lunes, 16 de marzo de 2020

UN MILLÓN DE AÑOS



Relato aportado para EL TINTERO DE ORO, debe seguir los siguientes requisitos:

TEMA: El relato deberá contar con, al menos, uno de estos requisitos (podéis elegir uno, dos o los tres):
  • Escribir una historia de ciencia ficción, ya sea viajes espaciales, colonización planetaria, robots, encuentros con extraterrestres...
  • Un relato en el que se mencione con sentido la novela Crónicas Marcianas o al autor, Ray Bradbury.
  • Un relato en el que la acción transcurra en un planeta inventado.
EXTENSIÓN: 900 palabras como máximo.

PUBLICACIÓN: Deberéis publicarlo en vuestro blog en este mes de marzo.


PLAZO: Desde 15/03/2020 hasta el 31/03/2020




      EL VERANO DEL COHETE
   
 Después de varios días de intenso trabajo, Carlitos y yo conseguimos terminar el hidro-cohete y la plataforma de lanzamiento.
 El despegue salió genial. El tapón se liberó de la botella de plástico de dos litros, y entonces vino la parte guay. ¡Zooom!, el misil salió despedido dejando una estela de agua tras de sí. Solo subió unos pocos metros perdiéndose detrás de unos matorrales, ¡pero fue la leche!

    NOCHE DEL COHETE  

  Esa misma noche escuché un ruido seco en el jardín. Salí corriendo y vi nuestro cohete espachurrado.
   Llamé por el walkie-talkie a Carlitos.
   —¡Ven enseguida!
   —No puedo, estoy castigado.
   —¡Pues escápate!

   HOMBRES DE LA TIERRA

   Dentro de lo que quedaba del cohete había una nota arrugada y algo húmeda, y en ella, escrito en letras mayúsculas: “HOMBRES DE LA TIERRA, NO VOLVAIS A ATACARNOS O LO LAMENTAREIS”

   EL CONTRIBUYENTE  

      ¿Quién dijo miedo?
  Le pedimos a mi abuelo que nos ayudara a construir otro más potente. Nos pusimos alias siguiendo su consejo. Carlitos, “Pedro Duque”; yo, “Neil Armstrong”; y mi abuelo, “El Contribuyente”.

   AUNQUE BRILLE LA LUNA
   
   Decidimos probar el nuevo “APOLO 2” en una noche oscura para no ser descubiertos. Aunque brillaba la luna, estábamos tan impacientes que lo lanzamos. ¡Fue fantástico! Salió disparado perdiéndose en las sombras. Seguramente llegó mucho más lejos que el anterior.

   LOS COLONOS   

   Al día siguiente encontré cinco enanitos de color verde esparcidos por la hierba. Todos tenían cabezones que parecían escafandras.

   LA MAÑANA VERDE
   
   A media mañana se acercó por el horizonte una gran nube verde.
   —¿No te parece sospechoso Neil? —preguntó Pedro Duque.
   Asentí varias veces con la cabeza.

   LANGOSTAS

   El contribuyente nos contó que las langostas devorarían todo lo verde que encontraran.
  —Los enanos también son verdes —dijo Pedro Duque.
  —“Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas” —recitó El Contribuyente.
   Carlitos y yo nos miramos pensando que al abuelo se le había ido la olla con tanto verde.
   Al final solo fueron inofensivas libélulas verdes.


   ENCUENTRO  

    A nuestra pandilla del parque se apuntó una niña nueva con el pelo corto y las uñas del color de uñas, y no rosas o brillantes, como todas las uñas de las demás chiquillas.
  —¿No te acuerdas de mí? —me preguntó.
 ¡Anda!, ¡la niña que trepó hasta la punta del abeto de la guardería y tuvieron que venir los bomberos a bajarla!
  —Hola Úrsula.
  —¿Qué tal chaval?


   NOCTURNO 

   Algunas veces tengo miedo por las noches. Por el día hago como que no, no vaya a creer mi abuelo que soy un cobarde. Anoche, antes de dormirme, pensé en Úrsula y me olvidé de los invasores.

   INTERMEDIO
  
   Durante una semana pasé más tiempo con Úrsula que con mi amigo. 
 Carlitos me pidió convencer a mi abuelo para que construyera otro nuevo cohete.
  —Es que tengo mucho que estudiar —me excusé.
  —¡Pero…, si es verano!—exclamó.

   MÚSICOS

     En la fiesta del pueblo tocó una banda llamada “Siniestro Total”. Cantaron una que decía así:

   Los platillos volaaaantes…
   Los platillos flotaaantes…
   Un platiiillo llega yaaaaa…
   Un platiiillo de verdaaad…


   Carlitos y yo estábamos convencidos, de que sí, de que pronto llegarían, y de que los músicos con esas pintas tan raras segurísimo que eran extraterrestres, por lo menos.


   A TRAVÉS DEL AIRE

  Con prismáticos o sin ellos, miraba a menudo el cielo por si veía platillos. Cada vez que dejaba de hacerlo pensaba que en ese momento, en ese justo momento, una nave espacial cruzaría el aire y me lo perdería…, así que volvía a levantar la cabeza aunque me doliera el cuello a rabiar.

      LA ELECCIÓN

   El nuevo cohete era enoooorme.
   Carlitos propuso el nombre de “APOLO III”
   —“APOLO 3” mola más —dije yo.
   —Bueeeno, vaaale.


      USHER II

  Úrsula se enteró de la movida del cohete. Quiso participar. Le dijimos que no. Cuando nos ofreció su hucha, aceptamos. Nos venía genial para la compra del material: una plancha y cuatro tacos de madera, una varilla de acero fina, cartón duro para las alas y cinta adhesiva. Inflador de balones ya teníamos.
  Úrsula se empeñó en bautizarlo “USHER II”, cuando ni siquiera existía un “USHER I”
   
¡Vaya birria de nombre! —farfulló Carlitos.
   Yo no dije ni mu.

   VIEJOS

   Mi abuelo estaba perdiendo la memoria, aunque a veces recordaba cosas de cuando era pequeño.

    EL MARCIANO   

  Os voy a confesar algo —soltó El Contribuyente con cara seria.
  —Soy un marciano.
  —¡Anda ya, abuelo!
  —Y hay más marcianos en el pueblo.


   LA TIENDA DE EQUIPAJE  

 —¿Lo veis? Su mano izquierda tiene seis dedos. ¿Qué más pruebas queréis?
 Tenía razón el abuelo, el dueño de la tienda de equipaje también era marciano.


    FUERA DE TEMPORADA
   
  Se acabó el verano y los turistas se fueron. Conseguimos material para el cohete a buen precio por estar los comercios fuera de temporada.

    OBSERVADORES

    Los marcianos se quedaron. Nos sentíamos observados.

    PUEBLO SILENCIOSO 

     Extrañamente, el pueblo estaba muuuy silencioso.

      LOS LARGOS AÑOS  

      Mi abuelo tenía poderes. Adivinaba cuándo iba a llover.

    VENDRÁN LLUVIAS
   
   —Os dije que llovería, ni siquiera el parte lo ha anunciado.
   Llamaba parte al telediario. Cosas de marcianos.


   UN MILLÓN DE AÑOS

  Todo el mundo creyó que El Contribuyente la había espichao. Le hicieron un funeral con su misa.
   A escondidas de los adultos, pillamos un puñado de sus cenizas metiéndolas en el súper cohete. Salió zumbando hacia las estrellas. Tardará un millón de años en llegar a su destino, claro que el abuelo no tiene prisa.




                                            

900 palabras
Isabel Caballero



                                          UN MILLÓN DE AÑOS





   


EL VERANO DEL COHETE

   

martes, 3 de marzo de 2020

Érase un rey...



Reto del mes de febrero, para CAFÉ LITERAUTAS  las palabras que tienen que estar presentes son: Foto, elefante y aguijón. Es válido escribirlas tanto en singular como en plural, femenino o masculino.

El reto opcional, que como bien indica su nombre, se puede aceptar o no. Para este mes, solicitamos que alguno de los personajes pierda la memoria.

Agradecida especialmente a los compañeros Estrella Amaranto, Pepe de la Torre, Isan, Irene Rodriguez y David Rubio… y en general a todos y cada uno de quienes me han comentado y corregido. Gracias.

                                   

                                     Érase  un rey...

   

   Se llamaba Cloe. Esperpéntica Cloe con la frente marchita. Delicadas venas y finísimas arrugas surcan el mapa desesperado de su cara. El aliento de náufraga ahogada en ginebra o ron, lo que se tercie.

   Pasaba su tiempo entre la plaza del pueblo y el paseo marítimo recitando el único poema que sabía. La mano izquierda en el pecho; la derecha dibujaba molinetes en el aire, más bien aspavientos. Al terminar, solía hacer una profunda reverencia a la espera de aplausos, y con suerte, de algunas monedillas. 

   Mi mujer se enfadaba conmigo cuando le hablaba de Cloe. 

   —Le das demasiada confianza. No entiende cómo puedes inspirarte en semejante borracha. No irás a escribir sobre ella, ¿verdad Manuel?

   Titula a mi galería de personajes, colección de esperpentos. Yo los llamo extrañas aves del paraíso.

   Cloe fumaba con los ojos semiabiertos, o medio cerrados, para que el humo no entrara en ellos, lo cual prestaba una expresión cautelosa al rostro. Parecía observar el mundo a través de la cancela de sus pestañas.



   Este era un rey que tenía 

   Un palacio de diamantes

   Una tienda hecha de día

   Y un rebaño de elefantes…

   Pensé que la sutileza del "de", cambiaba el sentido de la frase. Una tienda hecha del día sugiere una materia de luz. Me interesaba el punto de vista de Cloe por no estar influenciada por nada, ni por nadie.
  —Cloe, dime… ¿te parece que la tienda está hecha del día o de día? —pregunté vocalizando bien la diferencia de las preposiciones. 
   —¿Cómo…?
   —Que si la tienda está hecha del…
   —De día, claro —interrumpió. —Si la hicieran de noche no verían una mierda.
   Cloe se limitaba a recitar sin analizar los conceptos y a poner en su sitio a un escritor completamente idiota.
   —¿Sabes  que tu poema lo escribió un tal Rubén Darío?
   —¿Quién es ese…? 
   Olvidó la pregunta al ver bajar unos cuántos turistas del autobús. La artista salió disparada a escena declamando alto y fuerte, con gran despliegue de gesticulación. Lancé un euro en el pañuelo abierto junto a sus pies y puse cara de embeleso. Los extranjeros se detuvieron un instante a mirar el grotesco espectáculo. Ninguno de ellos emuló mi gesto. Siguieron su camino sin que acabara la memorable actuación.
   —Manuel… ¿no me da usted algo? Mire que no he ganado nada todavía.
   —¡Pero Cloe! Si te acabo de…, mejor te invito a café.
   —Un carajillo a poder ser.
   —¿Has comido algo hoy?, ¿quieres un bocadillo?
   —Que sea de calamares. 
   Mientras ella se zampa su bocata, yo apuro el café e intento leer en vano mi periódico.
   —¿Y ese elefante muerto de la foto?
   —Lo mató el rey de tus versos, Cloe. Un magnífico ejemplar macho. 
   —¿Y a los otros cuatrocientos?
   Ante mi gesto de duda, recitó los versos.

   Viste el rey ropas brillantes
   y luego hace desfilar
   cuatrocientos elefantes
   a la orilla de la mar.

   —¡Ah sí!, tu poema.
   —¿Se los cargó a todos?, ¿en serio?
   Me miró con los ojos muy abiertos, inquisidores, clavándolos en los míos como aguijones.
   —Supongo que sí Cloe, no me extrañaría nada. El de la portada del periódico fue abatido de siete disparos, siete tiros con su rifle Rigby Express del Calibre 470.
   Dejó de prestarme atención. Era difícil explicarle la noticia de que el rey de España, el presidente honorífico de la organización internacional dedicada a la defensa de la naturaleza y el medio ambiente, era cazador de elefantes. 

   No volví a ver a Cloe durante años. Supe que preguntó por mí en varias ocasiones. A mi regreso a la isla, me contaron que estaba interna en el psiquiátrico después de varios episodios de comas etílicos.
   Cuando fui a visitarla no me reconoció. Le recité bajito el poema que tanto le gustaba.

   Este era un rey que tenía…

   Al mencionar los elefantes, me pareció ver una tenue luz, allá, en el fondo de sus ojos. 
   —No reconoce a nadie, no sabe ni cómo se llama —indicó la aséptica enfermera.
   También le dije que le había traído un cartón de tabaco negro marca Kruger, sus preferidos. La misma celadora indicó el letrero de prohibición. 
   —Supongo que podrá fumar en los patios.
   Negó repetidamente con la cabeza.
   La cancerbera le requisó los cigarrillos por si se le rompía la caja del pecho. El corazón no se lo pueden destrozar, está vacío de por vida. Lo de la memoria de su alma tiene peor diagnóstico. Un globo henchido de nada.




                           Isabel Caballero





domingo, 16 de febrero de 2020

Vientos de guerra










                                                           La saguia con agua


                                                                   La Saguia seca                             

     

                                           Vientos de guerra



     Nuestra casa estaba en la bajada al río Saguia el Hamra de aguas intermitentes; un cauce seco de color rojizo la mayor parte del año.
     Mi padre era maestro albañil al cargo de una cuadrilla de hombres en El Aaiún, capital del Sahara Occidental español. Nadie como ellos para trazar muros, colocar las reglas y miras, vigilar el cierre de los cargaderos y nivelar el rasado. La mayoría de las casas eran de techos abovedados y ventanas enjutas. Para octubre de aquel año cuarenta y seis acabaron la escuela y vivienda del maestro, en la Avenida del Ejército. Pronto edificarían la iglesia de San Francisco y el hospital.
     Yo prefería jugar con mis vecinos en la saguia  que ir a la escuela. Por compañeros, Ataf y su hermana Munia, hijos del saharaui administrador del pozo. 
     Munia solía contarme historias bajo las  palmeras de la ribera del río, frente al cuartel de la legión que parecía un palacio si se miraba con los ojos entornados. Ella le hacía versos hasta al agua pantanosa llena de mosquitos, al abrevadero de camellos, a nuestras dos sombras unidas en una sola silueta. 
     El resto de su familia: abuelos, tíos e incontables primos, vivían en las jaimas del frig. En ocasiones me llevaba con ella a visitarlos. Todos me trataban como si fuera una princesa, aunque solo era una niña flacucha, manchadas siempre las grags de tierra y barro. A menudo, terminaba perdiendo las chancletas de suelas de corcho en la saguia
     Mucho más bonitas las jaimas que mi casa; a las paredes de la mía le salían dibujos.
     —No son dibujos, tonta,  es la maldita humedad del río —se quejaba mi madre desesperada con la brocha de encalar en la mano. Donde yo veía animales fantásticos, demonios y ángeles…, ella, solo muros desconchados.
     Durante parte de la adolescencia dejé de lado a Munia. Tenía nuevas amigas que  se burlaban de mí al verme con la mora. Fue una breve etapa de ausencia en la que Munia no me hizo ningún reproche.
     El pocero construyó   en su patio un pequeño hammam. Los viernes tomábamos baños de vapor, casi siempre las dos solas, sin su madre. Munia se hizo mujer antes que yo. Sus pechos de grandes areolas teñidas de rojo con henna. Yo también tinté las dos insinuaciones de mi incipiente seno. Me enseñó a depilarme con una mezcla de azúcar y limón, y a suavizar la piel con aceite de argán. Procuraba que mi madre no me viera sin bragas, pues tenía el pubis tan liso como los de mis muñecas. 
     Una tarde, aquel lugar ya no fue un cuarto en penumbra lleno de vaho y sahumerios. Era una comunión en un templo con sus dos altares. Fue matriz y resurrección. Un milagro húmedo. Por instinto y por pasión, nos tocamos, miramos, besamos, lamimos, amamos. No hubo una oquedad, ángulo o vértice, valle o loma que no recorriéramos. 
    Los viernes nos consagrábamos la una a la otra con devoción y en silencio. El resto de la semana hablábamos mucho. Un día le dije a Munia que su Dios y el mío nos condenarían al infierno por lo que hacíamos.
     —Dios no puede entrar en el hammam.
     —Dios está en todas partes —contesté.
   —No en el hammam, ni siquiera él puede ver a las mujeres desnudas. No deberíamos hablar de lo que hacemos, Dios nos puede escuchar.
     A pesar de nuestro secreto y temores, éramos felices, y entonces, nuestros vengativos dioses, celosos de nuestro amor, nos castigaron.
     A Munia la prometieron y la casaron.
     —Es mi destino y la voluntad de Alá.
    —Es la voluntad de tus padres, ni siquiera conoces a ese hombre… ¿y qué pasará con nosotras? 
     Me tapó la boca con sus manos. 
     Casi por el mismo tiempo, mi madre me dio la noticia de que nos marchábamos del Sahara. 
     —Ya no puedo más, estoy harta del siroco, de la suciedad, de los moros…
     Para su asombro, no protesté.
     Nos escribíamos  cosas que pudieran leer el marido, el suegro, los cuñados…, todos ellos tutelando a Munia. Su última carta fue al poco de morir Franco. Mientras,  miles de marroquíes con pancartas y fotos de su rey Hasan II avanzaban hacia el Sahara aún español. En la trastienda política ya se habían firmado los acuerdos de Madrid cediendo el territorio a Marruecos y a Mauritania. En ella me contaba Munia sobre el Polisario, la inminente guerra, su preocupación. 
     Luego no supe nada más.
    Unos años más tarde recibí noticias de Ataf comunicándome la muerte de su hermana. Ocurrió en el éxodo masivo de saharauis de enero del 76 huyendo hacia Argelia. Cayó,  como tantos otros exiliados, bajo las bombas de napal y fósforo blanco. Enterraron los cuerpos que pudieron, demasiados, sin marcar las tumbas improvisadas. Pronto el siroco las cubriría de arena y olvido.


     Todos los veranos, los padres de la pequeña autorizan a que viaje, junto a otros niños acogidos, desde el campamento de refugiados de Tinduf, Argelia, hasta mi casa. Le hablo de su abuela, ella me dice en su gutural lengua hassaní que me quiere mucho.
   Conocí y quise a otras mujeres; otras mujeres también me quisieron. A mi iniciática Munia nunca le pude decir lo mucho que la amaba.
     En el horizonte marino de este suave atardecer, mientras acaricio los oscuros rizos  de mi guayeta, el vaivén de una vela se hincha y se desinfla al conjuro del alisio.
   



                                                                                                                 900 palabras
                                                                                                              Isabel Caballero




GLOSARIO


El Aaiún.- El Aaiún o Laâyoune, es actualmente la ciudad más importante del Sahara Occidental. Al autoproclamada República Árabe Saharahui Democrática, la considera su capital, pero en la práctica se encuentra ocupada y administrada por Marruecos. Está situada junto al cauce seco del río Saguia el Hamra. Durante el colonialimo y hasta diciembre de 1975 fue considerada la capital del Sahara Occidental español.
Frig o Al Frig.- Se trata de una serie de tiendas o jaimas agrupadas en un espacio llamado “manzla, donde se reúnen todas las condiciones de producción: rebaño, pastores, artesanos, de un lugar destinado a la plegaria “amsala”, que suele ser un espacio plano cubierto de arena y rodeado de piedras, (un recinto sagrado)
Guayete/guayeta.- Niño o niña.
Henna.- La henna alheña o arjeña, es un tinto natural de color rojizo que se emplea para el cabello y técnicas de coloración de la piel.
Hammam.— También conocido como baño árabe, turco o hamán. Es una modalidad de baño de vapor que incluye limpiar el cuerpo y relajarse. Por extensión se denominan igualmente así, los edificios públicos en los que estos se encuentran.
Hasaní o Hassanía.- Dialecto del idioma árabe-magrebí hablado en la región desértica del sroeste del Magreb, entre el sur de Marruecos, Argelia, Sáhara Occidenta y Mauritania, también en zonas de Malí, Níger y Senegal.
Jaima.- La jaima, jayma o  haima, es una tienda de campaña de los nómadas del norte de África. Es considerada como la primera unidad social de la sociedad saharaui.  
Polisario o Frente Polisario.-  Movimiento de liberación nacional del Sahara Occidental, para acabar con la ocupación de Marruecos y conseguir la autodeterminación del pueblo saharahui. El Frente Polisario, es el sucesor del Movimiento para la Liberación del Sahara de finales de los 60, dirigido por Mohamed Sidi Brahim BASIR, desaparecido a manos de la policía territorial española.
Saguía  el Hamra.- Significa "La acequia roja". Su denominación proviene del torrente del mismo nombre que desemboca, cuando lleva agua, a unos kilómetros al oeste de El  Aaiún, muy cerca de su puerto.


                                      

miércoles, 22 de enero de 2020

¡Que viene el lobo!



                                                                  ¡Que viene el lobo!



  

   —Yo era el puto amo del lugar hasta que dejé de serlo. Al fin y al cabo, les dimos trabajo a todos ellos.
   —Bueno, quitaremos lo de puto amo, Carlos, no queda bien para un artículo. 
   —Por supuesto, solo era un comentario informal. No grabe eso. 
   Mi hermano Carlos sacudió con el revés de la mano unas pelusas imaginarias de sus pantalones. Mantenía las piernas cruzadas; el blazer azul marino de botonadura metálica, abierto; los zapatos tan brillantes que se reflejaban en ellos los fluorescentes del techo. De vez en cuando echaba un vistazo a la pequeña grabadora que el periodista dispuso sobre la mesa y continuó hablando con cierta displicencia, algo habitual en él. 
   —Mi familia tenía una granja de abejas negras canarias. Una raza que hace miles de años se separaron de sus homólogas, las abejas africanas. Diferenciadas de sus congéneres, formaron una nueva especie en las islas. La marca de nuestra miel, con un alto grado de pureza, es equivalente a calidad y prestigio. Éramos de los primeros exportadores del país y lograremos  serlo de nuevo
   Todo un hombre de negocio mi hermano, aprovechando al máximo la entrevista para publicitar el nuevo proyecto. Si los abuelos y nuestros padres vivieran, no sé si  estarían orgullosos de nosotros. Recordé  el declive del negocio familiar, el cierre, la bancarrota, el impago al personal. 
   —La granja daba trabajo a mucha gente —intervine por primera vez siguiendo las reglas pautadas por él para promocionar la empresa. 
   —Eso ya lo dije yo, María. Como le decía… éramos una familia importante. Los primeros bancos de la iglesia estaban reservados para mis abuelos y mis padres…, y para nosotros dos, claro —dijo señalándome  con el dedo índice y a sí mismo con el pulgar. 
   —Los forasteros solían preguntar quiénes eran esas personas. “¡Ah! Son los dueños de El Colmenar”, contestaba alguien. Así se llamaba la granja. El pueblo se sentía orgulloso de que el lugar fuera tan próspero. 
   —¿Qué recuerda de su infancia, señorita? 
  —Éramos felices. Crecí entre flores y abejas, entre aromas y zumbidos. Aprendí a respetarlas y a comprender su comportamiento. Jamás ninguna de ellas me clavó su aguijón. Ya le digo, era una niña contenta de vivir en el valle, donde el aire es limpio y florecen los almendros,  el brezo, la lavanda… 
   —El alimento de los bichos es la flora. — Interrumpió Carlos algo molesto por lo que él llamaría estúpido romanticismo. Continuó exponiento que, al  ser tan variada y diversa, hace que la  miel sea sumamente  especial, con unos matices y aromas únicos. 
  Por esa razón es tan requerida nuestra excelente producción. 
  —¿En qué fecha será la inauguración de la nueva fábrica? 
  —El próximo sábado. Está usted invitado, por supuesto. La Granja ya está en funcionamiento, no es tan grande como la original, pero estoy convencido de que pronto, ¡muy pronto!, volveremos a estar entre los primeros exportadores. 
   —Disculpe Carlos, hay rumores de que sus abejas no son las originarias negras, sino una especie mezcladas con… 
   —Chismes sin fundamento.  Tenemos las genuinas abejas negras, las mejores, puesto que poseen  una capacidad de supervivencia que muy pocas  razas tienen. Son resistentes a las enfermedades, no solo por genética, sino por su comportamiento de limpieza bestial. El único problema es que son extremadamente mansas. 
   —¿Y eso es malo?, disculpe mi ignorancia Carlos, supongo que al ser mansas no picarán. 
   —Lo que ocurre es que la avispa lobo le dobla en tamaño. Los machos se limitan a libar el néctar diezmando el territorio, lo que no es poco, desde luego, pero las hembras, ¡joder las hembras…! —exclamó mi hermano. 
   —¿Qué ocurre con ellas? 
   —Son unas inteligentes asesinas —contesté al periodista —. En unas pocas horas los batallones de avispas pueden aniquilar a miles de abejas. Excavan sus nidos bajo tierra, y allí mantienen a las abejas que cazan en estado semiinconsciente, lo que supone alimento fresco para sus larvas. Se llegaron a entrometer en mis pesadillas infantiles, más de una vez desperté aterrorizada pensando que me faltaba un trozo  de la cara, una mano... 
   Carlos me hizo un leve gesto para que no me extendiera,  y entonces me callé. No conté que las lobos acabaron con las abejas en el invierno en que nevó por primera vez en el valle. Las que no perecieron, huyeron. En el cobertizo protegido del frio y de los ataques de las temibles avispas, se vigilaba con mimo los pocos paneles intactos que pudieron salvarse. Una reina aterciopelada, de velloso manto y sensibles antenas por panal. Multitud de macetas protegidas del frio servían de alimento a las supervivientes, en especial el aromatizado romero. 
   Aquella madrugada de enero  pude ver,  desde mi ventana,  luz en el  cobertizo y salí casi sin abrigarme. Y ahí estaban, revoloteando por encima de las felices cabezas de mis abuelos. Mi padre quieto como una estatua cubierto en parte por ellas, un manto movible, un dulce zumbido de abejas. 
   Sin embargo, no hubo más cosechas de miel. Aquello  fue el principio del fin. 
   —Son  auténticas, garantizado, se lo aseguro mintió. 
   Mi hermano ha conseguido un híbrido muy parecido a la abeja negra canaria, un poco mayor y  más agresiva. No hay que ser experto en mieles para distinguir la diferencia de sabor. 
  Carlitos  es un lobo feroz. La voz de alarma de: ¡que viene el lobo… que está viniendo!, no es solo  una escena de un cuento de niños para no dormir. 



                          Isabel Caballero 
                           900 palabras
                                                  






lunes, 2 de diciembre de 2019

Punto de fuga

                                                                  Imagen de Eward Hopper





                                             

                                                   Punto de fuga


 

   Con los años he aprendido a viajar ligera de equipaje. En aquel entonces pasaba demasiado tiempo fuera de casa, casi siempre por trabajo. Tenía la costumbre de llevar conmigo la fotografía d emi marido; no una foto pequeña que resultara fácil guardar en la cartera. Todo un señor retrato enmarcado en plata que, en nuestro dormitorio, ocupaba la mesa de noche de la izquierda. Tiene..., tenía, una nariz importante y una expresión serena que me gustaba. 
   —No olvides llevarte a papá —solía recordarme con algo de sorna. Ya era una broma habitual en cada uno de mis viajes el “no te olvides de...”. Ahora, cuando lo pienso, sonrío con cierta tristeza.
   El día que cumplí los cuarenta, mi marido vino a nuestro apartamento de Milán sin avisar, quería darme una sorpresa. 
   Ninguno de los dos escuchamos la cerradura de la puerta al abrirse; estábamos profundamente dormidos, aún medio abrazados con la lasitud que el buen sexo deja en los cuerpos satisfechos. 
   Al levantarme vi uno de sus guantes en el suelo, el dedo índice, acusador, apuntaba  hacia la cama. 
   Inmediatamente, para comprobar mi sospecha, la casi certeza, llamé preocupada a Barcelona.
   —Hola mamá, ¿cómo estás? Feliz cumpleaños. ¿Cuándo vuelve papá?, ¿vendrás con él? Tengo muchas ganas de verte.
    No tuvimos un adiós definitivo, no hubo abogados,ni juzgados,  ni documentos que avalaran nuestras cada vez más prolongadas ausencias, tampoco hubo  pactos, ni desacuerdos, ni discusiones. A partir de entonces, los dos actuamos como autómatas, jamás hablábamos sobre...
   A pesar de mis deslealtades, de que la distancia entre nuestras dos camas era abismal, juro que lo amaba. Él nunca entendió la realidad de que existen tantos puntos de fuga como direcciones en el espacio. Yo lo quería con la fuerza de la costumbre, con la contundencia de la rutina, con todo el peso definitivo del proyecto familiar. Así lo pienso con la perspectiva que da el tiempo, desde mi presente mediato, desde el compartimento en el que hasta ahora, y por fortuna, viajo sola.
   Pese a que creí tomar el Direto, el tren hace una parada en la estación de Porta Susa, en Turín. En el andén, una mujer con las manos ahuecadas sobre su boca grita hacia alguna de las ventanillas cercanas: Quando arriverá a casa mi scriva súbito! Una escena anacrónica y bonita con la que fantaseo. Imagino como llega el hombre de la estación a su casa; un pasillo oscuro; el pellizco de luz en la pared que lo ilumina; el perchero dónde cuelga su sombrero. Enseguida toma la pluma y escribe sobre el papel con letra sesgada: Cara, te envío la presente para decirte que he llegado bien, a Dios gracias.
   Arranca el tren, no lo hace con el traqueteo pesado y lento que propicia la escena caduca que ensueño. Apenas se nota como acelera. Va como la seda. 
   Suena el móvil, es mi hijo, vendrá a recogerme a la estación. Le contesto que estoy bien, que no se preocupe y le pregunto: ¿Y tú cariño? Otro beso para ti. Yo también te quiero. 
   Intento dar una cabezada. No lo consigo. Ojeo un periódico de manera mecánica. En la página de sucesos un hombre ha matado a su padre; otro a su mujer. Lo cierro. 
   Miro el paisaje de una mujer reflejada en una mujer con la frente apoyada en el cristal, no se parece nada a mí, la que mira a quien me mira, en cierto modo  una asesina. ¡Asesina!, ¡asesina!,¡asesina!, exclaman los postes de la luz a velocidad vertiginosa; cada uno de ellos clamando un ¡asesina! El repiqueteo continuo de la lluvia en la ventanilla deletrea a-se-si-nas. La megafonía informa del último destino y con voz impersonal avisa de que, a bordo, se encuentra una asesina. 
   Procuro apaciguar mi corazón desbocado. A la derecha el monte; a la izquierda el mar. Pienso que hay paz en los bosques sin hollar y cierto éxtasis en las solitarias costas.
   Por fin arriba el tren a Barcelona. Tengo frío, tiemblo. Dejo el maletín en el suelo junto a mis piernas, me abrocho el abrigo y espero. Es raro que mi hijo no haya llegado aún, claro que el tráfico de...
   Me siento aturdida,  una mujer solitaria en el arcén mirando el tren que llega, el que se aleja, las vías, la marquesina de metal ondulado. Todo se resuelve en líneas paralelas convergentes hacia un punto de fuga diluido en el infinito. 
   Mi hijo me abraza mientras vuelvo poco a poco de mi ensoñación.
   —Tranquila mamá, no sufrió nada.
   —¿Eso es verdad? 
   —Nada, te lo prometo. Créeme, todo fue muy rápido. 
   —¿Cómo...?, ¿dónde?
  —Esta madrugada, en su despacho, con una de las pistolas de cuando estaba en el ejército.  
   —¡Dios!
   —¡Ojalá hubiera podido hacer algo más por él! Pasar más tiempo a su lado.
  —No te culpes cariño,  ya sabes que sufría de una profunda depresión. 
   —Anda, vámonos. Ya te iré contando de camino al tanatorio. 
  Dos trenes llegan casi a la misma vez encajonándonos en un pasillo de cristal y acero. Por encima del abrazo de mi hijo, de los ruidos de la estación, de la algarabía de la gente que llega o se va, se saludan o despiden..., las gaviotas graznan. Parece que ríen.


                                                                                               Isabel Caballero