domingo, 12 de marzo de 2023

¡BIENVENIDO, MISTER AMÉRICA!

Bienvenido, Mister. Marshall, película comedia-sátira española del año 1953 dirigida  Luis García Berlanga. Guion de Juan Antonio Bardem, Miguel Mihura y Luis García Berlanga.

Destaca la interpretación del ser. Alcalde  por el gran José Isbert  Años 50. 

Villar del Río es un pequeño y tranquilo pueblo en el que nunca pasa nada. Sin embargo, el mismo día en que llegan la cantante folclórica Carmen Vargas y su representante, el alcalde (Pepe Isbert) recibe la noticia de la inminente visita de un comité del Plan Marshall (proyecto económico americano para la reconstrucción de Europa). La novedad provoca un gran revuelo entre la gente, que se dispone a ofrecer a los americanos un recibimiento muy especial.   

Se relata la historia en un tono perfectamente controlado de las actuaciones. Una farsa apagada con un ligero matiz subterráneo agridulce.



                                                           ¡BIENVENIDO, MR. AMÉRICA!

 

Los americanos  llegaron en el  68 para la explotación del  yacimiento de fosfatos  en el Sahara Occidental. El precio de las habitaciones se disparó en el parador y en la única pensión  de El Aaiún.  Los ciudadanos alquilaron habitaciones en sus viviendas a un precio desorbitado. Hubo disputas por la repartición de los inquilinos; familias que antes eran amigos  dejaron  de saludarse  por ir a la caza del yanki. En el casino de oficiales les concedieron pases de cortesía pese al  malestar del resto de la población. En cambio, los comerciantes estaban satisfechos. Los bazares hicieron el agosto vendiendo gitanillas, toros y toreros,  abanicos y postales “typical  spanish”. Los americanos se quejaban del tremendo calor, así que también se disparó la venta de ventiladores, y el de las cubetas de hielo bajo ellos para que el aire resultara más fresco, al menos hasta que se derritieran, lo cual hizo muy feliz al heladero. Menos acogida popular tuvo la subida de precios de las bebidas alcohólicas y el de la Coca-Cola. Se popularizó  el Manhattan mezclado con Martini rojo  seco y whisky a partes iguales.

     En la única piscina pública de la que algunos saharauis eran socios, se les prohibió la entrada no fuera que contaminaran las albas aguas donde los yanquis remojaban sus traseros.

     Cuando los gringos se marcharon,  más de un bebé rubio aumentó la población. 

     El siroco del Sahara se llevó en volandas los sueños  de un mundo mejor  mezclados con los  letreros baldíos de ¡Bienvenido Mr. América!




                                Isabel Caballero

                                250 palabras

 


jueves, 9 de febrero de 2023

Cine muy aficionado

 





                                   CINE MUY AFICIONADO



Dominico era  el muchacho  más rarito de la facultad.  Entre otras manías tenía la asquerosa costumbre de hacer gárgaras, toser y escupir en su inmaculado pañuelo planchado meticulosamente por su madre antes de ofrecernos, sin que nadie lo pidiera, su amplio repertorio de o-pe-pe-pe-pe-ra. No desaprovechaba ninguna ocasión para hacer gala de su destreza vocal.

      Cuando me ofreció participar en la película que representaría a nuestro curso en la “La muestra de Cine Amateur”, no lo dudé ni un segundo, ya que mi “partenaire” iba a ser Toño, el muchacho por el que todas suspirábamos. Yo interpretaría a una hija de familia tradicional  muuuy de derechas enrollada  con un muchacho   afiliado a la CNT, algo para hacer perder los nervios a un padre de mano  suelta.

      Contábamos con la cámara de Dominico, su furgoneta, su estudio, la dirección e ideas de él, y sobre todo, la intendencia de su madre, nuestra generosa mecenas. Nos dejó su casa de campo para rodar algunas escenas corriendo con los gastos de comida y bebidas, todo fuera por el triunfo y reconocimiento de su amado hijo.

      Al actor que hizo de  padre le pusieron  quevedos en la punta de la nariz y el pelo en raya engominado de brillantina, una mezcla entre retrato proustiano y relamido caballero “demodé”.

    —No sé yo si dará el pego —alegué.

   —Lo elegí porque tiene la mano derecha grande —contestó Dominico.

    —¿Solo la derecha? 

    La izquierda no cuenta.

    

  • Plano americano del padre levantando la mano.
  • Plano medio de la cara asustada de la hija.
  • Primer plano de la mano a cámara lenta.
  • Primer plano de las mejillas de ella.
  • Primerísimo plano de una mancha blanca supuesta mano derecha del padre de la hija.
  • Plano detalle de las pupilas de la hija… (habría sido fantástico disponer de la técnica necesaria para que en dichas pupilas se reflejara la mano derecha del padre avanzando hacia la mejilla de la hija).
  • Fundido en negro y sonido In Of de una estruendosa cachetada.
  • Encadenado con la imagen del cristal de la ventana golpeada por la rama seca de un árbol y lágrimas de la hija resbalando por sus mejillas.

    Todo muy dramático.

    Una de las escenas que salió rodada fue la de la iglesia. Ya hubo una conversación previa y filmada en que me convencían para ir al aniversario de mi difunta madre, (otra actriz que nos ahorrábamos). La verdadera madre, la de Dominico, hacía bulto entre la concurrencia. Dos camaradas de partido repartiendo panfletos en la puerta sin permiso eclesiástico. Se suponía que mi padre tendría un altercado con mi novio rojo y panfletario. En el 76, con Franco aún caliente en el mausoleo del Valle de los Caídos, los grises te podían empapelar por mucho menos.

  Dominico rodaba escondido tras las cortinillas del interior de la furgoneta aparcada en la misma entrada, y justo cuando le dieron la propaganda insidiosa a una vieja, esta reaccionó a mamporros con el bolso una y otra vez en la cabeza de los actores, a la que se sumaron otras señoras de igual talante agresivo y fervor patriótico.  La hebilla del jodido bolso de una de ellas le rajó una oreja a mi novio, así que la mancha de sangre esta vez no fue de colorante. La madre de Dominico empujó  a  la mujer que estaba arruinando la escena de la maravillosa película de su creativo hijo. Se armó la marimorena porque todo el mundo se daba de hostias. Cuando se escuchó la sirena de la policía huimos en la furgo, supongo que la pasma se preguntaría extrañada por qué unos pirados repartían papelitos en blanco en la puerta de una iglesia… seguro formularían descabelladas hipótesis sobre contubernios judeo-masónicos para rellenar el reglamentario informe policial.

    Con la muerte de mi novio se acababa la peli. Lo mataron en una manifestación. Como nuestro presupuesto no daba para rodar escenas multitudinarias, solo se filmó la parte en la que me dan la triste noticia. Tenía que abalanzarme sobre su cuerpo. 

     ¡Oh noooo noooo Toño! ¡Dios mío noooo! ¡Ohhh Dios mío, mi Toño!

      Carecíamos de medios para sincronizar la banda sonora con  las imágenes, así que los diálogos los grabábamos aparte superponiéndolos después.  Eran otros tiempos. El Toño se distorsionó en un desafortunado coño.

      ¡Oh noooo noooo coño! ¡Dios mío noooo! ¡Ohhh Dios mío, mi coño!

      El director decidió, con acertado criterio,  cambiarle el nombre.

      Ganamos el certamen. El jurado dictaminó que era una parodia genial, así que la encuadraron en género humor, lo cual  no le hizo mucha gracia a Dominico, menos aún a la madre del genio.

      Nos hicieron una fiesta que amenizó el director   con sus gorgoritos en Do-Re-Mi. Aplaudieron  con verdadero entusiasmo pensando  que formaba  parte del show, colofón del cómico corto. Toño me contó que, pese a las ovaciones,  encontró a Dominico llorando en el váter por lo decadente  de su “Opera Prima”.

     —¿Y qué hiciste?

     —Nada, estaba meando, no era el momento, y no se me ocurrió nada que decir, solo pensaba en como pedirte que fueras mi novia.

     No me gustó nada mezclar pedida de novia con urinarios.

    Al final no se rodaron las escenas íntimas donde, mientras la policía tiroteaba a mi novio, yo me tiraba a su mejor amigo, y aunque él era un hijo teórico de Bakunin, no dejó que su chica se desnudara ni que se lo hiciera con otro por exigencia del guion. Una cosa era ser anarquista y otra un cornudo cinéfilo.



                                                                                                            

                                                                                                            Isabel Caballero

                                                                                                             900 palabras

sábado, 14 de enero de 2023

Tara contra Tara

 


                                            TARA contra TARA


El cabronazo de mi jefe alega que no hay indicios de acoso. El  comportamiento del resto de funcionarios del museo canario donde trabajo de conserje, como si yo no supiera que le obligaron a contratarme para cumplir la norma de la cuota de empleo del 2 por 100 a favor de trabajadores discapacitado. Padezco de lipedema, aunque no en grado suficiente para causar incapacidad permanente. Lo peor que llevo es la hipocresía de disfrazar la repulsión que provoco  con muestras de aparente cortesía. Aguanto con estoicismo las visitas educativas de los escolares. “Elefanta” es el piropo más suave de los angelitos. 

    En cambio, para Tara, encerrada en su urna de cristal, todo eran halagos por la forma esbelta de su cuello coronada por la pequeña cabeza de rasgos inexpresivos; por su vientre plano y cintura mínima; por la vulva rojiza que muestra sin pudor; por el color de almagre  de su piel de arcilla, y sobre todo, por el volumen mórbido de sus extremidades. Tara era la principal atracción de este circo y ahora noticia de informativos nacionales: “Acto vandálico en el Museo Canario del destrozo en mil pedazos del ídolo de Tara, figura antropomorfa de terracota vestigio de los antiguos pobladores de la isla”.




jueves, 15 de diciembre de 2022

Extrañas aves del paraíso

                                                   



                                        Extrañas aves del paraíso

 

 

     Nos encantaba hablar, y aunque casi siempre llegábamos a las mismas conclusiones, no dejaba de ser interesante el acicate de su punto de vista apuntando premisas disparatadas, como la de los  antiguos sofistas de aquellas lejanas épocas de éste nuestro ya casi irrespirable planeta. Dominaba la técnica de la argumentación, y si se lo proponía, echaba por tierra el discurso dialéctico con el que un rato antes estuvimos plenamente de acuerdo. Lo cierto es que su malabarismo retórico era estimulante.

     Los primeros encuentros fueron asépticos  dentro de los parámetros establecidos con toda la aparatología necesaria para estimular nuestra sexualidad. Al principio nunca rebasábamos las fronteras permitidas.

     Racional, vital y divertida,  y hasta no hace demasiado tiempo,  sin un solo gramo de desacato a lo establecido que la apartara de su homologada existencia concebida como androide de compañía y placer.¡Y tan hermosa! Doble piel impermeable a la radiación solar. Sus ojos enfocan con precisión cualquier objeto menudo,  de lejos no ve un carajo, pero, ¿quién  necesita  mirar más allá de nuestras confortables cúpulas protectoras?

     ¡Andrógina era perfecta! O eso creía. Empiezo a sospechar que debe tener alguna fisura en su código de serie 123RF

     Un día me pidió que le acariciase la piel, su verdadera piel.

     — Creí que bajo nuestra  funda solo éramos de…, en fin, ya sabes, de lo que estemos  fabricados los semiandroides por dentro.

     Desenfundó una mano que acercó a mis ojos. Una mano anómala llena de caminitos violetas. Me asusté.

      —¿Nunca has visto tu piel ?, ¿la auténtica?

     —Jamás —contesté —además está prohibido, recuerda que corremos el riesgo de contaminarnos.

     —Antes, mucho antes…, de tus folículos pilosos, de cada uno de los bulbos salía un pelo, y a su lado un receptor sensible al tacto y una glándula sebácea que lo mantenía lubricado y sedoso. Una maravilla.

     —Nuestros antepasados humanos tenían el cuerpo cubierto de vello.  También tuvimos uñas, como los animales.¡Era horrible!

—¡Oh no! Mira cómo se eriza la piel si la acaricias,  ¿lo notas? , y en el centro de nuestro  vientre  algunos tenemos  un pequeño agujero ciego, lo llamaban  ombligo.

—Yo no. ¿No te lo suprimieron cuando te clonaron?

—Soy un ser imperfecto, ya lo sabes —afirmó Androgina.  Su   sonrisa me conmueve o me remueve algo que no sé exactamente en qué centímetro del cuerpo colocar.  Andrógina me somete a emociones de carácter intenso, no me refiero a los orgasmos reglamentados, hablo de conmociones, o terremotos.

Desnuda despacio mi muñeca,  antes ha puesto en el reproductor una película del Neandertal donde una mujer mítica de nombre  Gilda se quitaba despacio la piel negra de su brazo, lo llamaban guante, lo agitó  por encima de su roja cabellera  lanzándolo al vacío.

        —En tu muñeca late una arteria a más de 165 pulsaciones por minuto.

     Efectivamente así lo indican mis sensores,  enseguida mi cerebro recrea un plano interno de 96.500 Km. de vasos sanguíneos, más del doble de la circunferencia terrestre, bombeando unos 15.000 litros de sangre, y a la vez que me excito y asusto una frase absurda circula por mi memoria, seguro leída en algún libro arcaico de esos que le gustan a ella: “El hombre es la medida de todas las cosas”.

—El hombre es la medida de todas las cosas —le susurro a Andro.

     También noto  mi propia medida, o desmedida, nunca antes me sentí tan pletórico. Un sexo que amenaza romper la funda protectora. Un sexo coronado de Venus. Las piernas y brazos de  Andrógina, ginoide de última generación,   me envuelven mientras alcanzo el climax  como una tercera piel; parece estar hecha de algodón y sueños, de armiño, de  seda… o puede que de fibra de vidrio reforzado, supracarbono,  neopreno y látex.

 


sábado, 8 de octubre de 2022

El desierto que me habita

 




                                                           




                                                   EL DESIERTO QUE ME HABITA

 

La familia de Alba fue determinante en mi vida. Me acogieron gracias al programa de niños saharauis en Canarias con el fin de alejarnos,  durante los meses del estío, de las condiciones extremas en las que vivíamos en el campamento de refugiados de Tinduf, en Argelia. Solo tenía doce años,  la misma edad que la  única hija del matrimonio. 

     Lo primero que hizo Pino, la sirvienta de confianza de la señora,  fue restregarme la mugre   en  la imponente bañera, la única, hasta entonces,  que había visto en mi vida.

     —¡Pero que niña tan sucia Dios mío de mi vida! ¡Estate quieta, chiquilla del demonio! —farfullaba Pino.

     —Yo no demonio, yo Maimun, no  susia,  siniora Pino,  yo  morena protesté por tanto estropajo arañándome la piel y tantos tirones de peine de mis apretados rizos. 

     Me hicieron reconocimientos  médicos exhaustivos para evaluar mi precaria salud. Baja de hierro, algo de  anemia  y necesitada de mayor graduación en las gafas de culo de botella.  Lo peor fue el martirio del dentista.

     Las  primeras noches dormí con Pino. Acostumbrada a compartir el poco espacio vital de la “hamada” con mi numerosa familia, estar  sola me aterraba. Alba llegaría en unos días  desde el  prestigioso internado galés, "Atlantic College", en el Reino Unido.

      

      —¿Sabes Mimu?...


      —Maimun corregí.


     La señorita estudia en un castillo del siglo... no me acuerdo, pero por lo visto es muy muy viejo. Mira, aquí tengo un papel con una fotografía. Léelo tú, no sé donde he metido las dichosas gafas. 


     Leí en el folleto desplegable que se trataba de un castillo del siglo XII. El colegio se fundó en 1962 con el fin de promover el entendimiento internacional a través de la educación a los jóvenes y hacer que se sintieran empoderados para remarcar una diferencia positiva.

     —¿Y todo eso qué quiere decir?

     —Pues no sé, seniora Pino,  yo no sigura…,  lo de la diferincia no mi gusta.

     Alba me odió nada más verme. Yo estaba vestida con su ropa de anteriores temporadas de su surtido vestidor.  Me miraba de reojo y hablaba tan deprisa con sus padres que apenas lograba comprender lo que decía. Después se encerró en su cuarto dando un portazo.

     Como de costumbre, cené en la cocina. El personal  de servicio  charlaba  con el acento peculiar canario que me costaba comprender. Pino dijo algo parecido a   que no había derecho que trajeran a una pobre criatura para luego pasar de ella. La pobre criatura era yo. Creo que fue el chófer   quien  contestó que la señorita Alba era una consentida y que el señor pensó que era buena idea  que la señorita  fuera consciente de  otras realidades. La otra realidad también era yo.

     —Mi niña, tú no estar triste, nosotros cuidarte —dijo Pino gesticulando mucho  y en voz muy alta, como si yo fuera sorda, dándome un cariñoso  abrazo y hablando como hablan los indios en las películas del oeste. Guardé silencio y  pensé que ellos desconocían que en  Tinduf teníamos televisión, antenas parabólicas,  una escuela con  dos maestras,  un cine al aire libre y algo parecido a un pequeño dispensario médico… y coraje y determinación y armas y  soldados y escritores y poetas. No solo había cabras, camellos  y  arena en Tinduf.

     A los pocos días no le quedó otra que confraternizar conmigo, supongo que obligada por sus padres. Fuimos juntas a un lugar que llamaban club náutico. Pasó de mi como de la mierda. No me quité la ropa porque me daba vergüenza enseñar mi escuálido cuerpo dentro del minúsculo bañador de dos piezas  y además porque no sabía nadar. La piscina inmensa era como un desierto líquido inabarcable   y transparente. Alguien de su grupo tuvo la genial idea de tirarme a ella vestida.

     La inmensidad era azul. La inmensidad era blanca. La inmensidad era luminosa. Cuando abrí los ojos el sol entró a raudales en mis pupilas a la misma vez que salía agua de mis pulmones. La boca de Alba sobre la mía prestándome su aire.

     Luego supe cómo se enfrentó a su pandilla de imbéciles. A partir de entonces  se abanderó como mi hermana de piel.

     Los siguientes veranos fueron distintos. Mientras tanto, nuestras cartas de papel se cruzaban en la franja  que separa las Canarias del Sahara, un cementerio marino de los tantos que se atreven a surcar  por él en precaria situación. Después llegó  el móvil e internet. De vez en cuando funciona internet en Tinduf. Ya saben, no solo hay arena en el Sahara.

     Años más tarde casi todo su entorno se  volvió del revés: sus inquisitoriales padres, el colegio galés, la sociedad caduca… fue un proceso lento pero incisivo. No fue fácil para ninguna de las dos. Ella ha mutado mi concepto del mundo en blanco y negro;  he descubierto el matiz de los grises. Yo he cambiado en ella su escala cromática.  Entre ella y yo no hay color ni  distancia.

     Estudié medicina becada por el gobierno español. Pronto volveré al destierro apátrido al que nos  tienen condenados. Quiero y deseo  ser útil.  Ella es reportera gráfica  y hace unas fotos de la leche. Viaja por el mundo y el mundo por ella. De vez en cuando nos encontramos y entonces  nuestros  universos se detienen.

     No solo habita el desierto en mí,  también el desierto, aunque sea amarillo, tiene tatuado en su sinuosa anatomía el nombre de Alba.






                                                                         Isabel Caballero
                                                                         890 palabras

                                                                                    

sábado, 10 de septiembre de 2022

                                                         El Infierno son los otros




Una mujer libre es justo lo contrario a una mujer fácil,  y en oposición al lema libertario me juzgan los jorobados nocturnos, quienes habitan la mente del censor, hipócritas revestidos de apología expertos en reducir la esencia femenina.

    Sin duda, el infierno son los otros.








Nota.- He utilizado  el título de “El infierno son los otros” de Jean Paul Sartre y una de las tantas citas  categórica y feministas  de Simone de Beauvoir, una pareja peculiar de existencialistas que se juraron amor eterno y máxima libertad.

        

viernes, 8 de abril de 2022

Agencia Halcón

 








  A pesar del tiempo  que ha pasado, conservo en mi memoria el recuerdo de aquella época de acné, adrenalina, y de  la envidia  que sentía por Jacques, el hijo del francés administrador del Club Mediterráneo de Alhucemas. Jacques nunca se ensuciaba las manos, peligraba el puesto de su padre, para eso estaba su segundo,   “el gordo”,  quien se encargaba de suministrar los cigarrillos de haxis, revistas pornográficas, y dejarnos entrar en el Club por la puerta de atrás por un módico precio. Los que se pasaban de rosca ya  habían probado su fuerza bruta.

  En el 56, tras  la anexión del protectorado a Marruecos,  muchas familias españolas se marcharon  de Villa Sanjurjo, cómo solíamos llamar a Alhucemas los que vivimos tantos años allí. Un nutrido grupo de españoles que tenían negocios en esas tierras, aguantaron  unos años más; entre ellos Jacques y nuestra familia. Yo tenía veinte cuando me fui. A nuestro regreso a la península  nos encontramos con una España pacata y moralista, duro de llevar sobre todo para nosotros, los jóvenes criados   en el  ambiente más libre de la colonia aunque fuera  plaza militar. Al principio nos escribíamos cartas desde los diversos puntos de España que se fueron espaciando con el tiempo. Perdí la pista de Jacques y de  tantos otros, hasta que, hace unas semanas, acudí a la agencia de un detective recomendado por un amigo policía. Fue toda una sorpresa encontrarme con él y con el gordo de ayudante.

  Antes de entrar en materia sobre mi problema estuvimos recordando viejos tiempos: el Club Mediterráneo, el   cine viejo, el bar del Cocodrilo,   la dulcería del negro, la plaza  Florido, el peñón anclado en mitad de la bahía, el tremendo vendaval del 49 que destrozó el espigón de la   playa del Quemado…

  —¿Sabes por qué la llamaban así… la del Quemado?

  Ante mi negativa me contó que cuando se despeñaba algún animal por el  acantilado que pendía sobre la cala, lo solían quemar en la cueva grande.

  —¿Recuerdas las cuevas…?

  —¡Claro! —respondí —. Allí es donde intentábamos tirarnos a las chavalas, sobre todo a las francesas.

  —¡Oh mon Dieu! ¿Te acuerdas de aquellas dos trottoires?, ya sabes, las que hacían la calle,   la Azabache y… ¿cómo se llamaba la otra, la que retiró un brigada legionario…?

  —La Plexiglás. Claro que tú no necesitabas de putas,  te las llevabas de calle a las niñas, sobre todo a las francesitas.

  Jacques seguía siendo un tipo bien parecido, delgado, fibroso, los ojos como dos ranuras rodeadas de finas arrugas desde donde parecía observar todo, casi sospechar. El gordo estaba más gordo; me dio un fuerte abrazo de gorila del que intenté zafarme sin respiración.

  Eché un vistazo a su despacho algo decadente. El poco mobiliario del que disponía, el teléfono negro colgado de la pared, el ventilador que esparcía el humo de los cigarrillos a medio apagar sobre un cenicero repleto de colillas, las láminas de paisajes de diversos lugares del norte de África, las revistas de…

  —¡Coño, Jacques… veo que aún conservas las entregas  del Halcón maltés! Recuerdo que tenías la colección completa de tu padre y que nos las dejabas leer.

  — Por un módico precio —río el gordo con la tremenda barriga temblándole como una gelatina.

  —Solo me quedan tres, las que pude rescatar.  Son muy difíciles de conseguir, valen una fortuna, solo aptas para coleccionistas caprichosos.

  —Te falta una.

  —La tercera la presté. Ya no me dedico al negocio del alquiler de comics —sonrió tras la vaharada de humo del cigarrillo que sostenía entre los labios.

  —Bueno, cuéntame cómo te va. Por lo visto ahora  te dedicas a resolver crímenes.

  Sonrió de nuevo  y contestó que llevaba a cabo otro tipo de actividades mucho más rutinarias, como bajas laborales fingidas, investigaciones mercantiles, y  sobre todo, infidelidades.

  —Dime… ¿en qué puedo ayudarte? —preguntó haciendo una señal al gordo para que saliera del despacho.

  Le enseñé una fotografía de mi joven esposa. Él la tomó entre sus manos y mirándola atentamente con sus ojos entornados, comentó un «muy guapa». 

  —Estoy convencido de que me engaña.

  Anotó todos los datos que le facilité. DÓnde solía ir mi mujer, o donde me decía que iba.

  —Se ha  matriculado en una academia de francés. Te he apuntado la dirección y el horario. Todos los lugares dónde acude o me cuenta la milonga de que va.

  —¿Y hace progresos?

  —¿Con el francés, dices?, sí, supongo que sí.

  —Sabrás  que ya por fin  se ha despenalizado el adulterio aunque no te puedas divorciar por ahora. Por lo que veo tienes buen pasar. Como no tenéis hijos,  si demostramos infidelidad, no tendrás que pasarle manutención si os separáis.

  —Quiero evidencias, por eso he venido. Lo demás ya es cosa mía.

  Durante varias   semanas, Jacques y el gordo la fotografiaron saliendo de la academia, entrando en la peluquería, merendando con las amigas, yendo de compras… un sinfín de tareas cotidianas  que confirmaron su inocencia. Pagué con generosidad  a Jacques dando  por terminada la investigación.

  Volví a casa aliviado con el mayor ramo de flores que encontré.

  —¿Y esto? —preguntó mi mujer sorprendida.

  La besé en los labios con pasión bajándole las bragas. Lo hicimos a medio vestir sobre  el sofá. Al terminar, recogió la ropa esparcida por el suelo y desarrugó la revista sobre la que estaba tumbada.   En la portada, y en francés, la tercera entrega del Halcón Maltés.

 

                                


                                   900 palabras

                                 Isabel Caballero