lunes, 2 de octubre de 2017
Historia de una rubia
sábado, 23 de septiembre de 2017
Gato de azotea azul
Gato de azotea azul
Cuando el siroco sopla con su cálido aliento en dirección sudeste, una cúpula hedionda envuelve las casas azules de la aldea; sus habitantes tapian puertas y ventanas, taponan cualquier orificio por donde transite la peste de los pútridos restos de los carneros que inunda las calles tintadas de añil.
Casi todos los hombres trabajan en la tenería de las afueras del pueblo. Los más jóvenes remojan las pieles de los animales en los agujeros horadados en la piedra caliza, sacuden y restriegan los cueros hasta eliminar cualquier resto de carne o grasa, vierten sobre las pieles los odres que traen de sus casas con los orines de toda la familia y los suyos propios. Hacen bromas, ríen, juegan, comparan sus miembros de piel recortada en el prepucio, apuestan sobre quienes lanzan el chorro más lejano, más alto, o más potente, se creen ya hombres porque ayudan al sustento familiar aunque hasta hace sólo unos meses coreaban sumisos en la escuela los benditos Suras del Corán.
Bismillahir Rahmaanir Rahiim
En el nombre de Allah, clemente, misericordioso, Señor del Universo.
Todos trabajan en ella, o en el campo, menos las mujeres, el Imán, el ciego, y Abdel, el idiota sordomudo.
En el patio de la casa de la casamentera, abuela de Abdel, crecen los naranjos, la cidra y los jazmines con los que la vieja alcahueta hace fragancias, almizcles, resinas, aceites, pócimas, ungüentos y pomadas. Unta y perfuma a su nieto, al que llaman el endemoniado por los ataques que simula. El muchacho saber hacer como que tiembla, aprieta la mandíbula, su cuerpo fibroso se tensa hacia atrás formando un arco casi imposible. Procura siempre que ocurra el suceso en plena plaza o en día de mercado, cuando están transitadas las calles azules, de balcones y ventanas azules, de puertas azules y azoteas azules, todos se apartan del pobre infeliz que babea e invocan a Mahoma no sea que el mal de ojo se pegue.
En ausencia de sus maridos, las mujeres le hacen regalos, dulces, lo visten y miman. Nunca contará nada, no tiene lengua con la que hacerlo, ni oídos con los que escuchar. El trata a todas con la misma eficacia y brío, no demuestra preferencias. Abdel salta por los tejados de patio en patio, un gato silencioso. Besa los labios de Laila, tan dulce como dátiles, más aún que el fruto de la higuera. Lame sus pechos, ora uno, ora el otro, no se resuelve por ninguno, los junta y aprieta, su boca abarca entonces los dos. Se embelesa en la frontera del himen y ahí se detiene porque Laila es virgen, no quiere estropear su boda con el curtidor de pieles. Sabrá esperar, pronto estará casada. Mientras tanto, entra en Suleyma, antes hace una parada en la cama de la suegra, cuidadora de la honra del hijo ausente, no queda otra si quiere avanzar de mujer en mujer. Acaricia en el pasillo la cabecita morena de una niña de ojos negros, pronto crecerán y entonces... ¡Ah, entonces será suya!
El muchacho debe cuidarse del taimado ciego de la esquina, a veces cree que lo mira a través de sus legañas, también desconfía del Imán que llama a la oración desde el minarete, aunque se deja acariciar por sus manos en el hamman mientras el vapor del agua caliente los envuelve.
Entre la casa de su abuela y la de su preferida niña Laila habita un extranjero fumador de Kif. El dulce efluvio del cannabis de la vecina Ketama edulcora el patio azul. A menudo hace un alto en el camino, olvida sus citas, se entretiene, fuma y sorbe té con el extranjero, que mezcla la lengua árabe y francesa, y le cuenta historias que el sordo parece entender con los ojos como dos ranuras atentas, sonríen mucho y se comprenden. Abdel pasa los dedos con delicadeza por la piel de los libros de extraños signos que simulan hormigas negras en fila india ¡tan ordenadas!, prefiere las sinuosas volutas pletóricas de curvas de las azoras del Corán ¡tan bellas!
Si el chico fuma mucho, sueña, si sueña ensueña y se retrasa. Cuando por fin aparece de esa manera en la que asoma, ellas se quejan de que es tan pasivo y lento como una vaca, una vaca perfumada, aunque siempre se repone y entonces es gato zalamero de azotea azul, y ya perdonado, carnero que embiste y trepa por la piel de sus mujeres.
Tara - Isabel Caballero
jueves, 20 de julio de 2017
Mi fisio
Mi fisio es enorme, a medida que se acerca crece su magnitud.
—¡Ay Dios! —suspira con infinita paciencia.
—¿Qué habrás estando haciendo o mal haciendo qué mira cómo me vienes? —me regaña.
Sobre la camilla suelta los nudos amarrados del cuello, de la espalda y cintura… hay que desatar lo que con tanto empeño sujetamos.
Música de abrir chakras de fondo. Yo, la verdad, no distingo entre uno abierto de otro cerrado. Ninguna esencia que estorbe salvo un ramo fresco de hierbabuena etiquetado con “El vaso de mi amiga preferida”. Es mentira, a todas le dice lo mismo. Lo único que me molesta es el sonido de gotas que caen semejando una sutil cascada… me dan ganas de orinar, a ver cómo le digo a mi sensible fisio que apague la cansina cantinela de aguas tenues.
—Amiga, dime, ¿cómo te va?
—Bueeeno…, más o menos.
—¿De qué estás escribiendo ahora?
—Nada nada… de tonterías.
Ya sé que me quiere engañar con las preguntas, y que está agarrando por los cuernos mi problema del cuello. Me quejo, con un ¡Ay!
—Tranquila, estoy en ello. No sé qué te pasa hoy, no consigo relajarte.
Ahora va a por la glándula pineal y la madre que parió al sartorio, luego ataca al flexor, tiene que dejarlo suavecito, igual que a la línea rugosa del trocánter menor ¡au, sí, justo ahí!
—Pero calla mujer, y recibe…, a ver qué podemos hacer con esto.
Mi fisio es poeta y filósofo, sabe diagnosticar los males del cuerpo y ¿del alma? Tiene una voz suave y profunda. Sus manos curan, sus palabras calman, eleva el cuerpo y el espíritu hasta el nirvana, todos los chakras se abren incluido el séptimo, por lo visto es el más difícil. Mi fisio pesa ciento veinte kilos, bueno, ya no, que se ha amarrado el estómago, ahora come menos y acaricia peor, no se lo digo porque sigue teniendo manos de santo y además sabe escuchar, no le han extirpado el oído, ni la intuición de tocar justo donde se debe.
—Dime gigante fisio, ¿cómo sabes qué es ahí precisamente donde…?
—Es que tengo diez ojos en los dedos concentrados en tu cuerpo.
Me gusta cómo me deja la parte interna superficial del muslo, por arriba de la sínfisis del pubis, y cuando estira el tendón largo de la parte superior de la tibia. Tibia estoy ya yo. Tengo calentito el flexor de la pierna y el aductor, a punto de conversación lo tengo.
—Ahora cierra los ojos que vas a ver el cielo, mi niña. Así. Eso es.
Los cierro y veo la gloria bendita. Deja que duerma un rato antes de despacharme.
—Oye, no me faltes tanto que luego cuesta que tu cuerpo me haga caso, y llámame con tiempo, tengo la agenda a tope.
viernes, 14 de julio de 2017
La otra
LA OTRA
La oficiosa quiere que la saquen, pero el cura dijo que no, y lo elevó al Obispo; su Excelencia Reverendísima se negó, y lo elevó a prohibición; el pueblo dijo que sí, que sacarían a su Carmen bendecida o no, porque lo dice el pueblo y punto.
jueves, 6 de julio de 2017
Documento inédito de una nariz quevediana en su viaje a Las Afortunadas
Escarbé en la paja buscando al dueño del apéndice, para mi asombro, solo vide
la napia, e además, parlanchina.
Por obra de algún hechizo, las ñatas, liberta
de cara, pescuezo e cuerpo que la sostuviera, vocalizó en
perfecto castellano ausente del dulce timbre canario, un peninsular ¡pardiez!, a lo que contesté desenfundado raudo mi espada, pues
seguro era obra funesta del maligno o alguna burla de algún zagal, que haberlos haylos,
(zagales bromistas y encantamientos), pues… aunque ¡cosas veredes…!, ¿cómo ha de ser posible fablar sin boca, labios, dientes, paladar e lengua?
La nariz estornudó como estornudan las narices. Mi
condición de christiano bien nacido empujóme a responder con un
¡Dios os guarde!, a loquella contestó con cortesía de gracias. Establecióse dinmediato corriente de simpatía entre della e yo, hasta el punto que sentado a la sombra de la nariz, contóme su triste historia de elefante boca
arriba, reloj de sol, pez espada, pirámide invertida.
Resultó que habíase escapado de la cara de un celebrado
sonetista en la Villa de Madrid, e saltando de faz en rostro llegó hasta Cádiz; dallí embarcó hasta estas las Afortunadas donde
buscaba dueño donde aposentarse, aunque en su arriesgada aventura casi perece
entre el heno de donde la rescaté.
Luego que fuimos salido del camino y del lugar
dencuentro, ya más asosegado preguntéle la causa de su huida. Contó que ser frontispicio de un poeta era un
mal vivir, que aunque al principio el tal Francisco se apañaba con “una
olla de algo más de vaca que de carnero, salpicón las más noches, lentejas los
viernes e algún palomino de añadidura los domingos…”, desde que sus fieras sátiras molestara a
cierta gente por burlas que facía de chicos e grandes, ni a las viudas respetaba, menos aún a curas e
barberos, por lo que apenas hacían la merced de invitallo a su mesa, e si lo facían, lo ponían tan al fondo que era entrepuertas e comparsa de bulto, con lo que las viandas ni
olerlas, lo mejor se quedaba para los delantes.
Interesada la nariz en que tal me las aviaba, en como era la cocina de mi casa, que si estaba
surtida, si tenía dueña… pues todos saben quellas, las doñas, son las
que mandan de puertas para adentro. Parecióme mucho su interés
en las cosas domésticas que no
quedóme otra que confesar mi condición de no estar ni amancebado, ni conyugado,
e que folgar, no folgaba, salvo con
alguna ramera de baja estofa las pocas
ocasiones que disponía de ocho cuartos, y a veces ni de un cuartillo, a trueque de
recibir alguna purgación que otra, o
sarna e piojos de los catres poco dados
a lavativas. Al menos habíame salvado del mal de bubas, pero cierto es que poco
entraba a las mancebías.
—Yo, de
meretrices, ni olerlas, ¡por estas! —contestó la napia, aunque al no tener ni dedos
que llevarse a los labios, ni labios para besarlos, el juramento quedóse
cojo de gesto.
—Ha de saber vuecencia —razonéle
—, que los que entre papeles metemos la
nariz, somos magros de carne, solo hay
que vislumbrar lo enjuto e seco de mi semblanza,
además,
de conduta algo dispersa, que no sé si estoy fablando con una nariz de carne, huesecillos e cartílagos, o es cosa de fabulaciones algo enfermizas. Ya veis el escaso pecunio y poco yantar del que dispongo, e a no
ser por nuestros mayores, de mejor dinidá
e avíos, que de cuando en vez se apiadan
de mi condición rescatándome de las penurias e miserias que padezco, ya
sería defunto.
Despedíme apenado della, limpiéle una brizna de heno que aún restaba en
una de sus fosas e mostrelle el camino del convento dominico, a solo una legua
de camino, donde al menos las despensas, con fortuna, estarán abastecidas, e si no del todo, los espirituosos
e fecundos alambiques amenguarían sus penas.
lunes, 29 de mayo de 2017
Sueños de papel
SUEÑOS DE PAPEL
—Tengo una lancha preparada Rachid, solo hay que esperar a que el agua esté como una alfombra y no haya luna llena.
Rachid y su primo Muley hablan en voz baja junto al candil de petróleo cuya luz tiñe de tonos ambarinos los racimos de dátiles expuestos, incendia los higos secos, acentúa de amarillo el azafrán colocado en pirámide y el bermellón de las especias.
—¡Cuidado! —alerta Rachid.
Se sitúan junto al oscuro mostrador de la carnicería, fuera del oído de los guardias, detrás la rotunda espalda de una mujer marcada de glúteos, Gala Ifneña. Sobre ella, pende colgada de un gancho la cabeza ensangrentada de un camello con la mueca amarilla de los dientes y parece que sonríe plagada de movibles lunares negros, moscas ahítas de glotonería pegadas al pastelón sanguíneo, enorme, mil veces mil al tamaño de sus bocas. Las moscas no pasan hambre en Sidi Ifni. El carnicero es un muchacho con calva y camiseta de letras que pregona Green Peace , no casa nada el ecologismo con el muestrario de cadáveres a tanto el kilo.
El abigarrado mercadillo bulle en la noche del sagrado Ramadán al ritmo de la fiesta, al compás de la música.
—Te hago un regalo al ofrecerte un sitio en la barca, ya sabes que sobran los candidatos.
Rachid se siente inquieto, pregunta nervioso a su primo cuántos y quiénes embarcarán.
—Hibrahím, Abdelkader, Karím, los dos hermanos Abdalá y nosotros.
Sellan con un abrazo apretado el compromiso para la primera noche de mar en calma y tiempo propicio. Sus ojos brillan más que el carbón del anafe donde se asa la carne.
Baba mira en silencio los preparativos de su hijo.
—Padre, soy joven y fuerte, no hay trabajo, no hay comida... me muero de impaciencia, no soy un perro sumiso del reino de El Magreb, soy un hijo de la tribu de los Ait Baamarán, por mis venas corre un guerrero.
Rachid es un hombre aunque solo tenga dieciséis menguados años. Levanta el hijo la cabeza y el padre reza su rosario de cuentas de ámbar: En el nombre de Dios, el clemente, el misericordioso
Su hermana le prepara un tayin de pescado frito y pimientos aderezados con comino y salsa blanca de tahína; al sabor del sésamo parece que el cielo invada su boca. Naíma envuelve algunas tortas de msemen con miel y lo guarda en la mochila de su hermano, los españoles lo llaman dulces de pañuelos por la manera que tienen de doblarse sobre sí mismos en cuatro pliegues simétricos.
— Adiós Imma.
— Dios te bendiga hijo.
Su madre le da tres besos, el último en la frente, el de la bendición.
Enfila el puerto bajando por la calle del Generalísimo Franco durante el tiempo que Sidi Ifni fue colonia española, ahora llamada de Ibno Sina.
Cinco metros y medio de eslora y dos de manga a la búsqueda del sueño de papel, la residencia española. Detrás las luces de su pueblo se disuelven. No, no es niebla, son lágrimas que cristaliza la costa Ifneña.
Suena una sura en la noche sin luna, cantinela apagada que acompaña el sonido del motor de gasoil. Golpea el agua la proa con un monótono ritmo.
Guíanos por el sendero recto,
El sendero de quienes agraciaste,
No el de los execrados,
Ni de los extraviados
Muley vomita, Rachid pasa un brazo por el hombro de su primo y aguanta las arcadas mientras amanece o parece que amanece.
martes, 23 de mayo de 2017
11 M
Por ellos, por todos ellos




