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viernes, 16 de noviembre de 2018

San Borondón









                                                                               San Borondón


    

   Durante los veranos de mi infancia vivíamos en una casa de amplios ventanales orientados hacia el este. Siempre tenía las persianas levantadas para recibir el amanecer. A menudo me despertaba unos minutos antes de la que la luz inundara mi cuarto dispersando las sombras de la noche. 


   El olor del café y del pan tostado encadenado en mi memoria a la casa de la playa de San Borondón, y sobre todo, a mi padre. Casi siempre desayunábamos juntos, éramos los dos únicos madrugadores en una familia de marmotas. Solía poner a tostar dos largas rebanas de pan “a punto de oro”, las untaba despacio de mantequilla hasta que se derretía impregnando el pan caliente, y luego añadía un poco de mermelada de naranja con su grado justo de amargura y dulzor.


   —Una mezcla perfecta —es lo que me gusta imaginar que diría él.


   —Como la vida —es lo que a mí me hubiera gustado contestar. Sin embargo, en silencio, nos limitábamos a contemplar cómo se levantaba el día.


   Sobre nuestra playa de San Borondón corrían muchas historias, entre otras, que por estas costas encontraron un trozo de madera, y en ella grabado en latín ésta leyenda: Hic Blandanus magnae Abistinentiae... lo que viene a decir,  por aquí anduvo san Borondón, varón de gran abstinencia.


   Un día mi padre me llevó a la iglesia de Santa Ana para que comprobara que la placa existía. Tuvo que pedir permiso al arzobispado, quien accedió con la prohibición expresa de no fotografiar nada. Y ahí estaba la reliquia protegida en un cofre metálico con frontis de cristal; el viejo madero corroído contaba que sí, que san Borondón, o Blandanus, anduvo y estuvo aquí, ahí, allí, y allá (no recuerdo los nombres de los muchos lugares),  y añadía en compañía de san Maclovio, san Malo, y otros monjes. Tuvimos que pasar las páginas que narraban sobre la isla de San Borondón, los procesos de la inquisición contra quienes osaban decir que existía la tal quimera,  algunos navegantes incluso afirmaban haber estado en ella. Leímos con las manos enfundadas en guantes,  con mucho cuidado. A nuestro lado un bedel, o guardián, custodiaba los viejos legajos y nuestra manera de tratarlos.


   Mientras amanecía sobre San Borondón, a mí me parecía ver más allá del arrecife y de la doble silueta refractada de una barca, el perfil del monje subido al lomo de una ballena celebrando misa de Pascua, tal como contaban los viejos libros del museo episcopal: hubo un tiempo en que se extendió la idea de que hacia poniente, no lejos de La Gomera, se alzaba otra isla de contorno triangular a la que muchos llamaron La Inaccesible, La Velada, La Non Trubada, La Encubierta, La de San Borondón. Y también narraban  que se cubría de celajes y encajes de bruma para no ser descubierta, rica sus orillas de púrpuras y sus valles frondosos pletóricos de árboles de frutos maravillosos, tan anchos que ni tres monjes juntos abarcarían sus perímetros.


   —Mira hija —señaló mi padre haciendo desaparecer de mi horizonte al imaginado fraile y a su isla misteriosa. En su lugar los calderones y delfines recortaban saltos sobre el mar en su paso obligado hacia las Azores. Sus ahusados cuerpos brillaban tanto bajo el incipiente sol como si fueran de oro.












lunes, 8 de octubre de 2018

Agradecer



Apreciados compañeros:


Quiero agradecer la fidelidad, lectura, comentarios y tiempo que habéis dedicado a la serie "Todo sobre mi madre" o "Todo sobre Federico". 

Me han convencido para presentar la serie a varios concursos de novela corta... a ver si hay más suertecilla que con la novela "Villa Herbania", que no hay manera de colocarla ;)

Ya sabéis los que tenéis experiencia en concursos que debe ser inédita y no estar publicada por ningún medio, así que la he guardado en borrador.

Un abrazo apretado y ¡a escribir compañeros!





domingo, 17 de junio de 2018

Hoja de ruta por la piel de mis mujeres










                                             Hoja de ruta por la piel de mis mujeres

            Versión corregida para nuestro concurso "Tintero de oro"



     

     Declaro estar firmemente enamorado de las dos, no podría prescindir de ninguna de ellas. Amo sus diferencias y sus similitudes, el pelo ensortijado y cobrizo de A, la manera en que la luz se enreda en la curva de cada uno de sus rizos; de B su corto cabello lacio que resalta el delicioso perfil de su nariz, sus ojos grises y algo miopes de mirada fija cuando me observan con el mismo rigor que resuelve ecuaciones. Adoro de A su intimidad de algodón de bragas blancas, siempre blancas, sin adornos, el vello púbico ligeramente más oscuro que su rojiza melena. Me gusta el vientre plano de la una, los pequeños pechos de areolas sonrosadas de la otra y, sobretodo, su entrega sumisa; de B el frunce de los labios cuando propone con su endiablada inteligencia juegos y situaciones.
     En ocasiones imagino que las mezclo aunque case tan mal el diálogo fluido de B con el tartamudeo retraído de A, el desparpajo existencialísta y estimulante de la primera, tan diferente de la cercana afectividad, de la ternura de mi muy querida muchacha. Pero a veces, solo a veces, me aburre porque es demasiado predecible, lo que me atrae de ella es también lo que me separa. Siempre tan igual a sí misma, tan tranquila, tan serena y mansa. Entonces es cuando recurro a la intensa B.
     Conozco a B desde siempre, fue compañera de escuela, alumna sobresaliente de ceño centrado y egoísta, jamás permitía la invasión de su espacio, su mano frontera entre su cuaderno y el mío, las mismas manos de uñas recortadas y diestras que en la granja de su padre manejaba con eficacia las ubres de las vacas. Yo siempre soñaba que alguna vez, con suerte, se moverían dentro de mis pantalones. En el instituto fuimos novios de besos y alguna caricia, pocas. Dejé de salir con ella porque quiso presentarme la comida nutritiva de su madre, a su robusto padre, a sus rollizos hermanos y hasta a la abuela inquisidora que enseguida determinó que no le gustaba nada un torpe canijo para su inteligente nieta. No nos vimos durante algún tiempo porque pensé que pronto engordaría como toda la familia, como las vacas de su granja. Ahora tiene un cuerpo de curvas perfectas y una mente privilegiada. Somos compañeros de Facultad en Ciencias Matemáticas y me conmueve hasta la erección la voluntad de su mano despejando incógnitas.
     Y aquí me tiene sujeto a su voluntad con cintas de cuero, le suplico que me suelte, necesito orinar, me estoy reventando. Dice que no, todavía no. Entonces es cuando pienso en A, mi dulce mujer obediente. Cuando le digo ven niña, ella lo deja todo y enseguida acude a socorrerme de la otra.
     Una es un solo de saxo trepidante y otra un lento slow blues.
     A es la potencia de la mecánica cuántica en mi lecho y en mi sexo, B la belleza que abarca todo lo simple.
     A una la someto, la otra me esclaviza.
     Son las constantes de mis días y el cielo estrellado de mis noches.
    B y A forman el abecedario completo, son ecuaciones perfectas, no tengo necesidad de despejar ninguna incógnita, ambas son binomio y complemento, inicios de un epitafio, las necesito en mi vida y en mi cama con la misma urgencia y en la misma medida porque soy navegante de la piel de mis mujeres con cuaderno de ruta sin rumbo fijo.
                               


                                      Tara (Isabel Caballero)


















                          Versión anterior


     Declaro estar firmemente enamorado de las dos, no podría prescindir de ninguna de ellas.  Amo sus diferencias y sus similitudes, el pelo ensortijado y cobrizo de A, la manera en que la luz se enreda en la curva de cada uno de sus rizos; de B su corto cabello lacio  que resalta el delicioso perfil de su nariz, sus ojos grises y algo miopes de mirada fija cuando me observan con el mismo rigor que resuelve ecuaciones. Adoro de A su intimidad de algodón de bragas blancas, siempre blancas, sin adornos, el vello púbico ligeramente más oscuro que su rojiza melena. Me gusta el vientre plano de la una, los pequeños pechos de areolas sonrosadas de la otra y, sobretodo,  su entrega sumisa; de B el frunce de los labios cuando propone con su endiablada inteligencia juegos y situaciones.
     A veces imagino que las mezclo aunque case tan mal el diálogo fluido de B con el tartamudeo retraído de A, el desparpajo existencialísta y estimulante de la primera, tan diferente de la cercana afectividad, de la ternura de mi muy querida muchacha. Pero a veces, solo a veces, me aburre porque es demasiado predecible, lo que me atrae de ella es también lo que me separa. Siempre tan igual a sí misma, tan tranquila, tan serena y mansa. Entonces es cuando recurro a la intensa B.
     Conozco a B desde siempre, fue compañera de escuela, alumna sobresaliente de ceño centrado y egoísta, jamás permitía la invasión de su espacio, su mano frontera entre su cuaderno y el mío, las mismas manos de uñas recortadas y diestras que en la granja de su padre manejaba con eficacia las ubres de las vacas. Yo siempre soñaba que alguna vez, con suerte, se moverían dentro de mis pantalones. En el instituto fuimos novios de besos y alguna caricia, pocas. Dejé de salir con ella porque quiso presentarme la comida nutritiva de su madre, a su robusto padre, a sus rollizos hermanos y hasta a la abuela inquisidora que enseguida determinó que no le gustaba nada un torpe canijo para su inteligente nieta. No nos vimos durante algún tiempo porque pensé que pronto engordaría como toda la familia, como las vacas de su granja. Ahora tiene un cuerpo de curvas perfectas y una mente privilegiada. Somos compañeros de Facultad en Ciencias Matemáticas y me conmueve hasta la erección la voluntad de su mano despejando incógnitas.
     Y aquí me tiene sujeto a su voluntad  con cintas de cuero, le suplico que me suelte, necesito orinar, me estoy reventando. Dice que no, todavía no. Entonces es cuando pienso en A, mi dulce mujer obediente. Cuando le digo ven niña, ella lo deja todo y enseguida acude a socorrerme de la otra.
     Una es un solo de saxo trepidante y otra un lento slow blues.
     Las necesito en mi vida y en mi cama con la misma urgencia y en la misma medida porque soy navegante de la piel de mis mujeres con cuaderno de ruta sin rumbo fijo.
    Hasta que ambas me descubrieron fui el más feliz de los hombres. Una fórmula tuvo la culpa: F=4.π.10-7.l2.L/2.π.1 “la magnitud de cada una de las fuerzas eléctricas con qué interactúan dos cargas puntuales es directamente proporcional al producto de las cargas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa” o expresado de otro modo “Dadas dos cargas puntuales y separadas una distancia en el vacío, se atraen o repelen entre sí con una fuerza cuya magnitud …“ en fin, lo que para una mente ordinaria son galimatías, para la prodigiosa inteligencia de mi muchacha B es una ecuación resuelta, la fórmula le hizo despejar la incógnita de que los momentos que no pasaba con ella existía la alta probabilidad matemática de que mantuviera una relación X, aunque puede que la fórmula no tuviera la culpa, sino las bragas blanca de algodón que encontró entre las sábanas, y a la desbragada volviendo a reclamar su perdida prenda, una evidencia imposible de rebatir ni siquiera por medio de alguna fórmula mágica.

sábado, 2 de junio de 2018

El mendigo del cementerio Staglieno




                                               El mendigo del cementerio Staglieno


   ¡Es tan fácil enamorarse de María! Me gusta todo de ella: los lunares de su espalda, la manera en que la brisa levanta su pelo cobrizo, el gesto de sus cejas cuando no está de acuerdo con algo, su modo de escuchar ladeando un poco la cabeza, y sus silencios, los silencios de María.
   —¡No me gusta nada el cementerio! —exclama mirando las estatuas de comerciantes acomodados, familias completas representadas en grupos del “ya no estamos, aunque fuimos lo más granado de Génova, contrabandistas de primera generación, descubridores de nuevos mundos, banqueros... "
    —¿De todo eso hablan las estatuas?
    —Sí—respondo —también cuentan que el mar mueve el dinero.
   —¡Gente lista! —hace el gesto tan italiano de poner todos los dedos juntos y agitarlos delante de mis ojos.
   Nuestras risas se confunden con las voces de una familia que merienda y toma vino de la Riviera italiana con su medida justa de sol y uvas. Sostienen con regio ademán las bases de las copas, gesticulan y hablan en zeneize, el sonoro dialecto genovés, que eso no es pronunciar, es rapsodiar, hacer lirismo de parola. 
   —Este pueblo sí que sabe decir la tua puttana con elegancia de gesto.
   No puedo evitar pensar que la mano de aquel ángel de piedra durará más, mucho más, que la curva de la garganta de la mujer que ríe, tan joven y hermosa, eleva el tono de voz justo al final de cada exclamación acentuando el vieni quí, Paolo vieni quí, que se escapa el niño Paolo entre las tumbas.
   María tiene un libro morado “La lingua italiana per stranieri”. Consulta en él unas palabras para contestar al mendigo hediondo y educado que le ofrece unas figurillas de escayola.
   —Mi escusi si la disturbo.
   —Oye, que el escayolista me habla y no lo entiendo.
   El mendigo se enfada, me pide que traduzca una frase para mi amiga.
   —Posso tradure questa frase? Io sono grande artista.
   —Que dice que te diga que es artista de los grandes, y que se llama Michelangelo, ¡cómo no!
   Me gusta de María el modo de aguantar la respiración haciendo como que no nota el hedor del desgraciado. Mira con interés las copias de yeso, le pregunta si las ha hecho él, le dice, mirándolas con atención, que son muy bonitas. Luego le paga un dinero exagerado para acallar la conciencia de tenerlo todo y que otros no se tengan ni a sí mismos. Por eso no le agrada el Cemiterio Staglieno, porque un mendigo le impide ver la belleza.
   —Anda, vámonos de aquí.
   Bajamos por La Via de Piazencia, no quiere ver como el guardián del cementerio echa al mendigo. Viste el celador uniforme granate tachonado de medallas e insignias, una banda verde cruzada al pecho, parece un general de opereta. 
   Es tan grato caminar bajo las sombras alargadas de los olmos, cipreses, algún olivo. La superficie veteada del paseo mil veces recorrido, desgastado de pasos, marmóreo y blanco, parece una novia velada porque hay algo de niebla.
   Nos despide  Miguelangelo agitando un trozo del cartón sobre el que duerme, lo mueve en el aire con tanta elegancia que más bien parece un duque representando a un mendigo. Su anillo refulge.
   — Addio addio!
   — ¡Adiós maestro!


                                                                 

                            Tara - Isabel Caballero

miércoles, 16 de mayo de 2018

El padrino



                                                                       El padrino



   Cuando yo era pequeño, y de esto hace ya ochenta años, a Juan Cedrés, unos pocos minutos antes de fallecer le impartió los santos óleos el mismísimo obispo en persona. No era corriente que a un humilde hijo del pueblo le diera  la extremaunción tan alto cargo de la iglesia, para estos menesteres estaba el párroco con su hisopo de irrigar agua bendita, y si no llegaba a tiempo, la familia, vecinos y amigos le rezaban en el velatorio unas cuantas oraciones por el perdón de sus pecados.

   Mi padrino Juan, o Juanito, como solían llamarle cariñosamente, vivía del cambullón, un oficio de trueque, de toma y daca a pie de muelle. Además había que dominar idiomas, todo el mundo que se dedicaba al change sabía que moni-moni era dinero, libras esterlinas mayormente, y un guanijay (Jhon Haig), un whisky, y sobre todo había que tener ojo con los watchman, vigilantes del puerto. 

   Cualquiera no se podía dedicar al cambullón porque si se engañaba había que hacerlo con cierta mano izquierda, dar gato por liebre de manera delicada, es decir, que si se vendían pájaros canarios, se procuraba  que las criaturas fueran armoniosas en sus cantos, al menos durante el tiempo que durara la travesía. Y si no eran canoros de pura cepa, una manita de azafrán podía dar el pego..., si luego se desteñían por el camino, o se apagaban los dulces trinos, la culpa era de la niebla,  de  la extraña  alimentación de las lejanas tierras, o de la tristeza que producía la nostalgia isleña. Mi padrino siempre fue de la condición de engañar solo a quien se lo mereciera, aunque algún pájaro bueno vendió, según le diera. Como le daba pena enviar a los pajarillos a un lugar tan frío, endosaba  sólo a los que estaban viejos o enfermos para evitarles el suplicio. Juanito es que tenía muy buen corazón.

   Tan malos eran los tiempos y tanta miseria había, que fue preciso reglamentar el contrabando con cierta pátina legal dando parte a la Autoridad Marítima. El cambalache que se hacía en el mar era consignado como mercancía oficiosa, pues convenía estar a buenas con quienes, si querían, podían joderte la vida ya de por sí complicada. Nunca le faltó a quienes expedían los permisos reglamentarios, en Aduanas o en la Comandancia de Marina, puros y ron de Cuba, latas de galletas danesas, chocolate suizo, mantequilla holandesa, o su buen corte de paño inglés.

   
   Se formaron tres agrupaciones llamadas Taifas: la de “La Plaza del Puerto”, la de “El Refugio”, y la del “Muelle Grande”, a esta última pertenecía mi Padrino. Solía mediar entre las tres cuando había conflictos, dado su talante apaciguador y buen tino. 

   
   Centenares de pequeños botes se agrupaban en torno a los buques o en el muelle del puerto de La Luz terminada su construcción casi al final de la guerra. Juanito se dedicó sobre todo al intercambio con los barcos argentinos. La carne y la penicilina eran su especialidad. Él ofrecía canarios, mantelerías caladas a mano, también piñas de plátanos y tomates para la larga travesía. En la posguerra pudo hacerse rico, sin embargo, muchos isleños le deben no solo la salud, sino el haber pasado menos hambre de la que tocaba. Por eso empezaron a llamarlo Padrino. A mí me sacó de una meningitis, y a mi madre de unas fiebres malas que casi no lo cuenta. Ayudaba al que podía por pocas perras, y al que no podía pagar también socorría. Las putas del puerto se lo rifaban, no solo por sus medicinas milagreras, sino porque las trataba a todas como si fueran señoras. Nunca se casó el hombre, ni necesidad de hacerlo, no le faltó caricias, ni cariño, ni menos aún, el respeto.

 
   Cuando enfermó entre todos los vecinos le cuidaron, y hasta don José, el doctor, no quiso cobrarle ni un real, pues también le debía favores.

 
   El obispo llegó por fin a la casa del moribundo. Vino caminando desde la otra punta de la capital, y pegado a su pecho la custodia y los aceites de ungir cubierto del paño sagrado. Caminaba y sumaba peregrinos a sus espaldas. No se sabe si el señor obispo lo hizo porque le curó de algo, o porque ganarse al pueblo es de personas inteligentes, y dicen que este obispo era listo, más que otros que prohibían hasta los carnavales, la única distracción de las buenas gentes, de las malas también. 

 
   Le precedía la boca del pueblo que iba pregonando el recorrido.

 
   —Está saliendo de la Catedral de Santa Ana

 
   —Ya salió del barrio de Vegueta.

 
   —Ya va por la calle de Triana.


   —Ya está llegando.


   —Ya llega.

 
   Algunos vecinos tuvieron la idea de recibirlo bajo palio. A la alfombra persa de Sebastiana quisieron meterle cuatro palos para que hiciera de baldaquino o dosel sobre la cabeza del obispo, pero la mujer se negó porque sus buenos duros le había costado, y porque los de la feliz idea iban pasados de ron. No me viene a la memoria el nombre del tal obispo, por lo visto llegó a cardenal, por aquí le decimos el que le dio las últimas al pobre Juanito, que en paz descanse, con estas palabras: —Por esta santa unción, y por tu bondadosa misericordia, Juan Cedrés, que el Señor te ayude con la gracia del espíritu Santo, y te conceda la salvación eterna. Amén.

 
   El moribundo, ya cetrino y a punto de espicharla,  abrió los ojos, y con la voz trémula susurró: —Dígale al Señor que me perdone por el canario mudo que le regalé a usté para que se lo mandara al Santo Padre. Dígale que no me lo tenga en cuenta. 

 
   Dicha estas palabras se murió el hombre y no hubo a quien no se le mojaran los ojos. La calle se hincó a una, los hombres una rodilla sí, la otra no; las mujeres se cubrieron la cabeza con pañuelos, tocas, o cualquier tela o trapo que tuvieran a mano; la puta hermanada con la mocita; el dueño de la botica con el ciego de la esquina; la vecina cotilla rezando junto a la paseada de boca; el arrendatario y el arrendado.

 
   La noticia de su muerte corrió en pocas horas desde los corrillos de la puerta hasta la explanada frente a la bahía.


   ¡El padrino ha muerto!
 
   Rauda y veloz sobrevoló el istmo que une a la isleta con el resto de la isla llegando a todos los rincones: a los riscos y a los barrancos, a los arenales y a los frondosos bosques de pinos y tabaibas.
 
   ¡Se ha muerto el padrino!, pregonaban las bocas y la mala nueva llegaba a quienes moraban en los caseríos y habitaban las cuevas, a las cuarterías y a los sin techo, en la casa del pobre más que en la del rico. 
 
   ¡Que se nos ha muerto Juanito!
 
   Nunca por estos lares se vio entierro con tanta gente.






                                                                  Tara - Isabel Caballero

jueves, 3 de mayo de 2018

El baúl de doña Gloria




                         El baúl de doña Gloria



     Le cantábamos con retintín aquello de “Valentín con el maletín con la pata coja no me pilla a mí”, total porque el muchachillo tenía un tic nervioso que le hacía caminar renqueando a veces sí, a veces no, según le diera. Su hermana pequeña, como Valentín, virtuosa del piano, aunque torpe para lo cotidiano; la niña se pegaba unos taponazos tremendos con los dichosos patines en los que se empecinaba en subirse una y otra vez hasta que se rompió los dientes delanteros, amén de las gafas, y seguía empeñada en...

    Lo cierto es que a todos nos parecía una familia algo extraña. El padre era anticuario además de colaborador como articulista de notas de sociedad en un periódico de tirada semanal.

     Como todas las noches, a través de las persianas semientornadas, se adivinaban  todos los azules de todas las teles de todas las casas desde donde todas las familias veían sus respectivos canales; todos salvo en la casa del anticuario, por lo visto les gustaba escuchar música clásica, sin imágenes. Aquel sábado noche los vecinos a una pegamos un respingo en el tresillo familiar al escuchar el bombazo del coche del articulista - anticuario, un Citroen negro con el motor detrás. Salimos dispuestos a apagar el incendio y terminamos celebrando el salvamento con una fiesta improvisada a base de pasar la bota de vino de mano en mano. Poco después escribió el anticuario aquella novelucha en la que contaba la salvación del automóvil de forma esperpéntica, una parodia burda y cruel del barrio. Los vecinos dejaron de hablarle y empezaron a llamarle “el tío raro ése” haciendo extensiva la rareza a sus atípicos hijos. Sin embargo, todos sentíamos cierta simpatía por su amable, sencilla y generosa esposa.


     Doña Gloria era diferente a todos ellos, un milagro de armonía en el barrio.¡Era mágica! Tenía el mismo color ambarino  de ojos que el halcón disecado de la sala expuesto sobre un pedestal de mármol, o puede que de yeso imitando en su terminación una rama seca sobre la que se posaba, hierático,  el pajarraco.


     Me dejaban tomar clases de piano con sus hijos y unos cuantos chiquillos más por un módico precio compartido. Mientras esperaba mi turno de piano solía curiosear los tesoros de la sala, y a veces, doña Gloria me pedía la opinión sobre alguna antigualla adquirida por su marido en alguna subasta sin tener en cuenta que yo solo era una niña sin conocimientos artísticos. 

     Doña Gloria ladeó la cabeza con un ojo cerrado y otro abierto, del mismo color indefinido que el del halcón, observando  el cuadro. Yo, imitándola, hice lo mismo.


     —¿Qué?, ¿qué te parece?


     No entendía cómo podía interesarle mi opinión pues siempre respondía a todo con un “muy bonito”, fuera un amorcillo de porcelana con un ligero descantillado o un “secretaire” de rincones ocultos. Claro que en alguna ocasión me arriesgaba un poco.


     —Muy bonito doña Gloria, pero un poco oscuro ¿no?


     Evaluaba mi certera crítica coincidiendo conmigo en  que la luz de la izquierda incidía oblicuamente sobre el retrato del insigne militar laureado dándole una pátina añeja algo opaca. Por supuesto, Gloria sabía respetar la opinión de una niña seria, un poco tímida y experta en arte.


     Al fondo los niños desafinados a punto de fa sostenido, a veces sueltos, se le escapaban a la maestra de piano. Yo prefería quedarme en la sala abarrotada de muebles y cachivaches, todos los estilos mezclados a punto de asfixia; una “chaise longue” de raído tapizado de satén combinaba con el bronce del marco de un espejo algo más que oxidado. Gloria observaba lo que yo miraba con curiosidad, y entonces, para compensar tanta decadencia me mostró unas telas de cortinas casi nuevas.


    —Serían maravilloso  si tuviéramos ventanales lo suficientemente amplios de donde colgarlas y lucirlas —murmuró mientras acariciaba el terciopelo de color oro viejo de las telas extendidas sobre un sofá desvencijado.


     —Preciosas, muy preciosas.


     —Ven, tócalas, ya verás que suaves son.


     Con su mano blanca de uñas nacaradas, puso a contrapelo la tela para que apreciara las dos tonalidades  en un sentido o en el otro. A mí me parecía  como si el oro se encendiera y apagara de repente.


     Entonces, soltando las cortinas, abrió el baúl, tan grande que podría caber dentro.


     —Coge algo, lo que quieras.


     —¿Lo que quieeera...?, ¿en serio?

     El halcón disecado parecía mirarme con sus ojos de cristal.

     Un baúl lleno de cosas, todo tan bonito que eso no se hace, obligarme a elegir, esto sí, o esto no... un enano muy gracioso a ritmo de cuerda y ratatam de su tambor de hojalata, claro que yo ya no era una niña pequeña... mejor la peineta de carey, o el bolso de lentejuelas. Elegí un pequeño libro  de portada de nácar con cierre plateado.

     El halcón cerró sus párpados  y batió las alas, o eso creí por un momento.

     Por la noche, ya en la cama, lo abrí. Resultó ser un misal. En su primera página en blanco y negro dos parejas bailaban con un demonio, y bajo ellos, un letrero envuelto en las llamas del infierno, advertía:¡Joven, diviértete de otra manera!

   Ojalá hubiese pillado la pluma de avestruz, el abanico de varillas de marfil, el cuento de hadas, o el pañuelo blanco de seda de la China China China.


                                     Tara - Isabel Caballero










martes, 17 de abril de 2018

Pierna de carne negra







                       El enterrador (subtitulado "Pierna de carne negra")




     Abdelkader Makambo,  nacido en la tribu de Temne. Dice haber tenido, antes de la guerra, catorce hijos de sus tres mujeres, ha perdido la cuenta de los nietos y bisnietos.
     — Jefe, apunta sinco vaca y tresienta cabra y un poso. 
     Aldelkader cuenta su historia a José, médico voluntario, quién la escucha con la misma atención que presta a tantas otras historias parecidas. Escucha y anota, o hace como que anota, sabe que no son tantas las cabras, ni las vacas. 
     Abdel guarda la esperanza de que cuando la guerra acabe el nuevo gobierno le devolverá sus tierras y animales, y con suerte hasta su pozo. Lo cuenta con una retahíla monótona... resulta que un día, hace casi cinco años, llegaron los soldados reclamando el ganado, también a las mujeres jóvenes. No pudieron defenderse, no tenían armas. Mataron a los hombres y a los ancianos del poblado, a todos los que rebasaban una marca de seis palmos hechas en el tronco de un árbol con el mismo machete con el que hendieron su cabeza, lo dieron por muerto, sin embargo,  la voluntad de Alá otorgó que viviera aún con la cabeza sajada, una enorme cicatriz blanca en el mapa negro de su rizada cabeza. Luego envenenaron el pozo y quemaron la aldea. Lo cuenta como quien reza, desgranando las palabras en el mismo y exacto tono con el que enumera yo tenía tantas cabras y también un pozo.
     — Apunta poso, no olvida tú de poso.
     —Y un pozo.
     Ahora que ya no tiene familia, trabaja por un plato de comida al día en La Misión de San Michael, un viejo hotel desvencijado en la franja costera no demasiado lejos de Freetown. Traduce los diversos dialectos de los heridos y enfermos, de los moribundos que se acercan a la Misión. También abre hoyos para enterrar a los muertos, tiene los brazos fuertes de tanto cavar. 
     Cuando llega algún chico herido con restos aún del uniforme de la guerrilla, Abdel se niega a hablar con ellos, más  aún a enterrarlos si mueren, no hay fuerza humana capaz de convencer a Abdel de que son tan víctimas como el resto. Cuando se cruza con alguno escupe a su paso, no le mueve a piedad que les falte, por culpa de las minas, una pierna o puede que dos, y los odia tanto que, a escondidas de los misioneros y personal sanitario, desentierra sus cuerpos para ponerlos en dirección contraria a la Meca, luego da paladas de tierra sobre la fosa violada a la vez que echa maldiciones.
     Una mañana se acercó a la Misión uno de ellos renqueando con el muñón de la pierna vendado con restos del uniforme enemigo, de su mano una niña pequeña que apenas se tenía en pie. El doctor la tomó en sus brazos dándole un poco de agua con suero que vomitó enseguida. De un solo vistazo Abdel supo que, otra vez, tocaría cavar. 
     —Pregúntale su nombre.
     Abdel saludó a la niña con el clásico wali bena, y le preguntó por su nombre, le gustaba poner el nombre de quienes enterraba. 
     —¡Wali bena! Me llamo Aditu Makambo, de la tribu Limba, hija de Abdelkader Makambo y Laila Makambo. 
     No dijo nada más. Hizo el gesto de tener cuatro años  enseñando cuatro dedos de su mano levemente alzada.
     El chico de la guerrera no se apartó en toda la noche de la esterilla donde la niña agonizaba, cuando dejó de respirar lloró sobre su pequeño cuerpo inerte como si fuera su hermano. 
     Al amanecer el enterrador cavó un agujero hondo, lo más profundo que pudo, debajo del enorme árbol del algodonero. El muchacho le ayudó a cavar. Enterraron con cuidado a la niña, un pequeño bulto envuelto en una tela azul, tan azul como el cielo de Sierra Leona. En un madero escribieron el nombre de Aditu, hija de Abdelkader Makambo.
     De una de las ramas del árbol que daba cobijo a la tumba, Abdel hizo una horquilla que ofreció al chico y que poco a poco fue perfeccionando para acoplar su pierna mutilada, tenía la certeza de que pronto jugaría al fútbol como los demás muchachos de la Misión, al fin y al cabo era amigo del Jefe, seguro que el doctor podrá conseguir una de esas piernas de metal y goma que parecen casi de verdad. 
     —Jefe, apunta bierna.
     —Una pierna ortopédica.
     —No apunta tú carne rosa Jefe, apunta bierna de carne nigra





                                  Tara - Isabel Caballero




miércoles, 4 de abril de 2018

Retrato de una mujer descalza que escucha un saxo



   

    Vuelvo a casa. Los edificios de la Avenida Marítima, puntos de fugas que huyen del parabrisas, se mecen en el retrovisor, bailan envueltos en bruma de asfalto, cristal y acero. Poemas urbanos. Van, vienen y desaparecen. Una curva los aleja. Sombras chinescas.
    En el rellano saludo a mi vecina, nunca tiene tiempo de nada, sin embargo siempre sonríe y corre, corre mucho. Está empeñada en regalarme un gato, o una planta, o un novio, o un libro de cocina de dificultad mínima. Una vez cuidé a sus niños, una urgencia dijo la mamá, desde entonces la piel blanca de mi impecable sofá aún conserva la huella de unas manos sucias. 
    Mi casa es lineal, minimalismo de comodidad sostenido a base de pisar despacho, nada estorba la vista: cremas, crudos y tostados, orden máximo. Nadie holla el espacio salvo mi sombra.
    Reviso el correo: “Vino Selección” avisa de un nuevo envío y el dentista me recuerda que toca sufrir martirio el jueves a las cinco y cuarto, sea puntual.
    Me acompaña en la bañera una copa de un merecido lágrima negro de intenso color cereza con toques de regaliz, potente y carnoso de expresivo final largo en el paladar. Un milagro.
    Suena un saxo ahora.
    Pienso en él. Sus esporádicas visitas eran de puro “cloretilo de vitulia”, cloroformo virtual, técnica depurada de caricias. Las persianas plateadas rimaban con el quédate un poquito más, anda, y con la luna que asomaba sin avisar como si fuera su casa y no la mía, descarada y muda. Su rejo silente sorprendía primero el suelo, después la pared vacía, la esquina de la cama, la seda de una prenda abandonada.
     Suspiro.
    Rompe el techo que hace ángulo con la pared un reflejo verde agua. Solo es el faro de un coche que ilumina a ésta mujer solitaria que escribe, y presta luz al cuadro rubricado de prestigio, grande, pactado de modernidad que dice no sé, no sé de qué voy, ¿y tú? 
    La orquídea del vestíbulo, vertical y estricta, amable guiño albo cuenta de que a lo mejor resulta que sí, que sí que vive aquí una mujer descalza que escucha un saxo. 
    Sí. 


                                        Tara - Isabel Caballero

miércoles, 28 de marzo de 2018

Viernes de Dolores





                         Viernes de Dolores

   El sargento Pellicer miró a la mujer por encima del carnet de identidad que sostenía en su mano. Nadie diría, a primera vista, que había nacido en el año... parecía algo más joven... unos cincuenta como mucho, aunque quizás bajo la capa de maquillaje y del rojo de los labios perfectamente delimitados...
   —Así que Dolores García, ¿cómo es que se hace llamar Mimí? 
   —No me hago, todo el mundo me llama así, será por los años que he vivido en Francia. 
   Pellicer ya se había informado de que Dolores fue una de las tantas siervas de la Casa Grande de aquellos tiempos de la España profunda y rural en la que aún persiste, en ciertos sectores, el atavismo de respetar el olivar del amo, y sobre todo, de envidiarlo, aunque éste tuviera derecho de pernada y de lo que le diera la gana al señorito. Es lo que pensaba el sargento poniéndose inconscientemente de parte de Dolores o Mimí. Él también era hijo de campesinos. 
   —Y antes de que lo averigüe, sí, fui puta y a mucha honra, pero ya no, pregunte a quien quiera. Sabrá usted también el éxito que ha tenido mi taller, por fortuna. 
   Cuando se quedó preñada del señorito le dieron unos dineros, no mucho, con el que se fue a París donde tenía una prima sirviendo. Después de parir a la criatura y agotado lo poco que tenía, Mimí se ganó la vida trotando la misma orilla izquierda donde los tardíos existencialistas que quedaban también se la buscaban, la vida y la compañía. En fin, una historia como tantas otras.   
   La niña le salió bonita y fina. Como la madre no quería que siguiera su mismo “trottoir”, desde que cumplió los trece la apuntó en un taller de confección para que tuviera oficio y que no viviera, como ella, de la entrepierna. 
   —Tenga en cuenta, señora García, que solo son preguntas rutinarias dada la relación que mantiene, que mantenía,   con don Eufemiano Sanabria. No obstante, puede negarse a responder y a consultar con un abogado si así lo considera. 
   —A ver qué culpa tengo  de que el hombre haya fallecido,  que yo sepa, tener un querido no está penado por la ley. 
   Dolores miraba de refilón al sargento Pellicer anotando en en cuaderno de tapas negras todo lo que ella contestaba.  Le ponía nerviosa las cenizas del cigarrillo que el hombre se olvidaba de sacudir sobre el cenicero. 
   —¿Por qué motivo volvió usted a España hace... diez, perdón,  once meses? 
   —Por mi hija, no quería que siguiera los mismos pasos que yo, o que mi fama la perjudicara. Ya le he dicho que montamos un taller de costura aquí. 
   —Sí, ya veo, “Casa Mimí” —ratificó el sargento mirando su cuaderno —cerca del pueblo donde nació. ¿No habría sido preferible instalarse en alguna ciudad más importante? 
   Pensó que el policía no sabía nada de negocios. Precisamente por lo provinciano del lugar a las señoras le encantaba todo lo que sonara a extranjero, ella conocía bien a sus paisanos... hizo correr el rumor de que trabajó en uno de los “ateliers” de costura más importantes de París. Su pronunciación algo gangosa, el arrastre de las guturales erres y el fingido olvido de algunos giros castellanos hicieron el resto. 
   —Mi hija es una creativa magnífica, tiene un  arte especial con las tijeras; contratamos un par de modistillas del lugar para las tareas más rutinarias... eh voilà! 
   Si es que  no aprendía, en el fondo era una sentimental. Cuando casualmente vio al señorito, ahora señor, se le salió el corazón de su sitio. Él la miró como los hombres miran a las mujeres guapas y al poco estaban charlando animadamente en una de las cafeterías de la pequeña ciudad. No la reconoció y ella, por no romper el “charme” del encuentro no le dijo que la mujer elegante y cosmopolita que parecía admirar tanto, era la Dolores, o Lolita, como él solía llamarla. 
   —Así que  el señor Sanabria se vistió de nazareno en la casa de usted ¿no es así? 
   —De nazareno no, ésta vez iba de penitente. Yo misma ayudé a vestirle, si es que vivía más conmigo que en su propia casa, se encaprichó de mí, ya ve, aunque no soy su única querida, investigue usted. 
   —Ya lo hemos hecho. 
  —la mujer, la legítima, ya está más que acostumbrada a tanto cuerno. 
  El viernes de Dolores ella misma le colocó la túnica de lino blanca y la capucha marrón con la que se cubriría el rostro, le sujetó a la cintura la madeja hecha de cuerdas de cáñamo con la que luego se golpearía la espalda y hombros, y también la “esponja”, y además, le embadurnó los pies con aceite de oliva y romero para aliviar el camino; andar descalzo durante la procesión llaga los pies aunque libere de los pecados. 
   No tuvo otra que decirle quien era, y que la chica era su hija, ni por esa dejaba de rondarla  el muy cerdo, si es que tuvo que hacer lo que hizo porque no había otra. 
   —¿Y cómo sé yo que es mía? Puedes haberte quedado preñada de cualquiera.
   —¿Es que ya no te acuerdas? Fuiste el primero, luego claro..., ya en París no me quedó más remedio que...
   —La que es puta es puta. Anda, déjate de monsergas y  hazme eso que sabes hacer tan bien. 
   Le gustaba encañonarle la cabeza mientras le hacía su habitual felación, caprichos de señor.  
   Un día me va a matar, algún día se le va a escapar un tiro a éste pedazo de cabrón. 
   Por más que hizo por apartar a su hija de él, no pudo. Él era el que mandaba, y punto pelota, y si le daba la real gana se la quitaría ejerciendo el derecho de padre con tal de tenerla en su cama. Era lo que había. Sin más. 


   Mimí era muy cariñosa con sus queridos animales: cinco gatos, dos perros y dos periquitos. Los mimaba en exceso, la mejor comida especializada por razas. Le daba a sus mascotas algo que ella nunca había tenido: ternura y cuidados. 
   Eufemiano Sanabria cumplió la penitencia anual el Viernes Santo ante la imagen de La Dolorosa. Los penitentes asieron la empuñadura de las madejas de sogas y, balanceándolas golpeaban sus hombros y espaldas alternativamente, ora a la izquierda, ora a la derecha. Los flageladores perdían la cuenta de los golpes y a una señal del ayudante contador, paraban. El hermano cofrade, cuando considera que el arrepentido ya había cumplido, avisaba al práctico, quien le picaba la piel con la esponja, un instrumento de cera con seis cristales en forma de estrellas, doce pinchazos, pues doce eran  los apóstoles. 
   Las marcas de sangre de tantos arrepentidos pecadores manchaban las piedras de las calles como un sagrado estigma. 
   El señor del lugar no sobrevivió dos días a las heridas.  Las sogas de esparto y la esponja pasadas por las defecaciones de los perros, periquitos y gatos produjeron en el penitente una septicemia mortal. Murió entre escalofríos, fiebres altas, respiración acelerada y frecuencia cardíaca elevada. En su funeral se le trató como a un mártir y fue enterrado con todos los honores. 
   Un caso desgraciado, a veces ocurren esas cosas. No hubo más preguntas del sargento Pellicer. 



                                                Tara - Isabel Caballero

viernes, 23 de marzo de 2018

Despierte el alma dormida - Ana Madrigal Muñoz



     Altamente recomendable leer a nuestra querida compañera Ana Madrigal Muñoz en su primer libro "Despierte el alma dormida". 

     Es no solamente  un privilegio, sino una verdadera delicia leerla en papel. Una lectura que requiere sensibilidad y atención máxima para formar parte del mundo imaginario de su clasicismo exquisito en el modo y las formas que nos cuenta Ana Madrigal.

     Gracias Ana, por escribir como escribes.

"Irreal como la vida misma" autor Josep Mª Panadés


     Esta semana pasada tuve el grato privilegio de leer a un compañero que muchos de vosotros conocéis por estos lares, se trata de Josep Mª Panades y su libro "Irreal como la vida misma"  

     55 relatos cortos o cuentos me han dado momentos estupendos   en estos días que he tenido que hacer colas y esperas acompañando a un familiar a  su rehabilitación por un accidente sufrido.  Relatos cortos y entretenidos, ingeniosos, de diferentes estilos y, todos ellos,aderezados con una poderosa fantasía. Las esperas se me han hecho cortas y agradables, y es que es muy fácil sumergirse en el mundo fantástico del escritor Josep Mª Panadés.