martes, 23 de mayo de 2017

11 M




                                    Por ellos, por todos ellos



   Cuando intento hacer memoria de aquel once de marzo, me recuerdo bajo la urdimbre del decimonónico atrio de la estación de Atocha sentado en uno de los bancos de forja que hay junto al invernadero, húmeda cúpula protectora sobre las plantas tropicales: orquídeas, plataneras, helechos, palmeras, rosas chinas y hasta tortugas de agua ajenas al frío de la mañana. A mi lado, un trasnochador con la madrugada aún pegada a sus roncas cuerdas vocales, entonaba la canción de ¿Qué hace una gaviota en Madrid? del cantoautor canario Caco Senante. Y así es como me sentía siempre en esa ciudad, como un pájaro extraño y ausente, más aún entre el bullicio del hormiguero de la estación madrileña donde esperaba a mi hija María. 
   No es fácil ser padre desde tan lejos. De vez en cuando escapaba de las islas para ver a mi hija. Si su madre y yo nos hubiéramos perdonado el daño que nos hicimos, el que le hice; si hubiese podido estar más a menudo con ella, si no le hubiera insistido a María que faltara a sus clases aquel jueves… aún sigo conjugando el verbo haber en tiempo pasado y condicional. La conciencia de mal padre, o de padre a destiempo, me abruma y llena de pena. No puedo dejar de torturarme.
   A las 7: 34, conservo el mensaje, María me avisa de que llegará a la estación en cinco minutos…yque la espere. ¡Pues claro cariño! Me lanza un sonoro beso. Unos minutos más tarde Atocha tiembla. Son las 07:37; a las 7:38 explotan dos bombas más en la estación de El pozo del Tío Raimundo, y otra al mismo tiempo en la estación de Santa Eugenia. Cuatro bombas detonan a una en la calle Téllez, 500 m. antes de la entrada a la estación de Atocha llamada también del Mediodía. 
   Todo es un infierno. 
   Llamo a mi hija. Suena su móvil. La llamo mil veces. 
   Los primero que auxiliaron a las víctimas contaron que las llamadas de los móviles no paraban de sonar. Algunos heridos contestaban. Los muertos no podían, nadie se atrevía a contestar por ellos, al menos al principio.
   Guardo su recuerdo de la última vez que la vi en la misma estación de Atocha, llena de vida, subiendo al vagón nº 2 Era verano y vestía vaqueros rotos y una leve camiseta de tirantes. 
   A menudo, las estaciones siniestradas de Madrid se llenan de flores, retratos, oraciones y velas por mi hija María y 150 españoles más.
   Y por los 16 rumanos.
   Por los 6 ecuatorianos.
   Por los 4 polacos.
   Por los 4 búlgaros.
   Por los 2 dominicanos.
   Por los 2 marroquís.
   Por los 2 ucranianos.
   Por los 2 colombianos.
   Por los 2 hondureños.
   Por el brasileño.
   Por el cubano.
   Por el senegalés.
   Por el chileno.
   Por el filipino.
   Por la francesa.
   Por los dos nonatos de tres meses y ocho meses de gestación. Por sus madres, una de ellas sobreviviente. 
   Por todos los de la madrugada negra de Mánchester, por todos los que mueren en nombre de la intolerancia en cualquier rincón del mundo.
   Y aunque me duela, intento recordar a mi hija como la última vez, sonriéndose a si misma en la imagen reflejada del cristal de la ventana de un tren tan encarnado como la sangre vertidas de las 191 víctimas mortales de los que se hacen llamar salvadores.
   Yo los llamo asesinos hijos de putas.











miércoles, 17 de mayo de 2017

El Dios del estanque dorado


                                        Obra del pintor hiperrrealista Iraní "Iman Maleki"



                                                     

 

 

«Caminando en línea recta, no puede uno llegar muy lejos»,  dice  el abuelo pronunciando la frase como una sentencia. El niño asiente muy serio, como si comprendiera,  y yo, desde mi reino líquido, sonrío. Los dioses sabemos sonreír, se hace torciendo hacia arriba la comisura de los labios. Así. También puedo  leer los pensamientos de quienes asoman a mi espejo. Sé que a Pepito no le interesan los senderos aburridos, si lo dejaran, preferiría correr aventuras.

«Mamá  no me  deja salir, tiene miedo de que me  ocurra alguna desgracia como pasó con papá.  Miedo que me  pierda, de que me atropelle un camión, de que un meteorito caiga sobre mi cabeza,  o de que me rapte unabandadealbanocosovares. Mi madre  lo dice  así, todo seguido sin respirar.  Por eso, cuando voy al parque, tengo que ir de la mano de mi abuelo, el de las frases raras, aunque algunas veces parezca que lo lleve yo a él»  

Al pequeño no le importa la meta, menos aún la  zanahoria-premio al mejor corredor de caminos rectos. Tampoco sabe que existo y que soy el que soy: el Dios del estanque dorado.

Llamo al niño. Pepito asoma  por el borde de piedra.

     Chiquillo... illo... illo...

     Blande una espada imaginaria, aprieta la empuñadura  dispuesto a defenderse de los dragones del parque,de los ogros devoradores de niños,   de las ramas secas del árbol que rozan su espalda, de las ranas que croan, de las que no croan también, de la perca gigante que nada tranquila… la sombra de  su cuerpo  en los cantos del fondo  cristalino, hace que parezca  que dos peces, uno rojo y otro negro,  naden a la misma vez con  exactos movimientos.  Un baile.

     Vuelvo a llamar con mi dulce voz impostada: escucha... escucha... cucha...cucha…

   «Esto no me gusta, no es divertido», piensa Pepito. Para ganarme su confianza cambio de estrategia. Ya no soy un Dios,  ahora soy un grillo, froto mis patas contra las alas y los chirridos envuelven al niño por todos lados, no sabe si sueno por aquí, o por allá.

    Pepito... pito... pito..., no temas,  solo soy un grillo, cri-cri.

   Enseguida se pone a buscar debajo de las piedras, entre las hojas, hasta que me encuentra y dice, y digo, decimos los dos: ¡qué guay... qué guay... qué guay!

     Ahueca la mano como si fuera una copa, y con cuidado, sin cerrarla del todo, enseña al abuelo su presa antes de guardarla  en su gorra de lana.   Me lleva a su casa. No puedo respirar, como soy un Dios me convierto en aire, ¡zas!, ahora soy aire, antes fui grillo, y agua, también fui luz y antes de la luz, puede que sombra. 

   Cuando el niño abre la gorra-jaula salta un pequeño pez. Pepito abre asombrado la boca. Con  un mágico ¡allez hop!,  hago que su último recuerdo fuera pillar un pescadito   en vez de un grillo, ¡qué listo soy!... y corriendo corriendo, el chico me arroja a un círculo abombado del que, por muchos esfuerzos que hago, no puedo escapar. A través de sus paredes miro a Pepito que me mira a mí. Le ordeno que me libere, pero nada, no hay manera, por lo visto lejos del estanque solo soy un  prisionero sin poderes celestiales al que tienen que alimentar porque si no, la palmo.

     Pasa el tiempo, no sé cuánto, ¡el tiempo de los humanos es tan constreñido! Sé contar siglos, milenios, eternidades, pero no los segundos que ruedan  despacio dentro de esta cárcel de cristal.

     Y por fin, un día me sacan de mi letargo, me bambolean y agitan. A través de la ventana del coche, puedo ver desfilar los paisajes de manera precipitada: trozos  de cielo, pedazos de nubes, algún pájaro,  los postes de la luz. Veo el cuerpo de Pepito piramidal, desde el regazo que me sostiene parece un gigante, sus manos son enormes, dos manchas blancas que rodean mi cárcel traslúcida, su cabeza se pierde en las alturas, parece un Dios. Ahora asoman las copas de los árboles del parque donde moraba en mi  paraíso acuático. Lo dejamos atrás, y con él mis esperanzas de regresar al dorado reino del estanque.

   ¡Ya llegamos, abuelo!

   Las manos de Pepito sostienen la esfera que me circunda y con un grito de alegría me lanza al agua. Un mar agitado, inmenso, salado,   donde nadan  peces mayores que yo, otros dioses que me devoran enseguida. Desde el estómago de uno de ellos escucho a Pepito feliz gritando un: ¡adiós, adiós, que te vaya bonito!

 

 





                                           Tara - Isabel Caballero



jueves, 11 de mayo de 2017

ESan Dionisio






                                   San Dionisio



   Simón, el antiguo sepulturero, me contaba la historia del cementerio en mayestático equilibro,  y es que era uno de esos borrachos dignos que casi nunca perdía las formas;  parecía un ilustrado guía de voz engolada cuando hablaba sobre San Dionisio.
   —En 1893 una epidemia de cólera invadió la isla diezmando  sus habitantes, fue especialmente cruenta en ésta zona. Fue entonces cuando  hicieron San Dionisio; el antiguo cementerio no daba para tanto cuerpo.
   Enseñaba el lugar con un amplio gesto de la mano que abarcaba las desvencijadas tumbas, las cruces,  el ángel de la entrada, la que antaño fuera  capilla y luego  un cuarto de aperos.
   Un bajo muro  separaba el cementerio de la playa y del chiringuito,  donde Simón y yo,  siempre acabábamos tomando algo.  El tipo me caía bien.
   —¿Cómo van las cosas? —se interesó mirando  los planos del futuro tanatorio de tres plantas con vistas al mar.
   —¿Quitarán todas  las tumbas?, mire,  tengo a mi madre enterrada allí. —Señaló una de ellas.
   —Conservaremos la capilla y el ángel, no modificaremos demasiado el  recinto original. Este lugar tiene carácter, la tendencia actual es combinar lo clásico con lo puntero, ¿entiendes de lo que hablo? —le pregunté enderezando los planos que Simón miraba del revés; el ángel y su flamígera espada boca abajo como un mal presagio.
     Simón se entristeció sin motivo aparente. Se le escaparon dos lágrimas. Una resbaló despacio  haciendo un camino sinuoso hasta la barbilla, la otra se detuvo junto al lagrimal.  Lloraba  con gravedad y en silencio.
   —¿Llevas mucho tiempo  trabajando aquí, Simón?   
   —Hasta que lo cerraron, de sepulturero, de jardinero, de lo que fuera… Tenía las tumbas como la patena,  mire que pena como crece ahora la maleza, aquella siempreviva la planté en el 74,  justo el año que cerraron el cementerio.
   —¿Cuántos enterrados hubo a causa de  la epidemia?
   —Creo que del pueblo y alrededores  unos cuarenta, a mí me emplearon en el 55,  y al cierre de cementerio  me dieron la patada.   
    —¿Tu padre también era sepulturero?
   —Al principio sí, luego trabajó en la carretera, casi todos los presos ayudaron a construirla, a muchos de ellos los mataron.
   —¿De qué presos hablas?
   —¿De cuáles van a ser?, los  de la guerra, invíteme a un trago por caridad que sea de ron si puede ser.
   Lo dijo todo seguido, sin respirar. Pedí otros dos rones y al rato volvió  con la misma cantinela.
   —La tengo ahí a mí madre… no le pude conseguir  su  medicina. La penicilina solo la podían conseguir los ricos.  Como el  camposanto es suyo, cuando la espiche  podría  hacerme el favor  de enterrarme con ella o junto a ella.
   Desistí de explicarle al infeliz el significado de  una multinacional.
   De aquella noche conservo un  vago recuerdo de imágenes turbias: Simón y yo bebiendo y cerrando bares; Simón dando un discurso subido a una mesa;  Simón defendiéndome con un león en una pelea con alguien…
   Cuando desperté, estaba aterido en el suelo de la capilla, pegado a la espalda de Simón, compartiendo una manta que hedía. Se dio la vuelta y me sonrío. No sabría decir que apestaba más, si su boca etílica, o el raído cobertor que aparté con asco.
   Unos días después, excavando el solar  adyacente al cementerio encontramos otra fosa.
   ¡Carajo! A lo mejor mi padre está entre estos desgracios. Dios lo tenga en su gloria —exclamó Simón persignándose varias veces.
   —No le cuentes esto a nadie.
    Enseguida comuniqué el hallazgo a la empresa. La consigna fue seguir trabajando, echar cemento sobre la fosa extramuros, despedir al maquinista y a los peones, pagarles un sobresueldo a todos y contratar gente de fuera. 
   Eso hice. Desde entonces siempre tengo sed.
   Y después,  una larga nebulosa, un rosario de días iguales los unos a los otros, días de medir a golpe de pasos tambaleantes el cementerio porque nunca encajaban las variables medidas: unas veces se alargaba unos metros hasta el fondo, otras parecía ensancharse y comerse parte de la arena de la playa. Días de borracheras que terminaban, a menudo,  durmiéndolas en la capilla junto a Simón.
   La carta de despido no tardó en llegar. Motivo: incumplimiento del calendario establecido para  finalización de la obra.  No tenía coartada, ni justificación. Recuerdo que sentí alivio.
   Le entregué el dossier de documentos al nuevo técnico, un joven bien peinado de camisa blanca  y  cartera al hombro.
   Nos tomamos la penúltima Simón y yo, mientras, desde la tasca,  mirábamos al eficaz   perito midiendo  de nuevo  el pequeño cementerio de San Dionisio.


   

jueves, 4 de mayo de 2017

Al son de un bolero





                                                 

                                                        AL SON DE UN BOLERO





   No soporto los momentos posteriores en los que no está, o parece que no está, tan lejos y distante de mí. No entiendo cómo puede quedarse dormida de esa manera, a medio gesto. Cuando acabamos, con los ojos cerrados se sube su prenda de seda y se derrumba boca arriba, así, sin más. Por fuera es tan suave como la ropa que suele rozarla, todo a su alrededor combina con ella: el cobertor de terciopelo, las sábanas satinadas, las cortinas de gasa, tejidos de amable tacto; el tono de su piel tiene la cualidad de simular estar irrigada no por la sangre de sus venas, sino por una materia mucho más sutil, puede que nácar, marfil, o amaneceres rosas. Parece estar hecha de algodón y armiño, y sin embargo, es de acero inoxidable.
   ¡Vaya por Dios! Vuelvo a ponerme romántico, algo que ella odia. Tampoco le gusta que me encorve cuando camino, que no me implique en los negocios como debiera, que no gane más dinero, ni tenga éxito social, que no especule, ni medre, ni aumente. A mi mujer le gustan muy pocas cosas de mí, al fin y al cabo solo soy un don nadie de inclinada espalda y gesto huraño, un escritor devaluado en articulista semanal.
   En la cama le gusto menos aún puesto que ya no ejecuto. Llama ejecutar, con cierta ironía cáustica, al hecho fáctico diario de meterle el sexo erecto y follarla hasta que se duerma. Es como si tuviera un clítoris enterrado en la vagina y solo sintiera placer con ella, por ella, con ella. Busca el orgasmo desesperadamente por esa única vía, y luego, se queda dormida en un instante, a veces conmigo todavía dentro. Pero eso era antes, ahora ya no ejecuto.
   Es preciosa. Su vientre no se ha deformado por los dos embarazos, las niñas están hechas a su imagen y semejanza: bonitas, insistentes, voluntariosas…, cuando crezcan tendrán un hombre a su lado que sabrán encorvar con un gesto sumiso similar al mío, con exacta curvatura de espíritu.
   Sí, hubo un tiempo en que la quise, ya no, en absoluto. Cuando rasco la superficie de su piel, asoma la cabeza del ocupa que vive bajo ella, un ególatra que se regurgita a sí mismo con un ombligo tan enorme como el de su patrona empecinada en hacer las cosas, todas las cosas, a su único e inapelable modo.
   Para el placer siempre el bolero de Ravel, una y otra vez la insistente cantinela que a fuerza de repetición conozco de memoria el momento exacto y justo en que debo acelerar o contener para que pueda llegar a su cima.
   A menudo me pregunto si la odio.
   ¡Miradla! Ahí está dormida, con la derecha aún sostiene al amante nervado que nunca falla, sustituto eficaz…, me lo ha quitado de la mano con rabia e impaciencia. Lo tomo con la punta de los dedos, con precaución y asco, como si fuera un monstruo fálico a punto de escupirme, con cuidado vuelvo a guardarlo dentro de su estuche, lo escondo en el tercer cajón de la cómoda envuelto en una suave enagua blanca no sea que las niñas lo descubran. Luego quito el puto bolero de los cojones, y en su lugar, escucho el nocturno de Satie.










sábado, 29 de abril de 2017

El teatrillo


                                                                EL TEATRILLO  



   ¡Cataplaf! Lo mejor que me sale son los desmayos y el morirme de repente aunque las huesudas rodillas se llenen de cardenales. Abiertos los ojos de mirar al vacío sin pestañear por lo menos un minuto seguido. La mano de la tragedia en el pecho, la otra extendida hacia el público que siempre aplaude un drama.
   Mi muerte preferida es el poco a poco con todo el mundo alrededor de mi lecho. Me gusta la teatralidad de la palabra lecho. Flota el dolor en el ambiente, cúpula de mis últimos agónicos momentos. Los ojos a media pestaña, generosa y pálida perdono a todos los que me ofenden. Soy una  actriz de azotea y teatrillo.
     El público se emociona, sí, que estoy muerta, no ciega, con el rabillo del ojo miro a los chiquillos sentados en el suelo de la primera fila; las niñas lloran más, los hombrecitos no, que los llaman mariquitas, mariquitas, y claro, se aguantan, hasta se ríen para disimular, todos ellos menos aquel niño chico que está en lo suyo estudiando extasiado el color y la textura del moco que acaba de extraer, como si fuera un precioso tesoro, de su nariz pecosa.
   La entrada cuesta cinco duros.  Mi hermana Yolanda es la portera. El que no afloja la pasta ni de coña entra, pero se admiten pagos aplazados en la libreta de cuadros de apuntar morosos que pone Pepito debe tanto, María ya pagó.
   — El compás vale por dos funciones... bueeeno vaaale,  por tres  que tiene estuche y recambios.  Anda..., pasa niño.
   Yolanda un lince para la cuentas. De una botella de refresco familiar saca diez vasos engañados con agua del grifo, nunca he visto un color fresa tan casi no llego a rosa, se excusa diciendo que  el busine es el busine, o como se escriba el negocio en inglés.
   Tenemos hasta una orquesta de violines,  cuando  hace   viento vibra   el techo de chapa ondulada  de nuestro teatrillo. El aire de la azotea sopla cuentos y disfraces de oropel.
   Número de magia por Mister Seeeeerrrrrgio, el hermano de Marta, la cosedora oficial  de hacer las coronas, los mantos reales, los vestidos de princesas y mendigos. Con sus manos pequeñas da puntadas, casi siempre torcidas, a la tela de los disfraces, o  pega estrellas de papel de plata a las cartulinas del escenario,  botones de nácar o de metal, todo lo que pille la urraca del costurero de su madre.
   Mister Seeeerrrrrgio muy bueno convirtiendo el agua en colores al pasarlo de un recipiente a otro. Aplauden mucho al mago, más que a mis desmayos. Claro que así cualquiera puede con su caja de Magia Borras, la vistosa capa forrada de raso rojo, el sombrero de copa y la varita mágica de hacer ¡Ale hop!
   A la hora del reparto de beneficios hay problemas. Mi hermana la cancerbera guarda el dinero en una caja de zapatos con un apretado elástico. Es desconfiada. Mr. Seeeerrrrrgio se empeña en que le paguemos más a él que a los demás. Yolanda dice que no, al final dice que sí,  el mago le ha puesto ojitos, y claro,   llegan a un acuerdo. 
   Los gastos se tienen que descontar. La habilitada infla más de la cuenta el haber, a ver a cuanto tocamos. Habla de inversiones, cartulinas, papel cebolla y palomitas. Lo de la inversión no convence a nadie, todos queremos cobrar ya.
   De repente se acabó todo. Las vecinas protestaron de tanta subidera y bajadera de chiquillos por las escaleras y nos botaron a la calle como agua sucia.




domingo, 23 de abril de 2017

La luz de mis ojos





                                               La luz de mis ojos



Cuando cae la tarde, en la franja violácea que separa el día de la noche y el silencio envuelve todas las cosas, salvo la clara certeza de que ya no te tengo… entonces mis pensamientos se agitan con algo muy parecido al desconcierto. Y como siempre, sigo levantándome a la misma hora, haciendo lo que suelo hacer siempre, porque soy una mujer sosegada menos cuando te pienso.

No siempre fue así, donde ahora hay costumbre, antes hubo esplendor: recuerdo aquellos no tan lejanos días gloriosos, cuando nuestras miradas apuntaban hacia el mismo esperanzador horizonte situado en el eje de aquel presente ya pasado, y con idéntica pasión gozábamos de casi todo, de las cosas grandes, de las cosas chicas; si ahora desfilaran de nuevo ante nuestros ojos pasarían desapercibidas, sombras veladas de lo que fueron. Quizás yo misma también sea una parodia, mueca de una pasión, ya pálpito inútil.

                              Él era la luz de mis ojos.

Mis amigas insisten en que tengo que salir, así, de modo imperativo. Como las quiero mucho accedo a sus cariñosas exigencias y me disfrazo de otra mujer casi guapa, casi alegre, casi viva.

En la fiesta, hago como si nada me afectara: sonrío cuando escucho a la concejala de festejos subir taconeando la tarima, y decir… no sé qué dice, lo de todos los años, supongo. La gente aplaude. Miro al músico soplador de micrófonos, probando, probando, un, dos, un, dos. Más tarde  levanto los brazos y coreo al grupo “Tekila” y su eterno Rock and Roll en la plaza del pueblo.

Ahora veo  a un hombre tan enano que roza el suelo. Lo conozco bien, más aún cuando niega, o reniega. Sujeta por la cintura a la bonita muchacha que tiene al lado, la mira como solía mirarme, del mismo modo y manera. Murmura algo a su oído, ella ríe, ríe, ríe…  y aunque su risa no se escucha con el barullo de la música, reconozco la alegría de sentirse deseada en  su cabeza inclinada hacia atrás, en  la curva perfecta de su cuello y los ojos iluminados de él cuando la admira. Se enciende el cielo  con los fuegos artificiales encuadrando de manera intermitente a la pareja que forman una sola figura. Ya no escucho nada... ni los petardos, ni el parloteo, ni la bulla del gentío, ni a mi amiga con un ¡será cabrón!, ni a la otra con un ¡anda, vámonos de aquí!

Él era la luz de mis ojos, ahora  hay un silencio espeso que envuelve todas las cosas.


     

miércoles, 19 de abril de 2017

¡Ay Casandra!



                                                    

                          ¡Ay Casandra!



   Cuando Casandra llega al despacho, mi cartera preferida, todo es de otra manera: se ilumina el día, con ella parece que entren todos los pájaros de la isla y se alegra tanto el espíritu que dan ganas de salir volando por la ventana.
   Enseguida la atiendo, pues para eso soy el auxiliar del conserje, subalterno a prueba, el último mono de todos los monos de la selva, hasta el becario me manda a por el café de la máquina, ya te digo…, y antes de que ella entre ya tiene la puerta abierta de par en par, solo me falta ponerle una alfombra encarnada y lanzarle flores a su paso. Le hago un gesto con la mano que quiere decir: “adelante reina mora, estás en tu casa”. A veces dejo con la palabra en la boca a otros usuarios que estaban antes que ella, uno me pide un formulario, o una fotocopia, y otro… no se lo que me pide, que no estoy atento, que estoy en otra cosa; se quejan claro, pero a mí como que me da lo mismo.
   Los segundos caminan despacio, todo se ralentiza menos Casandra y yo, ambos bailamos con el tempo armonioso, perfecto y justo. Me saluda con un desenfadado ¡hola niño! tirándome de algunos de mis rebeldes rizos, la normativa en vigor se empeñan en que no son adecuados, un día de estos tendré que cortármelos o me echaran a la calle. Estoy deseando cumplir los diecinueve, o los cien, para que Casandra me haga un poco de caso. Me guiña un ojo, y yo a ella… entonces ya no hay paredes que impidan escuchar el rumor del mar y hasta los trinos de todos los pájaros de lugar reunidos en coro y a una entonando el ¡Ay Casandra, qué buena estás!
   Es tan evidente mi alegría que se me nota sobre todo a la altura de la ingle, por eso a veces no puedo ayudarla a repartir la correspondencia, hago como si tuviera que hacer otra cosa, o me pongo el portafolios, el porta firmas, el porta lo que sea delante de la evidencia inflamada, la emoción es lo que tiene, se desborda y no siempre puede controlarse ni falta que le hace.
   La voz antipática de la Jefa de Negociado del Registro General pronuncia realidades con su ¿qué demonios pasa con el puñetero informe que no lo traes? Galopa su ordeno y mando por encima de mí, despacito, como si la bronca no fuera conmigo; bueno, no dice puñetero, ni jodido, sino dichoso, porque la encargada es una mujer contenida que a mí me da que nunca la han querido como se tiene que querer a una mujer, con todas las ganas y el cariño, una señora a punto de jubilación, más bien fea, para que nos vamos a engañar, y nacida en una familia donde seguro nunca ha habido un escándalo, al menos de la puerta de la casa para afuera, y provinciana, que es precisamente lo único que me gusta de ella, su aire pueblerino, lástima que lo disimule tan bien.
   —¿Qué quiere decir ser una familia de bien doña Rosario? —le pregunto. Ni se digna contestarme, da taponazos furiosos con el sello de compulsas para hacer constar a tantos de tantos, lo avala y rubrica la funcionaria con nº de registro (---------- un número muuuy laaargo)
   Ayudo a descargar la cartera de Casandra que hace que su hombro derecho se incline, si pudiera andaría detrás de ella a jornada completa llevando el peso que a ella le toca. Cuento con calma los paquetes y los sobres porque no quiero que se vaya todavía.
   — No te vayas Casandra.
   Casandra sonríe con su boca de rosa, con sus dientes de alba, con su cara de luna, con sus pechos de diosa.
   Cuando se marcha todo se apaga; los muros de la oficina vuelven a ser tan grises como antes de que apareciera, el corazón late con el pulso pausado, aterrizo, me fijo en la mancha del suelo de algún descuidado que ha dejado caer el café, y mi jefa me grita un destemplado espabila chico, que ya son las tantas.