fue ir al nuevo Centro Comercial.
Subió en el ascensor panorámico que llevaba directamente a la sección de
oportunidades... aunque luego lo pensó mejor, al fin y al cabo era libre para
gastarse como le diera la gana el dinero tanto tiempo restringido por el rácano
difunto.
En el prestigioso local donde entró con cierta timidez, sonaba un
violín de fondo y un ligero aroma a lavanda inglesa impregnaba el ambiente.
Enseguida se sintió fuera de lugar, la falda algo arrugada por el largo
trayecto. Se excusó con la dependienta, mucho mejor vestida que ella incluida
la vez que se emperifolló para la boda de postín del hijo del señor alcalde. No
fuera que creyeran que era una paleta casi ordenó que le enseñaran lo mejor de
la tienda La arruga es bella, contestó de inmediato la empleada señalando la falda y oliéndose una buena venta. —¿Ah sí?
—¡Por supuesto señorita!, fue el lema por excelencia de nuestra
firma durante los ochenta —afirmó amablemente a la vez que le mostraba dos
lineales y sencillos vestidos.
Lo de señorita le encantó a Rosa, al igual que el peloteo, aunque
los vestidos, la verdad, no mucho.
—Mmm... negros no, mejor estampados... o al menos que tengan algún
adorno en el hombro, o fruncidos en la cintura...
—Tiene usted razón señorita, lo esquemático y minimalista está
ab-so-lu-ta-men-te demodé. Ahora marca tendencia lo barroco —añadió la
dependienta observando de reojo la anticuada enagua.
Rosa, a sus cuarenta y algo, conservaba la misma cintura de antes
de casarse, claro que le hubiera encantado tener hijos, pero en fin, no hay que
darle vueltas a lo que ya no tiene remedio. La dependienta enseguida llamó a la
encargada, quien después de saludarla con cortesía rozó los encajes del
sujetador evaluándolos con las puntas de sus dedos preguntándole si eran de
Chantilly, y Rosa le contestó que sí por no quedar mal, aunque de Chantilly
sólo conocía la crema. Agradeció haberse puesto su mejor juego interior regalo
de su difunto marido, el pobrecito nunca escatimaba en ropa íntima, al fin y al
cabo fue el beneficiario durante veinte años de lo que había dentro.
—Le traeré algo que le va a entusiasmar, querida.
Volvió cargada de ropa y acompañada por Monssieur Pièrre, estilista,
quien, después de ser presentado y olisquearle el dorso de la mano, se sentó en
uno de los sofás circulares color metalizado del amplio vestidor, como si ver a
señoras casi desnudas fuera un hecho natural.
—¿Tomaría usted te, café, o prefiere una copa de Dom
Pérignon?
—Adoro el Don Periñón, mi esposo y yo, que en paz descanse, siempre lo
tomábamos
—Para mí un turco —ordenó el estilista.
La gente salía y entraba, pinchaban alfileres, medían, retiraban
vestidos para volver a traer otros, surgía, como por arte de magia, todo tipo
de complementos: zapatos, bolsos, cinturones, collares, broches, imperdibles y
pulseras, y hasta algún tocado y sombrero. Vestidos desperdigados y multitud de
cajas vacías pues su contenido estaba sobre ella, en sus brazos, hombros,
cuello, o cabeza. Un lugar muy activo, casi afiebrado.
—Convendría abrirle una cuenta en nuestra firma señora de...
—Rosita, viuda de Rodriguez, de los Rodriguez de toda la vida— añadió
eufórica.
El Mesié se llevó la taza de café a los labios mientras ella apuraba su
tercera copa burbujeante. El dichoso violín sonaba con insistencia cansina
mientras se probaba unos largos pendientes de cristal de roca de Boucherón que
iluminaba su cara, o eso le dijo el amanerado estilista. —¡Ah por fin asoma la luz a sus ojos mi
querida señora! ¿Se da cuenta de lo hermosa que es usted?
Luego vino lo de la cuenta
—¿Es una broma? —Protestó Rosita con la voz ahogada mientras un flash de
luz iluminaba su Visa de oro. Los lamés giraban en torno a ella; los dorados
brillos formaban figuras concéntricas mezclándose los moarés y satenes con las
casposas presunciones; los reflejos de las sedas salvajes con la hipócrita
opulencia de los chiffons. Las redes de gasas y tules enredaron su mano que se
resistía a soltar la jodida tarjeta. La encargada tironeaba de ella mientras el
estilista apuntaba algo en su libreta de anotar tendencias, supongo que el
hombre procedería a registrar un nuevo caso de provinciana venida a más.
Soy el hombre que encontró el cadáver de la mujer del ático. A los de la Gendarmerie Nationale les pareció demasiado casual que fuera precisamente yo, escritor de artículos policiales por entregas en el semanario “La voix de la raison”, quien les alertara del suceso. Era mi vecina, por tanto no es tanta la casualidad, pensé, sin embargo no quise discutir con la Autoridad, no fuera que me cargaran el muerto a mí, un extranjero sin apenas recursos. Les conté lo que sospechaba, uno de ellos tomaba nota de todo lo que decía en un pequeño cuaderno de tapas verdes y anillas del mismo color. Seguramente padecía de cierta presbicia, pues después de escribir tomándose su tiempo, estiraba el brazo para leer sus apuntes junto al único foco de luz natural de mi apartamento. —Mmmm…, así que desde este balcón fue desde donde usted pudo ver… —No hay otra ventana o balcón, señor Inspector. —Tengo entendido que es usted escritor. —Sí, eso intento. A veces hago incursiones en el género fuera del corsé realista, de inmediato son atajadas por el Señor Director, mi jefe, un pequeño burgués aspirante a mecenas que navega entre la literatura y la publicidad de los excelentes productos del barrio. Siempre me anima con su gangoso “Amigo mío, no nos queda otra que escribir para ellos”. El comunal tratamiento le obliga a ser generoso, tanto que no me paga un franco, a cambio me presta su buhardilla mientras dure nuestro "nos". Desde mi ventana puedo ver la cúpula del Sagrado Corazón asomada como una esperanza blanca sobre los tejados, flotando sobre las cosas, incluso sobre mi estómago vacío porque lo cierto es que como más bien poco. Es lo que hay. Por fortuna, en alguna ocasión me invita a almorzar algún amable parroquiano, la última vez, el perfumista. Antes de terminar la inevitable sopa de cebolla ya ha surgido en mi cabeza una nueva coartada, un giro en la trama, otro sospechoso más, quizás debido a los efluvios del mediocre vino de la viña de Montmartre donde crecen las vides al amparo de la tapia del cementerio, el mismo caldo que presta alas al anfitrión para solicitarme que el nombre de la futura protagonista de mi próxima entrega sea el de Marie Claire. —En los policiales no hay un solo protagonista señor. —Bueno, las reglas están para saltárselas ¿no cree usted? —guiñó un ojo a la vez que señalaba con la barbilla la bandeja de cordero asado que portaba un camarero en volandas —Efectivamente, Marie Claire es un bonito nombre —afirmé convencido. Satisfecho, el perfumista se lanzó sobre los riñones de cordero con extremo deleite a pesar de su acre olor a orines; si su nombre no fuera el de Adolphe, debería llamarse Leopold, de apellido Bloom. A la hora de la siesta, el sol, clavado en el cielo del verano de París, sombreaba a rayas el cuerpo desnudo de Marie Claire a través de las persianas entornadas. Al menos así lo imaginé, y al perfumista regalando a su joven amiga el sobre quincenal con el dinero acordado camuflado entre el lote de esencias, y además, su precioso nombre publicado. Seguramente presumió de que casi todo el artículo lo había escrito él aunque lo firmara otro. Hay que dar oportunidades a los jóvenes que empiezan, más aún si están muertos de hambre —añadiría con cierta complacencia. Entre el ático C de la amiga del perfumista, y el mío, ático A, vivía la ya fallecida “Cecile Lelarge - Concertiste”, rezaba la placa de su puerta. La tarde anterior a la muerte de la profesora de música, hacía tanto viento que, del otro lado del fino tabique apenas se escuchaban los acordes del piano, los ejercicios repetitivos de sus torpes alumnos. Por fin la última nota cesó… y poco después comenzó el ruido. Un ruido rítmico, gemidos que no conseguía apagar el siseo del aire colándose por las rendijas del balcón. El aspecto anodino y discreto de la concertista, la seca expresión de sus saludos, el frunce apretado de su boca no hablaba de la mujer apasionada de edad incierta que no paró de gemir en toda la noche, siempre con la misma cadencia, ora paraba, ora seguía, ora sollozaba, suspiraba o volvía a jadear mientras yo intentaba escribir sobre temores, venganzas, motivos, oportunidades y medios. De madrugada se calmó el viento y por fin cesaron los sonidos sensuales de mi vecina. Cuando abrí la ventana vi a la concertista tendida inerte boca arriba en el suelo de su balcón y avisé inmediatamente a la policía. Los gendarmes me hicieron preguntas sobre ella. Apenas la conocía. Les conté lo de la noche anterior. —¿Tiene idea de quién era su acompañante nocturno?, ¿llegó a verlo usted? —No señor, ya le dije que solo escuché lo que escuché, no tenía ni idea de que la señora concertista tuviera un affaire d'amour. —Y de su otra vecina, ¿qué sabe usted? —Pues lo que sabemos todos, que está muy rica. —En su apartamento se encontró una revista con un artículo firmado por usted. La descripción de la joven protagonista coincide plenamente con la de ella, incluido el nombre de Marie Claire. Mientras el gendarme anotaba en su cuaderno lo que supuse mis respuestas, dudé por un momento en explicarle la historia del perfumista, claro que entre quedarme sin los sabrosos almuerzo que me ofrecía, o que hubiera alguna duda sobre mi falta de cooperación, opté por largar lo poco que sabía, al fin y al cabo estaba acostumbrado a pasar hambre. —Lo que le decía, que está muy rica y que a menudo recibe a caballeros, supongo que ya se habrá informado. Ella era una simple trottoir de las calles de Montmartre hasta que el señor Adolphe la retiró, aunque el infeliz cree que es el único con el que la señorita duerme la siesta. —¡Ajajá! —contestó el inspector en francés. Durante tres días fui agasajado por todo el mundo, no daba abasto a tanta invitación. Escuchaban mi teoría sobre lo que ocurrió la noche del asesinato. Los vecinos consideraban mi opinión, las mujeres me sonreían, incluso tuve una aventura con Marie Claire, y gratis. Mi jefe pactó un salario. La vida parecía sonreírme, pues todo el mundo supuso que gracias a mi testimonio darían con el posible asesino de la concertista, no en vano escribo lo que escribo, y al menos sobre papel, resuelvo casos de dificultad máxima. Al poco tiempo de realizar la autopsia, se supo que una antena del tejado doblada por el embate del viento fue la autora de los jadeos inexistentes de la infeliz fallecida por una parada cardiorrespiratoria, también la responsable de acabar con mi incipiente carrera de escritor policial. En fin, c'est la vie.
Dedicado especialmente a la compañera Eva Loureiro, experta en policiales.
A pesar del frío, abrimos el alto ventanal asomado al horizonte de estrellas, nada hacía presagiar que fuera la última vez, nuestra última vez para todo: para las caricias, para nuestros encuentros fugaces, para algún reproche que otro, para amarnos como solo los desesperados lo hacemos.
A menudo me sentía alejada de su vida, una tenue sombra en el leve hueco entre dos fechas de su agenda. No, no era fácil vernos, ni siquiera nuestro refugio era un lugar seguro al margen de la prensa.
—El enemigo acecha —solía decir con una sonrisa.
Era una noche de luna radiante, parecía que la hubieran colgado adrede delante de nuestros ojos, un aderezo en nuestro encendido escenario.
—¿Estás seguro de que no ha sido uno de tus hombres quien ha preparado éste cielo?
Aún estábamos mojados de flujos y sudor, él odiaba que saliera disparada a ducharme. A los dos nos gustaba sentirnos húmedos.
—Claro que no —contestó por fin —aunque no te lo aseguro, ¿recuerdas aquella vez...?
Me quedé esperando el final de la frase, en ocasiones usaba en sus discursos largas pausas teatrales, silencios premeditados,un método, una manera de atraer la atención sobre su persona, un foco verbal, sin duda era el genio de la palabra. Le escuchaba hablar medio adormilada, el impulso de su aliento en mi cuello cuando preguntó el ¿recuerdas...?
Lo que ocurrió después fue tan inesperado como pudiera ser que el cielo, con sus estrellas, meteoritos, cometas, lunas y satélites se derrumbara desde su precario equilibrio hidrostático sobre nuestras cabezas. No hizo falta que me inclinara sobre su pecho para comprobar que ya no le latía el corazón, supe que no estaba a mi lado, lo decía el vacío de los ojos, la ausencia del que habitaba su cuerpo, la boca extremadamente abierta en el último acto aeróbico de su vida. De fondo sonaba el Mesías de Haendel, un hombre enorme que comía por cuatro, su música era física..., me di cuenta de que estaba recitando de manera mecánica sus opiniones sobre sus apreciados clásicos, supongo que para no llenarme de pavor porque un rato antes estábamos follando como locos, como dos furtivos enamorados.
Puede que ahora crean que lo he matado, dice la historia que siempre es una mujer la que envenena. Encendí la luz de la mesilla y levanté el vaso, ya con el hielo derretido, mirando al trasluz el licor de almendra del que media hora antes bebíamos los dos, una mezcla de sabor extraordinaria, un poco amargo y un poco dulce, como la vida. Apuré lo que quedaba de un trago.
Llamé por el busca a uno de sus guardaespaldas alojado en la cabaña vecina, tardaron en venir lo justo para encontrarme vestida y enseguida se ocuparon de todo. Ni siquiera pude llorar vencida en la avioneta de vuelta a casa, la cabeza del piloto no se giró ni una sola vez, ni arrebujada en una manta térmica pude dejar de sentir frío, ¡tanto frío!
En los periódicos de la mañana la noticia de su inestimable pérdida en primera plana, la radio, la televisión, desde todos los medios anunciaron su óbito por un fallo cardiaco mientras descansaba en el refugio familiar junto a su esposa. El entierro, y a pesar de su pública notoriedad, se hizo en el más estricto círculo íntimo.
Algunas veces me pregunto qué quiso contarme con su inacabada pregunta del recuerdo de un ayer.
Nadie debe arrepentirse de mirar el cielo, aunque desde entonces las noches despejadas ya no me parecen tan armoniosas, las estrellas no están colocadas en el firmamento con el único fin de que él y yo las contemplemos, se apagó la luz de mis ojos, que las miren otros, que otros y otras se embelesen con ellas, al fin y al cabo solo son gases, plasmas, fantasmas de lo que antaño fueron.
Colgada de mi solapa una margarita amarilla suelta un chorro de agua cuando los niños se acercan a olerla. Un payaso malo malo. Ni siquiera estoy exento de limpiar la mierda de elefante aunque simule piruetas en la cuerda floja. Me visten con un frac de exagerados faldones y una capa como si fuera un señor que entra o sale de la ópera. Opepepepera. Hago como que tropiezo, pero no, pero sí, pero ¡ay! Trastabilleo tambaleante y, por fin, caigo. Todo el mundo ríe, ríe, ríe… Soy un payaso obligado de chiste y gracia; al que le toca subir a las alturas de la casita ígnea de papel y cera, allá arriba, rozando el techo de lona. Tengo miedo. Siempre tengo miedo, un día de estos seguro que me mato. Me intentan rescatar los enanos bomberos, sus mangueras no funcionan y en vez de agua sueltan confetis. Muuuuy divertido. El fuego crece, ya siento el calor. Me abraso. Ella, la soñada de mis sueños, ahora está en la primera fila mezclada de público, hace su parte del número en la que le toca temblar por mí, para que la gente, por empatía, la imite. Estrategia comercial. Se lleva las manos a la boca, exagera el gesto y cierra los ojos aunque hace trampa mirando entre los dedos. Parece una película muda de los años veinte, una película histriónica de amor. Soy un pobre imbécil enamorado de una paloma. En el circo también está mi Jefe, el Jefe Mayor de los payasos del circo, el mandamucho, el contratador que no paga mucho, el sabelotodo del cucurucho, el del gorro de cono estrellado y la cara blanca, un hada madrina desvirtuada. Me grita, azuza a la gente que corea el ¡tírate, tírate…! Y claro que me tiro al diminuto círculo de agua, no queda otra, si no me lanzo se incendia la casa conmigo dentro. Un calvario, aunque peor era cuando me dedicaba a inflar sopladeras para los niños en aquel parque donde la conocí. Una mujer con sus dos hijos arañaba el monedero y se quejaba por el precio de los dichosos globitos y yo hacía vulgares perros salchichas, ratones Mickeys Mouses y jirafas, muchas jirafas..., entonces, cuando la vi desdibujada a través de la goma traslúcida, entre lo dedos me nacieron globos en forma de rododendros, endecasílabos, esternocleidomastoideos, boas con elefantes dentro y elefantes con sombreros. Figuras absurdas y desesperadas. Se apagó el parque, los niños, mis zapatos grandes de colores. Todo menos sus ojos de ópalo y su boca de rosa. —Chico, ¿has trabajado alguna vez en el circo? Y aquí estoy en la cuerda floja con el corazón hecho añicos, porque ella, caprichosa, no se decide a quererme, me vuelve loco con su no/sí, es mi sino. Escucho el redoble del más difícil todavía y miro y admiro a mi amada volatinera cuando hace equilibrios sujeta del aire, sortea la vida justo por donde los pájaros tiemblan. A veces se digna echar un vistazo desde su altura a éste pobre payaso de nariz fluorescente que enciende y apaga a golpe de aplausos. Voluble al fin, la princesa ha elegido al trapecista, un chico guapo y fuerte a quien el público admira con el cuello en escorzo y un prolongado ¡Ohhhhhhhhh! o ¡Ahhhhhhh!, y yo un menguado idiota enamorado que quisiera ser tan alto como la luna, como la luna, como la luna.