lunes, 10 de abril de 2017

Mi ángel de la guarda, mi amarga compañía







   Mi ángel de la guarda, mi amarga compañía



   Cuando intento rememorar lo sucedido en aquel corto viaje de fin de semana solo recuerdo retales inconexos colgados de mi inestable memoria.

   Mi marido conducía, la suave música de Satie me adormeció, cuando desperté parecía que rodábamos entre algodones. La espesa bruma homologaba contornos: la gasolinera que dejamos a la izquierda, la torre de una iglesia, la vereda bordeada de pinos, el perro que asomó de repente sin que pudiéramos evitar atropellarlo.

   En el parador comprobamos contrariados que la habitación reservada desde hacía semanas estaba ocupada, nuestra habitación con vistas al escarpado barranco, la misma de nuestros primeros encuentros furtivos antes de casarnos. No, no queríamos otra, ni siquiera la suite que nos ofrecía el aséptico recepcionista con un sí señor, no señor, lo siento mucho señor, tan profesional por fuera y antipático por dentro. Tenía mal carácter, lo supe como si el hombre fuera transparente, también vi el coágulo obstruyendo el viaje de la sangre en su último recorrido hacia el corazón unos segundos antes de que se derrumbara sobre el mostrador. Junto a él una sombra.

   Sacaron los cadáveres sin escándalo por la puerta de servicio, ni siquiera la ambulancia hizo sonar su sirena para no alarmar a los huéspedes.
   Al final nos dieron nuestra habitación, la número 13, la mujer que la ocupaba sufrió un aneurisma cerebral, ¡qué pena!, ¡tan joven! Aprovecharon la misma ambulancia.
   —Un dos por uno —bromeó mi marido, tenía un humor negro extremado.
   Ya en el cuarto pedimos que nos subieran una ligera cena fría; nos la sirvió una camarera silenciosa y eficiente. En su tráquea dormía una mariposa no mayor de cinco centímetro con las alas desplegadas. Nos dio las gracias por la propina generosa con voz ronca abriendo mucho sus ojos saltones. Me dio náuseas mirar el demonio negro de su garganta, un bulto que terminará matándola más pronto que tarde.
   Cuando era pequeña podía ver a la gente por dentro, también creía que un ángel oscuro venía a verme todas las noches y de todas las maneras posibles se metía en mí, con violencia algunas veces, con dulzura las más. Al poco tiempo alguien enfermaba y a veces moría. Cuando menstrué casi a los quince años dejé de soñar con él. No quise contarle nada a Jaime de estas nuevas visiones, tenía la esperanza de que se tratara de episodios aislados.
   Hacía tiempo que no lo hacíamos así, de frente, mirándonos a los ojos, en silencio y con ternura. Muy despacio. Hice todo lo posible por no pensar en la pequeña protuberancia del tamaño de una nuez agazapada detrás de su uretra, ni de las malditas células navegando por la corriente sanguínea, ni en sus huesos invadidos por las sombras, ni en el terrible sufrimiento que le esperaba. Una muerte larga, oscura y lenta. 
   Por la mañana se soltó de mis piernas agotado y feliz, quería hacer fotos desde el balcón a la pared del roque con la luz rosada del amanecer, los retazos de niebla como gasas velando los encrespados barrancos.
   Le abracé desde atrás. Fue muy fácil.
   Esta vez no hubo discreción, la guardia civil tuvo que bajar a la sima a rescatar el cuerpo de mi marido, uno de los porteadores le lloraba el ojo izquierdo. Pronto quedará ciego. Ya no se si anticipo, o provoco. Ya no se casi nada.
   Hicieron muchas preguntas, a mí y al director del hotel, resultaba alarmante tres muertes en tan corto espacio de tiempo. Las autopsias de los cuerpos corroboró las enfermedades pronosticadas por mi ángel con un solo golpe de ala. 
   Me estoy volviendo loca, procuro no mirar a la gente, no salgo de casa ni recibo a nadie. Cierro los ojos y otra vez sueño con el ángel, una y otra vez, y otra vez y otra. Viene a verme y me incita y me excita como nadie nunca lo ha hecho. El muchacho del supermercado que trae la compra, un joven con toda la vida por delante, sólo conoce mi voz y mis manos. Mis pocos amigos aporrean la puerta pero no abro, no quiero ver a nadie, a nadie. 
   Luego todos dejaron de venir.
   Ahora estoy confinada en la unidad de psiquiatría con vigilancia extrema. Veo formas vagas, crecen y se expanden como pájaros negros, si pudiera me cosería los párpados. Se por los pasos de una enfermera de su problema de cadera, por el aliento de la otra de la acetona que padece, a través de la pared escucho los estertores de la paciente de la habitación de al lado, el hospital es un cementerio de gente que agoniza, y yo quisiera morir, es lo que más deseo, sin embargo, no me suelta mi demonio, mi amado ángel de la guarda, mi amarga compañía, quien me muestra la agonía final de los demás y a mí me mantiene viva.
   El doctor especula sobre mi patología y sobre mis supuestas fobias. Vuelve a reafirmar el disparate de que llevo interna diez años, afirma que nunca he estado casada, dice que no salgo de la clínica mental desde hace una eternidad,¡pobre imbécil!, aún no sabe lo que tiene escondido en su pulmón, no sabe que acabo de condenarlo con mi mirada.





viernes, 7 de abril de 2017

El profesor



                 El profesor




   El anfitrión había cuidado al máximo todos los detalles de la fiesta. De fondo la música de los escogidos discos de Jazz con esa insistencia cansina a punto de saxo. Por la casa, esparcidos con manipulada estrategia sus títulos preferidos: Mounin de manera casual junto a una jarra de cerámica con crisantemos, y el manifiesto del surrealismo de André sobre un sofá marcando página cien veces recorrida. Solía llamar a los autores por sus nombres de pila, o por algún apelativo como si mencionarlos de esa manera los hiciera más cotidianos, de tal manera que Proust era Marcelo, y Joyce el irlandés, o el jodido irlandés. Si alguien se llamaba Ernesto ineludiblemente el profesor exclamaría ¡Ah, un nombre importante!, y si en su jardín hubiera un almendro buscaría una Eloísa para plantarla bajo él; Atalá y René suspiraban en la cocina junto a una fuente de limones, y el costumbrista Larra elevado a crítico social descansaba aburrido en una estantería del baño asomando esquina entre las plegadas toallas en tonos crudos. Un ligero desorden estudiado en las estanterías, mezclados los libros de bolsillo con algún volumen encuadernado en piel, y aún sin colgar de la pared, una acuarela de los primeros tiempos de un pintor afamado abarquillada por una de las orillas, sin cristal, ni marco.
   —No es de sus mejores trabajos —solía comentar el profesor restando importancia el encuentro fortuito de la lámina y enseguida se disponía a enseñar, sobre toda si la chica era guapa, el de tela de arpillera de su dormitorio al mismo tiempo que escondía unas bragas olvidadas estampadas de rojo y negro. Sthendal se meaba de la risa apoyado en la mesilla de noche, y la verdad, que yo también, pues la demostración continua de la movida intelectual resultaba ridícula además de agotadora para quien, como yo, la conocía a fondo. Por fortuna ya no le quiero pero ¡cuánto le quise!
   En la fiesta bailo alguna pieza con él, llevamos el ritmo tan bien como si toda la vida nos hubiésemos movido juntos. Me sujeta de la cintura con un solo brazo y de vez en cuando me inclina hacia atrás.
   —Lástima que ya no sean pareja —murmura alguien.
   Ahora está hablando con la becaria de zoología, el profesor domina el arte de la genuflexión y lo edulcora el cabrón de cortesía extremada. A la “zoo” le mira los pechos, los dos, como si por casualidad se posaran en ellos mientras completa una frase. Habla y habla y gesticula con calma con su mano derecha, parece que dibuje círculos concéntricos en el aire de la fiesta, la izquierda en el bolsillo. Me presenta a quienes no me conocen como su querida colega y dice de mí que soy tremendam-ente efici-ente y brill-ante enfatizando los entes y los antes, y a mí me dan ganas de cerrarle de un puñetazo su boca ped-ante. ¡En fin! El profesor es un bluf. 
   Alguien cuenta un corto cuento que se titula corto cuento cacofónico; alguien tañe una guitarra; alguien da una escueta exposición sobre la vida sexual del escarabajo azul del Orinoco. La “zoo” aplaude con frenesí y con la agitación de sus manos se mueven sus enormes pechos de vaca.
   El profesor recita sus alejandrinos con voz engolada y seria, lo hace mejor cuando entona versos que no son suyos. Un borracho vomita en la mitad de un hemistiquio, el profesor tuerce el gesto por la interrupción que entorpece el clima, lleva trabajando en sus alejandrinos todo el trimestre. Se escucha una ruidosa cisterna en el váter del pasillo, buen contrapunto lírico.



miércoles, 5 de abril de 2017

Alejandrinos




Alejandrinos




     Hoy he sido noticia en un periódico local. Tenía la vana esperanza de que publicaran mis versos, a pesar de que   el director  advirtiera de la poca tirada de los poemas. Cree ser todo un experto en la materia por su reciente nombramiento en el periodicucho de poca monta. El capullo fue  compañero de colegio y ganador de  los concursos anuales de redacción de la variada temática “A mi madre” o “A la primavera”. 
     —¡Enhorabuena amigo mío!,  en los próximos dominicales incluirán tus excelentes alejandrinos.
     —¿En el dominical?, ¿pero dónde coño van a insertarlo?, ¿entre una receta de cocina y el horóscopo?
     —Es una oportunidad para darte a conocer. Se editaran por capítulos.
     —¿Pero qué dices?, a ver… ¿cuándo has visto tú unos poemas seriados?
     —Tranquilo hombre, lo importante es que nos lean, ¿o no?
     El comunal “nos” me cabreó mucho, como si el muy idiota  hubiese escrito los versos a medias conmigo. Es incomprensible que apueste tan poco por la literatura. Me pareció una tremenda ofensa, un agravio, un ultraje, un insulto  a mi  creatividad.  
   De vuelta a casa, mi mujer me dijo que me calmara, que no era  para tanto.  Me enfadé  con ella por su nula  empatía y por su falta de comprensión.
     Tanto cabreo  me soltó la tripa y fui al baño. Allí, sentado en el trono me inspiré. Al principio con cierta dificultad; sin embargo, poco a poco surgieron nuevos versos con sus dos hemistiquios de siete sílabas acentuados como deben acentuarse, en la tercera y decimotercera sílaba,  a la manera clásica, sin sinalefas…, y fluyeron del modo en que     deben fluir los alejandrinos, con suavidad. Satisfecho, di la última chupada al cigarrillo y levantando  un poco las nalgas  lo arrojé al retrete.
     Una tremenda explosión me sacó de mi nirvana poético, y un dolor intenso, una quemazón, un alarido, dos alaridos: el mío y el de mi mujer golpeando la puerta del baño.
     Vino una ambulancia a casa, sobre la camilla, en decúbito prono, con el culo  al aire y los testículos quemados, seguí aullando. Los dos  camilleros preguntaron cómo sucedió el accidente. Mi mujer explicó con su incapacidad para la síntesis, que quiso matar a una cucaracha, que la arrojó al váter, y que ésta, bocarriba,  seguía agitando desesperada sus pequeñas patitas al aire, y entonces le echó un insecticida, y que aunque sabía que los aerosoles van fatal para la capa de ozono, son mano de santo para los bichos, y eso, que después cerró la tapa  para no ver como agonizaba el pobre animalito, que aunque le daba asco, ella es muy sensible, y que luego su marido llegó, se puso a lo que se puso, y en fin, pasó lo que pasó.
   Todo esto lo contó  sin respirar,   mientras  los dos enfermeros intentaban bajar la camilla por la estrecha escalera desde el séptimo izquierda; el ascensor era demasiado estrecho. Al más alto, un gigantón moreno de tremenda tripa, con tanto pelo en los antebrazos que más bien parecía un gorila,  le entró tal  ataque de risa que  soltó  la camilla haciéndome caer de cabeza por el hueco de las escaleras. Una niebla espesa se apoderó de mi cerebro, y luego… nada, no sentí ningún dolor, y heme aquí ahora siendo noticia en el necrológico.
     No sé si a todos los difuntos les ocurre lo mismo, no me refiero a fenecer de una  manera tan poco digna, sino el poder sentir y  pensar  como si aún  estuvieran vivos.
     En el tanatorio la gente murmura, pregunta como ha sucedido.  La estúpida   de mi mujer lo relata con pelos y señales, ¿no se da cuenta  lo ofensivo que resulta?, incluso levanta el sudario a la altura de las ingles para mostrar la desgraciada evidencia.
     —¿Ven… ven ustedes cómo ha quedado el pobrecillo?
     —Te acompaño en el sentimiento, para tooodo lo que necesites me tienes a tu disposición —. El hijo de puta  le da a mi viuda el pésame reglamentario poniendo mucho énfasis en el todo; también le mira las piernas  con disimulo.
     Como  Director del periódico que regenta, y de manera gratuita, ha editado   mi esquela a toda página.  En  lugar de los alejandrinos   publicó  un mal poema de su autoría en el que se advierte del vaivén del destino humano.




   

viernes, 31 de marzo de 2017

El bosque de Dafne





              El bosque de Dafne





   Mi marido me ama. ¡Cuántas emes tiene esta afirmación!
   Al principio me encantaba la genuina experiencia de dejarme llevar, tumbarme boca arriba poniendo mi pubis a la altura de sus ojos, de su aliento, de su lengua, y de la hojilla de rasurar. Tenía inventiva, primero fue un corazón recortado que el podador de mi bosque se encargaba de tener bien delimitadas sus fronteras. Luego, en un rasgo de ingenio y en una noche loca y algo etílica, fue un rayo, una flecha que indicaba el camino de la incordura, una obra de arte de lindes imprecisas. En ocasiones dibujaba una ese, más bien serpiente sinuosa, hasta el día en que el dueño del jardín decidió cortar por lo sano y con mucho cuidado dejó el bosque absolutamente despejado de dudas, un desnudo claro monte, blanco monte venusiano.
   Recuerdo al sacerdote que nos bendijo en la salud y la enfermedad, para siempre de los siempres amén, y a mí me escocía la incipiente “mariage” de un modo tan real que estaba deseando que el cura terminara el rito para quitarme las jodidas bragas de seda por donde los brotes de mi recién talado bosque amenazaba asomar en plena unción.
   Después fue la costumbre de una vez por semana. Un jardinero revisando que ningún matojo se desmandara, un segador preciso. Y aquella mano en la rodilla cuando venían a vernos a nuestra reciente casa las visitas, una mano de jardinero con un letrero enorme que anunciaba "coto privado". Un mes tras otro, un año encima de otro, un cancerbero, un jardín de altos muros, un vigilante segador, la tierra es para quien la trabaja, un porque lo mando yo y punto.
   Al principio el yugo fue tan suave que no notaba la yugular hendida… ponte el vestido blanco que te queda tan bien, estas sandalias doradas de tacón... ¡qué guapa estás!, suéltate el pelo... piensa lo que yo pienso... agáchate así.
   Cuando decidí deja crecer el bosque mi casa se llenó de enanos, duendes verdes, hongos, gusanos, culebras, víboras, dragones draconianos… y no hubo manera de convencer al jardinero de que su jardín ya no tenía dueño que regara los verdes praderas.
   El constreñido bosque de Dafne, un pubis lampiño encima de Dafne, sobre la voluntad de Dafne, asfixiando a Dafne. Un coño aplastándola.
   Dafne acaba de ducharse. Aún sin secar su cuerpo algunas gotas resbalan de su ya creciente vello…, una… dos… tres… y una lenta cuarta gota queda pendida formando una gota preciosa y precisa, una gota libertaria que reafirma que sí, que Dafne ya es dueña de su recién conquistado bosque.








martes, 21 de marzo de 2017

GRACIAS

     Gracias a todos queridos compañeros que me habéis acompañado con fidelidad (siento el coñazo jeje)...todos estos capítulos de la novela. La he guardado en borrador para no perder vuestros cariñosos y generosos comentarios. Os nombro a todos porque aunque poquitos sois calidad extrema especialmente en  compañerismo. A algunos de vosotros os he mandado el último capítulo para que no os perdais el desenlace, aunque si consigo publicar la novela ya no tendreis curiosidad ¡qué poca estrategia  de venta tengo caramba!


Gracias Alejandro
Gracias Ana 
Gracias Ariel 
Gracias Isidoro
Gracias Jorge 
Gracias José
Gracias Lobo - grumete
Gracias María 

Gracias a todos mis compañeros.


                              Un enorme abrazo y por aquí me teneis   ahora y en el futuro  contando cuentos. Hasta pronto.
                                                                              
                                                                         Isabel.


jueves, 5 de enero de 2017

El regalo de Baltasar





             EL REGALO DE BALTASAR



     Me llamo Alicia, tengo ocho años y vivo en la Avenida del Ejército, la calle mayor de El Aaiún, la capital del Sahara Occidental. En una punta está el cuartel de artillería y en la otra la iglesia de San Francisco. 
     Todas las tardes desfila el piquete por mi calle a las seis en punto, que es cuando mi madre nos da la merienda, y mis hermanas y yo nos sentamos con el bocadillo en la acera a ver pasar el desfile, el que más nos gusta es el de la legión porque tienen un carnero disfrazado de legionario con su gorra y todo. La vecinita de enfrente a veces cruza la calle corriendo y hace perder el paso a los soldados que en vez de enfadarse le dicen ¡Guaaapaaa! Una vez crucé yo y sólo me dijeron ¡Quitaaa coooño!, maleducados los soldaditos. Yo creía que desfilaban porque en el pueblo hay pocas distracciones y así nos entretenían, pero una vez escuché decir a un militar con el uniforme lleno de medallas y el fajín encarnado en bandolera, un Capitán General por lo menos, lo de la medida disuasoria para que los nativos observaran el despliegue de fuerzas del invencible Ejército Español. Entonces le pedí a mi listísimo padre que me explicara lo de la medida y me contestó que una niña pequeña no podía entenderlo y que lo olvidara. Como mejor se olvidan las cosas es haciendo fuerza y apretando fuerte los ojos., aunque ésta pregunta no contestada se quedó para siempre en mi colección de no me olvides.
   Anoche, después de la cabalgata de los Reyes magos, se nos apareció Baltasar en la tienda de mi madre.
   En la tienda de mi madre se vende de todo: máquinas de coser con su pedal que no veas como corren, a veces hasta se tragan la ropa, en vez de agujas parece que tuvieran dientes; mantelerías caladas con agujero pequeños colocados en orden, no entiendo para que le ponen agujeros a los manteles; mixtos para las pistolas de los chiquillos; cadenillas de plomo para que el vuelto de las faldas no se levante, el siroco del Sahara levanta todo: ¡Una peseta al viento! gritaban los soldados cuando pasaban las muchachas agarrándose las volanderas faldas.
   Si me pongo a contar todo lo que se vendía en la tienda de mi madre se acabaría enseguida las hojas de éste diario que me regaló Baltasar.
   La seño Teresa, mi maestra, me aconseja que procure contar sobre los asuntos del alma, ¿cómo se escribirá sobre las cosas del alma? Monseñor dice que el cuerpo miserable se lo han de comer los gusanos pero que el alma nunca muere. Me gustaría mucho contar sobre las cosas del alma pero no sé cómo hacerlo. El perro de los curas se llama Merengue y es más negro que el carbón, ¿tendrá alma el perro de los curas?, ¿de qué color será el alma de Merengue?
   Anoche, nada más cerrar la tienda, enseguida de acabarse la cabalgata, se nos apareció Baltasar, ¡flop! Ahí... delante de nuestros ojos, sonriendo con su turbante torcido y los guantes blancos. ¡Baltasar, nada más y nada menos! Solo de pensarlo me entra esa cosa por dentro que mi padre dice que se llama emoción. A mí la emoción me dan muchas ganas de ir al baño. 
   Me acerqué a él con mis dos hermanas agarradas de las manos, y tironeádole de su capa real le pregunté:
   —Baltasar Baltasar ¿nos pones la bici esta noche? 
   —¿Qué dices niña? —preguntó Baltasar.
   — Que si nos eeechas la biiici —repetí gritando por si acaso era sordo.
   — Sí, hija, sí. —respondió. 
   Después se fue al almacén con mi padre. Entonces mi madre nos dijo que no nos hiciéramos muchas ilusiones, que la bici era para una niña que estaba muy malita. Yo estaba loca por la bici estupenda con su cartel de reservado, soñaba con ella, pero claro, lo de la pobre niña enferma me partía el alma, la que nunca sé dónde la tengo ni que de qué color es. Cuando Baltasar salió del almacén cargado de juguetes con el turbante más torcido todavía y la piel resbalándosele de la cara, le dije que podía regalarle la bici a la niña enferma, que lo entendía, y entonces él me dijo que de eso nada, que la bici era para mí, bien clarito que lo dijo... me dijo... esta noche te pondré la bici. Dos veces lo dijo.
   Anoche no pude dormir. Ya me veía por mi calle con mi bici nueva. Me puse a pensar que le iba a poner unas cintas de raso de colores al manillar, las que se vendían por metros en la tienda, aunque mi madre no lo necesita, ella medía la tela con los codos. 
   Esta mañana me levanté de un salto y no estaba mi bici en la sala, ni en el patio de atrás, ni en el garaje donde mi padre guarda la furgoneta de repartir las neveras y las máquinas de coser. Mis padres estaban preocupados porque no abría ningún regalo, ni siquiera éste diario en el que estoy escribiendo ahora.
   A media mañana me conformé y después de llorar un buen rato me lavé la cara con agua fría, miré las muñecas de mis hermanas y me puse la falda nueva de tablas, la blusa de nido de abeja tan linda y los zapatos de charol que al rato me hicieron dos rozaduras…y con la patineta que me regalaron los reyes salí a la calle. Una patineta feísima, en mi vida he visto nada más horrible. No pienso ponerle ninguna cinta.
   Patinando con mi patineta sin ningunas ganas de patinar, ¡pero claro... qué iba a hacer! , la vi. Vi mi preciosa bici reluciente y a Mariuchi, la niña rubia y gorda hija del Almirante subida en ella aplastando las ruedas. Entonces fui, la agarré y empecé a darle de cachetadas a la Mariuchi hasta que unos mayores nos separaron y el Almirante en mismísima persona fue a quejarse a mi padre. 
   Así que estoy aquí castigada en el día de Reyes, con éste diario que pone en la primera página regalo para Alicia de tu Rey Mago preferido, Baltasar.

viernes, 23 de diciembre de 2016

EL GAROÉ (Cuento de Navidad)

                             



                             EL GAROÉ

Se enciende la cara del viejo en rojo y verde intermitente, las arrugas parecen que bailen según el color eléctrico que toque.
—¿Por qué no te gusta el árbol, yayo?
     María mira su reflejo  en las bolas de cristal moteadas de copos de nieve. El círculo deforma su moflete rosado, huye su frente, vuelve ahora la carita completa y abombada.
         Una esfera cae al suelo y se rompe en  pedazos.
     —Demonio de chiquilla. Anda… quita, no te vayas a cortar, alcánzame el recogedor antes de que se entere tu madre
     —¿Cómo es que no  te gusta? —insiste  María
     —Prefiero el árbol del Garoé.
     El abuelo espera que  su niña ponga los ojos de escuchar historias.
     —¿Es más  bonito que el nuestro?
     Hace una pausa, el abuelo sabe mimar un silencio como nadie.
     —Mucho más bonito, ¡dónde va a parar!
     —¿A dónde va a parar?
     —Solo es una expresión, María —al ver que la nieta no entendía, lo explicó de otro modo —es una forma de hablar, pero bueno… ¿no querías que te contara una historia?
     —Sí sí...
     —Pues resulta que el padre de mi padre del padre de mi padre...
     El anciano ondula la mano de contar historias, árboles y siglos. Vuela el gesto sobre la vertiente que recibe el viento que sopla sobre el Garoé. Las ramas del árbol beben el agua prestada por la niebla, el monte se cubre de gasas blancas y todo parece un misterio.
     —Había una vez un lugar con muchos árboles en un monte lleno de niebla. La niebla es una nube llena de agua que toca el suelo.
     —Ya lo sé, yayo —María pone la cara de saberlo, como si toda la vida hubiera vivido entre brumas y no a la orilla de una playa.
     El árbol mayor de todos se llamaba Garoé, y  bajo las raíces del Garoé una pequeña laguna del agua más dulce del mundo, tan dulce tan dulce como mi niña, tan dulce que ni te imaginas lo dulce que era, dulce consuelo que apagaba la sed de todos los habitantes del lugar y saciaba hasta el hambre y daba fuerzas para luchar contra los invasores que querían conquistar   la isla del Hierro.
     —¿Cómo eran los invasores esos?
     —Soldados, hombres con trajes de hierro y lanzas tan largas que dos metros antes de llegar al corazón de los herreños ya estaban muertos y ensartados. Llegaron a nuestra isla  en barcos de velas desde muy lejos, mucho más lejos que la plaza donde juegas, mucho más lejos que la raya del horizonte de la playa donde te bañas. ¿Por qué cierras los ojos María?
     —Estoy pensando en  algo que esté muy lejos… ¿Y qué pasó después?
     —Pues que llegaron y dijeron aquí estamos, y esto es nuestro. Imagina que llega una niña que no conoces de otro pueblo del que no sabes ni el nombre, ni siquiera es tu amiga, y te dice que tu cuarto es su cuarto y tu casa la suya, y entra en ella , y tus juguetes y toda tu ropa son sus juguetes y su ropa ahora, y ni tu madre, ni tu padre, ni tus cosas son ya tuyas, sino de ella, porque paseando por tu calle, la suya ahora, las ha descubierto, así que tendrás que irte a otro sitio porque ya nada tienes.
     —Pues primero le diría que me diera mis cosas, y si no me las devuelve le daría de cachetadas a la chiquilla.
     Sonríe el abuelo y le cuenta,  mientras adornan el árbol  de plástico con adornos de plástico, como los  isleños se escondieron en el monte y resistieron durante largo tiempo reconfortados por el agua milagrosa del Garoé.
     —¿Para siempre?
     —No cariño,  para siempre no. Todo se acaba, como las bolas de cristal que rompes cada año. Pero los árboles del Garoè aún existen solo que ahora son arbustos  y las raíces de otros árboles extraños que han plantado se beben su agua y ya no lo llaman así,  sino Ocotea Foetens, si ya sé, no te gusta nada ese nombre, no arrugues la nariz.
     —Me gusta más Garoé.
     Y a mí también, María. Un día,   una tormenta muy fuerte, arrancó al árbol milagroso de su sitio y en su lugar han puesto un letrero de hierro que dice aquí estuvo el Garoé y así es como duran las cosas que no queremos olvidar.
     —Yo también voy a poner un letrero que ponga aquí estuvo la bola que rompí.
     Sonríe el viejo de la bata de franela de cuadros rojos y verdes que se apagan y se encienden y mira de reojo al muñeco relleno de algodón, Papá Noel lo llaman, que trepa por el balcón, parece una rana roja con un saco verde, o al revés.






Autora: Isabel Caballero