Por ellos, por todos ellos
martes, 23 de mayo de 2017
11 M
Por ellos, por todos ellos
miércoles, 17 de mayo de 2017
El Dios del estanque dorado
Obra del pintor hiperrrealista Iraní "Iman Maleki"
«Caminando en línea recta, no puede uno llegar muy lejos», dice el abuelo
pronunciando la frase como una sentencia. El niño asiente muy serio, como si
comprendiera, y yo, desde mi reino líquido, sonrío. Los dioses
sabemos sonreír, se hace torciendo hacia arriba la comisura de los labios. Así.
También puedo leer los pensamientos de
quienes asoman a mi espejo. Sé que a Pepito no le interesan los senderos
aburridos, si lo dejaran, preferiría correr aventuras.
«Mamá no me deja salir, tiene miedo de que me ocurra alguna desgracia como pasó con papá. Miedo que me pierda, de que me atropelle un camión, de que
un meteorito caiga sobre mi cabeza, o de
que me rapte unabandadealbanocosovares. Mi madre lo dice así, todo seguido sin respirar. Por eso, cuando voy al parque, tengo que ir de
la mano de mi abuelo, el de las frases raras, aunque algunas veces parezca que
lo lleve yo a él»
Al pequeño no
le importa la meta, menos aún la
zanahoria-premio al mejor corredor de caminos rectos. Tampoco sabe que
existo y que soy el que soy: el Dios del estanque dorado.
Llamo al
niño. Pepito asoma por el borde de
piedra.
Chiquillo...
illo... illo...
Blande una
espada imaginaria, aprieta la empuñadura dispuesto a defenderse de los dragones del
parque,de los ogros devoradores de niños, de las
ramas secas del árbol que rozan su espalda, de las ranas que croan, de las que
no croan también, de la perca gigante que nada tranquila… la sombra de su cuerpo en los cantos del fondo cristalino, hace que parezca que dos peces, uno rojo y otro negro, naden a la misma vez con exactos movimientos. Un baile.
Vuelvo a llamar
con mi dulce voz impostada: escucha... escucha... cucha...cucha…
«Esto no me gusta, no
es divertido», piensa Pepito. Para ganarme su confianza cambio de estrategia. Ya
no soy un Dios, ahora soy un grillo,
froto mis patas contra las alas y los chirridos envuelven al niño por todos
lados, no sabe si sueno por aquí, o por allá.
Pepito...
pito... pito..., no temas, solo soy un
grillo, cri-cri.
Enseguida
se pone a buscar debajo de las piedras, entre las hojas, hasta que me encuentra
y dice, y digo, decimos los dos: ¡qué guay... qué guay... qué guay!
Ahueca la mano como si fuera una copa, y con
cuidado, sin cerrarla del todo, enseña al abuelo su presa antes de
guardarla en su gorra de lana. Me
lleva a su casa. No puedo respirar, como soy un Dios me convierto en aire, ¡zas!,
ahora soy aire, antes fui grillo, y agua, también fui luz y antes de la luz,
puede que sombra.
Cuando el
niño abre la gorra-jaula salta un pequeño pez. Pepito abre asombrado la boca. Con un mágico ¡allez hop!, hago que su último recuerdo fuera pillar un pescadito
en vez de un grillo, ¡qué listo soy!... y
corriendo corriendo, el chico me arroja a un círculo abombado del que, por
muchos esfuerzos que hago, no puedo escapar. A través de sus paredes miro a
Pepito que me mira a mí. Le ordeno que me libere, pero nada, no hay manera, por
lo visto lejos del estanque solo soy un prisionero sin poderes celestiales al que
tienen que alimentar porque si no, la palmo.
Pasa
el tiempo, no sé cuánto, ¡el tiempo de los humanos es tan constreñido! Sé
contar siglos, milenios, eternidades, pero no los segundos que ruedan despacio dentro de esta cárcel de cristal.
Y
por fin, un día me sacan de mi letargo, me bambolean y agitan. A través de la
ventana del coche, puedo ver desfilar los paisajes de manera precipitada:
trozos de cielo, pedazos de nubes, algún
pájaro, los postes de la luz. Veo el
cuerpo de Pepito piramidal, desde el regazo que me sostiene parece un gigante,
sus manos son enormes, dos manchas blancas que rodean mi cárcel traslúcida, su
cabeza se pierde en las alturas, parece un Dios. Ahora asoman las copas de los
árboles del parque donde moraba en mi paraíso
acuático. Lo dejamos atrás, y con él mis esperanzas de regresar al dorado reino
del estanque.
¡Ya
llegamos, abuelo!
Las manos
de Pepito sostienen la esfera que me circunda y con un grito de alegría me
lanza al agua. Un mar agitado, inmenso, salado, donde nadan peces mayores que yo, otros dioses que me
devoran enseguida. Desde el estómago de uno de ellos escucho a Pepito feliz
gritando un: ¡adiós, adiós, que te vaya bonito!
jueves, 11 de mayo de 2017
ESan Dionisio
San Dionisio
jueves, 4 de mayo de 2017
Al son de un bolero
AL SON DE UN BOLERO
No soporto los momentos posteriores en los que no está, o parece que no está, tan lejos y distante de mí. No entiendo cómo puede quedarse dormida de esa manera, a medio gesto. Cuando acabamos, con los ojos cerrados se sube su prenda de seda y se derrumba boca arriba, así, sin más. Por fuera es tan suave como la ropa que suele rozarla, todo a su alrededor combina con ella: el cobertor de terciopelo, las sábanas satinadas, las cortinas de gasa, tejidos de amable tacto; el tono de su piel tiene la cualidad de simular estar irrigada no por la sangre de sus venas, sino por una materia mucho más sutil, puede que nácar, marfil, o amaneceres rosas. Parece estar hecha de algodón y armiño, y sin embargo, es de acero inoxidable.
¡Vaya por Dios! Vuelvo a ponerme romántico, algo que ella odia. Tampoco le gusta que me encorve cuando camino, que no me implique en los negocios como debiera, que no gane más dinero, ni tenga éxito social, que no especule, ni medre, ni aumente. A mi mujer le gustan muy pocas cosas de mí, al fin y al cabo solo soy un don nadie de inclinada espalda y gesto huraño, un escritor devaluado en articulista semanal.
En la cama le gusto menos aún puesto que ya no ejecuto. Llama ejecutar, con cierta ironía cáustica, al hecho fáctico diario de meterle el sexo erecto y follarla hasta que se duerma. Es como si tuviera un clítoris enterrado en la vagina y solo sintiera placer con ella, por ella, con ella. Busca el orgasmo desesperadamente por esa única vía, y luego, se queda dormida en un instante, a veces conmigo todavía dentro. Pero eso era antes, ahora ya no ejecuto.
Es preciosa. Su vientre no se ha deformado por los dos embarazos, las niñas están hechas a su imagen y semejanza: bonitas, insistentes, voluntariosas…, cuando crezcan tendrán un hombre a su lado que sabrán encorvar con un gesto sumiso similar al mío, con exacta curvatura de espíritu.
Sí, hubo un tiempo en que la quise, ya no, en absoluto. Cuando rasco la superficie de su piel, asoma la cabeza del ocupa que vive bajo ella, un ególatra que se regurgita a sí mismo con un ombligo tan enorme como el de su patrona empecinada en hacer las cosas, todas las cosas, a su único e inapelable modo.
Para el placer siempre el bolero de Ravel, una y otra vez la insistente cantinela que a fuerza de repetición conozco de memoria el momento exacto y justo en que debo acelerar o contener para que pueda llegar a su cima.
A menudo me pregunto si la odio.
¡Miradla! Ahí está dormida, con la derecha aún sostiene al amante nervado que nunca falla, sustituto eficaz…, me lo ha quitado de la mano con rabia e impaciencia. Lo tomo con la punta de los dedos, con precaución y asco, como si fuera un monstruo fálico a punto de escupirme, con cuidado vuelvo a guardarlo dentro de su estuche, lo escondo en el tercer cajón de la cómoda envuelto en una suave enagua blanca no sea que las niñas lo descubran. Luego quito el puto bolero de los cojones, y en su lugar, escucho el nocturno de Satie.
sábado, 29 de abril de 2017
El teatrillo
¡Cataplaf! Lo mejor que me sale son los desmayos y el morirme de repente aunque las huesudas rodillas se llenen de cardenales. Abiertos los ojos de mirar al vacío sin pestañear por lo menos un minuto seguido. La mano de la tragedia en el pecho, la otra extendida hacia el público que siempre aplaude un drama.
La entrada cuesta cinco duros. Mi hermana Yolanda es la portera. El que no afloja la pasta ni de coña entra, pero se admiten pagos aplazados en la libreta de cuadros de apuntar morosos que pone Pepito debe tanto, María ya pagó.
domingo, 23 de abril de 2017
La luz de mis ojos
miércoles, 19 de abril de 2017
¡Ay Casandra!
¡Ay Casandra!
Cuando Casandra llega al despacho, mi cartera preferida, todo es de otra manera: se ilumina el día, con ella parece que entren todos los pájaros de la isla y se alegra tanto el espíritu que dan ganas de salir volando por la ventana.
Enseguida la atiendo, pues para eso soy el auxiliar del conserje, subalterno a prueba, el último mono de todos los monos de la selva, hasta el becario me manda a por el café de la máquina, ya te digo…, y antes de que ella entre ya tiene la puerta abierta de par en par, solo me falta ponerle una alfombra encarnada y lanzarle flores a su paso. Le hago un gesto con la mano que quiere decir: “adelante reina mora, estás en tu casa”. A veces dejo con la palabra en la boca a otros usuarios que estaban antes que ella, uno me pide un formulario, o una fotocopia, y otro… no se lo que me pide, que no estoy atento, que estoy en otra cosa; se quejan claro, pero a mí como que me da lo mismo.
Los segundos caminan despacio, todo se ralentiza menos Casandra y yo, ambos bailamos con el tempo armonioso, perfecto y justo. Me saluda con un desenfadado ¡hola niño! tirándome de algunos de mis rebeldes rizos, la normativa en vigor se empeñan en que no son adecuados, un día de estos tendré que cortármelos o me echaran a la calle. Estoy deseando cumplir los diecinueve, o los cien, para que Casandra me haga un poco de caso. Me guiña un ojo, y yo a ella… entonces ya no hay paredes que impidan escuchar el rumor del mar y hasta los trinos de todos los pájaros de lugar reunidos en coro y a una entonando el ¡Ay Casandra, qué buena estás!
Es tan evidente mi alegría que se me nota sobre todo a la altura de la ingle, por eso a veces no puedo ayudarla a repartir la correspondencia, hago como si tuviera que hacer otra cosa, o me pongo el portafolios, el porta firmas, el porta lo que sea delante de la evidencia inflamada, la emoción es lo que tiene, se desborda y no siempre puede controlarse ni falta que le hace.
La voz antipática de la Jefa de Negociado del Registro General pronuncia realidades con su ¿qué demonios pasa con el puñetero informe que no lo traes? Galopa su ordeno y mando por encima de mí, despacito, como si la bronca no fuera conmigo; bueno, no dice puñetero, ni jodido, sino dichoso, porque la encargada es una mujer contenida que a mí me da que nunca la han querido como se tiene que querer a una mujer, con todas las ganas y el cariño, una señora a punto de jubilación, más bien fea, para que nos vamos a engañar, y nacida en una familia donde seguro nunca ha habido un escándalo, al menos de la puerta de la casa para afuera, y provinciana, que es precisamente lo único que me gusta de ella, su aire pueblerino, lástima que lo disimule tan bien.
—¿Qué quiere decir ser una familia de bien doña Rosario? —le pregunto. Ni se digna contestarme, da taponazos furiosos con el sello de compulsas para hacer constar a tantos de tantos, lo avala y rubrica la funcionaria con nº de registro (---------- un número muuuy laaargo)
Ayudo a descargar la cartera de Casandra que hace que su hombro derecho se incline, si pudiera andaría detrás de ella a jornada completa llevando el peso que a ella le toca. Cuento con calma los paquetes y los sobres porque no quiero que se vaya todavía.
— No te vayas Casandra.
Casandra sonríe con su boca de rosa, con sus dientes de alba, con su cara de luna, con sus pechos de diosa.
Cuando se marcha todo se apaga; los muros de la oficina vuelven a ser tan grises como antes de que apareciera, el corazón late con el pulso pausado, aterrizo, me fijo en la mancha del suelo de algún descuidado que ha dejado caer el café, y mi jefa me grita un destemplado espabila chico, que ya son las tantas.



