sábado, 23 de marzo de 2019

Cuerno de cabra









   
   Carmen me presentó al profesor de filología a la salida del paraninfo. Todos comentaban la escena de la violación. Hacía una década que la película había hecho furor, y aunque el cine de culto, junto al de arte y ensayo, era lo que molaba, “Cuerno de cabra” me pareció un peñazo.
   Daba datos el profesor sobre la Bulgaria del siglo XVII y lo magníficamente ambientado del medio rural. Ahora, más de treinta años después, recordando aquellos primeros momentos, parecía que estuviera sentando cátedra con el manido discurso  y la puesta en escena de sus vastos conocimientos cinéfilos. Las caras embobadas de sus alumnas daban grima, solo faltaba que se bajaran las bragas para completar el gesto de rendición absoluta. 
   No, no me gustó nada “Cuerno de Cabra”. 
   Carmen, como siempre ocurría con su elocuente labia, era el epicentro de cualquier reunión haciendo competencia al verbo fácil del filólogo. En la tertulia improvisada ambos debatían como si les fuera la vida en ello.
   —¿Y tú qué opinas, María? —me preguntó el profesor.
   Me daba cierto apuro ponerme en contra de la favorable opinión general sobre la puñetera película. Solo tenía diecisiete  años, empezando mi primero de carrera. Era novicia en casi todo. 
   Fuimos al local donde solía reunirse una ecléctica muestra del panorama ochentero: ácratas, panfletarios idealistas de sueños fútiles; varios incipientes góticos mezclados con algún hippie trasnochado; alumnos de la escuela oficial de Bellas Artes junto a grafiteros oficiosos; artistas del pop, del punk-rock y demás aves transgresoras del paraíso. 
   Al fondo estaba el grupo de teatro en el que  Carmen participaba. Fue a charlar un rato con ellos dejándome sin su amparo. No sabía de qué hablar y no tenía, aún carezco de ella, la dialéctica y la soltura de palabra de mi inteligente amiga. 
   —¿Te gusta el sitio? —preguntó el profesor haciéndome partícipe de la conversación con preguntas poco comprometidas, como: ¿verdad María?, ¿a qué sí María? En ocasiones mis opiniones eran tan pocos convencionales que le hice sonreír sin proponérmelo. Si el filo reía, la pandilla improvisada reía más. Aquella noche me gané fama de graciosa sin serlo, por lo visto tenía golpes de efectos, (lo dijo en francés).
   Después de tocar el grupo canario “Teclado frito”, sonó Eric Clapton. Todos se pusieron a corear a la voz de “Cocaine”. El profesor se las ingenió para estar siempre a mi lado. Con su locuacidad didáctica me explicó que la letra estaba en contra de la droga y que Eric, (lo llamaba Eric, como si fuesen amigos desde la infancia), añadió en sus actuaciones en directo la frase de “that dirty cocaine”, por si no se entendía el mensaje de que la coca era sucia. Mucho más tarde supe la blanca causa de sus ojos brillantes y de sus puntuales verborreas. 
   Carmen volvió  bebiendo una cerveza a morro, ya llevaba unas cuantas, aunque el alcohol raras  veces hacía mella en ella. Se sentó a mi lado. Todo en su actitud indicaba su protectorado. “Coto privado”, advertía el brazo, que sin rozarme, mantenía sobre el respaldo de mi asiento. 
   —Mira el cabronazo —dijo mi amiga entre dientes, señalando con la barbilla el póster de un heavy metal satánico de afilados cuernos. Según la postura que adoptara el filo, la cornamenta daba la impresión de coronar su testa. 
   El profesor, ajeno a la burla, garabateaba algo en una pequeña libreta. Improvisó unos bellísimos versos sobre el juego de sombras de mis pestañas y la línea de mi perfil, al parecer, perfecta. Los rompí cuando encontré, tiempo después, en uno de los bolsillos de su gastada chaqueta de ante, el mismo, exacto, dulce, exquisito poema sensible, salvo la dedicatoria a otra muchacha tan crédula y entregada como yo.
   Me enamoré de él enseguida, tardó en meterme en su cama lo que él quiso que tardara. Yo era virgen, la única virgen, seguramente, en todo el recinto universitario; una virgen con cara de virgen con el sello de virgen estampado en mi frente. Yo era virgen de todo menos de la boca de Carmen y de su férreo control. Una virgen de nombre María.





                                           Tara - Isabel Caballero



viernes, 11 de enero de 2019

Algo parecido a una carta de amor mientras escucho un saxo







                  Algo parecido a una carta de amor mientras escucho un saxo



   Cariño, te escribo desde la mesa de la cocina, a mi lado hay un centro de naranjas de la China China China que tú llamas mandarinas, ¡huelen a gloria bendita!
   Cuando leas la presente, parece que te estoy viendo, seguro sacarás el lápiz amarillo de penalizar las terminaciones en “inas”. Apunta siete.
   Ahora salgo a pasear, ¿me ves?, estoy paseando. Se me quedan las cosas, todas las cosas, colgadas de los ojos, y es que me fijo mucho para después contártelas. El cielo es más amplio desde que te escribo. Mira, en la playa hay una joven madre tumbada boca abajo sobre la arena. Su niño chico, más de dos años no tendrá, le ha parecido que el lugar más cómodo es el trasero de su mamá, se ha sentado satisfecho en el curvo sofá, claro que pronto se cansará de su mullido trono porque los niños son así, se aburren de los juegos enseguida. Me gusta contarte esto porque sé que vas a sonreír. Hacerte reír siempre me ha resultado fácil, que me quisieras para “los siempres” un imposible.
   Escucho el mar que va y viene, a veces solo parece que viene. De vez en cuando, una ola mayor que las otras hace más ruido que las demás al llegar a la orilla, en su retroceso los cantos y piedras que arrastra la resaca suenan a... no me sale la palabra, ¿cómo llamarías al sonido de las piedras cuando retroceden? Escríbeme y cuéntamelo, cuéntamelo de esa manera tan tuya, colocando las palabras como gemas preciosas, una tras otras, íntimas, sin estorbarse. Cuéntamelo a tu manera, ya sabes de lo que hablo.
   ¿Recuerdas cuándo los tres, el schnauzer, tú y yo, éramos tan felices? , claro que la felicidad tiene la mala costumbre de comportarse con efecto retroactivo, cuando se escurre de nuestras vidas nos recuerda aquella vez en la que ¡Ay! fuimos tan felices sin saber que lo éramos. ¡Vaya!, acabo de hacer algo parecido a un retruécano, que consiste en repetir una frase en el orden inverso de los elementos,   y ya sé que sonríes conmigo pues fuiste tú quien me enseñó  las figuras retóricas y sobre cómo dejarse llevar con el cuerpo. Sobre el manejo del  alma nunca hablamos.
   Me gustaría decirte algo interesante, como por ejemplo: “la labor incesante del sujeto trascendente culmina en la unidad última del sujeto y el objeto, (estoy recitando una frase de uno de tus sesudos libros olvidados en mi casa, en aquella nuestra casa). La leo una y otra vez... la labor incesante del sujeto extravagante... la extravagancia del sujeto cesante... y con franqueza, no tengo ni puñetera idea de lo que significa.
   Vuelvo a casa. Suena  un saxo mientras intento algo parecido a una carta de amor. Prometo no mencionar en ella las palabras prohibidas: Felicidad, Alma, Corazón, Siempre, Nunca, Adiós. Prometo pasar por encima de las frases grandilocuentes y comprometidas, no rozar las emociones, navegar entre dos aguas, mantener el tipo, ser equilibrada, acróbata de la cuerda floja, no respirar por si acaso duela, prometo sobre todo no amarte. Acabo de decirte una mentira.
   Y porque la vida es así,  te deseo que escribas bien y mucho, también a mí misma, no para que, como siempre, triunfes o yo consiga publicar, solo para que nos mantengamos en pie como hasta ahora hemos hecho.




                                          Tara  (Isabel Caballero)

domingo, 17 de junio de 2018

Hoja de ruta por la piel de mis mujeres










                                             Hoja de ruta por la piel de mis mujeres

            Versión corregida para nuestro concurso "Tintero de oro"



     

     Declaro estar firmemente enamorado de las dos, no podría prescindir de ninguna de ellas. Amo sus diferencias y sus similitudes, el pelo ensortijado y cobrizo de A, la manera en que la luz se enreda en la curva de cada uno de sus rizos; de B su corto cabello lacio que resalta el delicioso perfil de su nariz, sus ojos grises y algo miopes de mirada fija cuando me observan con el mismo rigor que resuelve ecuaciones. Adoro de A su intimidad de algodón de bragas blancas, siempre blancas, sin adornos, el vello púbico ligeramente más oscuro que su rojiza melena. Me gusta el vientre plano de la una, los pequeños pechos de areolas sonrosadas de la otra y, sobretodo, su entrega sumisa; de B el frunce de los labios cuando propone con su endiablada inteligencia juegos y situaciones.
     En ocasiones imagino que las mezclo aunque case tan mal el diálogo fluido de B con el tartamudeo retraído de A, el desparpajo existencialísta y estimulante de la primera, tan diferente de la cercana afectividad, de la ternura de mi muy querida muchacha. Pero a veces, solo a veces, me aburre porque es demasiado predecible, lo que me atrae de ella es también lo que me separa. Siempre tan igual a sí misma, tan tranquila, tan serena y mansa. Entonces es cuando recurro a la intensa B.
     Conozco a B desde siempre, fue compañera de escuela, alumna sobresaliente de ceño centrado y egoísta, jamás permitía la invasión de su espacio, su mano frontera entre su cuaderno y el mío, las mismas manos de uñas recortadas y diestras que en la granja de su padre manejaba con eficacia las ubres de las vacas. Yo siempre soñaba que alguna vez, con suerte, se moverían dentro de mis pantalones. En el instituto fuimos novios de besos y alguna caricia, pocas. Dejé de salir con ella porque quiso presentarme la comida nutritiva de su madre, a su robusto padre, a sus rollizos hermanos y hasta a la abuela inquisidora que enseguida determinó que no le gustaba nada un torpe canijo para su inteligente nieta. No nos vimos durante algún tiempo porque pensé que pronto engordaría como toda la familia, como las vacas de su granja. Ahora tiene un cuerpo de curvas perfectas y una mente privilegiada. Somos compañeros de Facultad en Ciencias Matemáticas y me conmueve hasta la erección la voluntad de su mano despejando incógnitas.
     Y aquí me tiene sujeto a su voluntad con cintas de cuero, le suplico que me suelte, necesito orinar, me estoy reventando. Dice que no, todavía no. Entonces es cuando pienso en A, mi dulce mujer obediente. Cuando le digo ven niña, ella lo deja todo y enseguida acude a socorrerme de la otra.
     Una es un solo de saxo trepidante y otra un lento slow blues.
     A es la potencia de la mecánica cuántica en mi lecho y en mi sexo, B la belleza que abarca todo lo simple.
     A una la someto, la otra me esclaviza.
     Son las constantes de mis días y el cielo estrellado de mis noches.
    B y A forman el abecedario completo, son ecuaciones perfectas, no tengo necesidad de despejar ninguna incógnita, ambas son binomio y complemento, inicios de un epitafio, las necesito en mi vida y en mi cama con la misma urgencia y en la misma medida porque soy navegante de la piel de mis mujeres con cuaderno de ruta sin rumbo fijo.
                               


                                      Tara (Isabel Caballero)






                          

miércoles, 16 de mayo de 2018

El padrino



                                                                       El padrino



   Cuando yo era pequeño, y de esto hace ya ochenta años, a Juan Cedrés, unos pocos minutos antes de fallecer le impartió los santos óleos el mismísimo obispo en persona. No era corriente que a un humilde hijo del pueblo le diera  la extremaunción tan alto cargo de la iglesia, para estos menesteres estaba el párroco con su hisopo de irrigar agua bendita, y si no llegaba a tiempo, la familia, vecinos y amigos le rezaban en el velatorio unas cuantas oraciones por el perdón de sus pecados.

   Mi padrino Juan, o Juanito, como solían llamarle cariñosamente, vivía del cambullón, un oficio de trueque, de toma y daca a pie de muelle. Además había que dominar idiomas, todo el mundo que se dedicaba al change sabía que moni-moni era dinero, libras esterlinas mayormente, y un guanijay (Jhon Haig), un whisky, y sobre todo había que tener ojo con los watchman, vigilantes del puerto. 

   Cualquiera no se podía dedicar al cambullón porque si se engañaba había que hacerlo con cierta mano izquierda, dar gato por liebre de manera delicada, es decir, que si se vendían pájaros canarios, se procuraba  que las criaturas fueran armoniosas en sus cantos, al menos durante el tiempo que durara la travesía. Y si no eran canoros de pura cepa, una manita de azafrán podía dar el pego..., si luego se desteñían por el camino, o se apagaban los dulces trinos, la culpa era de la niebla,  de  la extraña  alimentación de las lejanas tierras, o de la tristeza que producía la nostalgia isleña. Mi padrino siempre fue de la condición de engañar solo a quien se lo mereciera, aunque algún pájaro bueno vendió, según le diera. Como le daba pena enviar a los pajarillos a un lugar tan frío, endosaba  sólo a los que estaban viejos o enfermos para evitarles el suplicio. Juanito es que tenía muy buen corazón.

   Tan malos eran los tiempos y tanta miseria había, que fue preciso reglamentar el contrabando con cierta pátina legal dando parte a la Autoridad Marítima. El cambalache que se hacía en el mar era consignado como mercancía oficiosa, pues convenía estar a buenas con quienes, si querían, podían joderte la vida ya de por sí complicada. Nunca le faltó a quienes expedían los permisos reglamentarios, en Aduanas o en la Comandancia de Marina, puros y ron de Cuba, latas de galletas danesas, chocolate suizo, mantequilla holandesa, o su buen corte de paño inglés.

   
   Se formaron tres agrupaciones llamadas Taifas: la de “La Plaza del Puerto”, la de “El Refugio”, y la del “Muelle Grande”, a esta última pertenecía mi Padrino. Solía mediar entre las tres cuando había conflictos, dado su talante apaciguador y buen tino. 

   
   Centenares de pequeños botes se agrupaban en torno a los buques o en el muelle del puerto de La Luz terminada su construcción casi al final de la guerra. Juanito se dedicó sobre todo al intercambio con los barcos argentinos. La carne y la penicilina eran su especialidad. Él ofrecía canarios, mantelerías caladas a mano, también piñas de plátanos y tomates para la larga travesía. En la posguerra pudo hacerse rico, sin embargo, muchos isleños le deben no solo la salud, sino el haber pasado menos hambre de la que tocaba. Por eso empezaron a llamarlo Padrino. A mí me sacó de una meningitis, y a mi madre de unas fiebres malas que casi no lo cuenta. Ayudaba al que podía por pocas perras, y al que no podía pagar también socorría. Las putas del puerto se lo rifaban, no solo por sus medicinas milagreras, sino porque las trataba a todas como si fueran señoras. Nunca se casó el hombre, ni necesidad de hacerlo, no le faltó caricias, ni cariño, ni menos aún, el respeto.

 
   Cuando enfermó entre todos los vecinos le cuidaron, y hasta don José, el doctor, no quiso cobrarle ni un real, pues también le debía favores.

 
   El obispo llegó por fin a la casa del moribundo. Vino caminando desde la otra punta de la capital, y pegado a su pecho la custodia y los aceites de ungir cubierto del paño sagrado. Caminaba y sumaba peregrinos a sus espaldas. No se sabe si el señor obispo lo hizo porque le curó de algo, o porque ganarse al pueblo es de personas inteligentes, y dicen que este obispo era listo, más que otros que prohibían hasta los carnavales, la única distracción de las buenas gentes, de las malas también. 

 
   Le precedía la boca del pueblo que iba pregonando el recorrido.

 
   —Está saliendo de la Catedral de Santa Ana

 
   —Ya salió del barrio de Vegueta.

 
   —Ya va por la calle de Triana.


   —Ya está llegando.


   —Ya llega.

 
   Algunos vecinos tuvieron la idea de recibirlo bajo palio. A la alfombra persa de Sebastiana quisieron meterle cuatro palos para que hiciera de baldaquino o dosel sobre la cabeza del obispo, pero la mujer se negó porque sus buenos duros le había costado, y porque los de la feliz idea iban pasados de ron. No me viene a la memoria el nombre del tal obispo, por lo visto llegó a cardenal, por aquí le decimos el que le dio las últimas al pobre Juanito, que en paz descanse, con estas palabras: —Por esta santa unción, y por tu bondadosa misericordia, Juan Cedrés, que el Señor te ayude con la gracia del espíritu Santo, y te conceda la salvación eterna. Amén.

 
   El moribundo, ya cetrino y a punto de espicharla,  abrió los ojos, y con la voz trémula susurró: —Dígale al Señor que me perdone por el canario mudo que le regalé a usté para que se lo mandara al Santo Padre. Dígale que no me lo tenga en cuenta. 

 
   Dicha estas palabras se murió el hombre y no hubo a quien no se le mojaran los ojos. La calle se hincó a una, los hombres una rodilla sí, la otra no; las mujeres se cubrieron la cabeza con pañuelos, tocas, o cualquier tela o trapo que tuvieran a mano; la puta hermanada con la mocita; el dueño de la botica con el ciego de la esquina; la vecina cotilla rezando junto a la paseada de boca; el arrendatario y el arrendado.

 
   La noticia de su muerte corrió en pocas horas desde los corrillos de la puerta hasta la explanada frente a la bahía.


   ¡El padrino ha muerto!

 
   Rauda y veloz sobrevoló el istmo que une a la isleta con el resto de la isla llegando a todos los rincones: a los riscos y a los barrancos, a los arenales y a los frondosos bosques de pinos y tabaibas.
 
   ¡Se ha muerto el padrino!, pregonaban las bocas y la mala nueva llegaba a quienes moraban en los caseríos y habitaban las cuevas, a las cuarterías y a los sin techo, en la casa del pobre más que en la del rico. 
 
   ¡Que se nos ha muerto Juanito!
 
   Nunca por estos lares se vio entierro con tanta gente.






                                                                  Tara - Isabel Caballero

martes, 17 de abril de 2018

Pierna de carne negra







                       El enterrador (subtitulado "Pierna de carne negra")




     Abdelkader Makambo,  nacido en la tribu de Temne. Dice haber tenido, antes de la guerra, catorce hijos de sus tres mujeres, ha perdido la cuenta de los nietos y bisnietos.
     — Jefe, apunta sinco vaca y tresienta cabra y un poso. 
     Aldelkader cuenta su historia a José, médico voluntario, quién la escucha con la misma atención que presta a tantas otras historias parecidas. Escucha y anota, o hace como que anota, sabe que no son tantas las cabras, ni las vacas. 
     Abdel guarda la esperanza de que cuando la guerra acabe el nuevo gobierno le devolverá sus tierras y animales, y con suerte hasta su pozo. Lo cuenta con una retahíla monótona... resulta que un día, hace casi cinco años, llegaron los soldados reclamando el ganado, también a las mujeres jóvenes. No pudieron defenderse, no tenían armas. Mataron a los hombres y a los ancianos del poblado, a todos los que rebasaban una marca de seis palmos hechas en el tronco de un árbol con el mismo machete con el que hendieron su cabeza, lo dieron por muerto, sin embargo,  la voluntad de Alá otorgó que viviera aún con la cabeza sajada, una enorme cicatriz blanca en el mapa negro de su rizada cabeza. Luego envenenaron el pozo y quemaron la aldea. Lo cuenta como quien reza, desgranando las palabras en el mismo y exacto tono con el que enumera yo tenía tantas cabras y también un pozo.
     — Apunta poso, no olvida tú de poso.
     —Y un pozo.
     Ahora que ya no tiene familia, trabaja por un plato de comida al día en La Misión de San Michael, un viejo hotel desvencijado en la franja costera no demasiado lejos de Freetown. Traduce los diversos dialectos de los heridos y enfermos, de los moribundos que se acercan a la Misión. También abre hoyos para enterrar a los muertos, tiene los brazos fuertes de tanto cavar. 
     Cuando llega algún chico herido con restos aún del uniforme de la guerrilla, Abdel se niega a hablar con ellos, más  aún a enterrarlos si mueren, no hay fuerza humana capaz de convencer a Abdel de que son tan víctimas como el resto. Cuando se cruza con alguno escupe a su paso, no le mueve a piedad que les falte, por culpa de las minas, una pierna o puede que dos, y los odia tanto que, a escondidas de los misioneros y personal sanitario, desentierra sus cuerpos para ponerlos en dirección contraria a la Meca, luego da paladas de tierra sobre la fosa violada a la vez que echa maldiciones.
     Una mañana se acercó a la Misión uno de ellos renqueando con el muñón de la pierna vendado con restos del uniforme enemigo, de su mano una niña pequeña que apenas se tenía en pie. El doctor la tomó en sus brazos dándole un poco de agua con suero que vomitó enseguida. De un solo vistazo Abdel supo que, otra vez, tocaría cavar. 
     —Pregúntale su nombre.
     Abdel saludó a la niña con el clásico wali bena, y le preguntó por su nombre, le gustaba poner el nombre de quienes enterraba. 
     —¡Wali bena! Me llamo Aditu Makambo, de la tribu Limba, hija de Abdelkader Makambo y Laila Makambo. 
     No dijo nada más. Hizo el gesto de tener cuatro años  enseñando cuatro dedos de su mano levemente alzada.
     El chico de la guerrera no se apartó en toda la noche de la esterilla donde la niña agonizaba, cuando dejó de respirar lloró sobre su pequeño cuerpo inerte como si fuera su hermano. 
     Al amanecer el enterrador cavó un agujero hondo, lo más profundo que pudo, debajo del enorme árbol del algodonero. El muchacho le ayudó a cavar. Enterraron con cuidado a la niña, un pequeño bulto envuelto en una tela azul, tan azul como el cielo de Sierra Leona. En un madero escribieron el nombre de Aditu, hija de Abdelkader Makambo.
     De una de las ramas del árbol que daba cobijo a la tumba, Abdel hizo una horquilla que ofreció al chico y que poco a poco fue perfeccionando para acoplar su pierna mutilada, tenía la certeza de que pronto jugaría al fútbol como los demás muchachos de la Misión, al fin y al cabo era amigo del Jefe, seguro que el doctor podrá conseguir una de esas piernas de metal y goma que parecen casi de verdad. 
     —Jefe, apunta bierna.
     —Una pierna ortopédica.
     —No apunta tú carne rosa Jefe, apunta bierna de carne nigra





                                  Tara - Isabel Caballero




miércoles, 4 de abril de 2018

Retrato de una mujer descalza que escucha un saxo



   

    Vuelvo a casa. Los edificios de la Avenida Marítima, puntos de fugas que huyen del parabrisas, se mecen en el retrovisor, bailan envueltos en bruma de asfalto, cristal y acero. Poemas urbanos. Van, vienen y desaparecen. Una curva los aleja. Sombras chinescas.
    En el rellano saludo a mi vecina, nunca tiene tiempo de nada, sin embargo siempre sonríe y corre, corre mucho. Está empeñada en regalarme un gato, o una planta, o un novio, o un libro de cocina de dificultad mínima. Una vez cuidé a sus niños, una urgencia dijo la mamá, desde entonces la piel blanca de mi impecable sofá aún conserva la huella de unas cuantas manitas  sucias. 
    Mi casa es lineal, minimalismo de comodidad sostenido a base de pisar despacho, nada estorba la vista: cremas, crudos y tostados, orden máximo. Nadie holla el espacio salvo mi sombra.
    Reviso el correo: “Vino Selección” avisa de un nuevo envío y el dentista me recuerda que toca sufrir martirio el jueves a las cinco y cuarto, sea puntual.
    Me acompaña en la bañera una copa de un merecido lágrima negro de intenso color cereza con toques de regaliz, potente y carnoso de expresivo final largo en el paladar. Un milagro.
    Suena un saxo ahora.
    Pienso en él. Sus esporádicas visitas eran de puro “cloretilo de vitulia”, cloroformo virtual, técnica depurada de caricias. Las persianas plateadas rimaban con el quédate un poquito más, anda, y con la luna que asomaba sin avisar como si fuera su casa y no la mía, descarada y muda. Su rejo silente sorprendía primero el suelo, después la pared vacía, la esquina de la cama, la seda de una prenda abandonada.
     Suspiro.
    Rompe el techo que hace ángulo con la pared un reflejo verde agua. Solo es el faro de un coche que ilumina a ésta mujer solitaria que escribe, y presta luz al cuadro rubricado de prestigio, grande, pactado de modernidad que dice no sé, no sé de qué voy, ¿y tú? 
    La orquídea del vestíbulo, vertical y estricta, amable guiño albo cuenta de que a lo mejor resulta que sí, que sí que vive aquí una mujer descalza que escucha un saxo. 
    Sí. 


                                        Tara - Isabel Caballero

miércoles, 28 de marzo de 2018

Viernes de Dolores





                         Viernes de Dolores

   El sargento Pellicer miró a la mujer por encima del carnet de identidad que sostenía en su mano. Nadie diría, a primera vista, que había nacido en el año... parecía algo más joven... unos cincuenta como mucho, aunque quizás bajo la capa de maquillaje y del rojo de los labios perfectamente delimitados...
   —Así que Dolores García, ¿cómo es que se hace llamar Mimí? 
   —No me hago, todo el mundo me llama así, será por los años que he vivido en Francia. 
   Pellicer ya se había informado de que Dolores fue una de las tantas siervas de la Casa Grande de aquellos tiempos de la España profunda y rural en la que aún persiste, en ciertos sectores, el atavismo de respetar el olivar del amo, y sobre todo, de envidiarlo, aunque éste tuviera derecho de pernada y de lo que le diera la gana al señorito. Es lo que pensaba el sargento poniéndose inconscientemente de parte de Dolores o Mimí. Él también era hijo de campesinos. 
   —Y antes de que lo averigüe, sí, fui puta y a mucha honra, pero ya no, pregunte a quien quiera. Sabrá usted también el éxito que ha tenido mi taller, por fortuna. 
   Cuando se quedó preñada del señorito le dieron unos dineros, no mucho, con el que se fue a París donde tenía una prima sirviendo. Después de parir a la criatura y agotado lo poco que tenía, Mimí se ganó la vida trotando la misma orilla izquierda donde los tardíos existencialistas que quedaban también se la buscaban, la vida y la compañía. En fin, una historia como tantas otras.   
   La niña le salió bonita y fina. Como la madre no quería que siguiera su mismo “trottoir”, desde que cumplió los trece la apuntó en un taller de confección para que tuviera oficio y que no viviera, como ella, de la entrepierna. 
   —Tenga en cuenta, señora García, que solo son preguntas rutinarias dada la relación que mantiene, que mantenía,   con don Eufemiano Sanabria. No obstante, puede negarse a responder y a consultar con un abogado si así lo considera. 
   —A ver qué culpa tengo  de que el hombre haya fallecido,  que yo sepa, tener un querido no está penado por la ley. 
   Dolores miraba de refilón al sargento Pellicer anotando en en cuaderno de tapas negras todo lo que ella contestaba.  Le ponía nerviosa las cenizas del cigarrillo que el hombre se olvidaba de sacudir sobre el cenicero. 
   —¿Por qué motivo volvió usted a España hace... diez, perdón,  once meses? 
   —Por mi hija, no quería que siguiera los mismos pasos que yo, o que mi fama la perjudicara. Ya le he dicho que montamos un taller de costura aquí. 
   —Sí, ya veo, “Casa Mimí” —ratificó el sargento mirando su cuaderno —cerca del pueblo donde nació. ¿No habría sido preferible instalarse en alguna ciudad más importante? 
   Pensó que el policía no sabía nada de negocios. Precisamente por lo provinciano del lugar a las señoras le encantaba todo lo que sonara a extranjero, ella conocía bien a sus paisanos... hizo correr el rumor de que trabajó en uno de los “ateliers” de costura más importantes de París. Su pronunciación algo gangosa, el arrastre de las guturales erres y el fingido olvido de algunos giros castellanos hicieron el resto. 
   —Mi hija es una creativa magnífica, tiene un  arte especial con las tijeras; contratamos un par de modistillas del lugar para las tareas más rutinarias... eh voilà! 
   Si es que  no aprendía, en el fondo era una sentimental. Cuando casualmente vio al señorito, ahora señor, se le salió el corazón de su sitio. Él la miró como los hombres miran a las mujeres guapas y al poco estaban charlando animadamente en una de las cafeterías de la pequeña ciudad. No la reconoció y ella, por no romper el “charme” del encuentro no le dijo que la mujer elegante y cosmopolita que parecía admirar tanto, era la Dolores, o Lolita, como él solía llamarla. 
   —Así que  el señor Sanabria se vistió de nazareno en la casa de usted ¿no es así? 
   —De nazareno no, ésta vez iba de penitente. Yo misma ayudé a vestirle, si es que vivía más conmigo que en su propia casa, se encaprichó de mí, ya ve, aunque no soy su única querida, investigue usted. 
   —Ya lo hemos hecho. 
  —la mujer, la legítima, ya está más que acostumbrada a tanto cuerno. 
  El viernes de Dolores ella misma le colocó la túnica de lino blanca y la capucha marrón con la que se cubriría el rostro, le sujetó a la cintura la madeja hecha de cuerdas de cáñamo con la que luego se golpearía la espalda y hombros, y también la “esponja”, y además, le embadurnó los pies con aceite de oliva y romero para aliviar el camino; andar descalzo durante la procesión llaga los pies aunque libere de los pecados. 
   No tuvo otra que decirle quien era, y que la chica era su hija, ni por esa dejaba de rondarla  el muy cerdo, si es que tuvo que hacer lo que hizo porque no había otra. 
   —¿Y cómo sé yo que es mía? Puedes haberte quedado preñada de cualquiera.
   —¿Es que ya no te acuerdas? Fuiste el primero, luego claro..., ya en París no me quedó más remedio que...
   —La que es puta es puta. Anda, déjate de monsergas y  hazme eso que sabes hacer tan bien. 
   Le gustaba encañonarle la cabeza mientras le hacía su habitual felación, caprichos de señor.  
   Un día me va a matar, algún día se le va a escapar un tiro a éste pedazo de cabrón. 
   Por más que hizo por apartar a su hija de él, no pudo. Él era el que mandaba, y punto pelota, y si le daba la real gana se la quitaría ejerciendo el derecho de padre con tal de tenerla en su cama. Era lo que había. Sin más. 


   Mimí era muy cariñosa con sus queridos animales: cinco gatos, dos perros y dos periquitos. Los mimaba en exceso, la mejor comida especializada por razas. Le daba a sus mascotas algo que ella nunca había tenido: ternura y cuidados. 
   Eufemiano Sanabria cumplió la penitencia anual el Viernes Santo ante la imagen de La Dolorosa. Los penitentes asieron la empuñadura de las madejas de sogas y, balanceándolas golpeaban sus hombros y espaldas alternativamente, ora a la izquierda, ora a la derecha. Los flageladores perdían la cuenta de los golpes y a una señal del ayudante contador, paraban. El hermano cofrade, cuando considera que el arrepentido ya había cumplido, avisaba al práctico, quien le picaba la piel con la esponja, un instrumento de cera con seis cristales en forma de estrellas, doce pinchazos, pues doce eran  los apóstoles. 
   Las marcas de sangre de tantos arrepentidos pecadores manchaban las piedras de las calles como un sagrado estigma. 
   El señor del lugar no sobrevivió dos días a las heridas.  Las sogas de esparto y la esponja pasadas por las defecaciones de los perros, periquitos y gatos produjeron en el penitente una septicemia mortal. Murió entre escalofríos, fiebres altas, respiración acelerada y frecuencia cardíaca elevada. En su funeral se le trató como a un mártir y fue enterrado con todos los honores. 
   Un caso desgraciado, a veces ocurren esas cosas. No hubo más preguntas del sargento Pellicer. 



                                                Tara - Isabel Caballero