Páginas vistas en total

martes, 7 de agosto de 2018

3 - Lágrimas de cristal



                                                    3  - Lágrimas de cristal  


                                                     

   Se giró al escuchar el grito y el viraje fue tan rápido, solo cinco segundos de tiempo real en el mundo de los humanos, que su punto de mira cambió. Ahora estaba colgado de la lámpara del techo. Por inercia se sujetó con firmeza a ella temiendo caer al vacío..., después, Federico recordó que estaba muerto y que ya no importaba nada, o casi nada. 
   Sólo un momento antes tocaba la guitarra sentado entre la pareja, una maniobra absurda e inútil con el fin de  que María no pudiera escuchar las milongas de su enamorado. Nostálgico de los setenta pellizcaba las cuerdas virtuales emulando  al Gran Santana, ¡el inimitable!,  en recuerdo de aquellos lejanos tiempos  de cuando hacía piruetas de firú-firú.
   Toño seguía a lo suyo, susurraba palabras a María, le decía, por ejemplo, que si ella quisiera él sería capaz de ascender a los infiernos y arañar todos los cielos.
   Nada, que no se calla el idiota. Te quiere comer la oreja, ¿es que no lo ves niña? —se cabrea el difunto.
   —Suelta la guitarrita ya, me estás poniendo nerviosa.
   Federico la suelta, tamborilea sus dedos sobre la mesa, tiemblan las copas a ritmo de percusión.
   Cuando sirvieron el suflé con el punto ígneo del licor incendiando el merengue, Toño, con voz estudiada ensalzó  lo bien que le sentaba la luz del fuego y con su propia cucharilla le hizo  probar un poco del postre inflado.
   —A ver... abre esa boquita... ¿a qué tiene un equilibrio perfecto entre el calor y el frío? 
   —¡Qué pesao es tu amigo! —masculló Federico.
   Y le decía lo guapa que estaba... y que bien hablaba (cuando hablaba)... y que bien callaba (cuando callaba)... y que bien...
   —¡Será gilipollas!
  —¡Vale ya! —se enfadó María. Su inesperado grito hizo que Federico huyera de su lado y trepara a la lámpara de lágrimas de cristal. Desde allí escuchó como  Toño se excusaba por haberla molestado y a María intentando explicarle que no era a él a quien había gritado.
   —¿Entonces a quién?
   —Pues a... —. ¿Cómo demonios iba a contarle lo del difunto pegado a su vida?
   Desde su incómodo otero, con una de las lágrimas clavada en el trasero, Federico observa a los comensales. 
   En la mesa principal despiden a uno a golpe de placa y discurso, se jubila de la apretada corbata y de la diaria obligación. Se emociona el hombre, no es fácil decir adiós a los nudos de la vida. 
   Un diestro camarero sujeta un plato con la mano plana, el dedo gordo ase el borde sin rozar la comida; un segundo plato reposa en el antebrazo  y aún se atreve con un tercero en la mano izquierda. Federico lanza un ¡Uhhhh! con todas sus fuerzas y el mozo pega tal brinco que los platos caen con estrépito de loza rota alcanzando a manchar la camisa impoluta de Toño. 
   —¡Pero que pedazo de...! — exclama el afectado iracundo mientras intenta limpiarse con la esquina de la servilleta mojada en el vaso de agua; sólo consigue extender más aún la mancha. 
   Entre enfadada y divertida levanta la vista hacia el techo y con un dedo sobre los labios le hace la señal del silencio al travieso fantasma. Federico guiña un ojo y María sonríe.

jueves, 26 de julio de 2018

2 - El bufadero




                                                                                      2 

                                                         El bufadero



   Ruge el dragón acuático con tanta rabia que las aristas del mundo se desdibujan. Un tul húmedo tamiza el aire. Todo bulle.
   Federico se niega a soltarme ¡y yo creyendo que se había despedido para siempre!, incluso agita los brazos como si fueran alas, pero nada, que no hay manera de que eleve el vuelo y se largue. 
  Mi madre por fin decide echar al mar las cenizas de mi padre, ya iba para cinco años que las conservaba en una vitrina de casa dentro de una urna metalizada con filigranas de angelotes dorados, ¡un horror! 
   —Es que me hace mucha compañía, hija, le hablo, le cuento mis cosas. 
   —¿Y te contesta? 
   —¡Qué me va a contestar so boba! 
   ¡Ay si ella supiera! 
   Aviso a Federico de que no me distraiga con su charlatanería, no quiero que me vea la gente hablando sola, van a pensar que estoy mal de la cabeza. 
   Llegamos hasta el paseo desde donde se divisa el bufadero unos diez metros más abajo. Con nosotras viene Toño, el vecino al que mi madre ha convencido para que nos acompañe pese a mi insistencia de ir solas. No es tan arriesgado asomarse  al bufadero a pesar de los temores de mi madre. 
   —Es un muchacho atento y está encantado de hacer algo por nosotras, no sé por qué le tienes tanta manía. 
   Toño se sitúa en la misma dirección que sopla el viento y a unos metros del hoyo lanza las cenizas en un solo movimiento certero de su atlético brazo. El aire las impulsa hasta el epicentro del bufadero. Desde el muro mi madre grita ahuecando las manos sobre su boca: ¡Cuidado Toño! ¡Toñooo ten cuidado! El viento juega con su voz, distorsiona las palabras haciendo parecer un doble coño al Toño dos veces repetido. Federico ríe, solo yo escucho su carcajada estruendosa por encima del embravecido chorro de agua a presión saliendo de una de las chimeneas. Intento mantener la comisura de los labios en línea recta no sea que mi madre se enfade. 
   Es cosa seria despedirse del marido, de mi padre ya lo hice hace cinco años.
   —Bueno, pues ya está —suspiro aliviada —.Ya era hora de desprenderte de... 
    —Aún conservo algo de cenizas.  
    —Pero mamá, ¿no habíamos quedado en...? 
    —Toño me ha comentado que con solo 300 gramos se puede hacer un brillante, primero lo convierten en carbono, y luego..., no recuerdo, cuéntaselo tú Toño. 
   El chico se lanza a explicar el proceso de reconversión química ante mi cara de asombro. 
   —Después el carbono lo vuelven a procesar para convertirlo en grafito, y una vez purificado se expone a altísima temperatura para..., en fin, no quiero agobiarte María, el resultado final después de pulir y tallar el mineral en bruto es una hermosa gema de diamante como mucho de 6 milímetros de diámetro, la tecnología actual no permite fabricarlos mayores. 
   —¿Para cuándo mi brillante?  Lo quiero rosa. 
   —Diamante mamá, diamante. Y a todo esto ¿cuánto cuesta la broma? 
   —¡Qué más da hija!, tu padre se merece que tengamos un bonito recuerdo. 
   —De siete a ocho semanas —continúa impertérrito Toño ignorando mi pregunta pecuniaria —. Hay que enviarlo a Suiza, por ahora es el único laboratorio que se encarga de estos trámites. Sobre el color me temo que solo podéis elegir entre blanco con destellos azules, o azul claro, depende de la cantidad de boro presente en el cuerpo de..., en las cenizas. 
   Federico se partía de la risa, con una mano se sujetaba el estómago y con la otra daba golpes sobre el muro y a mí no me hacía el asunto maldita gracia. 
   —Para vuestra tranquilidad extienden un certificado de garantía con la descripción química de la gema, si queréis me informo del coste, o le facilito a María los datos de la empresa para que contactes con ellos, lo que sea necesario para ayudaros. 
   —A lo mejor hasta alcanza para un brillante pequeñito para ti, hija. 
   Si a mi padre lo hubiesen enterrado, visto lo visto, mi madre sería capaz de exhumarlo para hcerse  un collar con pendientes a juego. 
   Federico me cuenta que a él le habría encantado que le hicieran una misa de difuntos  con todo el protocolo: sahumerios, latines y  cantos gregorianos.
   —¿Tan religioso eres? 
   —¿Quién, yo? —pregunta extrañado Toño. 
   —¡No qué va! —responde Federico, —pero puestos a despedirme que lo hagan en toda regla, con su introito, su réquiem aeternam, su kyrie eleison, su hosanna in excelsis, su sanctus sanctorum, y su lacrimosa concesión del descanso eterno. Y sobre todo el silencio, el silencio que se debe a los muertos y no los aplausos con los que ahora despiden a quienes fueron queridos o admirados por el pueblo, si es que lo único que me interesa de la iglesia católica son las puestas en escena de los ritos, lo hacen como nadie y no con este medio traje de mierda que me prestó la funeraria. 
   —¿Nos vamos ya hija?, empieza a hacer fresquito. ¿Nos acompañas Toño? 
   —¡Cómo no! 
   —Yo me quedo un momento por aquí. 
   —Mira que se hace de noche enseguida. 
   —Que sí mamá, dentro de un rato vuelvo a casa. 
   Federico y yo disfrutando del magnífico cielo del ocaso  con la banda sonora del bufadero. Me cuenta que le parece recordar que antes, mucho antes, vivía en un lugar frondoso. 
   —No hay verdes aquí —le digo —solo lava, rocas y arena negra, y el mar claro, siempre el mar; si el pesao de Toño estuviera aquí diría que es una porción de tierra rodeada de agua por todas partes, así, sin más, sin poesía, ni color, ni atardeceres hermosos.
   —Sí que hay verdes cariño,  mira este sereno y mullido valle que pisamos. Es un campo de golf. 
   Me sorprendo tanto por el inesperado “cariño” como por el césped que inventa Federico. Le contesto con un yo no sé jugar al golf. 
   —¡Claro que sí!, acabas de darle a la pelotita, ¡uf que buen golpe!, ¡trescientos metros por lo menos! —exclama haciendo sombra con la mano delante de sus ojos. 
  Federico me hace imaginar una parábola perfecta de larga trayectoria. Sonrío, sonrío mucho, y sí, es verdad, tengo un magnífico swing
    —Anda, alcánzame ese hierro a ver si consigo... 
   —Bueno, mejor lo dejamos Federico, mira que hay gente paseando por la avenida y nos van a ver haciendo aspavientos. 
   —A mí no pueden verme, y si te vieran  a ti exclamarían ¡joder joder!, todos aplaudirían de lo bien que juega mi mujer. 
    —¿Tu mujer...? 
  —No me interrumpas que me desconcentras, ¿qué te estaba diciendo...? 
   Federico tiene una verde imaginación, que no veo hierba, ni césped, ni el campo de que me habla, pero le imprime tal draw y velocidad a la bola que cae directamente en el centro del bufadero. Mi padre la pilla  y se la lleva con él. 
   Llueve lento de repente, se confunde la espuma marina con la respiración del bufadero. Es la primera vez que llueve este verano y todo adquiere un tono metálico. 
   Se calma el viento. 
  Volvemos a casa, el suelo del paseo parece un largo espejo bruñido, se repiten las losas negras y blancas de manera alterna. Dan ganas de jugar con Federico a la pata coja y al que bien respiro.










Pincha aquí cap. I

Pincha aquí Cap. 3


                     



martes, 17 de julio de 2018

1 - El difunto de la Sala II


                                                                        1
                                                El difunto de la Sala II




   Huele a naftalina, y es que le han metido tres bolas de alcanfor en el bolsillo del chaleco, probablemente con el fin de conservar la prenda intacta para otro difunto que carezca de ropa propia. Va vestido de mafioso con terno gris, un clavel reventón en la solapa, el pelo aplastado peinado en raya y las manos cruzadas al pecho por encima de la corbata negra. 
   El finado de la Sala II se sienta a mi lado y me saluda con un ¡hola guapa!, ¿qué tal?
   No es la primera vez que los muertos me hablan. Todo comenzó desde que, por imposición materna, la acompaño a los velatorios..., claro que podría negarme, aunque prefiero la actitud pasiva de obedecer a mi madre antes que soportar su retahíla del no te preocupes, llamaré a un taxi... si yo no quiero molestar hija... que triste es hacerse vieja (llegado a este punto suele suspirar, un hondo suspiro)
   — Me llamo Federico —añade el difunto tendiéndome la mano, una mano muy fría.
   Este muerto no es mío.
   — Mamá, que nos hemos equivocado de cadáver.
   — No se dice cadáver hija, sino fallecido.
   Nuestra difunta se llamaba  Carmela, Sala III, una señora muy buena, todo el mundo la quería, sus hijos más, ya se están repartiendo las querencias del a tanto toca. 
   Las frases manidas se escuchan por doquier:
   No somos nadie.
   Mi más sentido pésame. 
   Ya descansó la pobrecita.
   Le acompaño en el sentimiento.
   Dios la tenga en su gloria.
   ¿la entierran o la incineran?
   Federico se empeña en acompañarme allá donde voy. Va desnudo de cintura para abajo, ni zapatos tiene y todo le cuelga, hasta la poca vergüenza de andar de esas manera por un lugar tan cumplido.
   —¿Y cómo es que vas así de esta guisa?
   Pues que no tengo familia que me vele, solo un seguro que cubre el protocolo. 
   — Ya podrían haberte puesto unos calzoncillos por lo menos. 
   — En la caja de soñar siglos sólo se ve cuarto y mitad y es que a mí no ha venido a despedirme nadie, ¡que no me quieren, joder!
   — No levantes la voz Federico.
   — Pero que  más da si solo me escuchas tú.
   — ¿Qué haces abrazando el aire?  —Pregunta mi señora madre. 
   Federico me cuenta sus cuitas, desconozco la razón, ya podía haber pillado a otra y es que el pobre desgraciao quiere que le lloren de verdad. Me lleva de la mano, ¡qué mano tan fría!, a la sala del finado IV, una vida joven, unos padres desolados..., el dolor es tan grande allí que no necesita demostraciones histriónicas. La pena ajena me pelizca  las entrañas y Federico me consuela.
   Salimos a tomar el aire, unas vagas figuras se pasean. Los que fuman, los que no fuman, los que compran flores a cien euros la siempreviva, los que lloran, los que hacen como que lloran, los que callan, los que tiemblan.
   — Mira, allí hay más muertos como yo buscando barcas de lágrimas.
   — ¿Y a dónde vais después de...? 
   — No lo sé, ni puñetera idea, pero estoy cagado.
   — ¿Y tú a qué te dedicabas cuando estabas vivo?
   — Yo era un... no doy con  la palabra... la de vivir para el placer de los sentidos.
   — Egoísta.
   — No no..., ya lo recuerdo, un hedonista.
   — Pues eso he dicho.
  Federico me cuenta que una vez quiso a una mujer. De tanto quererla la ahogó con su sombra.
   —Tanto que se me posa una rumbita en la etiqueta “fulanito de tal, sala II” que me han colgado del dedo gordo del pie y hasta me bailan las rayas del traje de mierda que me ha endosado la funeraria. Tanto la quise que mira cómo se me alegra la querencia de debajo del ombligo solo de pensar en ella, la añoro, me muero, me estoy muriendo por ella.
   — Ya, ya lo veo.
   — Puñetera vida —.Se lamenta Federico y a mí me da mucha pena.
   — Oye mi niña, ¿tú no me tienes miedo que mira que soy un muerto?
   — ¡Ay que risa!, si es que eres un difunto de opereta medio desnudo, eso no es un terno, chaqueta y chaleco sin pantalón. 
   Se mira a sí mismo y sonríe de la facha que lleva. Me comenta que antes, mucho antes, vestía de Armani y de... 
   — Bueno, ¡ya que más da! 
   — Mira, ahí viene tu coche negro que te llevan para los siempres.
   — Cántame la canción de "Vete de mí" de Diego el Cigala, antes me gustaba mucho, ya sabes, cuando estaba vivo.

          Tú que llenas todo de alegría
          oye el canto perfumado del amor
          vete de mí

   Al difunto de la Sala II se lo llevan en una carroza negra tirada de mis ojos de inventar penas al trote de una rumbita.

          No te detengas a mirar
          las ramas muertas del rosal
          que se marchitan sin dar flor

   De vuelta a casa, mi madre se queja de que la radio del coche está demasiado alta y sin pedir permiso la apaga. En mi cabeza siguen sonando los últimos acordes.

          Mira el paisaje del amor
          que es la razón para soñar
          y ama...
          ama



domingo, 17 de junio de 2018

Hoja de ruta por la piel de mis mujeres










                                             Hoja de ruta por la piel de mis mujeres

            Versión corregida para nuestro concurso "Tintero de oro"



     

     Declaro estar firmemente enamorado de las dos, no podría prescindir de ninguna de ellas. Amo sus diferencias y sus similitudes, el pelo ensortijado y cobrizo de A, la manera en que la luz se enreda en la curva de cada uno de sus rizos; de B su corto cabello lacio que resalta el delicioso perfil de su nariz, sus ojos grises y algo miopes de mirada fija cuando me observan con el mismo rigor que resuelve ecuaciones. Adoro de A su intimidad de algodón de bragas blancas, siempre blancas, sin adornos, el vello púbico ligeramente más oscuro que su rojiza melena. Me gusta el vientre plano de la una, los pequeños pechos de areolas sonrosadas de la otra y, sobretodo, su entrega sumisa; de B el frunce de los labios cuando propone con su endiablada inteligencia juegos y situaciones.
     En ocasiones imagino que las mezclo aunque case tan mal el diálogo fluido de B con el tartamudeo retraído de A, el desparpajo existencialísta y estimulante de la primera, tan diferente de la cercana afectividad, de la ternura de mi muy querida muchacha. Pero a veces, solo a veces, me aburre porque es demasiado predecible, lo que me atrae de ella es también lo que me separa. Siempre tan igual a sí misma, tan tranquila, tan serena y mansa. Entonces es cuando recurro a la intensa B.
     Conozco a B desde siempre, fue compañera de escuela, alumna sobresaliente de ceño centrado y egoísta, jamás permitía la invasión de su espacio, su mano frontera entre su cuaderno y el mío, las mismas manos de uñas recortadas y diestras que en la granja de su padre manejaba con eficacia las ubres de las vacas. Yo siempre soñaba que alguna vez, con suerte, se moverían dentro de mis pantalones. En el instituto fuimos novios de besos y alguna caricia, pocas. Dejé de salir con ella porque quiso presentarme la comida nutritiva de su madre, a su robusto padre, a sus rollizos hermanos y hasta a la abuela inquisidora que enseguida determinó que no le gustaba nada un torpe canijo para su inteligente nieta. No nos vimos durante algún tiempo porque pensé que pronto engordaría como toda la familia, como las vacas de su granja. Ahora tiene un cuerpo de curvas perfectas y una mente privilegiada. Somos compañeros de Facultad en Ciencias Matemáticas y me conmueve hasta la erección la voluntad de su mano despejando incógnitas.
     Y aquí me tiene sujeto a su voluntad con cintas de cuero, le suplico que me suelte, necesito orinar, me estoy reventando. Dice que no, todavía no. Entonces es cuando pienso en A, mi dulce mujer obediente. Cuando le digo ven niña, ella lo deja todo y enseguida acude a socorrerme de la otra.
     Una es un solo de saxo trepidante y otra un lento slow blues.
     A es la potencia de la mecánica cuántica en mi lecho y en mi sexo, B la belleza que abarca todo lo simple.
     A una la someto, la otra me esclaviza.
     Son las constantes de mis días y el cielo estrellado de mis noches.
    B y A forman el abecedario completo, son ecuaciones perfectas, no tengo necesidad de despejar ninguna incógnita, ambas son binomio y complemento, inicios de un epitafio, las necesito en mi vida y en mi cama con la misma urgencia y en la misma medida porque soy navegante de la piel de mis mujeres con cuaderno de ruta sin rumbo fijo.
                               


                                      Tara (Isabel Caballero)


















                          Versión anterior


     Declaro estar firmemente enamorado de las dos, no podría prescindir de ninguna de ellas.  Amo sus diferencias y sus similitudes, el pelo ensortijado y cobrizo de A, la manera en que la luz se enreda en la curva de cada uno de sus rizos; de B su corto cabello lacio  que resalta el delicioso perfil de su nariz, sus ojos grises y algo miopes de mirada fija cuando me observan con el mismo rigor que resuelve ecuaciones. Adoro de A su intimidad de algodón de bragas blancas, siempre blancas, sin adornos, el vello púbico ligeramente más oscuro que su rojiza melena. Me gusta el vientre plano de la una, los pequeños pechos de areolas sonrosadas de la otra y, sobretodo,  su entrega sumisa; de B el frunce de los labios cuando propone con su endiablada inteligencia juegos y situaciones.
     A veces imagino que las mezclo aunque case tan mal el diálogo fluido de B con el tartamudeo retraído de A, el desparpajo existencialísta y estimulante de la primera, tan diferente de la cercana afectividad, de la ternura de mi muy querida muchacha. Pero a veces, solo a veces, me aburre porque es demasiado predecible, lo que me atrae de ella es también lo que me separa. Siempre tan igual a sí misma, tan tranquila, tan serena y mansa. Entonces es cuando recurro a la intensa B.
     Conozco a B desde siempre, fue compañera de escuela, alumna sobresaliente de ceño centrado y egoísta, jamás permitía la invasión de su espacio, su mano frontera entre su cuaderno y el mío, las mismas manos de uñas recortadas y diestras que en la granja de su padre manejaba con eficacia las ubres de las vacas. Yo siempre soñaba que alguna vez, con suerte, se moverían dentro de mis pantalones. En el instituto fuimos novios de besos y alguna caricia, pocas. Dejé de salir con ella porque quiso presentarme la comida nutritiva de su madre, a su robusto padre, a sus rollizos hermanos y hasta a la abuela inquisidora que enseguida determinó que no le gustaba nada un torpe canijo para su inteligente nieta. No nos vimos durante algún tiempo porque pensé que pronto engordaría como toda la familia, como las vacas de su granja. Ahora tiene un cuerpo de curvas perfectas y una mente privilegiada. Somos compañeros de Facultad en Ciencias Matemáticas y me conmueve hasta la erección la voluntad de su mano despejando incógnitas.
     Y aquí me tiene sujeto a su voluntad  con cintas de cuero, le suplico que me suelte, necesito orinar, me estoy reventando. Dice que no, todavía no. Entonces es cuando pienso en A, mi dulce mujer obediente. Cuando le digo ven niña, ella lo deja todo y enseguida acude a socorrerme de la otra.
     Una es un solo de saxo trepidante y otra un lento slow blues.
     Las necesito en mi vida y en mi cama con la misma urgencia y en la misma medida porque soy navegante de la piel de mis mujeres con cuaderno de ruta sin rumbo fijo.
    Hasta que ambas me descubrieron fui el más feliz de los hombres. Una fórmula tuvo la culpa: F=4.π.10-7.l2.L/2.π.1 “la magnitud de cada una de las fuerzas eléctricas con qué interactúan dos cargas puntuales es directamente proporcional al producto de las cargas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que las separa” o expresado de otro modo “Dadas dos cargas puntuales y separadas una distancia en el vacío, se atraen o repelen entre sí con una fuerza cuya magnitud …“ en fin, lo que para una mente ordinaria son galimatías, para la prodigiosa inteligencia de mi muchacha B es una ecuación resuelta, la fórmula le hizo despejar la incógnita de que los momentos que no pasaba con ella existía la alta probabilidad matemática de que mantuviera una relación X, aunque puede que la fórmula no tuviera la culpa, sino las bragas blanca de algodón que encontró entre las sábanas, y a la desbragada volviendo a reclamar su perdida prenda, una evidencia imposible de rebatir ni siquiera por medio de alguna fórmula mágica.

sábado, 2 de junio de 2018

El mendigo del cementerio Staglieno




                                               El mendigo del cementerio Staglieno


   ¡Es tan fácil enamorarse de María! Me gusta todo de ella: los lunares de su espalda, la manera en que la brisa levanta su pelo cobrizo, el gesto de sus cejas cuando no está de acuerdo con algo, su modo de escuchar ladeando un poco la cabeza, y sus silencios, los silencios de María.
   —¡No me gusta nada el cementerio! —exclama mirando las estatuas de comerciantes acomodados, familias completas representadas en grupos del “ya no estamos, aunque fuimos lo más granado de Génova, contrabandistas de primera generación, descubridores de nuevos mundos, banqueros... "
    —¿De todo eso hablan las estatuas?
    —Sí—respondo —también cuentan que el mar mueve el dinero.
   —¡Gente lista! —hace el gesto tan italiano de poner todos los dedos juntos y agitarlos delante de mis ojos.
   Nuestras risas se confunden con las voces de una familia que merienda y toma vino de la Riviera italiana con su medida justa de sol y uvas. Sostienen con regio ademán las bases de las copas, gesticulan y hablan en zeneize, el sonoro dialecto genovés, que eso no es pronunciar, es rapsodiar, hacer lirismo de parola. 
   —Este pueblo sí que sabe decir la tua puttana con elegancia de gesto.
   No puedo evitar pensar que la mano de aquel ángel de piedra durará más, mucho más, que la curva de la garganta de la mujer que ríe, tan joven y hermosa, eleva el tono de voz justo al final de cada exclamación acentuando el vieni quí, Paolo vieni quí, que se escapa el niño Paolo entre las tumbas.
   María tiene un libro morado “La lingua italiana per stranieri”. Consulta en él unas palabras para contestar al mendigo hediondo y educado que le ofrece unas figurillas de escayola.
   —Mi escusi si la disturbo.
   —Oye, que el escayolista me habla y no lo entiendo.
   El mendigo se enfada, me pide que traduzca una frase para mi amiga.
   —Posso tradure questa frase? Io sono grande artista.
   —Que dice que te diga que es artista de los grandes, y que se llama Michelangelo, ¡cómo no!
   Me gusta de María el modo de aguantar la respiración haciendo como que no nota el hedor del desgraciado. Mira con interés las copias de yeso, le pregunta si las ha hecho él, le dice, mirándolas con atención, que son muy bonitas. Luego le paga un dinero exagerado para acallar la conciencia de tenerlo todo y que otros no se tengan ni a sí mismos. Por eso no le agrada el Cemiterio Staglieno, porque un mendigo le impide ver la belleza.
   —Anda, vámonos de aquí.
   Bajamos por La Via de Piazencia, no quiere ver como el guardián del cementerio echa al mendigo. Viste el celador uniforme granate tachonado de medallas e insignias, una banda verde cruzada al pecho, parece un general de opereta. 
   Es tan grato caminar bajo las sombras alargadas de los olmos, cipreses, algún olivo. La superficie veteada del paseo mil veces recorrido, desgastado de pasos, marmóreo y blanco, parece una novia velada porque hay algo de niebla.
   Nos despide  Miguelangelo agitando un trozo del cartón sobre el que duerme, lo mueve en el aire con tanta elegancia que más bien parece un duque representando a un mendigo. Su anillo refulge.
   — Addio addio!
   — ¡Adiós maestro!


                                                                 

                            Tara - Isabel Caballero

miércoles, 16 de mayo de 2018

El padrino



                                                                       El padrino



   Cuando yo era pequeño, y de esto hace ya ochenta años, a Juan Cedrés, unos pocos minutos antes de fallecer le impartió los santos óleos el mismísimo obispo en persona. No era corriente que a un humilde hijo del pueblo le diera  la extremaunción tan alto cargo de la iglesia, para estos menesteres estaba el párroco con su hisopo de irrigar agua bendita, y si no llegaba a tiempo, la familia, vecinos y amigos le rezaban en el velatorio unas cuantas oraciones por el perdón de sus pecados.

   Mi padrino Juan, o Juanito, como solían llamarle cariñosamente, vivía del cambullón, un oficio de trueque, de toma y daca a pie de muelle. Además había que dominar idiomas, todo el mundo que se dedicaba al change sabía que moni-moni era dinero, libras esterlinas mayormente, y un guanijay (Jhon Haig), un whisky, y sobre todo había que tener ojo con los watchman, vigilantes del puerto. 

   Cualquiera no se podía dedicar al cambullón porque si se engañaba había que hacerlo con cierta mano izquierda, dar gato por liebre de manera delicada, es decir, que si se vendían pájaros canarios, se procuraba  que las criaturas fueran armoniosas en sus cantos, al menos durante el tiempo que durara la travesía. Y si no eran canoros de pura cepa, una manita de azafrán podía dar el pego..., si luego se desteñían por el camino, o se apagaban los dulces trinos, la culpa era de la niebla,  de  la extraña  alimentación de las lejanas tierras, o de la tristeza que producía la nostalgia isleña. Mi padrino siempre fue de la condición de engañar solo a quien se lo mereciera, aunque algún pájaro bueno vendió, según le diera. Como le daba pena enviar a los pajarillos a un lugar tan frío, endosaba  sólo a los que estaban viejos o enfermos para evitarles el suplicio. Juanito es que tenía muy buen corazón.

   Tan malos eran los tiempos y tanta miseria había, que fue preciso reglamentar el contrabando con cierta pátina legal dando parte a la Autoridad Marítima. El cambalache que se hacía en el mar era consignado como mercancía oficiosa, pues convenía estar a buenas con quienes, si querían, podían joderte la vida ya de por sí complicada. Nunca le faltó a quienes expedían los permisos reglamentarios, en Aduanas o en la Comandancia de Marina, puros y ron de Cuba, latas de galletas danesas, chocolate suizo, mantequilla holandesa, o su buen corte de paño inglés.

   
   Se formaron tres agrupaciones llamadas Taifas: la de “La Plaza del Puerto”, la de “El Refugio”, y la del “Muelle Grande”, a esta última pertenecía mi Padrino. Solía mediar entre las tres cuando había conflictos, dado su talante apaciguador y buen tino. 

   
   Centenares de pequeños botes se agrupaban en torno a los buques o en el muelle del puerto de La Luz terminada su construcción casi al final de la guerra. Juanito se dedicó sobre todo al intercambio con los barcos argentinos. La carne y la penicilina eran su especialidad. Él ofrecía canarios, mantelerías caladas a mano, también piñas de plátanos y tomates para la larga travesía. En la posguerra pudo hacerse rico, sin embargo, muchos isleños le deben no solo la salud, sino el haber pasado menos hambre de la que tocaba. Por eso empezaron a llamarlo Padrino. A mí me sacó de una meningitis, y a mi madre de unas fiebres malas que casi no lo cuenta. Ayudaba al que podía por pocas perras, y al que no podía pagar también socorría. Las putas del puerto se lo rifaban, no solo por sus medicinas milagreras, sino porque las trataba a todas como si fueran señoras. Nunca se casó el hombre, ni necesidad de hacerlo, no le faltó caricias, ni cariño, ni menos aún, el respeto.

 
   Cuando enfermó entre todos los vecinos le cuidaron, y hasta don José, el doctor, no quiso cobrarle ni un real, pues también le debía favores.

 
   El obispo llegó por fin a la casa del moribundo. Vino caminando desde la otra punta de la capital, y pegado a su pecho la custodia y los aceites de ungir cubierto del paño sagrado. Caminaba y sumaba peregrinos a sus espaldas. No se sabe si el señor obispo lo hizo porque le curó de algo, o porque ganarse al pueblo es de personas inteligentes, y dicen que este obispo era listo, más que otros que prohibían hasta los carnavales, la única distracción de las buenas gentes, de las malas también. 

 
   Le precedía la boca del pueblo que iba pregonando el recorrido.

 
   —Está saliendo de la Catedral de Santa Ana

 
   —Ya salió del barrio de Vegueta.

 
   —Ya va por la calle de Triana.


   —Ya está llegando.


   —Ya llega.

 
   Algunos vecinos tuvieron la idea de recibirlo bajo palio. A la alfombra persa de Sebastiana quisieron meterle cuatro palos para que hiciera de baldaquino o dosel sobre la cabeza del obispo, pero la mujer se negó porque sus buenos duros le había costado, y porque los de la feliz idea iban pasados de ron. No me viene a la memoria el nombre del tal obispo, por lo visto llegó a cardenal, por aquí le decimos el que le dio las últimas al pobre Juanito, que en paz descanse, con estas palabras: —Por esta santa unción, y por tu bondadosa misericordia, Juan Cedrés, que el Señor te ayude con la gracia del espíritu Santo, y te conceda la salvación eterna. Amén.

 
   El moribundo, ya cetrino y a punto de espicharla,  abrió los ojos, y con la voz trémula susurró: —Dígale al Señor que me perdone por el canario mudo que le regalé a usté para que se lo mandara al Santo Padre. Dígale que no me lo tenga en cuenta. 

 
   Dicha estas palabras se murió el hombre y no hubo a quien no se le mojaran los ojos. La calle se hincó a una, los hombres una rodilla sí, la otra no; las mujeres se cubrieron la cabeza con pañuelos, tocas, o cualquier tela o trapo que tuvieran a mano; la puta hermanada con la mocita; el dueño de la botica con el ciego de la esquina; la vecina cotilla rezando junto a la paseada de boca; el arrendatario y el arrendado.

 
   La noticia de su muerte corrió en pocas horas desde los corrillos de la puerta hasta la explanada frente a la bahía.


   ¡El padrino ha muerto!
 
   Rauda y veloz sobrevoló el istmo que une a la isleta con el resto de la isla llegando a todos los rincones: a los riscos y a los barrancos, a los arenales y a los frondosos bosques de pinos y tabaibas.
 
   ¡Se ha muerto el padrino!, pregonaban las bocas y la mala nueva llegaba a quienes moraban en los caseríos y habitaban las cuevas, a las cuarterías y a los sin techo, en la casa del pobre más que en la del rico. 
 
   ¡Que se nos ha muerto Juanito!
 
   Nunca por estos lares se vio entierro con tanta gente.






                                                                  Tara - Isabel Caballero

jueves, 3 de mayo de 2018

El baúl de doña Gloria




                         El baúl de doña Gloria



     Le cantábamos con retintín aquello de “Valentín con el maletín con la pata coja no me pilla a mí”, total porque el muchachillo tenía un tic nervioso que le hacía caminar renqueando a veces sí, a veces no, según le diera. Su hermana pequeña, como Valentín, virtuosa del piano, aunque torpe para lo cotidiano; la niña se pegaba unos taponazos tremendos con los dichosos patines en los que se empecinaba en subirse una y otra vez hasta que se rompió los dientes delanteros, amén de las gafas, y seguía empeñada en...

    Lo cierto es que a todos nos parecía una familia algo extraña. El padre era anticuario además de colaborador como articulista de notas de sociedad en un periódico de tirada semanal.

     Como todas las noches, a través de las persianas semientornadas, se adivinaban  todos los azules de todas las teles de todas las casas desde donde todas las familias veían sus respectivos canales; todos salvo en la casa del anticuario, por lo visto les gustaba escuchar música clásica, sin imágenes. Aquel sábado noche los vecinos a una pegamos un respingo en el tresillo familiar al escuchar el bombazo del coche del articulista - anticuario, un Citroen negro con el motor detrás. Salimos dispuestos a apagar el incendio y terminamos celebrando el salvamento con una fiesta improvisada a base de pasar la bota de vino de mano en mano. Poco después escribió el anticuario aquella novelucha en la que contaba la salvación del automóvil de forma esperpéntica, una parodia burda y cruel del barrio. Los vecinos dejaron de hablarle y empezaron a llamarle “el tío raro ése” haciendo extensiva la rareza a sus atípicos hijos. Sin embargo, todos sentíamos cierta simpatía por su amable, sencilla y generosa esposa.


     Doña Gloria era diferente a todos ellos, un milagro de armonía en el barrio.¡Era mágica! Tenía el mismo color ambarino  de ojos que el halcón disecado de la sala expuesto sobre un pedestal de mármol, o puede que de yeso imitando en su terminación una rama seca sobre la que se posaba, hierático,  el pajarraco.


     Me dejaban tomar clases de piano con sus hijos y unos cuantos chiquillos más por un módico precio compartido. Mientras esperaba mi turno de piano solía curiosear los tesoros de la sala, y a veces, doña Gloria me pedía la opinión sobre alguna antigualla adquirida por su marido en alguna subasta sin tener en cuenta que yo solo era una niña sin conocimientos artísticos. 

     Doña Gloria ladeó la cabeza con un ojo cerrado y otro abierto, del mismo color indefinido que el del halcón, observando  el cuadro. Yo, imitándola, hice lo mismo.


     —¿Qué?, ¿qué te parece?


     No entendía cómo podía interesarle mi opinión pues siempre respondía a todo con un “muy bonito”, fuera un amorcillo de porcelana con un ligero descantillado o un “secretaire” de rincones ocultos. Claro que en alguna ocasión me arriesgaba un poco.


     —Muy bonito doña Gloria, pero un poco oscuro ¿no?


     Evaluaba mi certera crítica coincidiendo conmigo en  que la luz de la izquierda incidía oblicuamente sobre el retrato del insigne militar laureado dándole una pátina añeja algo opaca. Por supuesto, Gloria sabía respetar la opinión de una niña seria, un poco tímida y experta en arte.


     Al fondo los niños desafinados a punto de fa sostenido, a veces sueltos, se le escapaban a la maestra de piano. Yo prefería quedarme en la sala abarrotada de muebles y cachivaches, todos los estilos mezclados a punto de asfixia; una “chaise longue” de raído tapizado de satén combinaba con el bronce del marco de un espejo algo más que oxidado. Gloria observaba lo que yo miraba con curiosidad, y entonces, para compensar tanta decadencia me mostró unas telas de cortinas casi nuevas.


    —Serían maravilloso  si tuviéramos ventanales lo suficientemente amplios de donde colgarlas y lucirlas —murmuró mientras acariciaba el terciopelo de color oro viejo de las telas extendidas sobre un sofá desvencijado.


     —Preciosas, muy preciosas.


     —Ven, tócalas, ya verás que suaves son.


     Con su mano blanca de uñas nacaradas, puso a contrapelo la tela para que apreciara las dos tonalidades  en un sentido o en el otro. A mí me parecía  como si el oro se encendiera y apagara de repente.


     Entonces, soltando las cortinas, abrió el baúl, tan grande que podría caber dentro.


     —Coge algo, lo que quieras.


     —¿Lo que quieeera...?, ¿en serio?

     El halcón disecado parecía mirarme con sus ojos de cristal.

     Un baúl lleno de cosas, todo tan bonito que eso no se hace, obligarme a elegir, esto sí, o esto no... un enano muy gracioso a ritmo de cuerda y ratatam de su tambor de hojalata, claro que yo ya no era una niña pequeña... mejor la peineta de carey, o el bolso de lentejuelas. Elegí un pequeño libro  de portada de nácar con cierre plateado.

     El halcón cerró sus párpados  y batió las alas, o eso creí por un momento.

     Por la noche, ya en la cama, lo abrí. Resultó ser un misal. En su primera página en blanco y negro dos parejas bailaban con un demonio, y bajo ellos, un letrero envuelto en las llamas del infierno, advertía:¡Joven, diviértete de otra manera!

   Ojalá hubiese pillado la pluma de avestruz, el abanico de varillas de marfil, el cuento de hadas, o el pañuelo blanco de seda de la China China China.


                                     Tara - Isabel Caballero