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jueves, 11 de julio de 2019

El cerebro del alma





                                                                                 




    Antes de abrir la puerta hubo un tiempo en que bandadas de aves  acudían a visitarme. Sus arrullos, gorjeos, graznidos y trinos me reconfortaban. Entre todas ellas prefería a los colibrís. Batían sus alas mientras libaban del alma de mi cerebro o del cerebro del alma. Cuando extendían sus lenguas... ¡ahhh!, entonces  todo se inundaba de infinitas  impresiones! El color de la música, el sexo redimido, la piel abierta, los sentidos dispuestos a recibir sus caricias excitando puntos vírgenes que  incendiaban sensaciones jamás imaginadas.
    —Son alucinaciones que recrea tu mente enferma. ¿Desde dónde  vienen tus pájaros?, ¿dónde están las huellas de sus pisadas?, ¿y los excrementos?..., porque defecarán ¿no? —ironizaba el doctor.
    —Acuden desde los lejanos páramos, las suaves praderas, los  húmedos manglares y los bosques umbrosos;  desde el calor de los cielos y la frialdad de los infiernos, y no cagan porque vienen ya cagados.
    Ya no escucho voces. Más allá de la puerta, el mundo exterior  es plano. El psiquiatra diagnostica  esquizofrenia en fase residual. Pienso que rebaja el paraíso a patología.


                                                                174 palabras


                                                                                                                             Isabel Caballero 


                                            



                                                    






lunes, 8 de julio de 2019

PROSOPÓN




PROSOPÓN

Sin máscaras, sin parodias
persona que suena
resuenan personas
¿Y cómo te digo que duele
que ya tu mirada
que ya tu mirada
no mira de la misma forma?
Cuelgas la careta y
dices que sí, que aún todavía
me quieres de aquella manera
de cuando decías, decías…
No valen poemas
no valen palabras vacías
mentiras de plata de cuando mi piel
a ti te ponía… ¿recuerdas?
de aquella manera
No valen  ya  versos
sin ecos apenas
las verdes fronteras
que ya no  suenan…  a nada
Hablan los poetas
suenan, resuenan
de aquella manera.



Unos versos sin pretensiones poéticas, dedicado a la amiga Emerencia.

lunes, 20 de mayo de 2019

Cuento sobre una gárgola, un hada y un dijinn









  

   El sonido de la flauta del ciego  ulula como el ardiente siroco, aire caliente que sopla entre las alas extendidas de los halcones que sobrevuelan el inmenso cielo del Sahara. Sus notas invaden el patio de mi casa donde mi hermana y yo hacemos los deberes bajo la sombra de un cañizo.
   Mi padre levanta la vista de su periódico y me regaña con semblante serio.
   —No te despistes y estudia, hija.
   Hago cálculos de matemáticas, también de geografía; tengo que resolver en qué punto exacto se cruzaría un tren (A), que parte de Constantinopla, a la velocidad constante de 1.500 Km/h, con otro tren (B), que sale de Viena a la mitad de la velocidad. ¿A qué distancia se encontrarían A y B, y en qué punto geográfico?, pregunta el complicado problema.
   Muerdo el lápiz de pensar y miro como el sol se enreda en el claro pelo de mi hermana pequeña. ¡Ay si yo fuera tan bonita como ella!
   Una gárgola se desprende del tejado y del pozo asoma un pequeño djinn de orejas puntiagudas y ojos verticales, por pupilas dos ranuras amarillas.
   Ambos discuten.
   —Si un tren saliera de Port Sudán y otro desde Zanzíbar, el punto exacto donde se cruzarían sería en Orán, justo enfrente de la mezquita donde venden los mejores melones de la zona —afirma el dijinn con total seguridad.
   —No hagas caso de este imbécil, te quiere confundir; esos lugares son puertos, no estaciones de tren —gorgotea la gárgola.
   ¡Ale Hop! Un hada madrina aparece radiante e inmaculada, como si el calor del patio no fuera con ella. Aparta con sus alas transparentes a mis dos conflictivos ayudantes.
   —¿Niña, que quieres?, ¿por qué me has despertado del país ideal dónde habito?
   —Es que quiero ser rubia, como mi hermana.
   Sonríe el hada de opereta vestida a la manera clásica: cucurucho de tul y varita estrellada de deseos, también unas gafas de sol para protegerse de la radiante luz.
   El pequeño y veloz djinn aparece y desaparece varias veces, hace piruetas absurdas y desesperadas para llamar la atención, solo ha tardado unos segundos en dar siete veces siete vueltas a la esfera del mundo y aún le sobra tiempo para echarle un ojo a los problemáticos deberes.
   —¿Cómo lo haces? —pregunto muerta de curiosidad —.¡Ojalá fuera tan rápida como tú!
   —No lo sé, imagino que estoy en un lugar y voy, y llego, sin más. Puedo hacer actos dificultosos que rebasan cualquier capacidad humana.
   —Sin embargo, no sabe hacer cálculos de trenes —se chiva la gárgola pétrea e inamovible, envidiosa de la agilidad del genio del submundo.
   —¡Anda que tú! —escupe el djinn.
   —En el medievo fui dragón cuellilargo de alas membranosas, comedor de doncellas vírgenes y caballeros de brillante armadura.
   —Ahora es desaguador de lluvias en los tejados, draconiano venido a menos, de qué le sirve dragar aguas si aquí en el Sahara apenas llueve
   —¡Vete a hacer puñetas a tu submundo!
   —¡Y tú a hacer gárgaras a tu sumidero!
  —¿De dónde venís? —pregunto poniendo punta final a la absurda discusión entre ellos.
   — De la cima, de lo alto de las iglesias y de las catedrales, y nos preciamos de ser grotescas y de parodiar los gestos de los seres humanos. Formamos sociedad en hileras sobre los tejados. Nunca estamos solas. Somos comunidad.
   —De la sima, o del pozo, o de lo que está más abajo del pozo o de la sima, y somos legión. Entre nosotros hay creyentes e impíos, justos e inicuos, ángeles o demonios, pero no hay ninguno que sea lento o torpe.
   —¿Y cómo es qué nadie os puede ver salvo yo?
   —Solo somos visibles para las niñas soñadoras que no parpadean, o que lo hacen tan rápido tan rápido que parece como que no. También nos ve el ciego que toca la flauta en el callejón del zoco.
   —¿Queréis saber de dónde procedo yo? —.El hada se hace la interesante tras su velo de tul ilusión.
   Con infinita paciencia le hago la pregunta, al fin y al cabo tiene poderes y puede convertirnos en sapos, o algo peor.
   —O en una gárgola —responde el dijinn mentalmente.
   —O en un dijinn —piensa la gárgola.
   —Vengo del mundo de los cuentos, de las leyendas, del éter. Como podéis observar, soy un ser vaporoso, etéreo y sutil —. Presume el hada entrometida que todo lo sabe, ¡bella y perfecta!, como si las miasmas del mundo no la rozaran, tan inmaculada que dan ganas de desinflar la burbuja en la que flota.
   —¿De qué tono lo quieres, niña?
   —¿El qué... ?
   —Pues qué va a ser tonta, tu pelo, ¿no querías ser rubia?
   El hada abre un muestrario con cien tonalidades tan brillantes y claras que ciegan.
  —Este..., no no, mejor ese, creo... —dudo. Ahora que está a mi alcance, dudo mucho.
   Se ríe con una carcajada tan estridente que aplasta el sonido de la flauta mágica, al dijinn y a la gárgola. Todo se apaga menos los deberes.
   —Lo siento, no puedo concedértelo.
   —¿Por qué no?
   —Porque solo soy un absurdo deseo de tu dorada infancia.
   Mi padre carraspea y mira la hora en su reloj de pulsera dando pequeños golpes sobre él con su dedo índice.
   —No te vayas, dime al menos a que altura se encontrarían los dos trenes de mi problema.
   Pero desapareció la muy hada mentirosa con su varita de plomo de hacer ¡flops!










                                         Isabel Caballero


sábado, 23 de marzo de 2019

Cuerno de cabra









   
   Carmen me presentó al profesor de filología a la salida del paraninfo. Todos comentaban la escena de la violación. Hacía una década que la película había hecho furor, y aunque el cine de culto, junto al de arte y ensayo, era lo que molaba, “Cuerno de cabra” me pareció un peñazo.
   Daba datos el profesor sobre la Bulgaria del siglo XVII y lo magníficamente ambientado del medio rural. Ahora, más de treinta años después, recordando aquellos primeros momentos, parecía que estuviera sentando cátedra con el manido discurso  y la puesta en escena de sus vastos conocimientos cinéfilos. Las caras embobadas de sus alumnas daban grima, solo faltaba que se bajaran las bragas para completar el gesto de rendición absoluta. 
   No, no me gustó nada “Cuerno de Cabra”. 
   Carmen, como siempre ocurría, con su labia era el epicentro de cualquier reunión haciendo competencia al verbo fácil del filólogo. En la tertulia improvisada ambos debatían como si les fuera la vida en ello.
   —¿Y tú qué opinas, María? —me preguntó el profesor.
   Me daba cierto apuro ponerme en contra de la favorable opinión general sobre la puñetera película. Solo tenía diecisiete  años, empezando mi primero de carrera. Era novicia en casi todo. 
   Fuimos al local donde solía reunirse una ecléctica muestra del panorama ochentero: ácratas, panfletarios idealistas de sueños fútiles; varios incipientes góticos mezclados con algún hippie trasnochado; alumnos de la escuela oficial de Bellas Artes junto a grafiteros oficiosos; artistas del pop, del punk-rock y demás aves transgresoras del paraíso. 
   Al fondo estaba el grupo de teatro en el que  Carmen participaba. Fue a charlar un rato con ellos dejándome sin su amparo. No sabía de qué hablar y no tenía, aún carezco de ella, la dialéctica y la soltura de palabra de mi inteligente amiga. 
   —¿Te gusta el sitio? —preguntó el profesor haciéndome partícipe de la conversación con preguntas poco comprometidas, como: ¿verdad María?, ¿a qué sí María? En ocasiones mis opiniones eran tan pocos convencionales que le hice sonreír sin proponérmelo. Si el filo reía, la pandilla improvisada reía más. Aquella noche me gané fama de graciosa sin serlo, por lo visto tenía golpes de efectos, (lo dijo en francés).
   Después de tocar el grupo canario “Teclado frito”, sonó Eric Clapton. Todos se pusieron a corear a la voz de “Cocaine”. El profesor se las ingenió para estar siempre a mi lado. Con su locuacidad didáctica me explicó que la letra estaba en contra de la droga y que Eric, (lo llamaba Eric, como si fuesen amigos desde la infancia), añadió en sus actuaciones en directo la frase de “that dirty cocaine”, por si no se entendía el mensaje de que la coca era sucia. Mucho más tarde supe la blanca causa de sus ojos brillantes y de sus puntuales verborreas. 
   Carmen volvió  bebiendo una cerveza a morro, ya llevaba unas cuantas, aunque el alcohol raras  veces hacía mella en ella. Se sentó a mi lado. Todo en su actitud indicaba su protectorado. “Coto privado”, advertía el brazo, que sin rozarme, mantenía sobre el respaldo de mi asiento. 
   —Mira el cabronazo —dijo mi amiga entre dientes, señalando con la barbilla el póster de un heavy metal satánico de afilados cuernos. Según la postura que adoptara el filo, la cornamenta daba la impresión de coronar su testa. 
   El profesor, ajeno a la burla, garabateaba algo en una pequeña libreta. Improvisó unos bellísimos versos sobre el juego de sombras de mis pestañas y la línea de mi perfil, al parecer, perfecta. Los rompí cuando encontré, tiempo después, en uno de los bolsillos de su gastada chaqueta de ante, el mismo, exacto, dulce, exquisito poema sensible, salvo la dedicatoria a otra muchacha tan crédula y entregada como yo.
   Me enamoré de él enseguida, tardó en meterme en su cama lo que él quiso que tardara. Yo era virgen, la única virgen, seguramente, en todo el recinto universitario; una virgen con cara de virgen con el sello de virgen estampado en mi frente. Yo era virgen de todo menos de la boca de Carmen y de su férreo control. Una virgen de nombre María.





                                           Tara - Isabel Caballero



viernes, 11 de enero de 2019

Algo parecido a una carta de amor mientras escucho un saxo





                  Algo parecido a una carta de amor mientras escucho un saxo



   Cariño, te escribo desde la mesa de la cocina, a mi lado hay un centro de naranjas de la China China China que tú llamas mandarinas, ¡huelen a gloria bendita!
   Cuando leas la presente, parece que te estoy viendo, seguro sacarás el lápiz amarillo de penalizar las terminaciones en “inas”. Apunta siete.
   Ahora salgo a pasear, ¿me ves?, estoy paseando. Se me quedan las cosas, todas las cosas, colgadas de los ojos, y es que me fijo mucho para después contártelas. El cielo es más amplio desde que te escribo. Mira, en la playa hay una joven madre tumbada boca abajo sobre la arena. Su niño chico, más de dos años no tendrá, le ha parecido que el lugar más cómodo es el trasero de su mamá, se ha sentado satisfecho en el curvo sofá, claro que pronto se cansará de su mullido trono porque los niños son así, se aburren de los juegos enseguida. Me gusta contarte esto porque sé que vas a sonreír. Hacerte reír siempre me ha resultado fácil, que me quisieras para “los siempres” un imposible.
   Escucho el mar que va y viene, a veces solo parece que viene. De vez en cuando, una ola mayor que las otras hace más ruido que las demás al llegar a la orilla, en su retroceso los cantos y piedras que arrastra la resaca suenan a... no me sale la palabra, ¿cómo llamarías al sonido de las piedras cuando retroceden? Escríbeme y cuéntamelo, cuéntamelo de esa manera tan tuya, colocando las palabras como gemas preciosas, una tras otras, íntimas, sin estorbarse. Cuéntamelo a tu manera, ya sabes de lo que hablo.
   ¿Recuerdas cuándo los tres, el schnauzer, tú y yo, éramos tan felices? , claro que la felicidad tiene la mala costumbre de comportarse con efecto retroactivo, cuando se escurre de nuestras vidas nos recuerda aquella vez en la que ¡Ay! fuimos tan felices sin saber que lo éramos. ¡Vaya!, acabo de hacer algo parecido a un retruécano, que consiste en repetir una frase en el orden inverso de los elementos,   y ya sé que sonríes conmigo pues fuiste tú quien me enseñó  las figuras retóricas y sobre cómo dejarse llevar con el cuerpo. Sobre el manejo del  alma nunca hablamos.
   Me gustaría decirte algo interesante, como por ejemplo: “la labor incesante del sujeto trascendente culmina en la unidad última del sujeto y el objeto, (estoy recitando una frase de uno de tus sesudos libros olvidados en mi casa, en aquella nuestra casa). La leo una y otra vez... la labor incesante del sujeto extravagante... la extravagancia del sujeto cesante... y con franqueza, no tengo ni puñetera idea de lo que significa.
   Vuelvo a casa. Suena  un saxo mientras intento algo parecido a una carta de amor. Prometo no mencionar en ella las palabras prohibidas: Felicidad, Alma, Corazón, Siempre, Nunca, Adiós. Prometo pasar por encima de las frases grandilocuentes y comprometidas, no rozar las emociones, navegar entre dos aguas, mantener el tipo, ser equilibrada, acróbata de la cuerda floja, no respirar por si acaso duela, prometo sobre todo no amarte. Acabo de decirte una mentira.
   Y porque la vida es así,  te deseo que escribas bien y mucho, también a mí misma, no para que, como siempre, triunfes o yo consiga publicar, solo para que nos mantengamos en pie como hasta ahora hemos hecho.




                                          Tara  (Isabel Caballero)

viernes, 16 de noviembre de 2018

San Borondón









                                                                               San Borondón


    

   Durante los veranos de mi infancia vivíamos en una casa de amplios ventanales orientados hacia el este. Siempre tenía las persianas levantadas para recibir el amanecer. A menudo me despertaba unos minutos antes de la que la luz inundara mi cuarto dispersando las sombras de la noche. 


   El olor del café y del pan tostado encadenado en mi memoria a la casa de la playa de San Borondón, y sobre todo, a mi padre. Casi siempre desayunábamos juntos, éramos los dos únicos madrugadores en una familia de marmotas. Solía poner a tostar dos largas rebanas de pan “a punto de oro”, las untaba despacio de mantequilla hasta que se derretía impregnando el pan caliente, y luego añadía un poco de mermelada de naranja con su grado justo de amargura y dulzor.


   —Una mezcla perfecta —es lo que me gusta imaginar que diría él.


   —Como la vida —es lo que a mí me hubiera gustado contestar. Sin embargo, en silencio, nos limitábamos a contemplar cómo se levantaba el día.


   Sobre nuestra playa de San Borondón corrían muchas historias, entre otras, que por estas costas encontraron un trozo de madera, y en ella grabado en latín ésta leyenda: Hic Blandanus magnae Abistinentiae... lo que viene a decir,  por aquí anduvo san Borondón, varón de gran abstinencia.


   Un día mi padre me llevó a la iglesia de Santa Ana para que comprobara que la placa existía. Tuvo que pedir permiso al arzobispado, quien accedió con la prohibición expresa de no fotografiar nada. Y ahí estaba la reliquia protegida en un cofre metálico con frontis de cristal; el viejo madero corroído contaba que sí, que san Borondón, o Blandanus, anduvo y estuvo aquí, ahí, allí, y allá (no recuerdo los nombres de los muchos lugares),  y añadía en compañía de san Maclovio, san Malo, y otros monjes. Tuvimos que pasar las páginas que narraban sobre la isla de San Borondón, los procesos de la inquisición contra quienes osaban decir que existía la tal quimera,  algunos navegantes incluso afirmaban haber estado en ella. Leímos con las manos enfundadas en guantes,  con mucho cuidado. A nuestro lado un bedel, o guardián, custodiaba los viejos legajos y nuestra manera de tratarlos.


   Mientras amanecía sobre San Borondón, a mí me parecía ver más allá del arrecife y de la doble silueta refractada de una barca, el perfil del monje subido al lomo de una ballena celebrando misa de Pascua, tal como contaban los viejos libros del museo episcopal: hubo un tiempo en que se extendió la idea de que hacia poniente, no lejos de La Gomera, se alzaba otra isla de contorno triangular a la que muchos llamaron La Inaccesible, La Velada, La Non Trubada, La Encubierta, La de San Borondón. Y también narraban  que se cubría de celajes y encajes de bruma para no ser descubierta, rica sus orillas de púrpuras y sus valles frondosos pletóricos de árboles de frutos maravillosos, tan anchos que ni tres monjes juntos abarcarían sus perímetros.


   —Mira hija —señaló mi padre haciendo desaparecer de mi horizonte al imaginado fraile y a su isla misteriosa. En su lugar los calderones y delfines recortaban saltos sobre el mar en su paso obligado hacia las Azores. Sus ahusados cuerpos brillaban tanto bajo el incipiente sol como si fueran de oro.












domingo, 17 de junio de 2018

Hoja de ruta por la piel de mis mujeres










                                             Hoja de ruta por la piel de mis mujeres

            Versión corregida para nuestro concurso "Tintero de oro"



     

     Declaro estar firmemente enamorado de las dos, no podría prescindir de ninguna de ellas. Amo sus diferencias y sus similitudes, el pelo ensortijado y cobrizo de A, la manera en que la luz se enreda en la curva de cada uno de sus rizos; de B su corto cabello lacio que resalta el delicioso perfil de su nariz, sus ojos grises y algo miopes de mirada fija cuando me observan con el mismo rigor que resuelve ecuaciones. Adoro de A su intimidad de algodón de bragas blancas, siempre blancas, sin adornos, el vello púbico ligeramente más oscuro que su rojiza melena. Me gusta el vientre plano de la una, los pequeños pechos de areolas sonrosadas de la otra y, sobretodo, su entrega sumisa; de B el frunce de los labios cuando propone con su endiablada inteligencia juegos y situaciones.
     En ocasiones imagino que las mezclo aunque case tan mal el diálogo fluido de B con el tartamudeo retraído de A, el desparpajo existencialísta y estimulante de la primera, tan diferente de la cercana afectividad, de la ternura de mi muy querida muchacha. Pero a veces, solo a veces, me aburre porque es demasiado predecible, lo que me atrae de ella es también lo que me separa. Siempre tan igual a sí misma, tan tranquila, tan serena y mansa. Entonces es cuando recurro a la intensa B.
     Conozco a B desde siempre, fue compañera de escuela, alumna sobresaliente de ceño centrado y egoísta, jamás permitía la invasión de su espacio, su mano frontera entre su cuaderno y el mío, las mismas manos de uñas recortadas y diestras que en la granja de su padre manejaba con eficacia las ubres de las vacas. Yo siempre soñaba que alguna vez, con suerte, se moverían dentro de mis pantalones. En el instituto fuimos novios de besos y alguna caricia, pocas. Dejé de salir con ella porque quiso presentarme la comida nutritiva de su madre, a su robusto padre, a sus rollizos hermanos y hasta a la abuela inquisidora que enseguida determinó que no le gustaba nada un torpe canijo para su inteligente nieta. No nos vimos durante algún tiempo porque pensé que pronto engordaría como toda la familia, como las vacas de su granja. Ahora tiene un cuerpo de curvas perfectas y una mente privilegiada. Somos compañeros de Facultad en Ciencias Matemáticas y me conmueve hasta la erección la voluntad de su mano despejando incógnitas.
     Y aquí me tiene sujeto a su voluntad con cintas de cuero, le suplico que me suelte, necesito orinar, me estoy reventando. Dice que no, todavía no. Entonces es cuando pienso en A, mi dulce mujer obediente. Cuando le digo ven niña, ella lo deja todo y enseguida acude a socorrerme de la otra.
     Una es un solo de saxo trepidante y otra un lento slow blues.
     A es la potencia de la mecánica cuántica en mi lecho y en mi sexo, B la belleza que abarca todo lo simple.
     A una la someto, la otra me esclaviza.
     Son las constantes de mis días y el cielo estrellado de mis noches.
    B y A forman el abecedario completo, son ecuaciones perfectas, no tengo necesidad de despejar ninguna incógnita, ambas son binomio y complemento, inicios de un epitafio, las necesito en mi vida y en mi cama con la misma urgencia y en la misma medida porque soy navegante de la piel de mis mujeres con cuaderno de ruta sin rumbo fijo.
                               


                                      Tara (Isabel Caballero)